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Breviario

Consejos a la juventud

Traducción de Andrés Hoyos

   

Ilustración de Luis Echavarría

 

Cuando me informaron mi participación aquí, pregunté sobre el tema que pretendían que abordase. Me dijeron que debía de ser algo apropiado para la juventud –algo didáctico, instructivo, o algo en los órdenes del buen consejo–. Muy bien. Tengo algunas cosas en mente que desde hace tiempo quiero decir para instrucción de los jóvenes, pues en tan tierna edad es cuando cosas por el estilo arraigan mejor y son más duraderas y valiosas. Primero, entonces, les diré a ustedes, mis jóvenes amigos –y lo diré en tono urgente y suplicante–: obedezcan siempre a sus padres, en caso de que estén presentes. Esta es la mejor política a la larga, porque si uno no lo hace ellos lo obligan. Los padres en su mayoría creen tener mejor criterio que uno, y uno por lo general se la pasa mejor honrando semejante superstición que actuando según su mejor criterio.

 

Respeten a sus superiores, si los tienen, también a los extraños, a veces incluso a los demás. Si alguna persona te ofende, y estás en duda sobre si la ofensa fue intencional o no, abstente de recurrir a medidas extremas; simplemente espera la ocasión y descárgale un ladrillo en la cabeza. Eso será suficiente. Si luego averiguas que la ofensa no era intencional, sé valiente y confiesa que hiciste mal al descargar el ladrillo; acéptalo como un hombre y di que no fue tu intención. Sí, evita siempre la violencia; en esta época de caridad y de gentileza ya pasó el tiempo para semejantes recursos. Deja la dinamita para los salvajes y los rústicos.

Anda pronto a la cama y levántate temprano –es lo sabio–. Ciertas autoridades sugieren que te levantes con el sol; algunas que con esto, otras que con aquello. Pero hacerlo con el gallo es lo mejor. Tendrás una reputación espléndida cuando todo el mundo se entere de que tú te levantas con el gallo; y si te consigues el gallo adecuado, y lo trabajas a fondo, podrás con facilidad entrenarlo para que se levante a las nueve y media, una y otra vez. Es un juego de niños.

Ahora, sobre el asunto de mentir. Debes ser muy cuidadoso en esta materia; de otra manera es casi seguro que serás atrapado. Una vez atrapado, no puedes volver a ser, a los ojos de los buenos y de los puros, lo que eras antes. Muchos jóvenes se han lastimado a sí mismos de forma permanente a causa de alguna mentira torpe y mal ejecutada, siendo el descuido consecuencia de un entrenamiento incompleto. Algunas autoridades afirman que los jóvenes no deberían de mentir para nada. Esta opinión, desde luego, es algo exagerada; con todo, aunque no me es dable llegar a tal extremo, mantengo, y creo tener en ello la razón, que los jóvenes han de moderarse en el uso de este gran arte hasta que la práctica y la experiencia les hayan dado la confianza, la elegancia y la precisión sin las cuales no se consiguen resultados pulcros y ventajosos. Paciencia, diligencia, atención al más mínimo detalle –he ahí los requerimientos; sobre estos, y solamente sobre estos, se ha de cimentar toda futura eminencia–. Piénsese la de años de estudio tedioso, pensamiento, práctica y experiencia que hubo de requerir el entrenamiento de aquel incomparable maestro de la Antigüedad que fue capaz de imponer al mundo entero la pulida y sonora máxima de que “la verdad es poderosa y prevalece” –la más majestuosa impostura de los hechos comprobables que hasta el día de hoy un nacido de mujer haya logrado acreditar–. Pues la historia de nuestra raza, para no hablar de las experiencias individuales, está densamente tejida con la evidencia de que una verdad no es difícil de extirpar en tanto que una mentira bien contada es inmortal. En Boston hay un monumento al descubridor de la anestesia; mucha gente está enterada, en los tiempos que corren, de que no fue este hombre quien la descubrió, para nada, sino que le robó el descubrimiento a otro. ¿Es poderosa esta verdad y prevalece? Por ningún motivo, querido auditorio, el monumento está hecho de material sólido, pero aun así la mentira que celebra le ha de sobrevivir por un millón de años. Una mentira torpe, endeble e inconsistente; he ahí lo que se ha de estudiar a fondo para poder evitarlo; una mentira así tiene la misma permanencia que cualquier verdad promedio. En ese caso, incluso cabría decir la verdad de entrada y dar el asunto por terminado. Una mentira débil, estúpida y disparatada no sobrevive dos años, a menos que se trate de una calumnia. Por supuesto que entonces será indestructible, pero el mérito no será del fabricante. Una última reflexión: comienza temprano en la práctica de tan refinado y bello arte –comienza ahora–. Si yo hubiera comenzado antes, a estas alturas ya habría aprendido.

Nunca manipules armas de fuego en forma descuidada. ¡La de dolor y sufrimiento que han causado los jóvenes al manipular alegremente armas de fuego! Hace apenas cuatro días, en la finca exactamente vecina de donde paso el verano, una abuela, vieja, canosa, dulce, uno de los espíritus más exquisitos de la comarca, estaba sentada trabajando, cuando su joven y escurridizo nieto se hizo a una pistola vieja, oxidada y desvencijada que nadie había tocado en años y que se suponía descargada, y encañonó a la abuela, amenazando entre risas con disparar. Del susto, la vieja salió corriendo, y rogando, hacia la puerta del lado opuesto del cuarto; pero cuando pasó frente al nieto, este le puso la pistola casi sobre el pecho y ¡apretó el gatillo! El chico suponía que la pistola estaba descargada. Y en efecto, lo estaba. De modo que no hubo tragedia. Es el único caso por el estilo que conozco. Aun así, no te metas con armas viejas descargadas; son las cosas más letales e infalibles que ha inventado el hombre. Con ellas no se requiere del menor esfuerzo; no es necesario el mampuesto, no es necesario ajustar la mira, no se necesita ni siquiera apuntar. No, uno simplemente escoge a una pariente, dispara, y cada vez da en el blanco. Un joven que no le acierta ni a una catedral a treinta metros de distancia con un rifle Gatling en tres cuartos de hora, con un mosquete viejo y vacío puede bajarse a la abuela a cien metros, una y otra vez. Piénsese lo que habría acontecido en Waterloo si de un lado hubieran estado jóvenes armados con mosquetes viejos supuestamente descargados, y del otro la parentela femenina. El solo pensamiento me hace sudar frío.

Hay muchas clases de libros; pero los jóvenes solo deben leer los buenos. Recuérdenlo. Ellos ofrecen un gran, un inestimable, un inefable camino de superación. Por ende, a la hora de escogerlos, jóvenes amigos, hay que tener cuidado, mucho cuidado; les sugiero limitarse exclusivamente a los sermones del reverendo Robertson, a El reposo eterno de los santos de Richard Baxter, a Inocentes en el extranjero1, y a obras similares.

Pero ya he hablado suficiente. Espero que atesoren las instrucciones que les doy, y que ellas guíen sus pasos y les iluminen el entendimiento. El carácter se ha de construir reflexiva y laboriosamente sobre estos preceptos, y entre una cosa y otra, cuando ya lo tengan construido, se sorprenderán y se verán gratificados al comprobar con cuánta docilidad y exactitud este se asemeja al de todos.

 

 _____________-

1. Se refiere a los cinco edificantes volúmenes de sermones de Frederick William Robertson (1816-1853), al santoral de Richard Baxter, denominado The Saints’ Everlasting Rest, y por supuesto, a una de sus propias obras.

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