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Columna

La piel que habito

La piel de Chaja Rubinstein cautivó a las mujeres australianas. Su secreto, una crema de "receta milenaria" que la llevaría a iniciar la cadena mundial de salones de maquilleje Helena Rubinstein.

Helena Rubinstein

La menuda (1,40 m.) Chaja Rubinstein llegó a Australia porque tenía siete hermanas mayores, y cuando le llegó la edad de casarse el padre no tenía qué ofrecer de dote: solo un hombre pidió su mano, "si era gratis". Chaja prefirió que la mandaran a Australia con los tíos; desde su barrio Kazimierz de Cracovia, en 1900, era como decir el fin del mundo. Pero en Australia dejaban a las mujeres trabajar, y la menuda Chaja, con su piel de porcelana, consiguió enseguida trabajo como camarera. Cuando las mujeres le preguntaban cómo tenía esa piel, Chaja contestaba que se la debía a una crema elaborada según receta milenaria en su tierra, en los montes Cárpatos. Las mujeres le preguntaron si tenía de esa crema para vender. Chaja dijo que sí, porque en Australia había muchas ovejas, es decir mucha grasa animal, y ese era el componente principal de su crema: lanolina (para disimular el olor a cuero le ponía esencias de violetas, que según diría famosamente costaba más el kilo que un kilo de perlas o de diamantes). Chaja se rebautizó Helena y en poco tiempo tuvo negocio propio en la mejor calle de Melbourne: el primero de los salones de maquillaje Helena Rubinstein que habría en el mundo. “No hay mujeres feas; solo perezosas. Renunciar a la belleza es una imperdonable falta de voluntad”, dijo HR y durante años lo demostró poniendo la cara en las publicidades de su marca: pareció de cuarenta hasta entrados los setenta.

 

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Juan Forn

Fundador de Radar, el suplemento cultural de Página 12. Su último libro se titula 'El hombre que fue viernes'.

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