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Columna

Inmortalidad bufa

La “reciente revelación” del verdadero rostro de Bolívar es solo un capítulo más en su mitificación como héroe. ¿Qué viene después?

© Julián Cardozo

 

En días pasados, chávez pudo por fin darse el lujo de presentar una suerte de holograma de un Bolívar que inverosímilmente es capaz de combinar la solemnidad de la estatua ecuestre con el mohín del galán de telenovela. Esa era, nos contó, la verdadera expresión de Bolívar (cosa que no me extrañaría). Además, una comisión de médicos convocada específicamente para dirimir el asunto avisó al público –por medio de un comunicado que tuvo mucha menos difusión entre nosotros que el holograma– que el Libertador no había muerto de sífilis, sino de neumonía. Ahora, por más que el lector sienta animadversión por el caudillo venezolano, tendrá que admitir que una tosecita es algo mucho más presentable y decente que una sífilis. Imagínese conversando con sus tías acerca de un amigo ausente. “No, no pudo venir –dice el lector, levantando la taza y con cara de circunstancias– porque su sífilis se empeoró”. Desmayos, sales... Ahora cambie en la cláusula el nombre de la desdichada enfermedad por, digamos, gripa, y verá cuánto mejora todo.

En realidad, todo había comenzado en 2007, cuando Chávez –en medio de una aguda crisis entre los gobiernos de Colombia y Venezuela– hizo públicas sus sospechas de que el Padre Fundador no había muerto como establece la historia convencional, sino que había sido asesinado por Santander y la oligarquía bogotana. En medio de un cuadro que recordaba vagamente a csi, con varias personas en bata blanca a bordo, los televidentes oyeron asombrados cómo era posible encontrar la evidencia para apoyar el aserto del presidente, y el fiscal manifestó con su expresión de máxima alarma –más o menos la que se siente obligado a usar el tendero cuando su hija le cuenta por primera vez que tiene novio– que se trataba “de algo muy serio”. Uribe, que se había emperrado –a costa de los intereses de los colombianos– en contestar como una víbora a cualquier movida del vecino que oliera a provocación, esta vez guardó silencio. ¿Sería porque él y los suyos estaban confrontando en ese entonces a la “oligarquía bogotana”, qu...

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Francisco Gutiérrez Sanín

Columnista de El Malpensante y El Espectador. Es profesor en el Iepri de la Universidad Nacional de Colombia.

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