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Columna

Razones y tradiciones

    

© David Selman • Corbis Yellow 


La Corte Constitucional se encuentra en trance de reconsiderar la posibilidad de ampliar la figura del matrimonio civil a parejas del mismo sexo. Vale la pena recordar las cuatro principales razones por la cuales éste no es un problema que preocupe solo a quienes se verían beneficiados con la decisión. La primera es que si yo me manifiesto indiferente u hostil frente a los derechos de cualquier categoría de personas, estoy creando las condiciones para que los míos sean vulnerados. Esto podría llamarse el “principio de la racionalidad brechtiana”. ¿Recuerdan? Primero se llevaron a los comunistas, y no dije nada; después a los curas, y tampoco dije nada, y así sucesivamente, hasta que me agarraron a mí. La secuencia no tiene por qué ser tan dramática como en el famoso poema: basta constatar que la negación de los derechos de un sector de la población necesariamente debilita los de todos.

La segunda es que hay un conjunto de restricciones que son a la vez contribución al atraso y síntoma inequívoco de él. La exclusión de los homosexuales es una de ellas. Mauricio García comentaba en su columna de El Espectador que uno de los argumentos de los opositores del aborto es que su legalización precipitaría el derrumbe de la sociedad, sin apercibirse de que la abrumadora mayoría de países prohibicionistas eran atrasados y violentos, y casi sin excepción los más liberales eran prósperos y relativamente bien avenidos. Idéntica estructura argumental se puede aplicar al tema del matrimonio homosexual. Sus opositores quieren que seamos una sociedad ejemplar, como Nigeria o Irán, y no una corrupta y al borde del quiebre moral, como Holanda o Noruega.

Una de las diferencias centrales entre el primer par de países y el segundo es el grado de laicización de la sociedad y el Estado. Y eso nos lleva a la tercera razón para apoyar la ampliación de nuestro concepto de matrimonio civil. Contra ella se agita un agresivo bloque fundamentalista, que tiene toda una agenda relativa a la regulación de la vida privada, cuya compatibilidad con la democracia moderna veo dudosa. Más aún, las razones que esgrime –basadas en la convicción estridente de que ciertos actos o modos de vida resultan...

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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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