Google+ El Malpensante

Breviario

Prosa del mar

     

Ilustración de Laura Tibaquirá

 

Ab imo pectore, ¿el mar? Para mí, el mar ha sido como un padre amado y hosco. A pesar de mi vocación de náufrago, el “viejo océano” rehúsa reclamarme a su lado, como si, habiéndolo ofendido a la manera de Ulises cuando hundió el hierro candente en el único ojo de Polifemo, me condenara desdeñosamente a vivir rodeado de moles de tierra y de roca.

Hice muy de pequeño mi primer contacto con el mar. No el contacto tangencial del baño de playa, aunque mi madre me sumergiera en sus aguas recién nacido, sino el más definitivo de la navegación. El motivo no fue otro que la observancia de una vieja costumbre provinciana.

 

Mi abuela Tomasa, allá en Corozal de la Sabana, reclamaba el derecho a conocer a su nuera y a su reciente nieto.

Ir en la actualidad de Cartagena a Corozal no supone más de cuatro horas en automóvil, sin importar lo desigual de la carretera. Pero en aquellos tiempos simplemente no la había. Era preciso embarcar en uno de esos barquichuelos surtos en el Muelle de los Pegasos y seguir derrota de cabo a cabo, durante dos días por lo menos, hasta el Golfo de Morrosquillo, de donde más de veinticuatro horas en un autobús desvencijado, por caminos más de barro que de tierra, lo ponían a uno por fin en el puebluco sabanero. Mis padres emprendieron conmigo el viaje, cuando apenas contaba con seis meses de edad. Aquellas embarcaciones carecían de camarotes y los pasajeros debían permanecer todo el tiempo en cubierta, bajo toldos mal remendados que fustigaban los vientos, las lluvias y el ardiente sol del Caribe.

Claro que no recuerdo la aventura. Mas de alguna manera fue registrada por mi sistema nervioso y se encuentra almacenada en mi archivo inconsciente. Nunca me he mareado después a bordo de ninguna embarcación, grande o pequeña. Pero el mar no se encariñó, por lo visto, con el marinero de seis meses y, aunque luego lo haya navegado en travesías largas, siempre me opone un aire reticente, como si dudara de mi sinceridad oceánica. Y vuelve a condenarme a las montañas.

En mi niñez, sin embargo, el mar estaba siempre al fondo de todas las cosas, como su límite necesario. Detrás de las cúpulas y murallas de Cartagena, quemaban su sal y su yodo, nos observaba su entornada pupila de fiera apaciguada. Me ha extrañado, toda mi vida, que el mar no irrumpa sorpresivamente en ciertos paisajes de montaña. Que ciertas casas, de techos tan marineros, se hallen lejos del mar. Hay calles del barrio bogotano de La Candelaria que me producen un pálpito marino; me parece que voy a encontrar el océano con solo ir hasta su final. Pero veo las gentes enruanadas que cuchichean en los quicios y comprendo que el mar sienta temor de llegar a estos recónditos y adorables parajes, por donde hasta los ríos se escabullen lo más delgada y silenciosamente que les sea posible.

Hice una vez –y luego perdí en una mudanza– una selección de los mejores poemas consagrados al mar. A veces, una mera frase forma el poema, como en Saint-John Perse: “...et la mer au matin commme une présomption de l’esprit”. Otras, nos vemos ante el caudal de frases que no mencionan el mar, pero que misteriosamente lo connotan. En Poe, la alusión es siempre la misma, un ritornelo monótono, y sin embargo el mar parece evolucionar maravillosa y constantemente ante nuestros ojos:

It was many and many a year ago
              In a kingdom by the sea...

Quienes hemos intentado describir el mar, caemos a veces en cartabones inadmisibles y mentirosos, figurándonos un mar estrepitoso y solemne. No hay tal. El mar (pese a su condición de sumo almácigo) es algo elemental, tan simple como el sol o la luna. Casi podría decirse que no resulta susceptible de descripción: que basta la palabra “mar” para sugerirlo en su plenitud. Por eso se nos antoja falso Victor Hugo cuando nos informa que “le vent de la mer souffle dans sa trompe”. O De Greiff cuando habla de sus resonantes trombas... Todo ello está implícito, sin más rodeos, en la voz “mar”. Pero nos convence Darío:

El mar, como un vasto cristal azogado,
refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris...

porque nombrándolo primero con reverencia, lo descompone luego, sin patetismos, en elementos accidentales; es decir, no hace sobre él afirmaciones absolutas.

Creo que los mejores poemas marinos son aquellos en los que el mar representa apenas una cualidad, como en “L’ homme et la mer”, de Baudelaire. O los que establecen semejanzas y contrapuntos entre él y alguna pasión humana, como en la magnífica estrofa de Pierre de Marbeuf:

Et la mer et l’amour ont l’amer pour partage,
Et la mer est amère, et l’amour est amer,
L’on s’abîme en l’amour aussi bien qu’en la mer,
Car la mer et l’amour ne sont point sans orage.

En las buenas novelas marinas hay si acaso, como en Juan Ramón, “un poquito de mar verdeúva, al lado del barco”. Lo demás son maniobras de marinería, en cuya descripción puede un buen autor regodearse prolijamente. Porque el mar, lo que es el mar, lo carga o no el lector como una posesión interior. A quien no lo haya visto jamás, ni las descripciones más altisonantes podrían sugerírselo. Quien lo lleva sembrado en el pecho no necesita sino su sola mención para revivirlo en todas sus majestades. Así, elemento simple, como la “amarilla luna” de Borges, es el mar.

Lo veíamos en todo su esplendor, desde la azotea del caserón de mi familia cartagenera –altura abierta al azul sin límites–, como si fuese la verdad del mundo, y la vida terrestre una isla de pequeñas mentiras. Desde entonces, es torturante para mí encontrarme en cualquier mirador alto y no ver en la distancia el mar, compitiendo en infinitud con la transparencia celeste.

Página 1 de 2

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Germán Espinosa

(Cartagena, 1938-2007) Escritor colombiano. Su extensa obra incluye novelas, ensayos, cuentos e incontables artículos periodísticos.

Noviembre de 2014
Edición No.158

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

Columnas

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores

En uso de razón

Del terrorismo al conflicto interno

No lo veo claro

Hocus pocus

Paseos citadinos

Paseo cartagenero por una Manga sin mangos

El arte del trapecio

Razones y tradiciones