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Política

Elogio del menosprecio

Traducción de Margarita Restrepo

Comentarios exaltados, tuits furiosos, alaridos digitales. Vivimos en tiempos de indignación masiva. Sin embargo, aparte de amargarnos la vida, generalmente no cambiamos nada. ¿Existe alguna alternativa ante ese desgastante estado de crispación?

Ilustración de Fernando Vicente

 

Tal vez esta experiencia te suene familiar: a veces, especialmente en época de elecciones o durante otros momentos de efervescencia política, paso horas leyendo todo tipo de publicaciones relacionadas. Sin embargo, lo que me atrae no es el material bueno sino las historias que encuentro particularmente inquietantes, como los videos que muestran un contraste dramático entre la vida pública y privada de un político. Me siento atraída por los titulares más pesimistas, por los reportes que hacen ver a la raza humana como una jauría de lobos, el tipo de noticias que hace imposible no gritar obscenidades. Lo siento físicamente: me sube la adrenalina, la respiración se me vuelve corta y rápida, y camino una y otra vez por el apartamento, intentando deshacerme de esa incómoda crispación nerviosa.

No importa cuál sea tu posición política; leer o ver cosas que atentan de una forma agresiva contra lo que tú crees puede tener este efecto. A menudo, mi tarde entera naufraga al leer un artículo o al ver un debate. Y esa tarde perdida es irrecuperable. Todas esas horas que pude invertir en mi investigación, en hacer algo creativo, o en escribir un artículo como este, que demuestra algo de fe en la humanidad, son malgastadas por una atracción mórbida hacia retóricas provocadoras y causas perdidas. Pero, si una autoridad en el tema grita brutalmente fuerte en un bosque y no hay nadie que la escuche, ¿todavía cuentan sus gritos?

La “realidad” y las voces que pretenden representar la realidad no son la misma cosa. E incluso si lo fuesen, dada la abundancia de problemas de los que nos hablan cada día y que necesitan atención inmediata, hay un punto a partir del cual un individuo no puede hacer nada para cambiar el universo. No existe furia suficiente para reparar las imperfecciones de nuestra política, como la infinita polarización o las actitudes reaccionarias y coercitivas desplegadas en el Congreso, donde claramente no predomina la imparcialidad.

“No protestes en contra de lo que desapruebas. Vive sin ello”. El mágico filósofo italiano Lanza del Vasto ofreció este interesante consejo en su libro Principes et préceptes du retour à l’évidence. Dicha reflexión, que presentó al final de la Segunda Guerra Mundial como respuesta a la magnitud de la violencia de este enfrentamiento, podría servirnos ahora, en una cultura en que la era de la información nos obliga a tener contacto todos los días con cosas que nos incomodan.

Antes era mucho más fácil evitar lo que no querías escuchar. Hoy en día, se necesita una gran cantidad de esfuerzo para lograrlo, y aun así no es posible librarse del todo. En años recientes ha quedado demostrado que, cuando hay algo sobre lo que se puede comentar, la gente que lo hace se convierte rápidamente en la peor versión de sí misma. Dado el estado de las cosas en el presente, es casi imposible evitar el fenómeno por el cual las opiniones de los demás se apoderan de nosotros.

Pero es posible dominar esas ideas que nos causan tanta violencia interna. Solo se cree en las ideas cuando se les tiene en mente. Al restarles importancia podemos evitar la mayor parte de su influencia.

El menosprecio es algo que a veces tiene una connotación negativa. No pretendo decir que deberíamos menospreciar a otras personas o ser irrespetuosos. Tampoco estoy evocando una ignorancia llevada a propósito; bajar las cortinas para evitar las cosas que nos molestan no es la solución, es solo una táctica de evasión. El problema de la metáfora de las cortinas es que te obliga a ignorar todo lo que puedes ver para enfocarte en una sola cosa, lo que significa que tal vez te pierdas de algo hermoso o consecuente. Si es poco sabio negarte a escuchar opiniones distintas a las tuyas, es igualmente ingenuo permitir que estas opiniones (en particular cuando se repiten de una forma monocorde) te lleven al desespero. Lo que yo propongo, más bien, es una selección de lo que es perjudicial para ti y cortarlo de tu vida y de tu mente.

Mi propuesta tiene tres pasos: 1) tener en cuenta todas las posiciones, hacer un tipo de encuesta sobre las formas posibles de mirar las cosas, incluso las que parecen irritantes; 2) identificar las ideas que nos degradan y que debilitan nuestra energía; y 3) negarles a dichas ideas su existencia en nuestro ambiente personal.

Es importante estar seguro de que las ideas de cuya existencia te quieres deshacer no sean aquellas que te hubiesen motivado a actuar en la vida real. Por ejemplo, si sentir furia por el retroceso de los derechos de la mujer, o por una distancia cada vez más grande entre ricos y pobres, te involucra en el problema hasta el punto de intentar cambiar las cosas, es justo permitir que este sentimiento te influya. Pero la mayoría de estas ideas, especialmente cuando son presentadas en formas y cantidades exageradas, sirven solo como un distractor de nuestros verdaderos problemas. En un acto de buena fe y honestidad contigo mismo, identifica lo que sabes que nunca te hará actuar y elimínalo de tu corriente de pensamiento.

Imagina, por ejemplo, que recibes un email de alguien enfurecido y no hay nada que puedas hacer para mejorar su situación. Lo lees. Aceptas tu impotencia frente al asunto. Luego lo eliminas. En lugar de dejarlo en tu bandeja de entrada para que te recuerde siempre un pasado irrevocable, el acto simbólico de eliminarlo libera tu mente para enfocarla en cosas que valen la pena. Esta es, por supuesto, una metáfora. Es muy fácil, seguramente, borrar un email que te molesta. Pero los pensamientos, que son igual de virtuales, se pueden eliminar también. En medio de su material abstracto, los pensamientos y los emails aún imponen una cantidad extraordinaria de autoridad e influencia sobre nuestras acciones y marcos de pensamiento. Sacarlos de ahí tiene el mismo efecto que quitar un obstáculo de cemento en el camino.

El espíritu del menosprecio que describo se parece a las nociones de apatheia y ataraxia en la Antigua Grecia, al igual que a la “Oración de la serenidad”, invocada por grupos como Alcohólicos o Narcóticos Anónimos: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo y sabiduría para saber la diferencia”. Pero lo distinto es que el método del menosprecio del que he venido hablando pide una identificación sistemática de las cosas específicas que te arrancan la energía, a la vez que un esfuerzo activo por deshacerte de ellas. En lugar de aceptar pasiva y simplemente las cosas que no puedes cambiar, yo sugiero la aceptación y luego una eliminación simbólica y posterior de dichas cosas.

Propongo este método del menosprecio como una forma de dejar que el fuego se apague lenta y colectivamente. Independiente de si estás a la derecha o a la izquierda o en alguna mitad, seguro has notado lo mucho que te afecta. Hay problemas obvios y llenos de presión con los que debemos lidiar, pero este frenesí sin sentido nos mantiene en un ciclo de trolling absurdo e implosión política. Alterarse y enfurecerse fortalece las ficciones de otras personas. Cuando te han llevado al límite, es raro lograr responder con serenidad. En lugar de hacerlo, reaccionas. La acción se deriva del poder, la reacción de su ausencia. Mientras que la furia podría ser el catalizador de la acción política, pareciera que la mayor parte de la furia generada por debates políticos subjetivos nunca se traduce en acciones que lleven a arreglar las cosas. La mayoría del tiempo se acumula, llevando a la autodestrucción, o es redirigida hacia los demás en formas ácidas.

Finalmente, adoptar una póliza de menosprecio puede ser beneficioso por ninguna otra razón aparte de la propia salud mental. Al eliminar la negatividad y la pesadez de habitar demasiado ideales tóxicos, baja la presión sanguínea, los músculos se relajan y se afloja la mandíbula. El cuerpo, sin duda, disfruta cada tanto al tomar un respiro lejos de la presión de un ambiente tan cargado. 

Durante la escena culminante de la película fantástica Dentro del laberinto (1986), cuando la protagonista se encuentra cara a cara con el duende rey, que había intentado controlarla, ella le responde tajantemente: “No tienes poder sobre mí”. Esta simple declaración hace que el síndrome de superioridad del duende rey termine por colapsar, y su reino por desvanecerse. Al declarar que lo que te estorba no tiene poder sobre ti, al menospreciar la influencia que tiene y al “vivir sin ello”, como dice Lanza del Vasto, recuperas algo de tu vitalidad y dominio sobre ti mismo.

Así que, en lugar de dedicar tu tiempo a los adversarios y enfocar tus esfuerzos hacia ellos, redirige dichas cosas a tus amigos. Acumula tus energías para algo mejor. Descarta las cosas que te hacen daño.

 

© The New York Times, 2014


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Christy Wampole

Es profesora en Princeton University. Es especialista en literatura francesa e italiana del siglo veinte.

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