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Breviario

Colón en las Torres

Declaradas monumento histórico nacional, las Torres del Parque son uno de los hitos visuales de Bogotá.

Las Torres del Parque están cumpliendo treinta años y, como fui el primero en pasarme a ellas cuando todavía tenían una horrible cerca de hojalata alrededor y el jardín apenas si se insinuaba, alguna vez se me ocurrió decir que yo era el Cristóbal Colón de ese conjunto. Confieso que unir mi nombre al de Colón fue una idea, además de presuntuosa, infeliz. Don Cristóbal llegó a América buscando sedas y especias, obsesionado por imponer la cruz y dejarse obnubilar por el brillo del oro. Pero nunca supo lo que había descubierto. Las desnudeces de los nativos, cuya piel morena no estaba cubierta por las ricas telas soñadas, le hicieron sospechar que todavía no llegaba a la India —en lo que estaba cierto— y más bien se transó por creer que estaba en las cercanías de Cipango, tal vez en unas islas de los alrededores, desde donde estos nativos atrasados cuidaban a los samurais y a sus señores. Sin saber que algunos de estos salvajes, en México, por ejemplo, tenían el concepto del cero que aún no habían llevado los árabes a Europa; otros sabían combinar sabiamente la arquitectura con la astronomía y conocían, como lo relata burlonamente Augusto Monterroso, las fechas exactas de los eclipses de sol.

Y si, como es sabido, el pobre don Cristóbal murió sin tener certeza de lo que había descubierto, yo, en cambio, conocía exactamente lo que descubría, porque vi nacer las Torres —bajo el ala protectora de Samuel Vieco— desde que Rogelio Salmona hizo que empezaran a aparecer bosquejadas en las servilletas de El Cisne, hasta que las sacó a vivir decentes, en enormes planos dibujados con intrincado rigor, para luego presenciar su construcción y acabar viviendo en ellas. En ese entonces yo era arquitecto tegua.

A Salmona lo había conocido en París, cuando él trabajaba en un edificio de atrevida arquitectura, pero no era eso lo que nos llamaba la atención a Gabriel García Márquez y a mí sino que Le petit Salmoná, como lo llamaban los amigos colombianos, era —para Gabo y para mí, que estábamos en la inopia— un verdadero magnate: tenía la capacidad económica de invitarnos —pagando él, naturalmente— a almorzar en el chantier donde trabajaba, y nosotros nos aprovechábamos para rellenar nuestro hambre con grandes cantidades de queso camembert y de vino, que todavía no estábamos en capacidad de juzgar si era bueno o malo...

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Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.

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