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Reseñas

El antipoeta encuadernado

La semana pasada, el 5 de septiembre, Nicanor Parra cumplió cien años de vida. Para celebrar el aniversario de su nacimiento compartimos un artículo sobre este poeta chileno, publicado en la edición de abril de 2007.

Nicanor Parra en 1995 • © Miguel Sayago


 
Una vez que Nicanor Parra publicó su libro Poemas y antipoemas en 1954, la poesía chilena, latinoamericana y una parte de la estadounidense no pudo volver a ser la misma. Fue una explosión, pero una explosión bien recibida. El año anterior Parra había obtenido el premio Juan Said, que otorgaba la Sociedad de Escritores de Chile. En ese entonces Parra, ya reconocido como poeta, era además profesor de Matemáticas y de Mecánica Racional. En 1949 había viajado becado a Inglaterra para estudiar cosmología con el célebre E. A. Milne en Oxford, y regresó casado con la sueca Inga Palmen. Provenía de una populosa familia de músicos y letristas de la localidad de Chillán (sus hermanos Violeta y Roberto fueron folcloristas de gran nivel), arrasada en 1939 por un terremoto que mató 20.000 personas, una primera “destrucción del mundo” que lo marcó con fuerza.
 
Concursando. Ese origen y su estrecha relación con la ciencia le dieron la distancia que le permitió tener una conciencia clara de estratega respecto al mundo intelectual un tanto provinciano, aunque empapado de poesía, de Santiago, donde la figura de Pablo Neruda se alzaba corno una inalcanzable montaña andina. Baste seguir el proceso mediante el cual obtuvo ese premio de la SECH (la Sociedad de Escritores): “Aquí va a pasar lo que siempre pasa en los concursos:”, pensó Parra, “lo primero que hacen los jurados es abrir estos sobres para ver quiénes son los participantes y gozar a costillas de ellos”. Envió por lo tanto tres originales distintos con el seudónimo Juan Nadie. En el sobre cerrado puso el nombre de Rodrigo Flores, campeón de ajedrez de la época, prominente ingeniero y amigo suyo. Cuando anunciaron que Flores había obtenido los tres primeros premios, el buen hombre se cansó de recibir felicitaciones que no entendía. Por su parte Parra se presentó ante el presidente de la institución y reclamó el premio. Lo pusieron a prueba y demostró que era el autor recitando sin vacilación los poemas de los originales. Cuando el presidente le dijo que lo suyo era ilegal y quedaba descalificado, pidió los originales para revisarlos, y el otro se los negó. Según las bases ahora pertenecían a la Sociedad y serían publicados con o sin su consentimiento. Al fin decidieron juntos sacarlos en un solo volumen.
 
Los tres libros se reflejan en las tres partes de Poemas y antipoemas: una primera de “poemas neorrománticos y posmodernistas” (algunos memorables, como “Es olvido” o “Se canta al mar”), una segunda de textos “expresionistas” (incluido un áspero “Autorretrato”) y una tercera con los auténticos “antipoemas” (“La víbora”, “Los vicios del mundo moderno”, “Advertencia al lector”).
 
Según contó en una charla en un liceo, el nombre se le había ocurrido al pasar por una librería donde vio el libro de un francés, titulado Apoèmes o Apoemas. Se preguntó por qué el autor no se había atrevido a usar la palabra “antipoemas”: “me pareció más fuerte, más expresiva”. Después dio un segundo paso: “me pareció que la palabra antipoema, sola, contaba la mitad de la historia, porque ¿dónde quedaban los poemas? (...) o sea, en el libro debían aparecer dos objetos diferentes pero complementarios: los poemas tradicionales y, enseguida, este otro producto, estrambótico, más o menos destartalado, que se llama el antipoema”.
 
Un buen ejemplo de “poema” metido entre “antipoemas” es “Cartas a una desconocida”: “Cuando pasen los años, cuando pasen/ Los años y el aire haya cavado un foso/ Entre tu alma y la mía: cuando pasen los años/ Y yo solo sea un hombre que amó,/ Un ser que se detuvo un instante frente a tus labios,/ Un pobre hombre cansado de andar por los jardines,/ ¿Dónde estarás tú? ¡Dónde/ Estarás, oh hija de mis besos!”.
 
Dato interesante: el poema se titula “Cartas a una desconocida” aunque es una sola. Ocurre que sus amigos más jóvenes del momento en que lo escribió, Alejandro Jodorowsky y Enrique Lihn, le hicieron ver que lo que en verdad valía de “un texto bastante largo”era la primera estrofa. Y eso fue lo que quedó. Entre sus numerosos y cambiantes atributos, el antipoeta acepta sugerencias: su obra está a mil kilómetros del carácter intocable de “la Poesía”.
 
El otro dato es el apoyo que tuvo de inmediato una obra que venía en realidad a desmoronar y cambiar gran parte de lo establecido. El propio Enrique Lihn (junto con Parra, el poeta más complejo y profundo de la segunda mitad del siglo XX en Chile) ya había recibido con una aguda nota de presentación los primeros “antipoemas” publicados en la revista Anales de la Universidad de Chile en 1951, y seguiría acompañando su obra con una crítica inteligente y perceptiva. El libro incluía una nota laudatoria de Pablo Neruda, que en realidad tenía el carácter un poco anodino del texto de circunstancias (al estilo de los abundantes similares que escribió Borges, aunque menos ladino). Pronto recibiría el premio del Concurso Nacional de Poesía, y más tarde el deslumbramiento de los poetas beat de Estados Unidos, en especial Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, que visitaron Chile y lo tradujeron al inglés y lo editaron.
 
Sin embargo, el cimbronazo que el libro propinó a la poesía chilena, y a la poesía escrita en castellano en general, fue intenso, y sigue reverberando. Las bases de su potencia son múltiples.
 
Alto y claro. Cuando se leen los antipoemas, se tiene la sensación de ser interpelado en voz alta por un sujeto cambiante, que suele presentar rasgos de la corte de los milagros que han ido fabricando las ciudades latinoamericanas en sus calles: oficinistas engreídos, borrachos, vagabundos, simples energúmenos. La voz no es solo alta, como la de un actor que en vez de estar sobre un escenario habla en la calle. Además es muy clara. La poética de Parra es cambiante (la contradicción permanente es uno de sus rasgos), pero tiene factores básicos nítidos: “La función del artista”, ha declarado, “consiste en expresar rigurosamente sus experiencias personales sin comentarios de ninguna especie. La función del idioma es para mí la de un simple vehículo y la materia prima con que opero la encuentro en la vida diaria”. Sus bestias negras son el romanticismo pegajoso, la Poesía con mayúsculas, el surrealismo puramente literario. “La angustia, la desesperación, la nostalgia, son algunos aspectos parciales del alma humana. Personalmente preferiría trabajar a base de elementos menos usados: la frustración y la histeria, factores determinantes de la vida moderna, me atraen con una fuerza especial”.

En el segundo gran libro de antipoemas, Versos de salón (1962), vio con claridad el blanco al que apuntaba y sus efectos probables en “La montaña rusa”: “Durante medio siglo/ La poesía fue/ El paraíso del tonto solemne./ Hasta que vine yo/ Y me instalé con mi montaña rusa. / Suban, si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan/ Echando sangre por boca y narices”.

Otra fuente alimentadora de Parra ha sido siempre el folclor, las décimas (que tan bien manejaban sus hermanos Violeta y Roberto), el tono campesino, los diálogos vinosos de La cueca larga, que en 1958 “cambió la pisada” que se esperaba después de sus antipoemas. Otro cimiento es el humor, a veces desesperado, a veces desopilante. La risa (más que la sonrisa o la carcajada) aparece inesperadamente, dinamitera y dinamizadora. En 1970 tuvo que soportar las reacciones delirantes que solían generar gestos mínimos en una época políticamente polarizada, donde la revolución parecía no sólo haber triunfado para siempre en Cuba, sino además estar a la vuelta de la esquina en toda América Latina. Haber aceptado una taza de té de Patricia Nixon en 1970 le ganó la condena absoluta de Casa de las Américas de La Habana, en ese entonces equivalente a un anatema del Vaticano para un católico. La mediocracia de izquierda chilena se le prendió de los talones, y Parra reaccionó como un león mañero y poderoso.
 
En una de sus respuestas se asumía a sí mismo como uno de sus personajes callejeros, irritados, prepotentes, contradictorios e imprevisibles. Les llamaba (y se llamaba a sí mismo) “energúmenos”: “El energúmeno es un sujeto contradictorio, rebosante de vida, en conflicto permanente con los demás y consigo mismo. De un energúmeno chileno puede esperarse prácticamente todo. Se abanica hasta con la propia idea de revolución. Nuestros enemigos no son los marxistas ni los capitalistas, sino los pelotudos de siempre [...], los tontos solemnes, los conformistas incondicionales tanto de derecha como de izquierda. En una palabra, los robots”.
 
Al igual que el argentino Roberto Fontanarrosa, a Parra le gusta titular con frases hechas y formulismos del lenguaje hablado o del periodismo ramplón. Un buen ejemplo del cruce entre un energúmeno y el humor es el poema “Como les iba diciendo” (en Emergency poems, 1972). Allí un fanfarrón absoluto se va asignando importancias: “número uno en todo / no ha habido nohay no habrá/ sujeto de mayor potencia sexual que yo/ una vez hice eyacular diecisiete veces consecutivas/ a una empleada doméstica// yo soy descubridor de Gabriela Mistral/ antes de mí no se tenía idea de poesía// (...) han de saber que yo introduje el cine sonoro en Chile/ en cierto sentido podría decirse/ que yo soy el primer obispo de este país// [...] yo le dije al Che Guevara que Bolivia no/ le expliqué con lujo de detalles/ y le expliqué que arriesgaba su vida// [...] imbécil me decían en el colegio/ pero yo era el primer alumno del curso/ tal como ustedes me ven/ joven —buen mozo— inteligente/ genial diría yo/—irresistible—/ con una verga de padre y señor mío/ que las colegialas adivinan de lejos/ a pesar de que yo trato de disimular al máximo”.
 
Antes y después. Poco después de mudarse a Santiago, Parra fundó con sus amigos Jorge Millas y Carlos Pedraza la Revista Nueva, donde publicó prosa (un anticuento con un gato) y poesía. Después todos ellos fueron impactados por la influyente Antología de poesía chilena nueva (1935) de Eduardo Anguita y Volodia Teitelboim, fuente de fascinación y rechazo al mismo tiempo. Dos años más tarde, regresado a Chillán para dar clases, sufrió el golpe de ver destruida por el terremoto buena parte de la ciudad. A esa altura consumía con ardor la poesía de Walt Whitman, en la traducción del uruguayo Armando Vasseur. Aunque a la larga se distanció: “Whitman no tenía humor. Era un saco de papas. Entonces me bajé del carro”.Luego lo marcó a fuego Federico García Lorca, con un testimonio claro: su primer libro Cancionero sin nombre (1937), que dejó sin reeditar hasta su inclusión en el primer tomo de las Obras completas que acaba de difundir el sello español Galaxia Gutenberg. Su estadía en Inglaterra lo hizo profundizar en los poetas metafísicos ingleses (entre ellos, John Donne), Ezra Pound y otros.
 
Las vacilaciones y tanteos de los diecisiete años transcurridos entre aquel primer libro y su triunfal Poemas y antipoemas pueden advertirse en la cantidad de títulos de libros que anunció y nunca publicó: Simbad el marino (sonetos), Dos años de melancolía, La luz del día, Entre las nubes silba la serpiente, Notas al borde del abismo, Oxford 1950. Parte del refinamiento de su búsqueda tuvo que ver con su amigo Tomás Lago, que le incluyó 14 de sus poemas en su selección de 8 nuevos poetas chilenos (1939). Allí Parra exponía una “Poética”, que desarrollaría extensamente en “Poetas de la claridad” (1958), ya con sus “antipoemas” publicados.
En ese texto daba como momento importante esa antología de poetas nuevos de Tomás Lago, otorgándole un eje estético que se oponía a la poesía anterior: “¿Qué era (...) lo que nos hacía considerables a los ojos del antologador? La mera virtud poética, se comprende, pero dentro de ella el canon de la claridad conceptual y formal. A cinco años de la antología de los poetas versolibristas, herméticos, oníricos, sacerdotales, representábamos un tipo de poetas espontáneos, naturales, al alcance del grueso público”.Reconocía por otra parte que no aportaban nada nuevo a la poesía chilena, y citaba a un crítico que lo trataba de “Cabeza visible de una plaga de guitarreros que han invadido la poesía chilena últimamente”.
Ese abuso de confianza era legitimado por el hecho de que la “antipoesía” no se presentó nunca con el ropaje llamativo y renovador de la vanguardia. Eso hizo más insidiosa y definitiva su inserción en el corpus de la poesía de América Latina. Su tono casi prosaico disimulaba un poco el extraordinario talento rítmico de Parra, aunque el hecho de que en casi todos los poemas cada verso empieza con mayúscula instala la sensación visual, gráfica, de la poesía. Su metro preferido era el endecasílabo: “si no lo uso, estoy renunciando poco menos que a la columna vertebral del lenguaje, del idioma español”.
 

 

Obras completas & algo de Nicanor Parra • Galaxia Gutenberg | Barcelona, 2006.

 

Pablo y Nicanor. En uno de sus incontables aforismos de choque Parra dijo alguna vez que se conformaba con ser “el mejor poeta de Isla Negra[el sitio donde vivía Pablo Neruda]”. Su relación con Neruda fue evolucionando a partir del crecimiento de su propia estatura como poeta. Al principio había un respeto y admiración mutua, siempre que se sobreentendiera la importancia mayor de Neruda. Los dos provenían de la misma región geográfica de Chile, Neruda apoyó el conjunto de “antipoemas” y recomendaba a quienes veía que leyeran a Parra. Éste, por su parte, escribió un extenso “Discurso de bienvenida en honor de Pablo Neruda”, cuando el poeta de Isla Negra regresó a Chile en 1962. Es un repaso minucioso y lúcido de su obra, y también de los vínculos humanos entre ellas: “he convivido con él durante años, en calidad de vecino de barrio, de discípulo, en calidad de visitante esporádico. Más aun, hemos intercambiado objetos prácticos y simbólicos: un Whitman contra un López Velarde, una cerámica de Quinchamalí contra un poncho araucano, un reloj de bolsillo contra un jardín de siemprevivas, mariposas, etc. Todo lo cual me da derecho, creo yo, para considerarme un nerudista fogueado”.

Pero en cuanto la poesía de Parra pasó a ser una muy difundida caja de herramientas a nivel latinoamericano, Neruda enfrió su apoyo. Por otra parte, su propia inserción plena en el aparato cultural del Partido Comunista (que ayudó a completar la difusión universal de su obra y su figura), en contraste con los continuos movimientos de cintura de Parra para impedir que lo metieran en cualquier caja o cuadrícula, le otorgó a este último una comunicación inmediata y dispuesta a ponerse en riesgo con los jóvenes, cada vez más jóvenes en relación con él a medida que iba recorriendo sus más de nueve décadas de vida.
 
Con dos de esos jóvenes, Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky, hizo en 1952 Quebrantahuesos, un periódico mural muy sui géneriscuya mecánica de collage de títulos e imágenes de diario, buscando el choque y el humor, se exhibía en un par de vidrieras de Santiago. Uno de ellos, Jodorowsky, recordó aquel tiempo hace poco (2004, el año de los 90 años de Parra) en Psicomagia (Siruela). Se considera afortunado de haber nacido en Chile: poetas hay en todas partes. Pero la vida poética, en cambio, es un bien más escaso. [...] Sin duda, la antigua China era una tierra de poesía. Pero pienso que, en los años cincuenta, en Chile se vivía poéticamente como en ningún otro país del mundo. La poesía lo impregnaba todo: la enseñanza, la política, la vida cultural... El pueblo mismo vivía inmerso en la poesía”.
 
Al igual que Parra, Jodorowsky admira la amplitud humana de Neruda: “Su poesía era recitada tanto en los colegios como en la calle. Todo el mundo quería ser poeta, como él. ¡No hablo solo de los estudiantes, sino de obreros e incluso borrachos que hablaban en verso! Él supo captar en sus textos todo el ambiente loco del país”. Después menciona a los otros grandes de aquel entonces: Vicente Huidobro (“impregnó de elegancia todo el país”), Gabriela Mistral (“nos enseñó la exigencia moral respecto del dolor del mundo”), Pablo de Rokha (“un dadaísta expresionista que aportó a Chile la provocación cultural”). Y por último el propio Nicanor Parra (“encarnó la figura del intelectual, del poeta inteligente”).
 
No deja de ser una de las contradicciones de las que tanto disfruta Parra (admirador y usuario del Tao Te King) que su figura sea la última de esa estirpe en un Chile como el de hoy, tan poco cargado de vida poética. El comienzo de la dictadura de Pinochet estuvo marcado por la muerte de Neruda, el último poeta-tótem. El excelente Enrique Lihn falleció en 1988, y ni él ni Gonzalo Rojas tuvieron la incidencia de los ya mencionados. En cuanto a Jodorowsky, la zona poética de su obra multifacética (cómic, teatro, cine, Tarot) es por lejos la menos lograda. El último escritor chileno de gran estatura es Roberto Bolaño, pero fue ante todo narrador, y lejano (vivió toda su vida productiva en México y España).
 
 
Una vida. Nicanor Parra nunca se fue de Chile. Durante la dictadura desempeñó un papel clave en el refugio que fue en esos años el Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile, que albergó a numerosos intelectuales y donde él daba clases. Hoy mítica, la institución provocó una lectura positiva y distinta del célebre “artefacto” parreano: “La izquierda y la derecha unidas / jamás serán vencidas”,porque en aquel Departamento había gente de derecha y de izquierda ofreciendo un sitio de dinamismo mental y comunicativo en medio del páramo.
 
Hoy Parra sigue viviendo en su casa de La Reina, con una vista privilegiada de todo Santiago. Dicen que viste ropa de ferias y saldos, pero que no disminuye en nada la apostura de su corpachón y sobre todo de su rostro despejado y leonino. Sigue remiso a los reportajes. Exhibe con orgullo una dentadura perfecta a los 93, fruto según dice de no cepillarla y de comer naranjas como un poseído. En uno de sus clásicos quiebres de sendero, su libro más importante de los últimos años tal vez sea su muy peculiar traducción del Rey Lear de Shakespeare.
 
Con toda una obra extensa atrás, esa obra dista sin embargo de dar la sensación de concluida. Tratando de definirlo, Álvaro Bisama escribió: “la risa de Parra es una suerte de llave de judo, un movimiento ninja, una patada de shaolín. En la risa parriana hay algo de budismo zen, un zen cinematográfico, un zen que exagera de sí mismo todo rasgo para ofrecerse en contradicción e iluminar al lector”.

Una obra. A lo largo de los últimos cuarenta años, Parra circuló fuera de Chile en primer lugar en un libro de bolsillo del Centro Editor de América Latina. En los viejos tiempos de distribución latinoamericana los afortunados pudieron hacerse de la gruesa selección que publicó Casa de las Américas en Cuba. O, más tarde, en la versión encuadernada o la de bolsillo (en horrendo papel de diario hoy amarillento) de su Obra gruesa. Más tarde circularon algunos ejemplares de Hojas de parra y los libros del “Cristo de Elqui”.

Todos esos libros, al leerlos, multiplicaban la sensación de cambio constante, hallazgos e impermanencia. Ahora por fin existe una Obra completa del gran poeta chileno. En su costumbre eterna de agregar una molécula inestable o irónica, el título es: Obras completas & algo . Pero ese signo más que cerrar el título es una crucecita de necrológica en un diario.
 
Impulsada inicialmente por Roberto Bolaño, el crítico Ignacio Echevarria fue el encargado de cuidar los dos tomos que tendrá la obra. Como reconoce en la presentación: “Para los más estrictos segadores de la antipoesía, la idea de unas obras completas de Nicanor Parra no deja de tener algo de oxímoron, de contradicción en sus términos”.Pero una vez leída hay que reconocer que la seguramente prolongada tarea de compilarla y ordenarla ha dado sus frutos.
 
Como en otros títulos de la colección Opera Mundi, de clásicos contemporáneos, el aparato crítico y de notas permite al fin ubicar un trayecto con mil carambolas y piruetas. Se trata además de una obra completa literaria atípica, que incluye todos sus “Artefactos” (o tarjetas postales que unen aforismos, frases publicitarias o chistes con imágenes recortadas), como también las páginas que pudieron rescatarse del Quebrantahuesos, reproducidas en color. Luego de un brevísimo prefacio de Harold Bloom, el extenso par de prólogos (común en la colección) está a cargo de Niall Binns y de Federico Schopf. Una zona especialmente útil es la serie de extensas notas finales, donde cada libro es seguido en su proceso de edición, en su recepción critica y en poemas puntuales cuando se considera necesario.
 
Es cierto: su difusión en América Latina será incierta (valga la redundancia). Con seguridad inapelable, se trata además de un libro costoso. Como atenuante puede decirse que también fue azarosa la distribución de los libros de Parra posteriores a ese año de 1973 tan nefasto para Chile y otros países en que termina este primer tomo. Pero ahora el libraco está ahí, inagotable, rico, un registro inigualable de la vida verbal y literaria de Chile y el mundo, esperando su continuación.

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Elvio E. Gandolfo

Dirigió con su padre la revista literaria El lagrimal trifurca (1968-1976). Trabajó en periodismo cultural en publicaciones de Argentina; diarios La Opinión, Clarín

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