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Breviario

El síndrome de Graham Greene

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Invitado Festival Malpensante 2009

Sé que puede parecer arbitrario porque otros ilustres europeos contemporáneos podrían también darle nombre al mismo trastorno de aquiescencia moral selectiva.

Si me he decidido por Greene es porque, en su caso, las motivaciones se muestran clásicamente, sin torcedura “posmoderna”, y por ello, creo, son de mayor alcance ilustrativo.
 
En 1984, Greene publicó un libro-reportaje en torno a la figura del dictador panameño Omar Torrijos. La versión castellana, publicada en México por el Fondo de Cultura Económica un año más tarde, se titula El General —a sugerencia de Gabriel García Márquez, según reza el texto de contratapa—, pero el título original es mucho más revelador: Conociendo al General: relato de un compromiso.
 
La voz inglesa involvement admite, desde luego, otras traslaciones además de “compromiso”, tales como “complicación”, “enredo”, para no hablar de la acción de “liarse” amorosamente. Pero no sería políticamente correcto de mi parte torcer el sentido que quiso darle Greene para desafiar paladinamente las reservas que Omar Torrijos despertaba entre los demócratas del Primer Mundo.
 
Torrijos nunca fue electo presidente pero detestaba ser llamado “dictador”. Oficialmente nunca recibió en su país título distinto al de “Máximo Líder de la Revolución Panameña”. Fue el hombre fuerte de Panamá desde 1968, a raíz del golpe militar que encabezó para derrocar al presidente —ése sí, electo— Arnulfo Arias, hasta el día de su trágica muerte, acaecida en 1981, en un accidente aéreo del que aún se afirma que fue un atentado instigado por la CIA.
 
“Le gustaba que su gente le hiciera preguntas directas. Estas sólo le molestaban ante los periodistas. Recuerdo su respuesta a un periodista que le preguntó si era marxista:
 
—Una entrevista no es una confesión. No tengo por qué decirle mis pensamientos. ¿Le parece que le pregunte si es usted pederasta?
 
Bueno, pensé, si él era un populista yo prefería el populismo al marxismo, al conservadurismo y al liberalismo en Panamá”1.
 
Greene acompañaba a Torrijos en una gira por el interior a bordo de su helicóptero. Es sugestivo que Greene apruebe esta escena en la que el Panameño Providencial hurta el cuerpo a una pregunta directa y escoge “poner en su sitio” al corresponsal extranjero equiparando la pregunta sobre sus convicciones políticas a una afrentosa impertinencia sobre preferencias sexuales.
 
No es abusivo pensar que lo que a Greene agrada de Torrijos es su desdén por las formas expresado en sus modales del rudo intransigente con la proterva prensa occidental. Le agrada tanto que suspende el juicio sobre el populismo: ¡ha encontrado a su Calibán!
 
Sólo que, a diferencia de Próspero, no intentará educarlo en los modales —¡ni hablemos de los valores!— de una democracia liberal: eso podría echarlo a perder y a Greene le gusta Torrijos tal cual es. No ha viajado de Inglaterra a Panamá sólo para ver cómo se construyen instituciones que garanticen las libertades individuales.
 
Uno o dos desplazamientos en helicóptero más tarde, Greene asiste a un almuerzo servido en plena manigua.
 
“Después de un buffet de almuerzo, con agua como única bebida —narra Greene—, un maestro de escuela negro le recordó al general que había ido a verlo cuando tenía catorce años porque alguien le había robado su bicicleta. Omar, que entonces sólo era un joven mayor de la Guardia Nacional, le dijo que en la delegación de policía había muchas bicicletas sin reclamar y le dio un recado para que la policía le dejara escoger la mejor.
 
—Ahora tengo la oportunidad de darle las gracias —concluyó el maestro.
 
¿Había sido el joven mayor Torrijos un populista desde entonces o sólo un hombre amable al que le gustaban los niños?”2.
 
La escena ahora es de asunto populistamente “redistributivo”. Imposible soslayar el detalle espartano de que en el almuerzo sólo se sirva agua. Greene nos deja saber, además, que el maestro de escuela es negro. Y encuentra admirable que Torrijos, ya de joven, prescindiera de esa engorrosa memez llamada “debido proceso”.
 
Nada de ordenar una investigación sobre el robo de la bicicleta, nada de identificar y detener al ladrón, ponerlo a la orden de un tribunal y tratar de recuperar el objeto del robo.
 
De nuevo, el poder ejercido sin contrapeso despierta simpatías en el observador inglés: “diles de parte del mayor que te dejen escoger la que más te guste. Porque me has caído bien y estoy de buen talante”. La injusticia que entraña el robo no es reparada, pero Torrijos no desperdicia la ocasión de ganarse un cliente para su futuro político.
 
Cuenta Greene que mientras escribía los pasajes finales de El General, una amiga le preguntó por qué siempre estaba tan interesado en Hispanoamérica.
 
“Tal vez la respuesta radique en esto: en esos países la política nunca ha consistido en una mera rotación de partidos electoralmente enemigos, sino en un asunto de vida o muerte”, respondió el autor de El americano impasible. Las cursivas son mías.
 
Desdeñar la alternabilidad democrática, propia de las “aburridas” democracias occidentales europeas de posguerra, porque son un incruento simulacro de guerra es una insidiosa y frívola manera de disminuir lo que de humanitario hay en los valores de la democracia liberal.
 
Lo irónico del caso es que muchos —en realidad, millones de hispanoamericanos— darían cualquier cosa porque la política en sus países llegase a ser sólo una mera rotación de partidos electoralmente enemigos.
 
Lo que han tenido, en cambio, es eso que Greene valora tan estéticamente: un asunto de vida o muerte.
 
Greene no habría tenido que salir del Panamá de Omar Torrijos para encontrar gente que hubiese preferido que los asuntos públicos se dirimiesen en unas incruentas elecciones, aunque el colegio electoral estuviese constituido—como suele estarlo en estos andurriales— por fulleros profesionales y los comicios tuviesen que ser estrechamente vigilados por la OEA, la UE, el Centro Carter y medio centenar de ONG escandivanas.
 
Es muy probable que desde el mismo helicóptero a bordo del cual a menudo conversaban Greene y Torrijos se hayan lanzado al océano Pacífico decenas de inermes opositores al régimen.
 
Un día de 1971, el cuerpo sin vida de Floyd Britton, un opositor de izquierda, fue sacado de la prisión de Coiba donde, ante numerosos testigos, había sido apaleado hasta morir. Sus restos jamás fueron hallados.
 
El “caso Britton” y la desaparición de Héctor Gallego, un sacerdote sumamente activo entre los pobres, dejaron tempranamente al descubierto el cariz homicida del régimen de Torrijos.
 
Pero Greene no tenía ojos para ello, como sí los tuvo para las atrocidades de François Duvalier en Haití, porque Omar Torrijos estaba enfrascado en duras negociaciones con Estados Unidos para recuperar la soberanía panameña sobre el canal de Panamá.
 
Negociaciones, se entiende, civilizadas negociaciones; no una guerra. En modo alguno un “asunto de vida o muerte” en el que Panamá no habría tenido ninguna oportunidad.
 
“Me fascinaba ver un país tan pequeño defendiendo lo suyo contra los Estados Unidos —recuerda Greene, cándidamente— y encontré divertido que Torrijos me invitase a formar parte de la delegación panameña a Washington y, desde luego, también me sentí honrado.
 
Al desembarcar en la base militar al son de los himnos nacionales, con marines presentando armas y una alfombra roja, recordé con no poco placer que durante años me fue imposible pisar suelo estadounidense por carecer de visa debido a la presunción de haber pertenecido al Partido Comunista cuando tenía 19 años. Ahora estaba allí, con mi pasaporte panameño. Torrijos también veía mi breve incursión en suelo americano como una broma espléndida”3.
 
La simpatía por la “autenticidad de las revoluciones hispanoamericanas”, no importa cuán parecidas resulten entre sí en su futilidad y cuán intercambiables sus crueldades, es la otra cara del antiamericanismo sin matices.
 
Y, vista desde aquí, luce en verdad como una espléndida broma macabra.
 
 
 
1. Graham Greene, El General, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, p. 93.
2. Ibid., p. 94.
3. Marie-Françoise Alain, The Other Man, Penguin Books, Londres, 1984, p. 58.
 

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Ibsen Martínez

Invitado del Festival Malpensante 2009. Su última novela es 'Simpatía por King Kong'.

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