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Ni puta ni trabajadora sexual : prostituta

¿Cúal es el término más preciso para referirse a la prostitución? Entre los extremos del insulto y los eufemismos políticamente correctos, muchos buscan la respuesta en el lugar equivocado.

"Con muchas miradas, todos los errores saltan a la vista. Alguien encuentra el problema y alguien más lo entiende".

Linus Torvalds 

 

Un venerable premio Nobel titula con putas una de sus obras. Traducida a muchos idiomas, expuesta en vitrinas de todo el mundo y con innumerables lectores, tal audacia no parece haber tenido una brizna de impacto sobre las condiciones del comercio sexual en ningún rincón del planeta. Entre tanto, para no estigmatizar la actividad, ensayistas políticamente sensibles evaden la palabra “prostitución” en escritos que leerán unas pocas decenas de colegas y burócratas.

 

El vocablo “puta” salió del armario en la literatura y el lenguaje corriente; pero en los textos especializados, en los documentos oficiales y progresivamente en los medios, las referencias al comercio sexual se han edulcorado de tal forma que las denominaciones simples e inteligibles quedaron vetadas. La tensión entre cómo es el mundo y cómo debería ser empieza en el lenguaje. Por eso es necesario volver a utilizar sin ambages términos escuetos, pertinentes e inequívocos, como “prostituta”.

Por supuesto que la expresión tiene la connotación negativa heredada de una actividad que se considera reprochable. Pero no existe un vocablo más preciso, aceptado, tradicional y universal. La palabra “prostitution” es idéntica en inglés, francés, alemán, holandés y sueco. Las variaciones en otros idiomas son mínimas: prostituçao en portugués, prostituzione en italiano, prostituutio en finlandés, prostituce en checo, prostitualtak en húngaro, prostitusjon en noruego, prostytucja en polaco, prostitutie en rumano, prostitucija en croata, prostitutsioon en estonio, prostitusyon en filipino, prostitució en catalán, prostituzioa en vasco y prostituado en esperanto.

En español, casi ningún sinónimo sirve para nombrar la venta de sexo por hombres. Ni “meretriz”, ni “hetera”, ni “hetaira” tienen equivalente masculino. El “ramero” se refiere al halcón recién nacido que “salta de rama en rama”. “Barragana” tiene un significado peculiar, de concubina, que es distinto al de “barragán”: esforzado, valiente, mozo soltero. Una “mujer pública” tiene poco que ver con un “hombre público”. “Cortesana” se refiere a un segmento de la prostitución con un sentido distinto al de su contraparte masculina. El alcance de “prepago”, “escort”, “acompañante”, “kinesióloga” o “sexoservidora” es demasiado local. Además de que “puto” también significa necio o tonto, la palabra “puta” es inconveniente por sus múltiples acepciones y, sobre todo, porque esa sí se utiliza en muchos contextos como “calificación denigratoria”.

El término “prostituta” es palmario, circunscrito al comercio sexual, sin ambigüedad y tiene equivalente masculino. A diferencia de “puta”, no es corriente como insulto: es raro el “hijo de prostituta”. Salvo la cuestión del género, la acepción básica –“persona que mantiene relaciones sexuales a cambio de dinero”, según la Real Academia– no ha cambiado de manera perceptible en los últimos dos milenios, desde que Ulpiano se refirió a la prostituta como “la mujer que de manera abierta ofrece su cuerpo a un número de hombres, de forma no siempre selectiva y por dinero”. La definición jurídica más antigua, la del Código Justiniano del Bajo Imperio, es similar.

La noción de “trabajo sexual” tiene limitaciones. Como neologismo, no aparece ni en las novelas, ni en las historias de la actividad. Circunscribe artificialmente la prostitución al ámbito laboral, cuando se trata de una institución tanto económica como sexual. Lo de “trabajo” no capta una dimensión asociada con la diversión, el sexo, el placer, la seducción, la promiscuidad, incluso el romance, y no solo con un intercambio comercial. Uno se imagina mal a Pilar Ternera “trabajando”, o “iniciando su jornada laboral”.

Tras varios años de entrevistas con prostitutas londinenses, la antropóloga Sophie Day sugiere que para ellas el término “trabajo” no corresponde a lo económico. Se trata de un recurso para establecer las fronteras de su vida íntima y privada, para poder hablar de sexo sin mezclarle sentimientos. El trabajo se realiza en lugares públicos e involucra únicamente las partes del cuerpo que también son públicas. A diferencia del novio o el sugar daddy, los clientes solo tienen un acceso limitado, al componente exterior y visible del cuerpo. El interior, cierto sentido del placer, la intimidad y la eventual reproducción se disocian del trabajo. Estar trabajando se define por cuestiones como dar o no dar besos, ciertos servicios y no otros, e incluso usar o no preservativo. Trabajar es tener sexo con extraños.

La definición laboral amplía innecesariamente la gama de actividades, generando confusión conceptual y legal. Una actriz de cine porno es una trabajadora sexual que puede ejercer su actividad en países donde la prostitución está prohibida.

Por último, “trabajadora” tiene una connotación de empleada, dependiente y asalariada, situación que riñe no solo con una actividad en la que abundan las que ejercen por cuenta propia, sino con el grueso de las legislaciones contemporáneas, en las cuales la prostitución es legal pero cualquier patrón o empresa que la facilite se consideran proxenetas.

Mientras que el patético “víctima de explotación sexual” aplica meramente a una fracción de la actividad, otras propuestas alternativas son francamente absurdas. Es común en Colombia referirse a las “mujeres que ejercen la prostitución”, un giro que misteriosamente se considera menos ofensivo. Como si “hombre que ejerce la delincuencia” no fuera tan peyorativo como “delincuente”. Otra variante, la de “mujer en situación de prostitución”, pretende aclarar que la actividad es transitoria mientras el término “prostituta” la condenaría de forma permanente e irreversible. Bajo esa lógica, habría que eliminar palabras como “estudiante”, “alcalde”, “congresista” o “presidente” y reemplazarlas por “persona que ejerce temporalmente” tales actividades.

El gran desacierto consiste en suponer que el rechazo y la estigmatización de las prostitutas surge de su denominación. Hace unos años una joven inglesa se quejó ante Facebook y la policía pues unos hackers se habían apropiado de su identidad, alterando el perfil para hacerla ver en la red como una prostituta. La afectada consideró que habían arruinado su vida. Nadie pensará que las cuitas de esta mujer por tan pesada chanza hubieran sido más llevaderas con el uso de algún eufemismo, o que una mujer que vende servicios sexuales a escondidas de su familia, sus amistades o su novio estará dispuesta a compartir los pormenores de su oficio anotando que es “trabajadora sexual” o “víctima de explotación sexual”. Una prepago colombiana tiene claridad sobre el asunto de la estigmatización: “Aprendí que solo voy a ser respetada como mujer el día que deje la prostitución”.

Entre novelistas, el término “prostituta”, incluso el de “puta”, rara vez tienen una connotación negativa o de desprecio. Por el contrario, se percibe simpatía, afecto, incluso complicidad. La mirada literaria del oficio, motivada por la descripción y la comprensión, basada en trabajo de campo paciente y minucioso, ha dado buenos frutos. Fueron autores como Dumas, Zola, Maupassant, Schwob o los Goncourt quienes, tras el higienismo, lograron alterar de manera favorable la percepción pública del sexo venal. No lo hicieron con base en giros políticamente correctos sino con literatura de calidad, describiendo de manera precisa el entorno, el carácter y la humanidad de los personajes.

El lenguaje pasteurizado está en el meollo de las dificultades contemporáneas para describir, analizar y regular el comercio sexual. Salir del oscurantismo que se impuso progresivamente requiere dejar atrás los eufemismos y recuperar vocablos concisos, consuetudinarios y que entienda todo el mundo, como “prostitución”. Razones de más para que a partir de este número el nombre de esta columna cambie por la palabra que define su tema. 

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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