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Coda

Mi problema con las mujeres

(y con el NYT)

Chaparro, arrugado, simiesco y bien muerto, Norman Mailer sigue alborotando mujeres. Este año, tres libros y una reseña revuelven las cenizas del feo mujeriego.

© Christopher Felver | Corbis

 

Qué temporadita ésta para Norman Mailer: no llegamos todavía a la mitad del año y ya se publicaron tres libros sobre él. Nada mal para un muertito, que en vida supo decir famosamente: “Yo no escribo sobre mujeres, ellas escriben sobre mí”. El adagio se ha hecho cierto postmortem: el pobre Norman ya no escribe ni sobre las mujeres ni sobre nadie más, mientras que su viuda, una de sus amantes y su cocinera publican libros sobre él. El de la amante, una periodista llamada Carole Mallory, es el más predecible y pretencioso (“Él me enseñó a pensar. Yo soy la profesional que soy gracias a Norman. El sexo era fenomenal, pero déjenme que les cuente la profesional que soy”). La cocinera, que desempeñó su puesto durante treinta años en la casa de los Mailer en las playas de Provincetown, hoy convertida en residencia para escritores jóvenes becados por la Fundación Mailer, dice con gran chispa al principio de su libro que, después de haber visto comer a un genio primero y a una manada de granujientos aspirantes a genios después, se siente con pergaminos suficientes para sacarse el delantal y tomar la pluma (pero a continuación aclara que no tuvo la menor intimidad con Mailer, ni sexual ni de ningún otro tipo, y procede a reproducir medio centenar de las recetas culinarias que preparaba para los Mailer). El de la viuda, en cambio, es nuestro jugoso plato de hoy.

Norris Church cuenta en su libro (A Ticket to the Circus, gran título) que en el undécimo año de su matrimonio descubrió que su marido le era infiel. Un rato antes nos ha informado que, cuando lo conoció, ella tenía 25 y él 52, y que en ese momento Mailer estaba casado con su quinta mujer, vivía con otra, tenía un affaire más o menos estable con una tercera, a las que había que sumar las acompañantes de ocasión, y que, cuando se anunció su casamiento, la senadora Bella Abzug (cuya voz, según escribió una vez Mailer, podía derretir por sí sola la grasa en la nuca de un taxista gordo) le dio su número de teléfono privado y le dijo que lo considerara una hotline de emergencia, disponible las 24 horas y los 365 días del año. Aun así, Church logró con el tiempo hacer realidad esa fanfarronada con que, en sus primeros años de casada, respondía a la pregunta de las yeguas viejas que se le acercaban en los cocteles: “¿La esposa número cuál de Norman eras, querida?”. La última, aseguraba Church, y lo cumplió: estuvo 32 años al lado de Mailer, crió los siete hijos de él, más uno que traía ella y otro que tuvieron juntos, lo acompañó a Manila a ver pelear a Alí y a Moscú a investigar sobre Oswald, le leyó lápiz en mano los originales de El fantasma de Harlot, fue el pilar de aquella casa de Provincetown (al cumplir los ochenta, sometido al Cuestionario Proust, en la pregunta referida a su viaje favorito, Mailer contestó: “El de regreso a casa. La visión desde el camino de las luces de mi casa de Provincetown”) y le sostuvo la mano cuando él murió, a los 84.
 
Pero estábamos en el momento en que Church descubrió que su esposo le era infiel, y lo confrontó, y al instante se arrepintió de haberlo hecho porque “fue como si de golpe Norman necesitara vomitar entera una mala comida que le estaba revolviendo las tripas desde quién sabe cuándo”. Mailer confesó, y confesó, y confesó. Church dice que la dejó atónita descubrir que más de la mitad de aquellas mujeres tuvieran la edad de Mailer (quien por entonces estaba por cumplir los setenta), o fuesen gordas o feas. “A veces uno necesita ser el más atractivo de la pareja”, murmuró el viejo enano simiesco a su escultural esposa sin mirarla a los ojos. Según ella, “Norman creía que, si se acostaba con una mujer que no fuese ni joven ni atractiva, no me estaba engañando realmente”. Cuando Norris ya no quería un solo detalle más sobre el asunto, Mailer le pidió que escuchara una última cosa y le aseguró con cara de piedra que todas esas infidelidades tenían un motivo concreto: eran parte indispensable de su investigación para El fantasma de Harlot, su monumental novela sobre la CIA. Para entender a fondo a un agente de la CIA, dijo, necesitaba vivir a fondo una doble vida. Las 1.491 páginas de Harlot constituyen, en mi opinión, no solo el mejor libro que escribió Mailer en su vida sino la mejor novela made in USA en los últimos cuarenta años. Déjenme citar dos fragmentos. El primero es una reflexión de su protagonista, luego de ser captado, entrenado y despachado por la CIA a la Berlín de postguerra: “¿Y si no solamente tenemos dos ojos, dos oídos, dos brazos y dos piernas sino también dos cerebros, dos corazones, dos almas, que están en perpetua negociación? Las dos mitades de mi alma no podían estar más lejos una de la otra. Debían recorrer millas y millas cada noche para poder juntarse a dormir. De ahí venía mi fortaleza: de la capacidad para lograr la cooperación interna entre estas dos mitades”. La segunda cita es más breve. Dice: “La lógica del amor se reduce a una ecuación muy simple: uno debe ponerse en peligro para preservar el amor. He allí el motivo por el cual tan poca gente logra que dure”.
 
Al concluir el episodio de las infidelidades, Church hace una confesión igualmente breve pero de enorme potencia, cuando sus lectores están esperando que conteste la pregunta del millón: “Podría haberme separado, pero decidí quedarme, alejándome un paso de él en mi corazón, amándolo un poco menos. Y alcanzó”. Esa clase de fulgurantes momentos hacen que el libro de Church valga la pena. Pero el New York Times no piensa lo mismo. El Times fue el primero en comentar el libro de Church, antes incluso de que llegara a librerías. Durante treinta años, el New York Times (en la persona de Michiko Kakutani) comentó cada libro de Mailer una semana antes de que saliera a la venta, con críticas siempre lapidarias. Mailer decía: “Ningún otro escritor americano corre con mi desventaja. Cada libro que publico necesita por lo menos cinco buenas críticas seguidas solo para equilibrar la balanza”. En este caso no es Kakutani quien firma la nota, aunque puede perfectamente ser quien la escribió, porque el texto es de una improbable “Jennifer Senior”, quien figura al pie de la nota como colaboradora habitual del diario pese a que, según informa la propia web del Times, nunca antes firmó otra nota en sus páginas.
 
Es más bien asombroso que el New York Times deje en manos de una colaboradora novata el tema Mailer y que le haya permitido rematar así su primera bibliográfica: “Le auguramos a Norris Church que la mejor parte de su vida será la que tiene por delante”. Church tiene hoy 63 años, lleva diez luchando contra un áspero cáncer digestivo y concluye su libro sobre Mailer con las siguientes palabras: “Siempre dije que no iba a escribir sobre Norman porque nadie iba a creerme. Pero cuando una se acuesta en su cama después de enterrar a su marido, y empiezan a pasarle por la cabeza todas las imágenes de su matrimonio, la única manera de sentirse menos sola es dejarse llevar por ellas, revivir los buenos tiempos y purgar en el papel y eliminar del organismo los malos recuerdos. No se trataba de erigir un monumento ni de exponer a la luz un villano. Se trataba de estar con él un rato más, para despedirme como era debido”.

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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