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Columna

Paseo cartagenero por una Manga sin mangos

Mucho se ha dicho sobre los dramáticos contrastes sociales de Cartagena. Pero también en el lado "bonito" de la ciudad se presentan atentados contra el buen gusto, la buena administración y la calidad de vida. Los adefesios arquitectónicos son protagonistas en esta línea, así lo confirma el recorrido de nuestro columnista por el tradicional barrio Manga.


Estar casado con una costeña trae ciertos lujos como pasar las vacaciones en sandalias y cambiar provisionalmente ponqué por pudín y Monserrate por la Popa. También da la oportunidad de salir a pasear por barrios como Manga y experimentar, además de las dificultades que supone transitar con un bebé entre un coche, que algo no está saliendo como sería de esperar. Si uno busca el antiguo esplendor del barrio, lo encuentra diseminado por aquí y por allá, pero a ojo limpio lo que domina es el ensañamiento contra las célebres casas y contra cualquier estorbo vegetal, sea éste un joven palito o un árbol octogenario.

Manga es uno de esos barrios colombianos que durante los años veinte sirvió como válvula para descongestionar los saturados centros coloniales. Al mismo género pertenecen sectores como Chapinero o la Avenida Chile en Bogotá, los barrios Prado de Medellín y Barranquilla, Granada en Cali o La Mutualidad en Bucaramanga. La arquitectura de estas zonas, que para entonces constituían las afueras de la ciudad, se conoce en términos políticos como republicana, y en términos estéticos como ecléctica. En general, se trata de una época dominada por la multiplicidad de estilos, por la habilidad de los arquitectos para manejarlos, por un adiós voluntario a lo colonial, y, sin importar el clima, un gusto compartido por la vegetación.

Acostumbrado a la placidez arquitectónica de la zona, es imposible no sorprenderse y no fastidiarse ligeramente al ver en la distancia la gigantesca mole del edificio en construcción Luna del Mar (ver imagen 1). Esperemos –se advierte uno mismo con prudencia–, no hay que juzgar a la ligera. A lo mejor sus espacios exteriores son generosos y pasar por ahí es un placer. Pero después de contornear por andenes desnivelados, algunos de sesenta centímetros de ancho, en los que se atraviesan repentinamente postes de luz que obligan a bajar a la calle el coche del bebé, llega uno al rascacielos en cuestión y descubre que la estrechez y la mezquindad con el espacio urbano son una nota distintiva del conjunto. No solo se ha mantenido la reducción de las aceras sino que se han talado todos los árboles, con lo cual los peatones del barrio van perdiendo hasta el placer simple de coger sombrita debajo de un mango.

Entra uno a la sala de ventas y se encuentra con que está ante un paraíso &uac...

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Juan Luis Rodríguez

Es profesor de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia.

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