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Sainte-Beuve huésped perpetuo

Balzac, Flaubert y Victor Hugo fueron presas de algunos de los más agudos dardos de Charles Sainte-Beuve. Pero, ¿quién era el personaje detrás de estas críticas? Fieles a su principio de conocer el autor para comprender su obra, presentamos este retrato del padre de la crítica literaria moderna.

Sainte-Beuve según Bornemann (circa 1850) © Roger-Viollet. Topfoto

Cuando Charles-Augustin Sainte-Beuve (Boulogne-sur-Mer, 1804-París, 1869) comienza a escribir tiene tras él uno de los mayores cambios de paradigmas sociales y mentales que se han producido en la cultura moderna occidental: la caída del Ancien Régime (1789), llevada a cabo con un doble rostro: por un lado, una fuerte carga ideológica de carácter racionalista, acumulada a lo largo del siglo XVIII, tanto en Francia como en Inglaterra; y, por el otro, aquello que no pudo tener otro nombre que el Terror (1793), expresión dramática de las oscuras pasiones y de la violencia de la historia, exhibidas ahora en nombre de la rectitud y de la justicia. No hay que olvidar que fue una revolución que trató de conformarse como un recomienzo: un nuevo calendario, un nuevo tiempo unido a nociones universales relativas a los derechos del hombre. De inmediato, el bonapartismo no solo fue una respuesta a los desórdenes de la revolución sino una política imperial que cambió la historia de Francia y de buena parte de Europa, situando al mundo literario e intelectual francés ante un terreno indeciso y necesitado de sustentación, bien fuera en una lectura nostálgica o reformadora de las antiguas creencias, bien en una idea entusiasta del futuro basada en principios republicanos. Muchos creyeron en una restauración borbónica tras la caída de Bonaparte, otros lucharon por un orden democrático. Aunque la nobleza había sido derrotada por la burguesía, convertida muy pronto en un nuevo poder social y económico firme, las clases trabajadoras no tardaron en intuir, alentadas por el socialismo emergente, que esas mismas armas podían usarse contra la burguesía y sus privilegios. Paradójicamente, los trabajadores habían perdido sus logros igualitarios (desiguales en la práctica), los viejos privilegios: los relativos a su condición social, que sumía su individualidad en una clase, explotada por el señor pero, al mismo tiempo, protegida por él (feudalismo). Con el siglo XIX comienza, de manera social, el reino del individuo, sin que esto suponga, claro está, la desaparición de las clases sociales.

Estos bruscos cambios de la historia acicatearon, e...

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