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Columna

Las fronteras del oficio

Masajistas, manicuristas, esteticistas... ¿Hasta dónde llega el ciudado del cuerpo y dónde comienza a desdibujarse el trabajo de estas personas? 

Marianne Faithfull, en una escena de la película Irina Palm • © Universität Paderborn

 

Laura conoce a Lulú en Madrid. Ambas están de vacaciones y al quedar en mesas adyacentes en un restaurante se ponen a conversar y a tomar vino, mucho vino. Lulú cuenta que vive en Austria y hace “masajes con final feliz”. Es caleña y, tras ser violada por un tío siendo muy joven, pasó por la guerrilla, comenzó a vender basuco y todo lo que pudo encontrar. Tenía totalmente clara una cosa: “No voy a ser manteca”. Cuando le contaron que en Aruba se podía hacer mucha plata se marchó dejando marido e hijo para conseguirse un viejo rico que la mantuvo por dos años. “Lo engatusé. Es mejor ser amante amada que esposa engañada”. Viajó luego a Madrid, se llevó al marido pero no se lo aguantaba. Convencida de que “uno no puede dejar que la comida le dañe la dormida”, fue calibrando el país y el tipo de negocio que mejor le convenía. Hoy tiene un local con varios cuartos administrado por su hijo. Cuando Laura le pregunta dónde aprendió a hacer masajes, le responde sonriendo que con saberse el final feliz “lo del masaje a nadie le importa”.

 

 

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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