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Columna

Dos anillos de tungsteno

Bonnie y Clyde son muy conocidos por sus delitos, no por sus sortijas matrimoniales. Esta es la historia.

Faye Dunaway y Warren Beatty como Bonnie and Clyde (1967) • Cortesía Internet Movie Database

 

La parte que más me gusta de la historia de Bonnie & Clyde es la de los anillos de tungsteno. Son pocos los que cuentan esa parte, y sin embargo es la que le da sentido, la saca de las páginas policiales, le apaga el tableteo de las ametralladoras, el olor a pólvora en el aire, el morbo de verlos arder como bonzos, cosidos a balazos por los federales en un perdido camino de tierra de Luisiana. Todos creemos saber la historia de Bonnie & Clyde porque los vimos morir en cámara lenta en una tarde de primavera de luz lavada y desvaída, como es siempre la luz de exteriores en las películas viejas en colores que pescamos por televisión.

Todos sabemos que, aunque tenía solo dieciocho años cuando conoció a Clyde, Bonnie ya estaba casada desde los quince (su marido había caído preso apenas se casaron, por eso no se divorciaba de él: nunca lo había querido pero le parecía desleal abandonarlo cuando estaba tras las rejas). Entonces apareció Clyde por el bar donde trabajaba como camarera, y Bonnie sucumbió, aunque a él también se lo llevaran preso enseguida, y por primera vez no lo salvara de la cárcel su baby-face porque ya había cumplido los dieciocho. Eran los tiempos de la Depresión: al crack económico se sumaban una tremenda sequía y una plaga de langosta, los bancos ejecutaban hipotecas y expropiaban casas, diez millones de desempleados vagaban por los caminos de América. Las crónicas dicen que en la cárcel Clyde se hizo hombre, y asesino. Lo habían mandado a Eastham Farm, un agujero olvidado de Dios, célebre por sus condiciones insalubres y la peligrosidad de sus convictos. Uno de ellos eligió a Clyde de esclavo sexual. Cuando ya le daba lo mismo morir que cualquier otra cosa, Clyde logró matarlo y no ser culpado del crimen. Pero estaba tan loco por salir (su madre le aseguraba que tenía casi obtenido un perdón especial para él) que con una pala se hizo cortar dos dedos de un pie por un compañero de trabajos forzados. Dos días después le anunciaron que estaba libre: no por la mutilación, sino gracias a aquel perdón obtenido por su madre. Lo primero que hizo Clyde al salir fue, cojo y todo, robar un auto y...

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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