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Columna

Háblame

A veces la conversación cotidiana es un parloteo ensordecedor. Sin embargo, de vez en cuando vale la pena detenerse en medio del ruido y escuchar las raras formas en que se reinventa el idioma.

© Arthur Baensch • Corbis

 

Hay cosas que antes eran invisibles para mí y que ahora me entusiasman. Como la naturaleza (sí, son cosas obvias). No sé cuándo ocurrió, no recuerdo que antes de los treinta o treinta y cinco me hubiese dado cuenta de que existía algo llamado pasto, árboles, plantas, pero ahora cuando viajo casi lo único que pregunto es dónde se puede ver un tamarindo, un ombú, un laurel de la India; cuando entro en mi casa como que le pido permiso al magnolio del jardín –tiene más antigüedad y por lo tanto más derecho a estar allí que yo, digo–, y cuando en la calle empiezan a florecer los ciruelos y a verdear las enredaderas me siento como esponjada, hasta me río un poco.

 



Otro florecimiento del que no fui consciente por años pero que he llegado a admirar seriamente es una cierta forma de hablar. La practican con maestría varias amigas mías, y llevo un tiempo estudiando para que se me pegue. Este arte, para empezar, nunca confunde calidad con cantidad. Hay gente que habla hasta por los codos pero jamás de los jamases dice nada interesante y, peor, provoca la furia soterrada del pusilánime (normalmente yo) que no halla cómo sacársela de encima. Y les digo por qué lo digo. Mi familia es más bien parca; nosotros si necesitamos decirnos algo nos escribimos papelitos, y si tuviéramos escudo familiar el lema sería algo muy parecido a No molestar. Uno de nosotros se divorció por correo electrónico, y un Palet adolescente es por definición un ser humano que no emite ruido. Por eso, cuando llamaba a casa la tía Violeta, pariente lejana e imparable cotorra jubilada, el que hubiese tenido la mala suerte de levantar el teléfono se deshacía en muecas para que los demás acudiéramos a librarlo de esa verdadera tortura (cosa que, siendo como éramos de maldad infantil estándar, obviamente no hacíamos).

No, el estilo de conversación que hoy me entusiasma se distingue del cotorreo en que este hilvana una serie de frases sin gracia ninguna, vuelve al punto de partida y se repite insensiblemente sin importar cuál sea la reacción del interlocutor, porque la peculiaridad de la cotorra es su rotunda sordera a todo lo que no sea su propia voz. Por eso es tan desesperante su runrún: tiene una circunvalación en la cabeza, un loop construido con el cemento del miedo y la pobre señalización de los lugares comunes, y así no avanza, no da forma a nada, no tiene resonancia, se deshace sin dejar la menor huella.

Mis artistas del habla, en cambio, son felices y un poco histéricas, o sea prácticamente normales, y producen novedades lingüísticas como conejitos, o sea sin querer. Hablando de cualquier cosa dibujan un árbol de palabras, una enredadera de humo, ramajes solo a medias caprichosos que forman una densa y regocijante figura que no se evapora de inmediato sino que genera una especie de vibración. Me refiero a ese sonido lleno que perdura. Es un tipo de ingenio lingüístico y metafórico que no requiere diccionarios porque inventa todo lo que necesita, y que tampoco es solo pirotecnia porque destila sabiduría espontánea, como cuando interpreta una situación compleja o larga de explicar y le asigna brillantemente una expresión breve e inolvidable: estas grandes conversadoras, cuando se sienten mal, se sienten “horrible doble con crema”, a un vestido de fiesta o alta noche si es espantoso lo llaman “de alto pánico”, y un domingo con la suegra es un “panorama japonés”. ¡Toing! A una se le ocurrió la estupidez de que el “ayudándote a sentir” era un pésame lesbiano y desde entonces andamos algo distraídas en los funerales; otra instituyó para nuestra personal real academia lo de “marlonbrandearse”, que ya habrán adivinado alude a ese proceso fatal por el cual el hombre que era macroguapo en su juventud acomete como con especial dedicación la tarea de hacerse mierda y terminar a los cincuenta convertido en la Franja de Grasa. Después de una tarde entera jugando a las muñecas con su hija, otra, que odia las muñecas, un día comentó como si nada: “¿Dónde? ¿Dónde, en el contrato divino de las madres, se refieren a esta parte? Yo firmé eso de alimentarás, protegerás, educarás, pero, ¿jugarás?...”. Y ella misma nos convenció de que, aunque la expresión correcta es “desternillarse de la risa”, en realidad es mucho mejor “destornillarse”, inventado por ella, porque puedes imaginarte fácilmente como un tornillo que gira sin parar por el solo impulso de la risa, en cambio las ternillas nadie sabe dónde quedan.

No me pidan más ejemplos porque este tipo de destreza hablarina funciona por acumulación y no es reproducible por escrito: se trata de un discurso arbóreo que se forma con avances, retrocesos, juegos de palabras, expresiones faciales, recreación de historias ajenas, chistes y cambios bruscos de dirección; todo a la velocidad del rayo, y con una gracia inigualable.

Lo más parecido que he encontrado como referencia a este arte social es algo que dijo el cineasta chileno Raúl Ruiz en una entrevista de los años setenta, a propósito del sonido directo en sus películas:
“...en castellano coloquial tú puedes fotografiar el idioma, tiene una especie de humareda... un diálogo es una escultura”. Según Ruiz, que vivía y hacía películas en Francia, el francés se vuelve transparente más rápido que el castellano, y eso porque los franceses tienen por formación un entrenamiento lógico mucho más exhaustivo que el nuestro –son como portavoces de sí mismos, dice– y cuando abren la boca ya saben exactamente lo que van a decir, ya tienen la frase completa en la cabeza, mientras que nosotros empezamos a hablar como por no perder el turno y solo después de “unos doscientos ruiditos” algo coherente puede aspirar a tomar forma.

Lo comprobé hace dos días, en una conferencia de Roger Chartier en Chile. Mientras que las preguntas del público eran como una cortadora de césped vuelta loca, dibujando figuras imposibles a toda velocidad, o como una mazamorra intragable de conceptos arrejuntados a los que claramente les faltaba un hervor, las excelentes respuestas de Chartier le salían ya redactadas, dividiendo el problema en partes que luego iba desgajando tranquilamente pero sin tregua, como un camioncito argumentativo. El que me haya quedado dormida escuchándolo, sin embargo, solo en parte debe haber sido por el calor, por el cansancio del fin de la jornada; puede ser también que me haya acostumbrado demasiado a mis artistas del habla, a sus magnolias y sus enredaderas expresivas, sus graciosas pizzas mentales, a ese talento para el dislocamiento del lenguaje que no espera la primavera para florecer.

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Comentarios a esta entrada

Claudio Mera

Esas frases creadas sobre la marcha de la conversación, me recordaron lo poco que he leído de Cortázar y varios de los cuentos de García Márquez ¿A usted no?

Su comentario

Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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