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Iceberg

El caso Castaño: explicación a los lectores

Ideas, apuntes, críticas, chismes, tendencias, habladurías

© Jakob Helbig • Corbis


La discusión que sugiere Alberto Rodríguez en el Correo de este nuevo número de El Malpensante no solo es apetitosa sino que amerita esa respuesta larga y meditada que él nos propone. Se la daremos, por supuesto, aunque para ello don Alberto deberá tenernos un mínimo de paciencia y esperar hasta el número de marzo. Allí le contaremos lo mucho que en esta redacción nos hemos preguntado sobre la ausencia de mujeres en nuestro índice y lo que hemos hecho en el pasado y lo que hacemos ahora mismo en aras de suplir esa carencia. El motivo para postergarle la respuesta es, como se verá enseguida, tan poderoso como inusitado.

Los lectores recordarán que en el número de diciembre anunciamos con gran despliegue la publicación de seis crónicas de José Alejandro Castaño sobre lo que dimos en llamar “Fantasmas de la Independencia”, un ciclo dedicado a rastrear las sombras de nuestro prócer máximo en la actualidad de las naciones “bolivarianas”. Por su extensión y por el hecho mismo de que iríamos publicándolas a lo largo de seis meses, puede decirse que es el proyecto más ambicioso en que nos hayamos embarcado nunca. Ya imaginamos el pasmo de quienes nos siguen cuando sepan que hemos decidido bajarnos del proyecto y dejar aparcadas las cinco entregas restantes.

Para explicar los motivos de tan drástica decisión, tenemos que remontarnos muy lejos, en concreto al 13 de diciembre de 2009. Ese día, José Alejandro Castaño firmó con Casa Amèrica Catalunya un contrato para escribir “seis textos relacionados con el legado de Simón Bolívar en cada uno de los seis países que liberó: Colombia, Venezuela, Perú, Ecuador, Bolivia y Panamá”. Esos textos conformarían un libro de apoyo y complemento a la exposición Liberando al Libertador, también organizada por Casa Amèrica, cuya apertura se había fijado para la primavera de 2010. En virtud del contrato Castaño se obligaba a entregar los textos a más tardar entre “el 1 y el 15 de marzo”. A su vez Casa Amèrica se comprometía a pagarle la totalidad de los honorarios en los primeros días de 2010.

No fueron viajes fáciles. En Venezuela, Castaño fue apresado por el ejército y debió pasar varios días en la cárcel. Tal vez por eso al llegar el 15 de marzo no pudo entregar una sola cuartilla del libro y en consecuencia se vio en la obligación de pedir una prórroga. Así, se estableció que la nueva fecha de entrega sería en mayo de 2010.

Nosotros aparecemos en esta historia aproximadamente por esos días. A comienzos de abril Castaño nos contactó y nos puso al tanto del proyecto en que venía trabajando. Según él, su incumplimiento obedecía a que el trabajo de campo había sido insuficiente –había hecho viajes cortos, de tres, a lo sumo de cuatro días– y teniendo tal estrechez de tiempo no había podido atar completamente algunos cabos. En consecuencia nos proponía que consideráramos financiarle una repetición de los viajes. Como contrapartida, nos ofrecía escribir una crónica muy extensa, de aproximadamente 20.000 palabras, una poderosa síntesis de lo recopilado en ambas visitas, la de comienzos de año y la que emprendería (si finalmente nos aveníamos a ello) con nuestro mecenazgo.

Los costos de un proyecto editorial de esa magnitud son elevadísimos. Nunca habíamos hecho nada ni medianamente parecido, por consiguiente vacilamos en dar una respuesta. Al final, después de muchas cavilaciones, pero seducidos por la originalidad del proyecto, acordamos que nos subíamos al barco: la Casa Malpensante se haría cargo de los pasajes aéreos, de los hoteles y de los gastos de los nuevos viajes y Castaño organizaría para el número 112 de la revista un dossier de aproximadamente 48 páginas, en donde, además de escribir el reportaje, suministraría la mayor parte del material gráfico. Fijamos como fecha de entrega el 15 de julio, pues queríamos que la salida de nuestro especial coincidiera con las celebraciones del 7 de agosto.

Mientras Castaño volvía sobre sus pasos en Caracas, Lima, Quito, La Paz y Ciudad de Panamá, nosotros buscábamos diferentes formas de acopiar recursos. Una de ellas fue presentarnos a “Literaturas del Bicentenario”, un programa del Ministerio de Cultura con la misión y el presupuesto para apoyar diferentes proyectos editoriales en toda Colombia. Tuvimos la suerte de ganar uno de los 14 premios, lo cual se tradujo en una bolsa de diez millones de pesos y la necesidad contractual de publicar el material antes de finalizar el 2010.

Ése era el primer compromiso que tenía Castaño con nosotros. En cuanto a Casa Amèrica, el plazo adicional dado por la institución para la entrega del libro tuvo pocos efectos. Castaño también incumplió la fecha de mayo y tuvo que solicitar por segunda vez una prórroga del contrato. Un mes más tarde, acosado por los requerimientos de sus editores catalanes, entregó un borrador de los capítulos correspondientes a Colombia y Venezuela: más o menos el 30% del material que se le había encomendado.

En los primeros días de julio, mientras alcanzaba su apogeo el Festival Malpensante –en el cual era uno de los invitados–, Castaño nos manifestó que no podría hacernos llegar la crónica para el día 15. Había pactado una tercera y perentoria fecha de entrega con Casa Amèrica; si no remitía los cuatro capítulos faltantes antes del 1 de agosto, le aplicarían cláusulas penales. En vista de ello, estudiamos diferentes alternativas y al final optamos por trasladar el dossier para nuestra edición de octubre, la que conmemoraba los 14 años de la revista. Castaño se comprometió a entregarnos el 10 de ese mes.

Hasta aquí ésta podría ser la típica historia de un autor veleidoso, que promete artículos para una fecha determinada y jamás cumple. No vale la pena dramatizar al respecto; es una situación tan absolutamente común que el folclor de la profesión incluye los cuadros costumbristas del editor al borde del colapso porque su autor no le entrega los textos prometidos, y del escritor angustiado porque los plazos se le vencen.

Lo que definitivamente vino a enturbiar nuestras relaciones con Castaño es que tampoco tuvo el reportaje listo para la edición de octubre. Una vez más, constreñidos por las circunstancias, debimos aplazar el dossier hasta el último número del año. Fuimos enfáticos en una reunión telefónica con nuestro ya difícil autor en que esa fecha era innegociable, no solo porque el premio del Ministerio nos obligaba sino por un asunto de coyuntura periodística: carecía de sentido publicar un reportaje sobre el Bicentenario cuando ya el año para celebrarlo había pasado.

No aburriremos a los lectores con lo que sigue: digamos que a partir de este punto el elusivo comportamiento de Castaño, su renuencia a contestar nuestras llamadas telefónicas, su parquedad a la hora de asumir compromisos por escrito, nos hicieron presumir lo peor. Para sorpresa nuestra, al filo de diciembre y ya en pleno cierre, Castaño nos envió no el reportaje completo pero sí la parte dedicada a Colombia y, pocos días después, añadió el capítulo venezolano. Una vez más estuvo claro que no podría cumplir con la fecha de entrega.

Como en estos asuntos la justicia es imperiosa, debemos decir que el tramo de Colombia estaba excelentemente escrito y reunía un coro de historias increíbles (quizá literalmente increíbles). Después de una profunda edición la calidad del resultado nos llevó a redefinir los alcances del proyecto: ¿qué tal si, en vez de publicar una crónica muy larga, publicábamos seis, repartidas en igual número de ediciones, cada una dedicada a los países del antiguo mundo bolivariano? Castaño se entusiasmó con la idea y el Ministerio de Cultura estuvo de acuerdo con este cambio de planes.

Así pues, acabamos publicando en nuestro anterior número, el 115, la primera parte de un ciclo que se anunciaba como muy auspicioso. Por desgracia, lo que parecía el final feliz de un proyecto accidentado se vino abajo a los pocos días. Para empezar recibimos, no bien salida la revista a la calle, un airado mail de Marc Caellas, director adjunto de Casa Amèrica Catalunya, en que nos recriminaba por haber publicado sin su autorización un trabajo que les pertenecía. De ese modo nos enteramos de que Castaño nos había mandado exactamente el mismo material que le había hecho llegar seis meses antes a la casa catalana. No solo eso: ahí mismo fuimos puestos en conocimiento de que tampoco había cumplido con la famosa entrega del libro planeada para el 1 de agosto, de que había incumplido tres fechas de entrega más y que desde octubre del 2010 ni contestaba las llamadas ni respondía los mails de Casa Amèrica. Hoy, 30 de enero de 2011, la situación sigue siendo la misma.

Por si no fuera suficientemente grave habernos puesto en conflicto con una institución amiga, al revisar el texto correspondiente a Venezuela descubrimos que casi el 40% del mismo ya había sido publicado en mayo del 2010 en la revista SoHo bajo el título “Colombia vs Venezuela (un clásico en la frontera)”. Es decir, que Castaño engañó a nuestros colegas de SoHo vendiéndoles un artículo que le había encargado una institución española; luego, engañó a esa misma institución haciendo pasar el material como inédito y por último nos engañó a nosotros, dándonos la impresión de que era una crónica escrita especial y exclusivamente para nuestra revista.

Acá dejaremos a un lado el hecho de que tenemos fundadas razones para sospechar que esa crónica es falsa, si no por completo al menos en algunas de sus partes. Probarlo aquí exigiría un desarrollo lateral y ya este Iceberg viene siendo muy largo. Pero es un tema sobre el cual volveremos pronto. En todo caso, ese fantasma, el de la invención de datos y fuentes, ha perseguido a Castaño desde tiempo atrás y ya le costó una vez la expulsión de un periódico.

A estas alturas suponemos que nuestros lectores entenderán muy bien los motivos por los cuales decidimos cancelar la serie “Fantasmas de la Independencia”. No caeremos en la tentación de manchar la reputación de Castaño como escritor; seguimos pensando que tiene muchísimo talento, pero en igual medida pensamos que, en su caso, el talento y la honestidad no van juntos de la mano. Tampoco entablaremos acciones de tipo legal, aunque sin duda tendríamos argumentos de sobra para hacerlo. A los responsables de esta revista nos asiste la convicción de que las disputas intelectuales no se resuelven en los estrados judiciales. Al fin y al cabo ese valor intangible, la reputación, es algo que se gana y se pierde de cara a los lectores, no importa lo que digan o dejen de decir los jueces. Si Castaño ha decidido que la palabra y la credibilidad de un periodista son baratijas, no tenemos nada más que añadir a la discusión.

Lo que sigue es sencillo: estamos poniendo al tanto de la situación al Ministerio de Cultura y a las demás instituciones que se vincularon al proyecto. Confiamos en llegar con todo ellos a algún tipo de solución satisfactoria. En todo caso, la Casa Malpensante respetará escrupulosamente los acuerdos ya firmados.

En un célebre poema de León de Greiff se afirma: “Después de tantas y tan pequeñas / cosas –busca el espíritu mejores aires, / mejores aires”. Bueno, pues en eso estamos.

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