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Columna

Por qué ahora hay menos muertos

¿Es la Seguridad Democrática la única causa de reducción de muertes violentas y secuestros? Una lectura detenida derrumba fácilmente ese lugar común.

Colombia está de moda. No solo por el boom energético y el trato ultrageneroso de la inversión extranjera sino también –y más notablemente– por haber recuperado la seguridad y porque ahora somos un país “en posconflicto”. O por lo menos eso dice Wall Street, eso repiten los medios internacionales, y de eso viven los ex funcionarios del gobierno Uribe que hoy asesoran a otros varios países en materia de seguridad ciudadana.

El optimismo tiene una base real: entre 2002 y 2010, la tasa de homicidios cayó en más del 40%, los secuestros se redujeron sustancialmente y otros delitos relacionados con el conflicto armado también tendieron a disminuir. Colombia ya no es “el país más violento del mundo” –como lo fuimos en los noventa– y las guerrillas hoy por hoy están “estratégicamente derrotadas”.

Y sin embargo... con 66 asesinatos anuales por cada cien mil habitantes, Colombia sigue siendo un país muy violento: casi tres veces más violento que el promedio de América Latina y muchas veces por encima de la media mundial (ocho homicidios por cien mil habitantes). Esto –simplificando– nos llevaría a inferir que el problema de Colombia es el mismo problema de América Latina: ser la región más desigual, más excluyente y, por ende, más violenta del planeta. Con la doble añadidura del conflicto armado interno más prolongado del mundo y el ránking de primer productor de cocaína como motores de la criminalidad rampante.

Advierto aquí que individualizar las “causas” de la delincuencia en general o del delito violento en particular es una simplificación que asustaría a cualquier estudioso del asunto, porque la criminología si acaso es una ciencia biche y porque las estadísticas en este campo son particularmente poco confiables. Pero sigamos con la excepcionalidad de Colombia.

En común con la mayoría de los países latinoamericanos, tenemos pobreza, desigualdad y desorganización social suficientes para pronosticar una alta propensión al delito. Tenemos una cultura “del atajo” que nos hace (tal vez) todavía más insolidarios que los países vecinos. Y es cierto que hemos tenido un Estado relativamente débil, cuando no del todo ausente de las extensas regiones que conforman “la otra Colombia”. Estas zonas periféricas precisamente y por lo mismo han sido el escenario principal del conflicto armado y de las actividades crucial...

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Hernando Gómez Buendía

Columnista de El Malpensante. Es también director de la revista digital www.razonpublica.com.

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