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Jaime Garzón en el corruptour

A propósito del Corruptour

 

En el principio, fue la lucha de clases. Después, el desencanto que producen las derrotas. Mientras tanto, un fantasma recorría el mundo: el fantasma de la corrupción. Ha crecido y crecido y, con el tiempo, parece ser un demonio incontenible. Entonces, nació el Corruptour. Al parecer, es un asunto de intransigentes y traviesos actores de la República Checa quienes, al tener tanto éxito con el asunto, se han inventado una franquicia. En México y, en particular, en Monterrey, el Corruptour es un fenómeno que agota los puestos del bus donde se representa la contundente parodia, recorriendo los lugares reales en donde se han gestado los peores momentos de las violencias e injusticias locales. El punto de partida es simple pero efectivo: un grupo de espectadores recorre, en un vehículo de transporte colectivo (buseta, combi, chiva, autocar, como lo llamen en cada hábitat de la podredumbre), los lugares donde se ha anidado el cáncer de sus sociedades y los actores-guías se encargan de desnudar, con sus textos, los signos fatales que se esconden tras ellos. Pero con humor, con negrísimo humor.  

Es una broma de los tiempos: Jean Cocteau decía que la (norte) americana era una sociedad muy curiosa: primero se escandalizaba con las vanguardias y luego las metían en un museo. En los años ochenta, ante la impotencia de los colombianos frente a su peor violencia, parecía que los artistas hubiesen optado por autodefinirse o escudarse tras el refugio de la metáfora, en vez de continuar su inútil batalla de denuncias o revoluciones sobre el escenario. Pero los tiempos se agotan, los milenios se acaban y, como añoraba Garibaldi, todo parece cambiar para que todo siga igual. Algunos jóvenes artistas, sin embargo, se resisten ante la impotencia y han optado, una vez más, por el escupitajo, ante el asco que les produce una realidad que se torna insoportable. En esa nueva camada de inconformes, ha llegado el Corruptour a Bogotá, de la mano de la actriz, dramaturga y directora Verónica Ochoa, con toda la ira intacta, antes de que su puño invisible termine atravesado por la profecía de Cocteau.

Tras una intensa experiencia en el Teatro Varasanta, la señorita Ochoa decidió tirar una vez más su casa por la ventana y se arriesgó a reinventarse, utilizando las herramientas adquiridas en la Maestría de Artes Vivas de la Universidad Nacional de Colombia. Un performance de grueso calibre parecía indicar el nuevo rumbo de sus pesquisas escénicas, pero la señorita Ochoa es inasible y sorprendió a los curiosos del teatro local con una obra que no se parecía a nada: Retrato involuntario de Luigi Pirandello, con la que se inauguró como dramaturga, olisqueando en la vida del escritor italiano, en una particular “bioplay” de hondas preocupaciones existenciales. Los notables, respiramos tranquilos: por fin la señorita Ochoa había sentado cabeza. Pero la tranquilidad duró poco. Primero, cuando se prestó como actriz para una curiosa experiencia (Cuento mi vida [en Bogotá]), bajo la dirección del catalán Marc Caellas, en la que se recorría el centro de la capital en un microbús, mientras la señorita Ochoa contaba los temibles recuerdos de su envidiable pasado. Al parecer, la señorita Ochoa terminó traumatizada con el asunto pero, como a Mafalda/Verónica Ochoa le gusta el caldo y las dos tazas, decidió ampliar la aventura, ya no en los entresijos de sus vergüenzas personales, sino ampliándolas en los dolores no cicatrizados de Colombia. En ese momento, la señorita Ochoa le echó mano al Corruptour y decidió conjugar el formato con un tema que nuestro país no aprenderá a digerir nunca: el asesinato del comediante y periodista Jaime Garzón.

Les explico a mis múltiples lectores de la República Checa: Jaime Garzón fue una figura de la televisión colombiana, estupendo imitador que, poco a poco, se fue transformando en el gran bufón de la corte nacional. Zoociedad, Quac el Noticero, Lechuza y su personaje Heriberto de la Calle, se convirtieron en los mejores ejemplos del humor político, “metiéndose en el rancho” del establecimiento, hasta el punto de que desnudase los peores pecados de nuestros arquetipos, con estupendos libretos, inteligentes realizaciones y representaciones inigualables. No. Nunca me imaginé a Jaime Garzón como parte de la troupe del Corruptour, porque su estrategia fue perversa y, en última instancia, suicida: burlarse de la sociedad desde adentro, un poco como lo hizo, guardadas proporciones, Molière en la corte de Luis XIV, viviendo y seduciendo a los principales representantes de nuestra fauna y, al mismo tiempo, dándoles palo con sus parodias, quizás con la inocente esperanza de que algún día cayeran en cuenta de sus peligrosas ridiculeces y tuviesen la valentía de cambiar. Pero los cálculos de Garzón no fueron exactos y, en lugar de cambiar a sus victimarios, terminó abaleado a los 38 años, a la misma edad en que murió su padre y en el tiempo que el mismo Jaime había pronosticado que iba a durar su vida.

 

15 años después, Garzón es una leyenda que simboliza el genio de un actor natural pero, al mismo tiempo, es el paradigma del asco hacia nuestra sociedad (“país de mierda”, exclamó al aire el presentador César Augusto Londoño el día de su asesinato). Quizás por ello, la señorita Ochoa decidió recurrir al símbolo Garzón para contar lo que representa la impunidad, montarnos en una chiva para darle la vuelta a Bogotá y recordarnos con humor el látigo de las infamias. Pero no sólo es responsable la señorita Ochoa: con ella están Isabel Gaona, Paula Estrada y Natalia Ramírez, estupendas actrices que ofician, con sus piernas de fuego, el rol de azafatas de una de las citadas chivas que los amargados caleños detestamos: esas fiestas ambulantes para turistas borrachos, en las que se suben a cantar felices, antes de refugiarse en los moteles donde vomitarán sus secretas películas de horror. En este caso, la señorita Ochoa y sus secuaces, en impecables uniformes azules, nos invitan a los espectadores a un viaje por la Bogotá nocturna. Y, efectivamente, durante tres largas horas, le damos la vuelta a la ciudad, mientras nos montan una encerrona en la que nos escupen textos incendiarios sobre nuestra realidad política, mientras vivimos un trancón en la calle 45, entramos al Barrio La Soledad, nos encontramos con Dioselina Tibaná (uno de los personajes de Garzón en Quac) frente a la puerta del Teatro Varasanta, atravesamos la carrera séptima, llegamos al norte de la ciudad, nos desnudan frente a la Escuela de Caballería y el Cantón Norte, damos la vuelta hacia el sur, nos detienen la chiva frente al Teatro Patria, mientras se bajan las cuatro azafatas y se toman fotos levantándose la falda y haciendo el signo de la pistola con el dedo corazón, se montan corriendo antes de que nos respondan a bala, le gritan improperios al Club El Nogal, en el camino se suben rebuscadores fracasados, paracos que le chupan trompa a soldaditos rasos, le damos cinco vueltas al parque de la 93 y miramos a los ilusos que toman café en Starbucks, avanzamos a la calle cuarenta y tantas donde una inmensa cara de Garzón se confunde con el Che Guevara y Joaquín Sabina, nos bajan para que observemos cómo un grupo de intolerantes agarran a patadas a un pobre payasito de McDonalds, en alérgica evocación al director hispanoargentino Rodrigo García, entramos a un bar, un grupo de actores vestidos de reinas de belleza nos cantan y nos cuentan más verdades, regresamos a la chiva donde el mismísimo Edson Velandia (el líder de Velandia y la Tigra) nos interpreta una rasqa especial para la ocasión, vamos al sur salvaje, subimos al barrio iniciático de La Macarena y terminamos en el Restaurante El Patio, sede de las mejores conquistas de Jaime Garzón en vida, donde la cantante Victoria Sur nos susurra una versión de “Te busco”, brinda con una copa de vino tinto, mientras los comensales aterrados del establecimiento, nos miran con desconcierto a nosotros, a los que miramos la Victoria de la señorita Ochoa.

Yo, sinceramente, creo que este espectáculo (o experiencia, como la quieran llamar los posdramáticos) deberían prohibirlo. Al contrario de lo que sucede en Monterrey, donde los boletos se agotan, preferiría que el Corruptour bogotano se convirtiese en una invasión secreta, a la que haya que llegar después de muchos esfuerzos. Porque, si se convierte en un blockbuster teatral, correremos el riesgo de encontrarnos militares protegiendo el Teatro Patria, vigilantes armados impidiendo el paso de la chiva por el Parque de la 93, en fin, sufriremos en el Restaurante El Patio lleno de presentadoras de televisión tratando de tomarse fotos con el actor Max García: Jaime Garzón, como en la frase de Cocteau, convertido en pieza de museo. No. Propongo el más absoluto acto de egoísmo: quienes logren montarse en la temible chiva tendrán que convertirse en héroes de la curiosidad, los cuales les contarán a sus hijos y a sus nietos que, alguna vez, tuvieron la privilegiada fortuna de ver una obra de teatro en movimiento, con una Bogotá caótica de fondo, en una aventura que no se parece ni al teatro, ni al cine, ni a la televisión: le contarán a sus hijos y a sus nietos que se trataba de la vida misma la que iba actuando, mientras la poesía de las cloacas, según la agitada pluma de la señorita Ochoa, terminaba convenciendo a los curiosos de que el mundo no tiene arreglo y de que, quienes intentan atornillarlo, se convirtieron en estatuas de piedra que lo cambiaron todo, para que la triste Colombia de la esperanza siguiese igual pero peor. 

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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