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Mi hijo el terrorista

¿De dónde sale un terrorista islámico? ¿Cómo se hace? Por lo que se verá adelante, la receta incluye una serie de ingredientes catastróficos.

Desde muy pequeña le hicieron entender que las mujeres eran diferentes, más incapaces. Una mujer debía soportarlo todo, ser una joven obediente. Lo volvió a recordar ese día en que su marido, una vez más, se puso como loco y le dio una patada en los riñones y el estómago. Llegó al hospital sangrando y recién allí supo que estaba embarazada. Ese bebé sobreviviría. No como el primero, que murió a los siete meses de vida, o el segundo, prematuro, a la semana. Con apenas veinte años, Aïcha el Wafi ya había parido seis hijos. Dos murieron, tres andan por ahí y uno se encuentra enterrado vivo, como acostumbra decir. Se trata de Zacarías Moussaoui. El único condenado por los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono.

Zacarías está en todas partes. En la pequeña mesa al lado de unas flores artificiales. En cada pared del salón de su modesta casa en las afueras de Narbona, donde las fotografías se suceden mostrándolo en las distintas etapas de su vida. Por allí se le ve sonriente a los cinco años; en otra, está vestido con la toga y el birrete de la tradición anglosajona en el momento en que le dan el diploma del Master en Administración, obtenido en 1995 en la South Bank University de Londres; más allá, está junto a su hermana Jamila, morocha, la cara como una esfera y cejas depiladas. También en las fotos de un álbum que Aïcha lleva con ella desde ese maldito 13 de septiembre de 2001, día en que la imagen de su hijo apareció en todos los canales de televisión del planeta. Día en que, mientras se golpeaba la cabeza contra el suelo como para conjurar la realidad, se preguntaba si no se trataría de una pesadilla.
 
—Zacarías era el niño que nunca me daba problemas. Era bueno y tranquilo. Nadie se quejó nunca de él en el colegio. Aún hoy no logro entender cómo se metió en todo esto.
 
La última vez que lo vio frente a frente fue el 11 de junio de 2002, en la prisión de Alexandria en Washington. Había sido arrestado el 16 de agosto de 2001 en un hotel de Minnesota con la visa vencida y en posesión de dos pasaportes, uno francés y otro argelino. En su cuarto encontraron dos cuchillos, un par de prismáticos, un manual para aprender a pilotear aviones y guantes de boxeo. El encuentro entre madre e hijo se produjo ante cinco miembros del fbi: dos centinelas para cada uno, y un quinto encargado de grabar la conversación. A través del vidrio que los separaba, Aïcha sólo logró decirle: “Te amo”. No era momento para reproches.
 
Luego lo volvió a ver, pero en el banquillo de los acusados durante el proceso que comenzó el 6 de marzo de 2006. Zacarías estaba irreconocible, con una barba que le llegaba hasta el pecho, un gorro blanco y un cinturón eléctrico que le envolvía la cadera y que se podía activar ante el mínimo signo de descontrol. A pedido de su hijo, se fue un día antes de pronunciarse la sentencia, que se conoció el 4 de mayo.
 
—¿Qué pasó cuando supo que fue condenado a cadena perpetua?
— Yo hubiera preferido la pena de muerte.
 
El mundo se interrumpe a su alrededor.
 
Su hijo está aislado e incomunicado en una celda de tres metros por dos de la prisión ADX de Florence, Colorado, famosa por alojar a presos capaces de matarse entre sí de un ataque de nervios. Su único vínculo con el exterior es un pequeño televisor donde pasan imágenes de programas educativos y religiosos. ¿Y si enloquece? Mejor hubiera sido morir, piensa Aïcha.
 
Hasta hace poco creía que su hijo no sólo no estaba autorizado para recibir visitas o ver la luz del día, sino que tampoco podía llamar por teléfono ni enviar ni recibir cartas. Pero eso era cuando ella confiaba en los abogados americanos nombrados de oficio para defenderlo.
 
—Me quisieron convencer de que no podía escribirle, y luego supe que no era cierto. Yo les dije en la cara que eran mentirosos y manipuladores. Todo lo que hicieron fue para su propia gloria, porque el juicio a Zacarías se convirtió en un asunto mundial.
 
En la Liga de los Derechos del Hombre le informaron que él tiene derecho a quince minutos de conversación telefónica por mes y a recibir correspondencia. Hasta ahora, Aïcha sólo le escribió una vez. Aún espera la respuesta. Sabe que miradas intrusas van a hurgar en el contenido de sus cartas. Intentarán descifrar el indicio de un nuevo acto de terror entre palabras de desconsuelo. Esa exploración puede llevar un mes, dos, seis. ¿Quién sabe? Tal vez Zacarías ya haya comenzado los interminables trámites para poder llamarla por teléfono. Es su ilusión.
 
 
Aïcha habla ligero, como si cada palabra no pudiera esperar antes de estallar. Tiene sesenta años, una voz atrevida, chillona, y un cuerpo vigoroso, redondo y maternal. Su cabello es furiosamente negro, corto, ondulado, al estilo afro. Dos retratos de juventud, cuidadosamente encuadrados en el living, muestran a una mujer distinta: está maquillada, lleva un velo negro y tiene una mirada vivaz. Por primera y única vez posó a pedido de un fotógrafo, marido de una amiga.
 
—Se ve que me veía linda —dice. Entonces tenía veintiséis años y, a pesar de todo, aún no había perdido completamente ni el entusiasmo ni la candidez.
 
Eso que, desde pequeña, formó parte de ese ejército de mujeres que lo pierden casi todo.
 
Su vida fue feliz hasta los siete años. Es la cuarta de cinco hermanos: dos varones y tres mujeres. Nació en 1947 en Azrou, ciudad marroquí de cincuenta mil habitantes. Su padre, Meki, le pidió a su hermano y a su cuñada, que no tenían hijos, que se ocuparan de la niña ya que ellos eran una familia numerosa. Así es como fue criada por sus tíos, que vivían al lado del domicilio de sus padres, en una humilde casa en el centro de la ciudad.
 
—Eran gente maravillosa. Entre ellos nunca hubo una discusión, ni ningún acto de violencia —precisa Aïcha.
 
Su papá murió cuando ella tenía dos años y medio. Casi no tiene recuerdos de él, pero sí la certeza de que fue un hombre bueno. Es lo que le han dicho su madre, la familia, el barrio. Una persona intachable. Tal como se presentaron las cosas después, esto quería decir que era alguien capaz de pasar un cuarto de hora sin estallar. Una eternidad.

Ante la torpe pregunta:

¿Cómo se encontraron sus padres?
Aïcha se ríe como para adentro y me corrige.
 
—Nooooo... en los países árabes no hay encuentro. Es el teléfono del barrio, que se pone a sonar: “Hay tal chica libre, puede tener hijos...”. Mi madre tenía once años cuando se casó por primera vez. Mi hermana mayor es de ese primer matrimonio. Enviudó muy rápidamente y luego se casó con mi padre. Años después, en 2001, cuando mi madre vino a verme, yo le pregunté: “¿Amaste en tu vida?”. Ella me respondió: “Espero que tu padre” —que ya había muerto— “me vaya a perdonar, pero yo no lo amé”. No hice más preguntas, para mí oír eso fue durísimo.
 
Y fue también una revelación:
 
—Hay un gran problema en la sociedad musulmana, donde tenemos hijos sin amor. Y esto es muy, muy grave —dice y sus ojos se achican.
 
Amina, la mamá de Aïcha, tiene noventa y dos años. Una foto suya decora las paredes del salón. Nos cuenta que es una mujer de carácter. La imagen ofrece un rostro anguloso y flaco, donde el velo musulmán de color blanco esconde como un muro el poco brillo que persiste en su mirada. Durante los primeros años la carnicería de su padre alcanzaba para vivir bien. Luego de su muerte, su madre paliaba la necesidad cotidiana con pequeños trabajos como partera y vendiendo los tapices que ella misma tejía. Pero, sobre todo, la familia subsistió gracias a la renta de las tres pequeñas propiedades que dejó Meki como herencia.
 
Muy pronto las cosas comenzaron a andar mal. Aïcha quería ir a la escuela. A la común, aprender a leer y escribir, abrirse al mundo. Su hermano mayor, Mohammed, quien le lleva ocho años, la escuchó. A medias. Luego, con conceptos esclarecedores del tipo “las mujeres sólo quieren aprender para escribirles a los hombres y eso no está bien”, aceptó enviarla a la escuela. Pero a la escuela coránica, a la madrasa.
 
—En las familias árabes, cuando el padre no está, es el hermano mayor el que lo reemplaza. Mi tío no tenía el derecho de tomar esas decisiones. Yo lloraba todo el tiempo, no quería ir.
 
Todos los días, veinticinco niñas permanecían arrodilladas en el suelo recitando el Corán. El movimiento era un balanceo mecánico de adelante hacia atrás. El efecto hipnótico era como una renuncia a la mente. Un abandono del pensamiento. Un empacho de plegarias.
 
A los diez años se escapó y, a escondidas, se coló en las clases de la escuela común. Una semana después, su hermano la vio y se la llevó a la casa de los pelos y a los golpes. Fue su primer acto de insurrección. Vendrían otros. Como cuando a los once años redobló la apuesta. Fue al peluquero y le dijo: “Tengo piojos, quiero que me pele”.
 
—Cuando volví a mi casa, nadie lo podía creer. Los miré como diciéndoles: “Miren, miren cómo puedo hacer lo que yo quiero”. Me aseguraron que parecía un varón. “Sí, pero soy Aïcha”, les respondí. Y ese balón que tenía por cabeza fue el primer emblema de su libertad. Duró poco.
 
Su maestra insistió para que ella siguiera sus estudios allí. “Es una niña despierta, viva”, dijo. Su hermano aceptó a condición de que lo hiciera en la rama de trabajos manuales. Dos años después obtuvo su diploma de costurera. Pudo haber sido el botín que le permitiría zafarse de su destino. Aunque la pregunta es evidente: ¿Aïcha podía elegir?
 
Lo intentó. Hasta que a los trece años le dijeron: “Te tienes que casar”.
 
Se casó a los catorce.
 
—Mi mamá y mi hermano decidieron que me tenía que casar, por el honor de la familia, porque una mujer está hecha para estar con un hombre.
 
—¿Y usted qué dijo?
—No se puede preguntar eso, porque yo NUNCA pude decir nada. Una mujer en un país árabe no tiene derecho a abrir la boca. Sólo a llorar, eso sí. Lloré sin parar, tanto que sangré sobre la funda de mi almohada.
 
El elegido se llamaba Omar Moussaoui, de veintisiete años. Era un vecino al que las niñas del barrio habían apodado “el monstruo” por sus manos que parecían garfios y su altura de gigante, casi dos metros. Aïcha mide sólo un metro con 55. Omar no tenía familia, un dato que la alivió ya que no estaría obligada a vivir al ritmo de una suegra y toda la parentela. Creyó que esta circunstancia la mantendría cerca de su madre. Fue la primera promesa que su futuro marido no cumplió. Hubo una segunda. Como era una buena alumna, le ofrecieron enseñar costura en el internado del barrio. Él le prometió que la dejaría trabajar. Pero una vez hecha el acta de matrimonio, todo cambió. Detrás de la televisión hay un cuadro que pintó una amiga, donde se la ve el día de su casamiento: triste, con la cabeza baja, los ojos semicerrados, casi en blanco, avergonzados.
 
Omar se la llevó a vivir a Rabat, lejos, a doscientos cincuenta kilómetros de Azrou. Allí empezó todo. Era el año 1960. Los sujetadores de las mujeres de occidente bamboleaban en el viento mientras se oían los gritos “liberación femenina”, “derecho al aborto”, “derecho al divorcio”, “derecho al empleo”.
 
Aïcha no tenía derecho a nada. Sólo a los golpes, a los insultos, al encierro. Cuando volvió a ver a su familia, tenía quince años, cargaba con un vientre de ocho meses, pesaba treinta y ocho kilos y llevaba la pena enquistada en el rostro. ¿Cómo llegaba una mujer a ese estado? Nadie preguntó nada.
 
—Yo no podía quejarme. Ni a los vecinos, ni a mi familia. Nadie te da la razón. Todo el mundo repite: “Es la voluntad de Dios”, “es tu destino”. Por lo menos pude esperar el nacimiento de mi primera hija, Nadia, junto a mi madre. Y luego volvimos a Rabat. Él me pidió perdón.
 
Esta vez será diferente, pensó. Pero no fue así. Ni siquiera el aura purificadora de un recién nacido logró conmover a Omar. Aïcha se encontró nuevamente sola, con un hijo de siete meses enfermo de meningitis, sin dinero para comprar medicamentos y sin auto. Para llegar al hospital recorrió dos kilómetros a pie. Cuando volvió, también a pie, tenía un bebé muerto entre los brazos y un feto de tres meses. Este último también moriría, prematuro. Una niña y un varón. Ninguno sobrevivió. En el 63 nació Nadia ii —“no podía olvidar a mi primera hija, así que la llamé igual. Que me perdone, pero en esta Nadia hay dos”—, y luego, con un año de diferencia, Jamila. Era 1965 y Aïcha tenía dos hijas y una esperanza: Francia.

Omar decidió que era el momento de partir. Primero se fue él. Dos meses después, gracias a su trabajo de obrero de la construcción, hizo venir al resto de la familia. Se instalaron en el sudoeste, en Hendaya, Bayona, en el País Vasco francés.

—Al comienzo todo iba bien, era la vida que yo soñaba. Tenía unas vecinas españolas muy gentiles, me llamaban “mi niña”. Yo le dije a mi marido: “Yo-no-quie-ro-más que tú me pegues, no-quie-ro-más que me escupas en la cara, no-quie-ro-más que me insultes. No soy tu mucama y no me has comprado”.
 
Intentó no tenerle miedo, así como en la niñez se aprende a no temerle a un gusano. Pero él le respondió: “Crees que creciste, pero eres la misma maldita niña de catorce años de siempre. Sólo saldrás de la casa con los pies para adelante”.
 
Vivía con la cabeza zumbándole por el impacto de los golpes. La violencia sólo cesaba en el momento de hacerle otro hijo. En el 67 nació Abd Samad y el 30 de mayo de 1968, Zacarías. Los niños tampoco escaparon de la violencia. Ellos también, en su cuarto, se tapaban con la almohada, duros, inmóviles, queriendo desaparecer, hasta que los golpes dejaran de escucharse. Jamila tenía cinco años el día en que su padre le atravesó el cráneo con un vaso de vidrio, porque no quería dejar de chuparse el dedo mientras comía. Cuando fueron al hospital, él le dijo en árabe: “Si cuentas que fui yo, te parto en dos”. No tuvo suerte. El médico hablaba árabe. Le hizo el primer certificado, prueba de la agresión. Luego otro, y otro más. Hasta que en 1971, a los tropezones, Aïcha partió con sus cuatro hijos, los certificados, una valija y se fue a un hogar de mujeres golpeadas.
 
La idea del divorcio comenzó a hacer camino. Su hermano vino para impedirlo. Pero esta vez Aïcha no lo escuchó. La sentencia de divorcio fue pronunciada el 7 de abril de 1971. Con la denuncia policial hecha, Omar tenía prohibido acercárseles.
 
Los niños fueron a parar a una pensión de Mulhouse, en la región de Alsacia, mientras su madre buscaba un empleo. Consiguió trabajo como costurera en una tienda, de ocho a siete de la tarde. Durante los fines de semana estaba con sus hijos. Pero el salario era una miseria. La agencia de empleo le propuso entonces hacer la limpieza de los locales de La Poste (la empresa pública de correo francesa). Allí conoció al hombre que la impulsó en su ascenso.
 
—Era mi jefe en la empresa, fue como un padre para mí. Él me ayudó, me tuvo confianza, gracias a sus consejos obtuve el permiso de conducir y pasé un examen para ser empleada pública. También conocí gente buena en mi vida.
 
Aïcha recuerda el día en que, con departamento y trabajo estable, decidió recuperar a sus hijos. Fue el 13 de junio de 1972. El juez de menores le dijo que mejor los dejara en la pensión, que ella era joven, tenía sólo 24 años, y que cuando los niños fueran adolescentes todo iba a ser muy difícil. Aïcha no lo escuchó y hoy lo lamenta.
 
—Tenía razón, si yo hubiera seguido su consejo no estaría así. Yo di todo, nunca calculé con mis hijos y ellos no lo entendieron. Los amaba tanto que creí que el amor era suficiente. Hoy todos mis hijos... —y se larga a llorar. Llora como si las lágrimas pudieran borrar su existencia.
 
 
El año 1979 se anunciaba bien. La empresa la trasladó a Narbona. Una vida en el sur, al sol, lejos del cielo brumoso y triste de Alsacia. Compró un pequeño terreno y se endeudó para construir su casa, esta misma casa en la que estamos conversando ahora. Sus hijos parecían felices. Zacarías practicaba handball, jugaba al tenis, tenía amigos. La vida dejaba de ser, por un tiempo, un lugar de peligro y abismo social.
 
Pero unos años después se desataron los desórdenes de la adolescencia. El humor y las mañas de sus hijos variaban con la misma irregularidad en que se suceden los cambios climáticos. Ella respetaba el Ramadán, sus hijos se le reían en la cara, les hablaba en árabe, ellos le respondían en francés. Al mismo tiempo, en la escuela comenzaban los primeros insultos racistas. Los hermanos de una francesa de souche (de origen) a quien Abd Samad cortejaba lo esperaron a la salida del liceo y a los puñetazos le hicieron entender que él era sólo un sale arabe (sucio árabe). A los 15 años Zacarías se enamoró de su vecina, Karina. Cuando se cruzó con el padre, éste le espetó: “No creas que algún día te vas a sentar a mi mesa”. Comenzaba el caos con los estudios; Zacarías, como sus hermanos, se dejaba arrastrar. Fumaban, bebían, no ayudaban en la casa. Omar, el padre, volvió a verlos y la situación se deterioró aún más.
 
Hasta que Aïcha dijo basta. Les exigió a sus dos hijos que colaboraran financieramente, ambos eran estudiantes universitarios, tenían una beca. Ellos pensaban que ya se le pasaría, como siempre. Aïcha aprovechó un día de vacaciones para poner todas las cosas en el jardín, cerró con llave y se fue a la casa de unos amigos. Era su modo de lanzarles un desafío. Pero los dos varones se marcharon y ya nada volvió a ser como antes.
 
Era 1991. Un año clave. Zacarías estudiaba Comercio Internacional en la Universidad Paul Valéry de Montpellier, pero su presencia en los cursos se hacía cada vez más rara, y los encuentros con los islamistas cada vez más frecuentes. Iba devotamente a la mezquita local. Un año después, en el 92, partió para Londres convencido ya de la utilidad de un combate que lo llevaría al paraíso. Lo que no le impidió obtener, en 1995, su Master en Administración. Iba a ser un ferviente seguidor del imán radical Abou Hamza. Poco a poco, el odio se fue tallando en su mente. Por primera vez todo cobraba sentido en su vida. La Jihad le resultaba, por lo menos, una idea atractiva.

 

—¿Usted no sospechó nunca nada?
—Yo trabajaba todo el día, mis hijos siempre participaron de las tareas de la casa. Lavaban los platos, arreglaban su habitación. Igual que mis hijas. Éramos felices. Y cuando mi sobrina, Fouzia, la que está casada con mi hijo Abd Samad, vino a visitarnos, empezaron muchos de los problemas. Comenzó a decir que yo los había criado como a las mujeres. Que no era una buena musulmana. Ella todavía no era muy religiosa. Ahora anda toda tapada, apenas si se le ven los ojos. Poco a poco, fui perdiendo autoridad. Encima, mi marido volvió para verlos y nos destruyó. Durante dos años —del 83 al 85— sólo los visitó para llevarlos por el mal camino. Yo pensaba: “Con lo que nos hizo, mis hijos no querrán verlo nunca más”. Pero no, se aliaron con él para ponerse en mi contra. Me trataban de anticuada. Luego el mal ya estaba hecho. Ellos se fueron, y yo no los veía muy seguido. Sé que Zacarías fue contactado por los islamistas en Montpellier, donde él estudiaba. Pero como yo no frecuento ese ambiente, no sé exactamente cómo sucedió todo. Los islamistas son el cáncer del islam.
 
Aïcha se levanta de golpe de la cabecera de la mesa de la cocina y se va a buscar algo a su cuarto. Cuando regresa, trae una enorme carpeta o, mejor dicho, un archivador color azul rutilante y lo exhibe como una nena que muestra su álbum de figuritas. En el 99 se había inscrito en una asociación donde, entre actividades como talleres para analfabetos y consejos para mujeres sin rumbo, se dictaban clases de francés. Tenía aferradas a su cuerpo las lecciones del idioma, esos cursos en los que se ancló una vez jubilada, para aprender y evitar que la vida la largara una vez más. Lo que ella había querido era estudiar y, en lugar de eso, dos años después terminó confiándose a la psicóloga del lugar.
 
—Cuando surgió todo el tema de Zacarías, me dijeron que fuera a ver a una psicóloga de ahí. Es verdad que yo necesitaba hablar con alguien. Ella me miró, no paraba de fumar, y le conté que cuando era una niña viví con mis tíos. Me contestó: “Debe ser muy difícil haber sido abandonada por sus padres, ¿no?”. Y yo me dije: “¡Ésta no entiende nada!”. Al final me compré un grabador como ése (y señala el mío, pequeño, alargado y negro).
 
La historia terminó con la grabación de sesenta casetes y la publicación de un libro: Mon fils perdu (Mi hijo perdido).
 
—Después de que Zacarías partió en el 90, ¿cuándo lo volvió a ver?
—En el 95 vino a verme. Me pidió perdón y me dijo: “Mamá, te amo, no mereces lo que te hicimos. Son los malos espíritus que nos han hecho ser malos contigo”.
 
—¿Lo notó cambiado?
—Me llamó la atención que rezara. Pero me puso contenta, pensé que tal vez había tomado el camino correcto. También me regaló un velo, y yo jamás usé algo así. La religión estuvo siempre en mi interior.
 
Ni siquiera la visita en el 99 de dos hombres de la Direction de Surveillance du Territoire (Dirección de Control Territorial) a su propia casa preguntándole dónde estaba Zacarías le hizo sospechar lo que sucedería después.
 
 
11 de septiembre de 2001. Como todos los habitantes del planeta, Aïcha permaneció paralizada frente al televisor, viendo las imágenes de las Torres Gemelas en llamas. “¿Cómo es posible masacrar a tantos inocentes de ese modo?”, se preguntó.
 
13 de septiembre de 2001. 7:15 de la mañana. Suena el teléfono. Es Nadia. Le pide que encienda el televisor. Se trata de Zacarías. Por un momento duda: ¿y si es una de las víctimas del atentado?
 
Mira directo a la pantalla. La fotografía de su hijo Zacarías Moussaoui, acusado de ser el vigésimo pirata del aire, se reproduce sin cesar.
 
Las imágenes del televisor la apalean. Llora. Se aprieta la cabeza con rabia, preguntándose si lo que le espera en el interior de la fosa no será mejor que eso que está viviendo en ese instante.
 
11 de diciembre de 2001. John Ashcroft, ministro de Justicia de Estados Unidos, reclama la pena de muerte para Zacarías Moussaoui.
 
Para intentar comprender, el 30 de enero viaja a Londres a ver al imán de la mezquita de Finsbury Park, Abou Hamza, uno de los principales encargados del enrolamiento de candidatos a la Jihad.
 
—Es un monstruo, envió a miles de jóvenes a la muerte en Bosnia, en Chechenia, y fue condenado a sólo siete años de prisión, y Zacarías, que estaba preso en el momento del atentado, ¡¡permanecerá encerrado toda su vida!! —vocifera.
 
Estuvo dos veces en la cadena Al-Jazira, en CNN, protagonizó el documental El combate de una madre, realizado por Thomas Johnson y Emmanuel François. Creó fuertes lazos con la asociación americana Murder Victim’s Families for Reconciliation (MVFR) por la abolición de la pena de muerte. Allí forjó una sólida amistad con Phyllis Rodríguez, quien perdió a su hijo Greg, de 31 años, en los atentados y cuyo marido, Orlando Rodríguez, dio testimonio contra la pena de muerte en el proceso de Zacarías. Otros miembros de la organización le ayudaron tanto moral como financieramente. Cuando viajó a los Estados Unidos en abril de 2006, Phyllis la alojó en su propia casa.
 
—Yo pedí conocer a los familiares de las víctimas. Así es como en noviembre de 2002 conocí a Phyllis y también a Connie Taylor, quien también perdió a su hijo. Ellas comprendieron que yo no quería justificar a Zacarías y me dieron toda su amistad y compasión. Todas, de distintas formas, perdimos a nuestros hijos. Pero Phyllis tiene suerte, está rodeada de su familia, yo estoy sola. Completamente sola.
 
Su hija Jamila se casó, tuvo dos hijos, una niña y un varón, su marido se fue con otra (“como todos los árabes”, dice Aïcha), y debido a su esquizofrenia, perdió la custodia de los hijos. Nadia está en París, es soltera, vive de pequeños trabajos y su salud mental es precaria. Abd Samad se casó con su propia prima y fue el primero en convertirse al islam radical. Hace más de quince años que no le ve porque él sólo la acepta cubierta con un velo.
 

—Yo no me voy a disfrazar para darle gusto —sentencia.

Omar, el padre de sus hijos, está internado en un hospital psiquiátrico. Sólo sus dos nietos, un varón de 11 y una adolescente de 15 años, logran distraerla un poco cuando la visitan una vez al mes.
 
Abandonamos la cocina y estamos nuevamente de pie, en el salón, frente al altar que se construyó sobre las paredes blancas y algo ajadas de su casa. Apunta con el dedo al centro del pequeño retrato de un hombre joven.
 
¿Sabe quién es? —me pregunta—. Es Mohammed VI, el rey de Marruecos. Yo lo amo. Ha hecho mucho por las mujeres.
 
Gracias a él, el 3 de febrero de 2004 el parlamento marroquí aprobó el nuevo Código de la Familia, que abolió la regla según la cual la esposa debe obedecer al marido. La edad legal para casarse pasó de 15 a 18 años y se instauró el divorcio de mutuo acuerdo. Una revolución algo tardía para mujeres como Aïcha.
 
—¿Ha pensado en militar? ¿Defender alguna causa?
—Yo lucho para que Zacarías tenga un proceso equitativo. También tuve propuestas de algunas asociaciones, pero no quiero militar políticamente. Quiero hacerlo por la causa de la mujer árabe. Ya veré cuándo y de qué manera.
 
En una carpeta lleva archivados todos los recortes de prensa, fotos, cartas, artículos, que hablan de su hijo. En una imagen se la ve sosteniendo contra el pecho, como si fuera un medallón, la foto de Zacarías. Luego muestra un recorte del diario US Today, donde se ve impreso lo que parece uno de esos croquis que acostumbran a hacerse durante los procesos judiciales. Es cierto que el dibujo no la favorece para nada: un pañuelo le envuelve el cabello y su nariz parece un gancho de carnicero. Por primera vez, es extraño, suelta una carcajada.
 
—No es como para que la gente se haga una buena opinión de mí, ¿no? —y ríe con ganas. Sin darse cuenta, revolotea sobre ese engañoso espacio que separa la risa del llanto—. No todos fueron malos momentos —dice y se da vuelta y se aleja, acompañada de su perro Tango, que no para de ladrar.

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Renée Kantor

Radicada en Francia, trabaja como periodista independiente. Ha escrito para las revistas Etiqueta Negra y Página 1/2

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