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Entrevistas

Escombros, adefesios y farsas culturales

Que es horrible, que hay que demolerlo, que le quieren cambiar el nombre... A partir del polémico caso del aeropuerto Eldorado, un experto en patrimonio apunta unas cuantas verdades incómodas sobre arquitectura y restauración en nuestro país.
 
 
 
 
Germán Téllez, por Roda

La demolición del aeropuerto Eldorado en Bogotá ha desatado una pugnaz controversia entre algunos arquitectos y el gobierno, pero hasta la fecha no parece haber salido nada claro de ese debate. En su opinión, ¿a qué obedece la decisión de tumbar el edificio y no inclinarse por otras alternativas?

El debate sobre Eldorado es noble, pero tan inútil como tardío. En casi todas las posturas oficiales asumidas en el caso del aeropuerto hay rasgos comunes fácilmente identificables: la sombra de un enorme negocio, la tendencia a no polemizar, a no comprometerse con razonamientos que no serían políticamente correctos, a no provocar más insultos por parte del gobierno, ni incomodar a la ministra de Cultura, etc.

En mi opinión, la postura ya tardía y trasnochada en defensa del terminal fue lo que provocó la irritada reacción del gobierno, incluyendo los graciosos insultos del ministro de Transporte a los arquitectos que se pronunciaron en ese sentido durante la Bienal de Arquitectura de 2008, en Cartagena, cuando los instó a “dejar la pendejada romántica” de defender edificios obsoletos, lo cual hoy en día es sinónimo de “obstaculizar grandes negocios”.

Pero, polémicas aparte, no deberíamos olvidar que, como otros géneros de la arquitectura contemporánea, los aeropuertos nacen condenados a una rápida obsolescencia técnica y a unas imprevisibles mutaciones arquitectónicas. Los terminales de todas partes del mundo hechos en los años treinta tendrían una vida útil promedio entre los 15 y 20 años, los de la postguerra, de 20 a 25, y los de los años setenta, como casi todos los edificios de esa época, de no más de 35 a 40. Del terminal original del aeropuerto solo sobrevive parte de la estructura: los pórticos del hall de pasajeros y algo de la torre de control. Pero para que se pudiera hablar de la recuperación o conservación de un edificio y no de los restos de un parcial esqueleto estructural, habría que devolver el reloj de la historia aproximadamente a 1976. Ahora, déjeme decirle que esta discusión tuvo lugar cuando ya no había nada que hacer, cuando lo que se hacía en público era una autopsia y no un debate.

¿Le cabe alguna responsabilidad a instituciones como el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (idpc), el Ministerio de Cultura y DoCoMoMo (Documentación y Conservación de la arquitectura del Movimiento Moderno)?

Estoy vinculado como asesor del grupo de DoCoMoMo, con sede en la Universidad de los Andes, y como colaborador en la tarea de elaborar fichas inventariales de edificios de época “moderna” situados en Bogotá. DoCoMoMo no es una entidad de vigilancia policiva del patrimonio construido ni tiene autoridad para intervenir activamente en la conservación de edificios de valor arquitectónico. Es una agrupación de investigadores académico-profesionales cuya labor, hasta ahora, es puramente inventarial, analítica e historiográfica, en el campo de la época contemporánea. A título personal, cada integrante del grupo se puede pronunciar como a bien tenga sobre el patrimonio construido.

Como autor del libro Cuéllar, Serrano, Gómez. Arquitectura 1933-1983, fui encargado por el grupo de Los Andes de elaborar la ficha inventarial completa del aeropuerto. Ésta describe en detalle las sucesivas desfiguraciones y mutilaciones sufridas por el terminal y analiza los méritos y limitaciones de la obra. Es claro que la ficha se expresa de modo crítico respecto a las reformas, que solo lograron empeorar el funcionamiento y rebajar el nivel estético y ambiental del terminal. Pero las fichas de DoCoMoMo no son manifiestos en contra de las politiquerías y negocios que puedan haber sido perpetrados por el actual gobierno contra los intereses del país.

Resumo la cuestión diciendo que a las entidades oficiales no les gusta considerar el patrimonio construido. Lo incorporan de mala gana en la legislación y miran para otro lado cuando surgen en ese medio los negocios poco claros y la expoliación del presupuesto. Saben que las normativas y los listados de “conservación” son otros tantos inconvenientes y limitaciones para la gran tarea de destrozar la ciudad existente y reemplazarla por sus centros comerciales, sus torres altísimas y sus vías congestionadas. El actual director de patrimonio del país –funcionario del Ministerio de Cultura– es un arquitecto, fiel servidor del gobierno, quien piensa y dice que el estado de “salud” del patrimonio construido colombiano es por lo menos tan bueno como la situación de la salud pública misma. Que hay algunos enfermitos, claro, pero no es cosa de armar escándalo mediático al respecto. Habida cuenta de la situación de emergencia sanitaria a nivel nacional, este símil es un terrible tiro por la culata –en público– para dicho funcionario.

¿Se parecen la ignorancia que condujo a la demolición de Eldorado y la ignorancia que condujo a la demolición del claustro de Santo Domingo?

No es una cuestión de parecidos. Lo que menos hubo en la demolición del claustro de Santo Domingo, por parte del gobierno liberal de Eduardo Santos, fue ignorancia. Ni el presidente Santos ni su ministro de Obras, Abel Cruz Santos, quien recibió y ejecutó la orden de demolición, ignoraban nada sobre el carácter e historia del edificio de los dominicos ni sobre el estado del edificio. Germán Arciniegas, aunque no tuvo injerencia en el acto mismo de la demolición, se sumó a otros liberales influyentes en la defensa, “contra los godos”, de esa acción destructora. Para ser fiel a la historia se debe mencionar la ira agraviante de Laureano Gómez contra el gobierno de Santos como uno de los factores fundamentales que terminó por provocar a éste último a ordenar la de-molición.

La política no justifica ni torna aceptable nada; apenas explica lo sucedido mecánicamente. No se puede tildar de simples ignorantes a sus autores intelectuales. Son más culpables que ignorantes. En el caso del aeropuerto de Bogotá, el inquilino de la Casa de Nariño y sus colaboradores actuaron con pleno conocimiento de los orígenes, historia, procesos de ampliación y reforma del mismo. ¿Cómo ignorar hasta los mínimos pormenores de semejante tajada presupuestal? ¿Cómo no tomar nota de la absurda invasión de una base aérea militar en medio de un aeropuerto civil? ¿Cómo no caer en cuenta de la inexorable tugurización aeronáutica surgida en torno a las pistas de carreteo? ¿No estamos acaso en la era de los mega-aeropuertos a distancias astronómicas de todas partes?

Todas las demoliciones se parecen entre sí, especialmente en un país como el nuestro. El caso del aeropuerto de Bogotá es el mismo de toda la nación. Se maneja como parte de la gran finca que es el país. No en vano el Ministerio de Cultura está dignamente representado en el idpc. ¿Dónde se ha visto que la gestión cultural haya logrado oponerse con éxito al capital desbocado? Evidentemente, para la demolición del terminal de pasajeros del aeropuerto de Bogotá se ha tejido toda una farsa falsoprogresista, a través de los años, en torno a un edificio interminablemente remodelable.

Fachada actual del aeropuerto Eldorado. © Cel Espectador

Si las instituciones oficiales no quieren considerar el patrimonio, ¿también le incomoda a las universidades?

Las facultades de arquitectura del país tienen una gama muy amplia de respuestas al tema del patrimonio, ninguna enteramente satisfactoria. Unas pocas –no llegan a media docena– pretenden formar especialistas en restauración o conservación planificada de zonas territoriales, pero la mayoría es indiferente al tema. Simplemente no les interesa ni creen que deba ser parte integral de la formación de profesionales de la arquitectura. O no desean dedicarle recursos presupuestales, que según ellos estarían mejor empleados en algo que se conoce con el apodo de “tecnología”. Los cursos de postgrado que actualmente se dictan sobre patrimonio no lo son en realidad, puesto que el nivel de preparación promedio de los estudiantes de pregrado que llegan a los postgrados excluye la posibilidad de dictar cátedras especializadas propiamente dichas sobre el tema. Tendría dudas también sobre los profesores de postgrado, con doctorados o sin ellos.

En mi generación, las universidades iniciaron un proceso viciado que hoy continúa: crear “centros” de investigación que no investigaban nada pues eran en realidad oficinas profesionales disimuladas para hacer competencia necesariamente desleal a los propios egresados, con proyectos de restauración elaborados al costo, con la ayuda de estudiantes que dibujaban y hacían trabajo de campo gratuito o poco menos. Esto sigue igual: la “investigación”, sea de verdad o mayoritariamente a partir de copia y calco, es la cortina de humo que oculta el hecho obvio de que el ejercicio profesional es una actividad lucrativa y que esto no puede, o no debería, tener lugar en universidades que son, por definición, entidades sin fines de lucro.

El restaurador español Antoni González dice que ningún político maltrata la historia sin la complicidad de un historiador. Si para el caso, restaurador, director de patrimonio o presidente de la sociedad de arquitectos serían el equivalente de historiadores, ¿no habrían actuado más como cómplices del gobierno que como historiadores?

Reitero: el presidente y su ministro de Transporte no actuaron en lo de Eldorado de modo ignorante, sino con plena conciencia. Los directivos de patrimonio o de la Sociedad Colombiana de Arquitectos (sca) tampoco actuaron como historiadores, prudentes o imprudentes, por física imposibilidad y carencia de aptitud para ello. Actuaron como funcionarios o consultores al servicio del gobierno y punto.

Entre los actuales directivos del idpc y la sca hay unos supuestos jóvenes prometedores –algunos son algo menos que jóvenes– que iban a borrar de la historia a sus predecesores con inauditas hazañas y fabulosas ideas a favor del patrimonio construido, pero resultaron ser lo mismo –o quizá algo menos– que mi generación. Les inflaron el ego a presión de llanta de camión en las universidades para que fueran empleados oficiales, o digitalizadores de proyectos de casas de campo cada vez más lejanas de Bogotá. O de edificios de apartamentos en ladrillo a la vista, o de centros comerciales con radiadores de aluminio en fachada. ¿Qué se hizo el formidable cambio en la enseñanza de la profesión, incluyendo una proliferación de doctores nunca antes vista, anunciada por el icfes y otros? Lamentablemente no se ve el menor asomo de tantas maravillas por ninguna parte. Las escuelas de arquitectura colombianas siguen diplomando el mismo arquetipo profesional de hace sesenta años o más, con la diferencia de que ya no saben para qué es un lápiz pero usan “portátil” hasta para conversar. ¿Cuáles serán los arquitectos que requiere para su conocimiento, restauración y cuidado el patrimonio construido colombiano? En las presentes circunstancias del país, vaya uno a saber.

Si hay edificios rehechos desde cero, ¿por qué no Eldorado que, pese a la acumulación de tres décadas de bótox, conserva buena parte de su forma original?

Lo de “buena parte” es muy discutible en el caso de Eldorado. Por supuesto que hay edificios y hasta sectores enteros de ciudades que han renacido poco menos que de la nada. Está el Gueto de Varsovia, destruido por los nazis hasta sus cimientos, que fue maniáticamente reconstruido hasta con la mugre y los olores originales. Y hay edificios rehechos inverosímilmente, que nunca llegan a ser lo que había ahí, por simple imposibilidad para ello. Por ahí andan tratando de llevar el Partenón ateniense, otra vez, a sus últimas consecuencias, para que recobre fantasmagóricamente hasta los colores como de centro comercial de provincia colombiana, que en efecto tuvo originalmente cuando inauguraron el segundo edificio con ese nombre, en la época de ese Peñalosa griego clásico que fue Pericles. ¿Y qué? ¿A qué conduce todo eso? ¿A lo que decía un líder sindical polaco en plena dominación comunista: tenemos la misma necesidad de piezas de teatro de Bertolt Brecht que una vaca tiene de un perfume de Christian Dior? Ése nunca fue y ya no va a ser el debate a propósito de Eldorado. Los restauradores podemos hacer trabajos que parecerían de magos pueblerinos, pero para todo hay un límite, más allá del cual nuestra labor bordea el engaño cultural, vale decir, la estafa, como lo hace flagrantemente la Casa Museo del 20 de Julio.

¿Estafa?

Sí. Estafa. Mire: ese caso no es ni puede ser una restauración. Es una construcción nueva y punto. Se construyó en 1946-1947 como una caricatura que simula una edificación pseudocolonial y se le vende al público el engaño de que ahí ocurrió el incidente del florero de Llorente y comenzó nuestra presunta “independencia”. No están de acuerdo algunos historiadores serios respecto a que ese affaire se pueda contar exactamente así, pero lo que sí es comprobable es que de la casa de esquina colonial, levantada allí entre el final del siglo xvi y comienzos del xvii, ya no queda absolutamente nada. Hasta los cimientos viejos fueron reemplazados cuando se hizo aceleradamente la reconstrucción fantasiosa operada para la Conferencia Panamericana de 1948. La casa visible hoy es una mezcolanza primorosa pero falsa de componentes constructivos e ideas de diseño pretendidamente de época colonial, muy en la línea de algún restaurante “típico” al norte de Bogotá que posa como neopueblo boyacense.

El autor de la casa veintejuliera, el ingeniero Hernando González Varona, decía en su época, con elogiable honradez, que él no hacía restauraciones: “Yo lo que hago es arquitectura nueva, moderna, pero con antigüedades...así se ve más simpática...”. Habría que abonarle a González su franqueza y su fidelidad a cierta ideología profesional. La estafa vendría más tarde y con otros responsables, los promotores del mito histórico, del turismo cultural, del engaño a un público indiferente y de la explotación comercial de la ignorancia popular. La arquitectura no debería bajar al nivel cómico del mito del agua de la fuente de Lourdes (es del acueducto de Tarbes, cerro arriba del pueblo de Bernardita), la venta de las auténticas astillas de madera de la cruz de Cristo o las genuinas cabezas españolas del toro que mató a Manolete en Linares.

"Restauración" de la Casa Museo del 20 de Julio. © Archivo El Espectador

¿Una restauración sin estafa?

Es que hay restauraciones y reconstrucciones. A diferencia del Museo del 20 de Julio, el célebre puente de la Santa Trinidad en Florencia, por ejemplo, no es una estafa cultural, pues allí no se pretendió engañar a nadie con la “venta” o explotación cultural y económica de un monumento, sino asumir una de tantas actitudes posibles en restauración, con larga tradición italiana, hecha claramente con una intención de honestidad mimética –com’era, dov’era–, igual al proceso seguido con el campanile de la plaza de San Marcos, en Venecia, que se derrumbó por completo a comienzos del siglo xx y lo levantaron enteramente nuevo con estructura de concreto y metal modernos y adecuada cimentación en los años de poder de Mussolini. En la otra vertiente de la época presente está la magnífica obra de intervención del arquitecto japonés Tadao Ando y sus colaboradores italianos, en la Dogana di Mare, en la punta veneciana entre el Gran Canal y la laguna. Tan respetuosa como actual, esa brillante pero discreta adaptación a uso museográfico de las antiguas bodegas venecianas muestra que sí es posible el camino de la mitad; muestra que el pasado y el presente se pueden dar la mano y continuar su camino hacia el futuro, y que la destrucción innecesaria e imbécil es siempre equivocada. La historia de la arquitectura no es una lista de simplismos y actitudes extremas. Es muy compleja, muy variada, muy difícil y no tiene respuestas precisas para nada.

Considerando que la parte importante de Eldorado se va a tumbar para despejar un sitio para el parqueo de seis aviones, ¿sería una estafa restaurar el edificio y cambiarle de uso?

Sería hacer una réplica, que es muy distinto. En el fondo, salvarle la vida a Eldorado sería falsear su índole intrínseca. Un edificio creado con una vocación utilitaria debe tener una muerte digna como tal. Morir con las botas puestas, en cierto modo. Eso es preferible a ver, por ejemplo, una hermosa casa de hacienda de época colonial desfigurada por algún “arquitecto de interiores”, caída en las garras del turismo de “acción social”, llena de niños correlones y escandalosos, adolescentes anfetaminizados de mirada lánguida y señoras entradas en años haciendo aeróbicos en grupo. Un templo griego debe terminar sus días destrozado por algún terremoto y sin ningún refuerzo sismorresistente capaz de salvarlo. ¿Pero restaurar el templo griego de Agrigento para poner ahí una boutique de Giorgio Armani o de Dolce & Gabbana?

Usted es restaurador profesional. ¿Cómo ha enfocado el problema del cambio de uso en edificios antiguos?

Cambiar el uso de un edificio viejo es lo que he estado haciendo durante muchos años, unas veces con satisfacción, otras con profundo arrepentimiento. A veces un uso nuevo es la muerte de un edificio viejo. Otras veces ocurren resurrecciones milagrosas que hacen pensar en “monumentos” como Marlene Dietrich o Sofia Loren, pero no se le salva la vida a la abuelita de 85 años para que vuelva a correr los cien metros planos. Todo eso de la obsolescencia suena como a venta de indulgencias. La obsolescencia, en la era del progreso a ultranza, es ya una virtud excelsa. La gran ampliación del terminal del aeropuerto de Barajas, en Madrid, no les duró ni diez años. Tuvieron que emprender la actual a toda prisa pues los diseñadores de aviones y sistemas les llevan una gran ventaja a ingenieros y arquitectos.

Me parece poco objetivo negarle al terminal de Eldorado ciertos méritos arquitectónicos que, en el contexto de su época, fueron más que notables. Pero los perdió por desfiguración gradual. Esa pérdida es como la de la virginidad: ocurre una sola vez. La discusión cultural conservacionista en un asunto en el que hay de por medio decenas de miles de millones de pesos, y una dosis inmensurable de poder político, es una pérdida absoluta de tiempo y esfuerzos.

¿Villa Adelaida se podría considerar otra estafa?

Sí. Es difícil creer que una casa estéticamente tan pobre como copia platanizada de algunas páginas del libro francés Pour construire sa propre maison (Pablo de la Cruz con intervención de Gaston Lelarge) sea el motivo para tanta controversia de arquitectos y políticos. Es un chiste, vaga y torpemente afrancesado, que no da para tanto. Es cierto que no había que dejarla caer, que merecía cuidado como muestra de la medianía de nuestra época mal llamada republicana, pero no hay que estafar a nadie con la fábula de que allí había una joya arquitectónica cuando en realidad se trataba de un diamante de plástico. También en el más revenido eclecticismo hay calidades y calidades.

Considerando que Villa Adelaida sea tal vez la última de la especie “villa”, ¿qué tratamiento se merece?

Villa Adelaida no es la última de una especie. Ni siquiera es la trasantepenúltima. Es otra más, simplemente. En el género ecléctico colombiano o de época republicana, la comicidad es una virtud y la mediocridad un mérito. Véase si no, por ejemplo, la fachada de estación de ferrocarril de provincia francesa, comprimida como fuelle de acordeón para que cupiera en su lote, del antiguo Club Cartagena, en Getsemaní, de Gaston Lelarge. De presumida, esa fachada pasa a divertida. Que Villa Adelaida merezca o no tratamiento especial es asunto subjetivo. Se merecía no quedar desligada de su entorno, no haber sufrido la humillación de usos indebidos o de singular bajeza social, que no le faltaran cuidados y llegara a una vejez apacible. ¿Pero ahí, en ese sitio atroz, al lado del torrente de tráfico de la carrera séptima, rodeada de edificios modernos que más mediocres imposible? Lo único que le puede ocurrir es una momificación protectiva, con todo lo que ello implica.

Dadas la obsolescencia de la figura del seminarista y la singularidad del Seminario Mayor como un edificio en medio de una reserva forestal, ¿qué tratamiento se merece?

Según los más recientes estudios sobre las vocaciones religiosas católicas, los seminaristas no son obsolescentes sino obsoletos. Varios y múltiples usos razonables se podrían albergar en ese enorme y mediocre edificio, siempre con la idea de lograr en él un ambiente menos ominoso y frío que el que presenta actualmente. Todo eso es posible y recomendable. Lo último que cabría allí sería declarar sobrante por obsolescencia al pesado e inquietante edificio de Montoya Valenzuela. Mientras más desapacible estéticamente sea un edificio, más razón hay actualmente para su conservación. La insignificancia arquitectónica es hoy una virtud, como la discreción y las buenas maneras.

Panorámica del Seminario Mayor de Bogotá. © Archivo El Espectador

Allí hay una importante biblioteca y se podría pensar en un centro cultural que le hace falta al norte de Bogotá. Lo que habría que temer es el destino de la “reserva forestal” en torno al Seminario. Los urbanizadores y constructores llevan rato largo con las garras crispadas en torno a los terrenos del Seminario y el demonio de la tentación ronda a los sucesores del cardenal Rubiano. Lo único que detiene allí al Ángel de las Tinieblas (al que aparentemente le fascinan las oficinas, los apartamentos y los centros comerciales) es la voluntad de Dios y algunas tonterías legales de Planeación Distrital, porque a la hora del idpc nadie sabe qué pueda pasar. El Seminario requeriría mucho explosivo químico para deshacer sus sólidos muros de ladrillo. Y el esfuerzo para elevar a su autor a las alturas del Olimpo de la arquitectura en Colombia sería desmesurado y agotador.

Lo que usted ha dicho hasta aquí me lleva a preguntarle en qué consistiría un realismo patrimonial contemporáneo para Colombia.

Habría que partir de la muy obvia base definitoria de cómo está conformado lo que podríamos llamar el patrimonio construido y urbanístico colombiano, y terminar por un examen objetivo de quiénes están a cargo del manejo y cuidado de ese patrimonio y del papel sociopolítico de éste en el país. Lo primero está en gran medida por hacer y lo segundo es muy preocupante en la actualidad. Los límites de ese patrimonio están lejos de haber sido establecidos con alguna claridad con respecto a cualquier época histórica, pero más en el caso de los siglos xx y xxi. En la actualidad se trabaja con límites y conceptos patrimoniales del siglo xix. Se usan clasificaciones inventariales obsoletas, como las de los “estilos”, las decoraciones aplicadas y la nomenclatura formal de los años cincuenta. Un catálogo oficial de patrimonio arquitectónico que todavía anda por ahí metió de relleno, como de época “republicana”, un 65% de ejemplos de época colonial, sin entender el complejo fenómeno de las superposiciones arquitectónicas. En esto nos pasa que la historia nos dejó atrás, como a los dinosaurios. Las elucubraciones filosóficas y las múltiples teorías internacionales sobre el patrimonio urbanístico y construido no son particularmente útiles al tratar de darles una aplicación “realista” aquí en Macondo. Gran parte del patrimonio construido en Colombia es imaginario, en el sentido lato del término, pues de él solo quedan imágenes o recuerdos escritos o nostalgia sentimental. El vandalismo y la desfiguración se han llevado el resto.

No estamos muy lejos de la época en la cual la Academia Colombiana de Historia, encargada por ley de esa tarea, estableció que las “zonas históricas” de apenas 14 ciudades y pueblos colombianos dignos de tenerlas eran los perímetros urbanos alcanzados por éstos en los siglos xvi, xvii y xviii, es decir, durante el período colonial. Según la Academia, ahí se detenía cómodamente la historia de las ciudades y la arquitectura en Colombia. Lo ocurrido con el “plan” de Mompox recientemente indica que no hemos avanzado mucho en ese aspecto.

¿Realmente seguimos tan atrasados en cuanto a patrimonio?

Yo creo que sí. ¿Por qué la arquitectura “no digna de revista de arquitectura o libro de teoría” no se considera como patrimonio si de hecho lo es legalmente? Nada sabemos sobre esto. A nadie le preocupan los límites, implacables o elásticos, del muy tangible patrimonio construido. Gozamos más con lo intangible, lo intocable o lo inverosímil. Lo tangible solo importa cuando el Estado quiere hacer dádiva de jugosos contratos de restauración o cuando algún propietario quiere reemplazar su casa conservable por una elevada torre residencial. Realismo patrimonial es lo que está ocurriendo a diario en todo el país y no sobre lo que podríamos elucubrar indefinidamente. Hemos debatido y teorizado sin caer en cuenta que ésta es la verdadera cara del patrimonio construido y el verdadero rostro de nuestras ciudades. Lo que tengan de “cultural” varía según cada quién y el coeficiente de inteligencia de unos y otros.

Me parece que si no regresamos, a regañadientes o de buena gana, a la base de la realidad sociopolítica y económica colombiana, ya sea para cambiarla radicalmente o aceptarla como viene en su contexto de finca colonial, ¿cómo podemos pretender que vamos a crear o tenemos ya una cultura patrimonial apropiada a ésta? Hablamos mucho de sostenibilidad, de sismorresistencia, de tipologías inventariales, pero no podemos decirle a un ciudadano corriente por qué esa casita de nada en la cuadra donde vive es patrimonial y la siguiente, muy similar o idéntica, se puede tumbar para poner ahí un estacionamiento pirata de automóviles. No le podemos confesar que como arquitectos nos sedujo la ingenuidad torpe de la fachada de la una y nos fastidiaron los colorines con los cuales pintaron la segunda. Y que luego nos autonombramos inquisidores con derecho de vida y muerte sobre ésas y todas las demás edificaciones de la ciudad o del pueblo. No para vivir ahí, cosa que no haríamos jamás salvo algún fugaz fin de semana, sino para pasar a verlas de cuando en cuando.

¿Realismo patrimonial? Sí, si primero tuviéramos realismo social y político, pero sin éstos, ese sueño maravilloso seguirá siendo justamente eso, nuestro preciado mundo onírico colombiano. Podríamos llegar a conocer muy bien lo que pasaría por patrimonio cultural en los pueblitos coloniales: los carnavales, el salvajismo bonachón de las peleas de gallos y las corridas de toros, las atroces corralejas y hasta el fútbol con la primitiva barbarie de su público. Ya se vio en México que no es estrictamente necesario que todas las iglesias católicas estén dedicadas al culto. Hay que hacerle estatuas a Gabriel García Márquez y al maestro Escalona y dejar que Fernando Botero haga estatuas gordas para configurar, a como dé lugar, tradiciones modernas en arquitectura y otras artes para mostrar que aún estamos vivos patrimonialmente y tenemos, mal que bien, una cultura al lado de nuestra barbarie.

Nuestra realidad patrimonial existe y está ahí, en torno nuestro. Tiene un rostro caótico, ignoto, aleatorio y a veces hasta ominoso. El mundo real actual en Colombia es, por ejemplo, el transporte masivo atravesando como un machetazo el recinto amurallado de Cartagena. Ése es el futuro posando como presente. 

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Juan Luis Rodríguez

Es profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia.

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