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Columna

La batalla de internet

Sitios cerrados, programadores apresados y represalias anónimas son el balance de la agitación causada por los proyectos de ley SOPA y PIPA. En medio de este panorama, ¿qué va a pasar con internet?

© Tetra Images • corbis

 

Esta vez, y por pura coincidencia, la noticia no sonaba tan lejana: “sopa” y “pipa” eran menos abstrusas que eso de Stop Online Piracy Act y Protect Intellectual Property Act. Pero aun así la noticia murió a los pocos días, porque el Congreso de Estados Unidos enterró los proyectos de ley que habían sido bautizados de este modo. 


El problema sin embargo sigue vivo, y es la cuestión más importante de esta época: ¿quién debe ser el dueño del saber, de las tecnologías, de las innovaciones, en fin, de las ideas que mejoran el mundo?

La pelea más intensa se refiere a dos productos culturales –la música y el cine– por la buena razón de que cualquier persona puede disfrutarlos sin demasiado trabajo. De aquí que en SOPA y PIPA se enfrentaran dos bandos bien marcados: los artistas e “industrias del entretenimiento” contra las empresas y usuarios de internet. De un lado las agremiaciones de autores, las disqueras y los estudios cinematográficos; del otro lado Google, Wikipedia y afines, más todos los blogueros del planeta.

Fue la punta del iceberg del conflicto entre los que viven de producir ideas y los que quieren usarlas sin pagar por ellas. Es un conflicto viejo, que internet reinventa de un modo muy dramático y que toca la base final de la riqueza y el bienestar humano: las ideas aplicadas al progreso en todos los terrenos.

En este caso la razón está de un solo lado: el de los creadores de conocimiento, de tecnologías o de productos culturales. Gracias a tres profesores laureados (Robert Solow, Robert Lucas y Paul Romer) hoy se sabe que la clave del crecimiento económico no es el ahorro, ni es la inversión, ni es la educación, sino las ideas nuevas aplicadas a la producción de cosas distintas o cosas mejores. La fuente principal de la riqueza no son objetos materiales sino códigos –recetas, marcas, métodos, diseños, procedimientos– que se usan para añadir valor a las cosas que existían.

Pues bien: desarrollar las ideas cuesta trabajo y dinero, de manera que sin respeto a la propiedad intelectual sencillamente no tendríamos progreso.

Los argumentos contrarios son por supuesto la libertad de expresi&oac...

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Hernando Gómez Buendía

Columnista de El Malpensante. Es también director de la revista digital www.razonpublica.com.

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