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Delicados aportes para los escenarios de la prisa

El fin de año hace delirar a los melancólicos que no se van de vacaciones. A continuación, algunos ejemplos de largas obras de teatro reducidas a su mínima expresión.

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Por: Sandro Romero Rey

Si algo quedó claro al final del año 2014, es que todo el mundo vive de afán. Y si el afán se ha convertido en un fenómeno universal, en Colombia, país que sabe multiplicar como nadie los errores del género humano, el afán, digo, no sólo es una tendencia sino una necesidad. Existe el placer de vivir de afán. Por esta razón, si ya no hay tiempo de leer libros de 600 páginas (¡hay que ver lo que cuesta publicar un libro de escasas 900!: “¿pero no podría usted decir lo mismo en 200 páginas?”), mucho menos hay público para extensas maratones escénicas de, qué se yo, eternas 2, 3, 4 horas. Me imagino que en esto radica la razón del gran triunfo del micro-teatro en el 2014: el público (siempre con algo más por hacer cuando ya está haciendo algo), va, come, bebe, conversa y, en una pausa cultural, ve una obra de 15 minutos que, muchas veces, se le hace eterna. El fenómeno, cómo no, nació lejos de Colombia, hace muchos años, en eso que en Francia llamaban “théâtre dans un appartement”, se simplificó en España y finalmente “hizo la América”, como los toreros y ahora se denomina en nuestras universidades, “arquitecturas escénicas expandidas en espacios no convencionales”. La moda de la urgencia, del afán, de salir rápido de los problemas, ha tenido tanto éxito entre el rumberísimo pueblo colombiano que, ante la necesidad de síntesis, se han hecho, por ejemplo, puestas en escena de la comedia anglosajona “Las obras completas de Shakespeare (abreviadas)”… ¡en versión reducida! Nuestra pasión por las simplificaciones no tiene límites.

Ante dicha verdad ineluctable, he querido colaborar, en este 1 de enero que comienza con un silencio de fiesta, aportando mi breve granito de arena a esta necesidad irreversible de acelerar la cultura. Así que pensé, con la inteligencia de los guayabos de año nuevo: si el pensamiento, el debate político o la tradicional cantaleta tienden a reducirse a 140 caracteres, ¿por qué no podemos pensar en el teatro, como una actividad apretada, que se resuelva como las estrellitas que califican a las películas en los diarios? El espectador afanado sabría agradecerlo. ¿A quién se le ocurre perder 5 horas de su vida viendo una trilogía si se la puede reducir a breves frases que te sacan rapidito del problema? Le cont&eacu...

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Sandro Romero Rey

Trabaja como profesor en la Facultad de Artes de la Universidad Distrital. En 2010 publicó 'El miedo a la oscuridad'.

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