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Columna

La carta

La admiración de los lectores no resulta fácil de sortear para un autor tímido. Dos encuentros de esta editora chilena con los más fieles seguidores de sus textos así lo confirman.

Escribir sin ser escritor es la impunidad misma. Nada de lo dicho importa demasiado, no te reconocen en la calle, no tienes realmente seguidores, puedes decir en una revista una cosa y en otra lo contrario: nadie está tomando nota, nadie lo recuerda. Me encanta cuando las amigas de mi madre me dicen “yo siempre te leo, hija, no me pierdo tus columnas en la revista Cosas”; me encanta, aunque me desconcierta un poco, dado que nunca en mi vida he escrito en la revista Cosas.

Quiero decir: los periodistas que no escribimos cosas importantes no tenemos club de fans ni una claque furiosa, y con poco esfuerzo podemos ser invisibles toda la vida. Es bueno eso, ¡viva la invisibilidad!, la fama es siempre un abismo; el único problema es que ahí adentro del cono del silencio se nos olvidan cosas. Sin tener que enfrentar a un público de carne y hueso como los políticos o los escritores de verdad; sin la prueba material, empastada y cosida al hilo de todas las boludeces que hemos escrito durante años, se nos olvida que a veces la gente nos lee y, más improbable todavía, le produce algún impacto lo que lee. Viví en esa impunidad durante una buena época: escribía una sección llamada “Vida de casados” que mi marido por supuesto no leía, todo era así.

Luego tuve un fan. Uno solo. Un joven encantador, me lo he topado varias veces. Me dijo que recortaba mis columnas. Me pidió que le autografiara un libro que hice, que no era de los de verdad, sino un libro de trivia para nerds de mi estirpe. Traté de disuadirlo, solo de la vergüenza que me daba. No me hizo caso: llevó el libro donde yo estaba, lo dejó con la secretaria, luego lo fue a recoger, me dio las gracias. Yo no merezco tantas molestias. Ni yo ni nadie. Me dio un poco de susto incluso: ¿tenía mi propio stalker? Tiempo después me lo encontré en una conferencia que dio Coetzee en Chile. Estaba repleto, pero mi joven amigo me guardó un asiento. Estaba con su novia, así que de stalker nada, era simplemente un joven encantador con gustos periodísticos un poco raros. Bueno, eso y un radar ciertamente espeluznante: un par de años más tarde Coetzee volvió a Chile, pero ya no lo fui a ver porque, con todo lo que lo admiro, verlo en vivo es más aburrido que chupar un clavo; mi joven amigo, sin embargo, había hecho la fila para que el sudafricano le firmara no uno sino dos ejemplares de Diario de un mal año, uno para mí. No sé cómo lo hizo, pero me lo encontré en la Feria del Libro de Santiago, meses después, en un pasillo, y me dijo eso, y me dio el libro dedicado. Tiene un GPS interior, no me lo explico de otra forma. Se llama Patricio, no sé qué hace porque me da tanta vergüenza todo que no puedo mantener una conversación con él, pero nunca me ha molestado y espero que tampoco yo a él (por si me estás viendo, ¡hola, Patricio!).

Después llegó la carta, y ya no fue tan sencillo. La carta era de meses atrás y se había quedado traspapelada en la revista. El sobre tenía una estampilla auténtica y mi nombre escrito a máquina. A máquina, dije. Las e y la p borroneadas de tinta me recordaron mi vieja Olivetti de los tiempos del colegio, de esas que ahora uno encuentra en las tiendas de antigüedades y se quiere morir.

Carta escrita a máquina son lágrimas seguras. Lo que viene adentro, muy probablemente: escasez de medios, lejanía geográfica, sinceridad. Un viejito solitario y perdido en el tiempo, pensé primero que sería. No era. Era la carta de una mujer, una desconocida, y contenía una petición. Una petición sencilla y transparente. Y yo no he respondido.

María tiene cincuenta y cuatro años, es divorciada y sus hijos están grandes. Escribe cuentos pero no se los muestra a nadie. Trabaja como representante de un pintor, vive en el Reparto Martí de La Habana y no tiene computadora, dice, como casi todos los cubanos. Me cuenta que una amiga suya chilena le prestó por “breve tiempo” la revista femenina no tonta donde yo escribía, que leyó con avidez y aprobó como “literatura socialmente útil”. Me dice que se sintió identificada con algo más bien triste que escribí y, lo peor, cree ver en mi foto una mirada con un significado preciso. Siempre confundo a la gente con mi miopía. María se llama a sí misma soñadora, pide perdón por su atrevimiento y hace delicadamente su petición, para mí inquietante, demoledora:

“¿Le agradaría ser mi amiga?”.

No es novedad que los cubanos, aislados como están todavía, y amistosos como son, pueblen las redacciones de medios extranjeros con sus cartas y señas. Así traté de racionalizar la carta de María, esa casualidad tan improbable, ese dardo en el centro del ensimismamiento; así traté de alejar de mi pecho ese abrazo cortés que a la distancia se me pedía. Me pasó por la cabeza que María sufría y que iba a pedirme más de lo que yo podía darle. (Mi telenovela mental es imparable.) Pura especulación, por supuesto, ¿por qué no querría simplemente comunicarse con esa persona que, no siendo un escritor de verdad, escribió algo que tocó en ella alguna fibra? ¿No he tenido acaso relaciones por carta? Las he tenido. ¿A qué le temo entonces?

“¿Le agradaría ser mi amiga?”. Me agradaría, María, pero no tengo tiempo, en serio, trabajo mucho, estoy llena de pendientes, no sé dónde comprar estampillas. No sé cómo será en La Habana pero aquí ya no hay buzones en las calles. Nadie se escribe cartas a máquina, nadie recuerda cómo ser delicado. Tengo tanto que hacer. Voy a esconder la carta. Soy tan cobarde, María.

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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