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Breviario

Paraguas

Breviario

 © Estudio Caligari

En la ciudad de donde vengo la lluvia lo detiene todo. Al sentir el golpe de las gotas sobre el techo, los barranquilleros volvemos a acomodar la cabeza sobre la almohada hasta que escampe; nuestras madres, temiendo que suba el voltaje, desconectan los electrodomésticos —aunque inevitablemente habrá un apagón después de unas pocas gotas—, barren las terrazas y sacan las basuras para arrojarlas a las calles donde serán arrastradas por los arroyos; nuestros hermanos menores y tíos desempleados salen corriendo descalzos y descamisados a jugar bola ’e trapo bajo el aguacero. En definitiva, no es exacto afirmar que la ciudad se detiene, es más preciso decir que se mueve a una velocidad tan extrañamente presurosa, torpe e indiferente como el curso de sus ríos urbanos que avanzan hacia las casas medio derrumbadas e inundadas por la tormenta, y después arrastradas por la basura y la corriente.

En Bogotá no es así. Aquí el cielo se cae a pedazos en gotas pesadas sobre la sabana —a pesar de los siempre fallidos pronósticos de Max Henríquez— y la vida sigue su ritmo feroz como si nada pasara. La velocidad aumenta en las calles; las oficinas y colegios siguen sus actividades normalmente; los buses continúan matándose pero ahora, además, arrojan los charcos de las calles sobre los transeúntes. El frío es paralizante y el sonido de la lluvia adormece, pero de todas maneras hay que trabajar y nadie se baña bajo un chorro, nadie juega al otro lado de la ventana, sólo avanzan tratando de proteger sus cabezas de la lluvia bajo sus paraguas.

En cada esquina del centro de la ciudad un hombre ofrece estos artefactos de plástico y metal gritando su nombre a viva voz y haciéndolos girar bajo la lluvia. ¡Paraguas! Los he visto desde mi infancia, siempre admirado por su forma de hongos que se abren repentinamente al estirar su tallo. Yo no tengo uno. Nunca lo he tenido y algo en mí se resiste a comprarlo a pesar de que la lluvia gobierne mis actos desde hace varias semanas.

Aquí, el hombre de la esquina hace girar uno de cuadros negros y rojos; una adolescente de jeans rotos, zapatos verdes y tetas grandes corre entre los charcos bajo un paraguas amarillo con cara de patito; un viejo barbón con bufanda y cara de poeta venido a menos camina lentamente protegido por un paraguas...

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Ángel Unfried

Director de la revista El Malpensante. Ha colaborado en Diners, Shock, Bacánika, La República y El Heraldo. Editor y relator de varios talleres de la FNPI.

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