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Columna

La mala

En noviembre de 2013 fue publicada una biografía no autorizada de Lucía Hiriart, la viuda de Pinochet, firmada por Alejandra Matus bajo el título Doña Lucía. Esta reseña es también una mirada al significado histórico de esa figura nefasta para los chilenos.


© Juan Carlos Cáceres • Grupo Zeta 
 
Hace poco se publicó en Chile Doña Lucía, una investigación periodística sobre Lucía Hiriart, la mujer de Augusto Pinochet, y en un par de meses lleva tres ediciones y contando. Era obvio que iba a ser un superventas, era obvio que la historia de la viuda del dictador, que está viva y reside en Santiago, nos tenía que interesar: durante diecisiete años su figura de mujerona ridícula y su vocecita insoportable fueron parte del paisaje que hoy es maldición y es sombra. Lucía fue el complemento perfecto del cambio que supuso la imposición de la bota militar: mientras la Junta perseguía a los partidarios de Allende con una crueldad que nadie había anticipado, ella, que muy pronto demostró un afán de figuración sin orilla, se ungía a sí misma como vocera del retorno del orden doméstico y la obediencia tradicional.

Lucía Hiriart fue para mi generación la encarnación más nítida de la vieja de mierda, arquetipo universal que no dudo que exista también, con sus variantes, en Colombia. La odiábamos, porque ella y los suyos nos estaban haciendo daño, pero incluso entre la clase alta de derecha era un personaje ridiculizado –por el prejuicio de clase hacia las “mujeres de milico”–, desdén que entre ellos solo se convirtió en indignación después de las revelaciones judiciales del caso Riggs, cuando se descubrieron millonarias cuentas en bancos extranjeros de ese patriota soldado y su familia.

Lo que no era tan obvio es por qué tardamos tanto. Por qué nadie pensó antes que podía ser importante tratar de comprender las motivaciones de una mujer que tuvo tanto poder sobre nosotros, mereciéndolo tan poco. Quizás algún antiguo colaborador del personaje pudo contar ciertas verdades. Pero las jefas de gabinete no escriben libros, los guardaespaldas no escriben libros, los soldados tratados como servicio doméstico no escriben libros. Podrían haberlo hecho, por supuesto, pero hoy Lucía y su familia son un virus, y nadie quiere acordarse de que algún día estuvo muy cerca, inoculado, contagiado con ese virus.

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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