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Columna

Vacaciones de la mente

En algunas casas el fútbol es un lenguaje común, un punto de encuentro, un paréntesis de calma. Así es para la familia de esta editora chilena.

© Floresco Productions | Corbis

 

El fútbol es conexión.

El fútbol es la familia.

El fútbol es cliché: vacaciones para la mente.

El fútbol es sublimación, por lo tanto civilización.

El día en que escribo esto Falcao anuncia que no jugará el Mundial, y su cara (muy) bonita es portada de las secciones deportivas de los diarios chilenos. Más tarde, en el almuerzo con mis compañeros de oficina, gente seria y ocupada, profesores e investigadores de una Facultad de Letras, nos lamentaremos por Colombia, haremos un breve recuento histórico de su mala suerte mundialista, nombraremos al Pibe Valderrama (disciplinados, no haremos ninguna excursión hacia el tema de los productos para el pelo) y recordaremos los enredos de Higuita, citación que incluirá somera bibliografía y un relato pormenorizado del partido con Camerún en Italia 90. Ya cerca de los postres se redondeará el tema de la lesión de Falcao y sentenciaremos que igualmente Colombia es siempre un rival peligroso.

 

En todo momento las mujeres de la mesa habrán discutido con opiniones tajantes, idéntica seguridad y archivo mental comparable, aunque al menos una callará con vergüenza que en mundiales de la infancia era de las que incordiaba al jefe de la familia con sus “¿por qué dices que no era offside, papi?” y sus aun peores “¿para qué lado corremos nosotros?”. Luego, en el ratito que nos queda antes de volver corriendo a nuestras muy interesantes pero siempre demasiadas obligaciones, haremos una pasada superficial por selecciones exóticas como Irán o Estados Unidos, la que por supuesto nos cae mal porque vino a meterse en nuestro terreno y es cuestión de tiempo que empiece a pasarnos por delante y a ganar también en el fútbol, qué macana.

En la tarde, ya en casa, ruge el WhatsApp familiar como cada vez que hay partido, y esto incluye mundiales, eliminatorias, la Liga Europea, amistosos con Egipto, un entrenamiento del Real Madrid y cada vez que juegan las juveniles de Deportes Temuco (con un sobrino mío de líbero) o Curicó Unido (ni se molesten). Mi familia es más bien de silencio y rincón; nadie ha gritado en treinta años, la parte de hablar de los teléfonos la tenemos más o menos de adorno, y como el lazo es sólido consideramos que se lo puede dejar tranquilo mientras hacemos otras cosas. La docena de hijos que tenemos entre mis hermanos y yo heredó ese patrón de reticencia al ruido, y en general no creen necesario manifestar su presencia a través de la conversación si no hay amenaza física creíble de por medio. Pero todo cambia cuando hay partido. Cada jugada se comenta, nos reímos del distraído de turno, insultamos en horario de menores, a ratos opina el abuelo, todos mandan fotos con las camisetas puestas, yo pongo emojis tontos, la nieta calibra a un jugador con su primo y mi hermano pimponea una lista con “la oncena ideal”, 4-3-3 por supuesto.

Cuando mi sobrino Esteban juega en las juveniles lo alentamos de lejos y le inventamos nombres ñoños: el futbolista intelectual, el Beckenbauer sureño.

Como estamos en ciudades y países diversos, esos intercambios de la tribu reunida en torno del fuego-partido-de-fútbol son un momento de gracia, de tranquilidad sagrada. Las bromas repetidas, el nerviosismo de probeta, los clichés deportivos, todo es parte de un ruido de fondo esta vez cálido y con historia, una estática que transmite un mensaje importante: estamos todos bien, nos gusta el juego, que siga la función.

El fútbol es de los asuntos humanos a los que más cariño se les puede tener sin que te interese nada, en el fondo. Un relato de un partido cualquiera por la radio siempre es un sonido agradable, incluso si me aburre. Y normalmente me aburre. Pero es mi abuelo con su transistor pegado a la oreja, porque la lluvia del sur no lo dejaba oír decentemente. Es el recuerdo de cientos de viajes en camioneta los domingos por la tarde. Son mis amigos enfrascados en discusiones interminables en las que delinean lealtades inocuas con una sinrazón que no se permitirían en otro ámbito de la vida. Es la gimnasia de una guerra imaginaria, el modo de sacar afuera las rémoras violentas del cerebro interior sin consecuencias fatales. Sublimación, por lo tanto civilización.

El fútbol fue también el único punto de conexión posible entre una familia chilena y una checa en la Praga de los años noventa: el anfitrión hablaba solo checo y alemán, nosotros no y tampoco, pero con mi padre pudieron comunicarse porque, claro, Checoslovaquia fue segunda en el Mundial del 62 en Chile y esa épica de reemplazo, esas guerras sin muertos, son de las que se pueden recordar sin traumas, con una sonrisa y una invitación a compartir la mesa.

El fútbol es un cliché tras otro, y qué importa. Ciertos humanos estresados necesitamos más que nunca las vacaciones mentales que brinda, ese espacio donde poder ser injustos, incoherentes e infantiles sin consecuencias. El pacifista se pone rojo de rabia y golpea los cojines si pierde su equipo. Los creyentes en la ciencia se dejan tentar por cábalas baratas. La ex ministra tuitea que le falta solo una mona o lámina (la 296) para completar el álbum de Panini, y pide regalo o permuta. Porque perder el tiempo en la periferia del fútbol es, cuando hay Mundial, casi tan agradable y feliz como el fútbol mismo: los himnos, los peinados, las coincidencias, las suaves tragedias. El niño interior desatado con el viaje en el tiempo que implica “juntar el álbum”; el comercio sin dinero de láminas repetidas, llegar con él a junio como si fuera un repollo de tan manoseado y gastado: vacaciones para la mente, la regresión consentida, un recreo en el patio del colegio.

Estamos todos bien, queremos conectar, necesitamos descanso: ¡que empiece ya el Mundial!

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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