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Columna

El camaleón

En libros como KaputtLa piel, y también en lujosas cenas siempre rodeado de espantados comensales, Curzio Malaparte narró con brutal lujo de detalles los horrores de la Segunda Guerra Mundial, incluso antes de que terminara.

Curzio Malaparte con Gioia Zanetti • © Federico Patellani | Corbis

 

Imaginen el avance incontenible de las tropas nazis en el Frente Oriental. Han llegado hasta Finlandia. Con ellas marcha un oficial fascista italiano, que cubre la guerra para el Corriere della Sera. Su nombre es Curzio Malaparte. Mussolini mantiene con él una relación de amor-odio; le inventó esa misión para sacárselo de encima. El frente está a solo dos horas de distancia, pero Malaparte está cenando en un palacio de Helsinki, entre duques y baronesas. El anfitrión es el conde de Foxá, embajador franquista en Finlandia. Los vinos españoles dan al salmón y a la lengua de reno ahumada “un delicado sabor a sol”. Todos los comensales escuchan a Malaparte que está contando lo que ha visto en el frente un par de días antes, cuando las fuerzas alemanas y finlandesas hicieron retroceder a la caballería rusa hasta las orillas del Ládoga, incendiando un bosque para cortarles la retirada. Caballos y jinetes tratan enloquecidamente de cruzar a la otra orilla, los finlandeses les dicen a los alemanes que no gasten balas y esperen. Con la caída de la noche la temperatura baja de golpe, el agua se congela, los sonidos se apagan. Al alba, el Ládoga es una enorme lápida de mármol blanco en la que sobresalen cabezas de caballos, congelados en rictus agónicos. Los finlandeses invitan a los alemanes a sentarse sobre esas cabezas, a beber té humeante y contemplar el paisaje, ignorando los cadáveres de rusos congelados que se alcanzan a ver bajo la capa de hielo.

 

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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