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Columna

Esa blanca oscuridad

¿Cómo termina una buena historia?, ¿cómo se construye un personaje fascinante? Revolviendo sus recuerdos, la columnista encuentra un par de lecciones en la realidad.

© Oliver Eltinger • corbis

 

Ya no era una adolescente, pero tenía ese aspecto entre sucio y etéreo de las jovencitas que encierran algún misterio. No en los libros, en la vida real, me refiero. Debía haber tenido unos veinte años, el pelo le caía rubio y sin gracia por detrás de los hombros, los ojos severos jamás miraban de frente, y la boca, por lo que recuerdo, pasaba la mayor parte del tiempo inactiva. Parecía tener los músculos de la cara permanentemente contraídos, con ese terco mohín involuntario de las personas que caminan con demasiada energía, rápido, rápido, como si fuesen siempre atrasadas a alguna parte.

Aunque tenía el tipo que gusta universalmente a los hombres (rubia, delgada y pechugona), no era bonita, ni fea ni simpática ni graciosa ni nada. Y no me hubiese fijado en esa callada universitaria de no haber sido por un detalle, por algo que la transformó en una especie de leyenda de cuerpo presente: todos los santos días llegaba vestida exactamente de la misma forma. Una blusa y un pantalón blancos. Lo tenebroso es que estoy casi segura de que era siempre la misma blusa, muy liviana, de tela ordinaria, con el sujetador más o menos a la vista, y los mismos pantalones, normales, de estilo vaquero, con botas marrones o blancas. La vi mañana y tarde durante tres años, tres largos inviernos, tres veranos aún más largos, y ni una sola vez cambió de indumentaria, salvo el añadido de un suéter de tejido suelto, como de red, que se plantaba encima de la blusa los días fríos. También era blanco.

No me lo estoy inventando. Por esa época no tenía mucho que hacer y me pasaba gran parte del día en silencio, mirando. Tenía veintidós años y me había vuelto transparente. Estaba sola en un país que no era el mío, no conocía a nadie, no hablaba bien el idioma, era realmente tímida (sigo igual, pero ahora disimulo mejor) y todo me sorprendía porque había cruzado el Atlántico para eso, para sorprenderme. Si alguien no me dirigía la palabra yo tampoco lo hacía, y así podían pasar semanas sin apenas darles uso a las cuerdas vocales. Las salas de clase eran amplias, los estudiantes muchos, y el timbre oficial del país siempre ha sido varios decibeles m...

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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