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Columna

La traca final

Ante las últimas hojas del calendario son frecuentes los propósitos para el porvenir. Ahora que están a punto de concretarse las profesías mayas, van unas cuantas promesas para el último año de la historia.

© David Sailors • corbis

 

"Este sí que va a ser nuestro año”, me dijo alguien un diciembre atrás. No lo fue, porque era imposible que lo fuera, porque era una declaración vacía, porque ni el alguien ni yo teníamos idea de qué hacer con un año si hubiese sido todo nuestro. Pero no importa, porque volveremos a decirlo, nosotros y tantos más. Ahora sí que sí. Una y mil veces. El 2012 será nuestro año.

No hay material atómico que utilicemos con menos previsión, con menos cuidado, que las palabras. Nada más volátil que las promesas sin feedback, que los juramentos sin ejércitos, que los buenos deseos basureados en la impunidad del olvido instantáneo. Y a la vez, nada más subyugante que un orden atrabiliario. El calendario, por ejemplo. Nadie cambia de vida en agosto. Nadie decide empezar de cero en abril. Nadie deja de fumar un miércoles, o enfrenta a un jefe miserable un martes por la tarde. “Este año voy a hacer las cosas de otra manera. Voy a dejar de matarme trabajando, voy a usar la bicicleta, voy a aprender alemán. Desde ahora no voy a permitir que me traten mal”. Declaraciones de este talante solo hacen nata en diciembre, a más tardar la madrugada del 1° de enero, y se entiende que la nueva era, la de los propósitos relucientes, partirá el lunes siguiente, no antes: así de relojeada tenemos la mente.

“Este año me voy a dar tiempo para mí”, decimos, parece que con mayor frecuencia, las mujeres. Las mujeres citadinas de hoy, llenas de trabajo, de pendientes, de parientes, pero además acicateadas por la obligación extra de ser felices personalmente, o sea delgadas, o sea relajadas, liberadas y autoperdonadas (lo que anula todo lo anterior pero es muy, muy difícil. En realidad no tengo idea de cómo se hace). Ah, las mujeres, y ya no digamos las madres, esa categoría tan antipática cuando reclama para sí toda la abnegación que existe en el mundo, como si no la cultivaran para callado los padres tocados por la gracia, los profesores rurales, las autoridades honestas –que las hay, pero no salen en la foto–, los niños viejos, los perros fieles. Aun más que los hombres, dicen las estadísticas (y antes que ellas los proverbios), las mujeres corremos en diciembre un...

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Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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