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Columna

La historieta y la causa

Las primeras lecturas pueden dejarnos mucho más que horas de entretenimiento. La autora recuerda lo que representó para ella el encuentro con los cómics de Hugo Pratt.

Corto Maltés, en su imbatible perfil izquierdo

 

Me parece algo extemporáneo, por no decir vergonzoso, que una dama adulta, maciza incluso, con hijos, miopía y responsabilidades, sea fan de un dibujo. Como que no le viene. Ni siquiera es un dibujo de museo, algo oficialmente artístico, elevado: no. Es un dibujo de historieta y la dama aquí presente lo siente mucho pero desde su juventud muere de amor por él, tanto que tiene una viñeta suya enmarcada y gigante en el cuarto de baño.

Se trata de un personaje nacido en Malta el año de 1887; un tipo enjuto, guapo de doler, con patillas, levita, argolla en la oreja y gorro marinero. Un tipo que la mayor parte del tiempo se planta de perfil y en ese plano es imbatible, déjenme que les diga. Yo lo conocí en austero blanco y negro, a lo más en hermosas acuarelas, y casi siempre de perfil, como decía: el mentón hundido en las solapas de su gabán de marino, un cigarro apenas suspendido en la boca –delgada, dos líneas apenas– y una irresistible propensión al misterio que colmaba todas mis ensoñaciones ridículas en torno al galán perfecto.

Corto, nombre estúpido cuyo origen nunca me molesté en averiguar, aparecía siempre en sitios sugerentes como Samarcanda, Manchuria, Pitcairn, Cornualles o Valparaíso, y su ocupación era tan vaga como su destino. Técnicamente un marinero, a veces pirata, guerrillero anticolonialista, salvador de niñas armenias en peligro, vaquero sin western, rey de la mirada perdida, mi aventurero universal nunca abría la boca, ni siquiera cuando en la viñeta decía cosas enormes, cosas como “Desde que llegué solo he visto tristezas” o, más cool si cabe, “Todavía no he decidido la fecha de mi muerte”.

Mis padres tienen la culpa. De niños, y por esa previsible división por géneros que no hacía levantar una ceja a nadie en los años setenta, si mis hermanos leían Cinco semanas en globo, El oro de los Apalaches o El Corsario Negro, mi hermana y yo apenas podíamos aspirar a Mujercitas o Quinto grado en Torres de Mallory. Para los niños, aventuras. Para las niñas, sensibilidad. O también: para los niños aventuras en mundos lejanos, en territorios sal...

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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