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Aimé Bonpland

El yerbatero platanizado que murió dos veces

Existe una idea según la cual los naturalistas de antaño, lejos de tener una vida apacible, dedicada a la contemplación y a la ciencia, se embarcaban en hazañas de la más sorprendente naturaleza. Con episodios de secuestro, cárcel, desamores y progenie, el paso de este célebre francés por la América del siglo XIX confirma la teoría.

Humboldt y Bonpland en las selvas del Orinico. Pintura de E. Ender 

 

La muerte no es el sueño eterno, es el comienzo de la inmortalidad.
Aimé Bonpland

Su nombre, Aimé, en español sería Amado y su apellido, Bonpland, más o menos suena en francés a buena planta. En realidad su apellido original era Goujaud, pero su padre, que padece también del desmesurado amor por las plantas, cada vez que ve una, sin importar su alcurnia, dice en tono admirativo: ¡Bonne plant! (¡Buena planta!) Y la gente empieza a llamarlos –a él y a su hijo Aimé, también plantófilo– los Bonne Plant. Y ellos deciden lo único que hay que hacer contra un apodo: adoptarlo. Y llegan hasta el extremo de convertirlo en apellido, con el ligero cambio a Bonpland, que en francés suena casi lo mismo. Luego, en América, los blancos lo llamarían don Amado y los nativos le cambiarían de nuevo el nombre, diciéndole cariñosamente Karaí Arandú, algo así como Señor Sabio, en guaraní.

Aimé Bonpland es médico. Apenas se empieza a inventar lo que hoy llamamos botánica, y los que más conocen de plantas son los médicos, ya que en ese entonces la casi totalidad de las medicinas son naturales, y hay que saber cuáles plantas pueden curar y cuáles envenenar. Él conoce la toxicidad de las raíces de la aristocrática fleur-de-lis, de lo venenosas que son las flores de la humilde hortensia, y no le sorprende que el fruto verde de la lantana sea venenoso (letal), y cuando está maduro se vuelva inocuo.

Este doctor curioso, inclinado a los estudios de la na­tu­raleza, busca afanosamente unirse a una expedición. Adonde sea: piensa ir a Egipto, con el grupo científico comandado por Louis-Antoine de Bougainville, que acompañaría las tropas de Napoleón. Lo disuade que el corso no es de sus simpatías. Finalmente, le resulta un viaje al Nuevo Mundo, que no sabe cuán extraordinario va a ser, pagado por el rico, poderoso, presuntuoso y aristocrático barón Alexander von Humboldt, aficionado a las cortes, la literatura, la buena música, la pintura, la investigación científica y los jóvenes bellos. Y es as&iac...

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Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.

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