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Arte

La policía de la decencia

Traducción de María Camila Palacio

Pocos escenarios han sufrido tan intensamente la mojigatería de las comunidades virtuales de internet como el mundo del arte. ¿Qué pasa cuando la estética está subordinada a la corrección política y cuando la crítica debe estar más atenta a las acusaciones de racismo y sexismo que a las obras de arte?

Ilustración de Bea Crespo

 

Primero que todo, el mundo del arte aspira a que la gente sea libre. Esta apertura extraordinaria es lo que le da al arte su naturaleza cambiante y adaptable. O –para ser más justos– lo que se la daba.  

La flexibilidad es vida, pero últimamente no dejo de pensar que el mundo del arte se ha vuelto mucho menos flexible, y que la libertad que yo siempre consideré esencial –la libertad para dejar volar nuestro pensamiento sin ataduras y para expresarnos, incluso de manera descabellada– se ha restringido de manera considerable. Está pasando a un ritmo tan extremo que debemos preguntarnos si el mundo del arte no es ahora una de las áreas de la cultura más sometidas a vigilancia. ¿Cómo es que llegamos a vivir en una esfera tribal y hermética donde normas morales tácitas y rígidas –estrictamente definidas por las redes sociales y la censura en línea, la mayoría de las veces anónima– nos dictan qué nos debe agradar o disgustar, qué está permitido decir y qué debemos callar? ¿Cuándo se volvió tan conservadora esta pandilla de gitanos e incansables radicales?

Tal vez el mundo del arte solo está encarnando sus propias versiones micro del tipo de pirotecnia que suele rodear a las figuras mediáticas, a los políticos y a las estrellas del pop, de tal manera que transforma cada gesto público, cada tuit, cada selfie o cada fotografía ridícula en un acto contestatario en medio de la guerra por la identidad política. (El activista Dan Savage se refiere a estos actos como “una tempestad en un vaso de lujo”.) Lo más raro es que todo se siente extrañamente familiar, como un déjà-vuinvasivo. Lo triste es que el mundo del arte siempre había sido el lugar en que uno podía escapar de toda esa mierda.

O tal vez soy yo. Porque, para ser francos, gran parte de esta tormenta ha estado ocurriendo en torno a mí. Y no solo desde que estuve, unos años atrás y por dos temporadas, en el reality Work of Art, y me dijeron que estaba “destruyendo el arte”. (Aparentemente, el arte confunde.) Sé que puedo parecer un payaso cargante y que estoy en muchas plataformas mediáticas, pero en el último año la hipérbole acusatoria ha llegado a un punto de hiperactividad, con ciertos sectores del mundo del arte adoptando una postura de policía puritana, pequeños napoleones y savonarolas que purgan lo que perciben como injusticias, o malas actuaciones, de nuestro reducido gremio. A todo volumen. De forma insultante. A menudo.

Un puñado de casos concretos, todos tomados del año pasado (y sin incluir el hecho de haber sido despedazado por llamar “psicótico” en CNN a George Zimmerman, el asesino de Trayvon Martin, o por no odiar las pinturas, como de tienda de segundazos, de George W. Bush). Cuando escribí que no me gustaba el fenómeno que llenó la galería de David Zwirner –la fábrica de chocolates de Óscar Murillo–, en Twitter se dijo que tenía un “problema con el tono marrón”, y otros me llamaron racista. Cuando dije que amaba la gran esfinge de azúcar de Kara Walker en Brooklyn y escribí que esa escultura debía ser transformada en una gran carroza para recorrer el país como un recordatorio del pecado original de la esclavitud cometido por Estados Unidos, me dijeron que estaba “irrespetando” a Walker. Increíblemente, estos comentarios no se detuvieron cuando la propia Walker escribió en Facebook: “Me gusta lo que escribió Jerry Saltz”. No importó. Ya era un “racista certificado”.

Desde entonces, me han tildado de “sexista”, “abusador de mujeres” y “pervertido” por haber publicado en Facebook una fotografía explícita del trasero destrozado de una mujer. La foto era un autorretrato que saqué de los enlaces compartidos por una de mis amigas en Twitter y había sido publicada orgullosamente por ella. Ni aun así. Obtuve veintenas de mensajes en Facebook de “amigos” horrorizados y tuits por el estilo de “¡en qué estaba pensando Jerry Saltz!”. La gente se desmelenó y llenó internet con sus muestras de indignación. Escribieron cartas a mi editor exigiendo que me retractara y pidiendo que “me explicara”. Lo extraño es que antes había publicado docenas de fotografías mucho más gráficas en Facebook, Twitter e Instagram. Imágenes de manuscritos medievales protagonizadas por hombres en trance de ser castrados, torturados y poseídos por demonios, cada una de ellas acompañada con un comentario tonto como: “Esto es lo que los críticos de arte hacen a los malos artistas”. Tales imágenes encantaron a todo el mundo (al menos eso parecía). Pero cuando cambié el género de la “víctima” (ahora una mujer) y el medio (ahora fotografía), se desató un infierno, y la policía de la decencia intervino. Yo nunca dije que tuviese buen juicio o que mi ello fuese puro, pero odio pensar lo que esta gente diría de Humbert Humbert o Raskólnikov. Aun así, no pude evitar notar que cuando publiqué una imagen más explícita de una violación, cientos de personas pusieron “me gusta” en mi Facebook –y más de 2.500 en Instagram–. (Por cierto, era un detalle de una escultura de Bernini.) El medio importa, y al parecer también Facebook. (Entre Facebook, Twitter e Instagram, Facebook es desde lejos el más conservador.)

Ese asunto del medio surgió nuevamente hace algunas semanas, cuando escribí acerca de los “cuadros de Instagram” de Richard Prince, expuestos en la Galería Gagosian, y no los llamé “impresiones”. (La misma discusión estúpida estalló cuando llamé “pinturas” y no “impresiones” a las obras de Wade Guyton. Oh, el dogma formalista del mundo del arte.) Hubo cientos de cadenas de comentarios en Facebook tildándome de “sexista” y “adulador” por haber dicho que me gustaban y no haberlos descrito como “sexistas”. Un gran número de comentaristas fueron despectivos por el hecho de que tengo 63 años o, más bien, por el hecho de que soy “anciano” y “anticuado”. En un comentario cuyo título proclamaba “Richard Prince apesta”, la bloguera Paddy Johnson opinó que mi artículo sobre Prince “realmente me irritó” (ahora, por fin, existe una buena crítica de arte). Todo porque para mí “el sexismo desvergonzado de Prince era algo digno de ser defendido”. ¿Estaba yo defendiendo el sexismo? Curioso, yo pensé que estaba tratando de plantear un punto de vista sobre la obra (y al hacerlo, la comparé varias veces con la pedofilia de Nabokov). Finalmente, cuando escribí que las pinturas de Chris Ofili tenían “el contoneo de un proxeneta presuntuoso”,  fui de nuevo llamado racista. Uno de los lienzos de los que hablaba se titula No es fácil ser proxeneta.

Por supuesto, mi esposa, la crítica de arte del New York Times, Roberta Smith, está en lo cierto cuando cita a Virginia Woolf: “Yo estoy para escribir lo que quiera, y ellos para decir lo que quieran”. Pero esto no solo está pasándome a mí, y no solo está pasándole a los críticos. He visto artistas que han sido sometidos al mismo régimen. Cuando el pintor Carroll Dunham publicó en Facebook un cuadro con la imagen de una joven bañista desnuda, fue catalogado de “pedófilo”. Hubo un gran alboroto en la Bienal del Whitney en respuesta al trabajo de Joe Scanlan, un artista blanco que presentaba a una artista negra ficticia encarnada por una actriz negra (un proyecto que viene desarrollando desde 2005). De hecho, un colectivo de artistas se retiró de la Bienal a manera de protesta y fue aplaudido por ello. Cuando Christopher Williams incluyó en su más reciente exhibición en el MoMA una fotografía publicitaria de una mujer en topless, muchos en el mundo del arte señalaron la imagen como “sexista”. La artista Anne Collier había hecho previamente una exposición de imágenes similares, y nadie dijo una palabra. En enero, a Bjarne Melgaard se le acusó de racista por haber retomado una obra icónica del arte pop, en este caso una mujer negra con forma de silla.

Todo esto es mi forma de decir que hay una enorme controversia en torno a cualquiera que presuntamente no tenga en orden sus credenciales sexuales y políticas, o que no use las palabras y designaciones “correctas”. La policía de la decencia también tiene una obsesión con el dinero; con unas pocas excepciones, si un artista alcanza el éxito comercial, sus “valores” son puestos en tela de juicio. Y estos cuestionamientos provienen de un medio artístico conformado por maestros y profesionales en artes que, incluso en el peor de los casos, hacen parte del 5% de la población más privilegiada.

Obviamente, como el buen pequeño humanista progresista que soy, amo poner contra la pared a los prejuiciados y a los fanáticos. Hay un genuino valor progresista en ello, especialmente en estos días. Por eso tenemos que enfrentar las violaciones que ocurren en los cuarteles militares y en las universidades, las leyes que restringen el voto, la relación de la policía con las personas de color (en Ferguson y en todas partes), y otra docena de problemas en que la rectitud y la indignación constituyen un arma. Pero cuando tratamos a las obras de arte tan implacable y toscamente como lo haríamos con el lenguaje discriminatorio, ¿se trata de progreso político o de ignorancia estética?

Aquí es cuando aparece el déjà-vu. La última vez que se impusieron reglas políticas de esta manera fue durante las guerras culturales de principios de los noventa. El lenguaje fue controlado, todas las políticas eran puestas en cuestión, el arte tenía que estar del lado correcto del problema. La artista negra Betye Saar atacó a Kara Walker por sus incendiarias siluetas recortadas sobre el Sur antes de la Guerra de Secesión. El pintor John Currin era a menudo recriminado por ser supuestamente republicano. Nunca importó que la mayor parte de los coleccionistas, que suelen hacer millonarios a los artistas biempensantes, fuesen ricachones republicanos. (Klaus Biesenbach, el actual director del MoMA PS1 en Queens, asesora a la esposa de Rupert Murdoch en los asuntos relacionados con el mundo del arte, donde todos los artistas la aclaman.) Si tú no hacías arte extremadamente político, eras tomado por frívolo o catalogado como alguien a quien “simplemente no le importa”.

Entonces, ¿por qué este regreso a los mandatos de hace veinte años? Tal vez porque ahora todo el mundo tiene una voz y una opinión sobre cualquier tema, y esa voz, incluso si está aislada, puede sobresalir. Tal vez porque, con la crisis de autoridad en los medios y la política, las personas están empezando a regresar a las últimas reglas conocidas, a estar de acuerdo con ellas y a imponérselas a los demás. Esto puede explicar también por qué tantas bandas y músicos de comienzos de los noventa están reviviendo. Para algunos se trata de un regreso a su juventud dos décadas atrás; para los mayores, es un retorno a los buenos viejos tiempos cuando todo el mundo sabía qué era el bien y qué era el mal, qué estaba permitido y qué no. Pero, para mí, esto no significa separar el bien del mal. Parece como si estuviésemos regurgitando nuestra juventud.

Cuando escribí acerca de Chris Ofili, empecé recordando la controversia en torno a la exposición “Sensation” en Nueva York. En 1999, la mitad de la ciudad clamaba contra una florida pintura de la Virgen María hecha por una artista negra. Dije entonces que era difícil creer cuán distante parecía el tiempo de la cacería de brujas política; en el intervalo, el arte mundial había ganado tal preeminencia que nadie cuestionaba su derecho a un hogar en esta ciudad. Y sin embargo, y sin embargo… Ahora me doy cuenta de que las cosas no son tan diferentes, de que nos estamos haciendo exactamente lo mismo en nombre de mejores valores, pero con la misma terca estrechez mental que convierte cualquier virtud humana en algo ajeno y horrible. Si solamente hay un puñado de maneras aceptables para expresarnos, nadie está realmente expresándose.

Una de las más grandes armas del arte es el mal gusto: cómo algo que parece feo, incorrecto o por fuera de lo aceptado ayuda a ampliar el campo de acción del arte. El arte es para cualquiera, pero simplemente no es para todo el mundo, y tenemos que parar de actuar como si fuese algo para ser domesticado, adecuado y bueno. Oscar Wilde pensaba que el arte era amoral, algo esencial por sí mismo. A veces, es algo que te hace cruzar la calle con tal de no enfrentarlo. A veces el arte es “Mannish Boy” de Muddy Waters, lamentándose sin tapujos con un aullido bárbaro. Que venga lo que deba venir. Operar bajo reglas definidas no es arte. Se trata de aceptación. De ser bueno. Además, si estamos tan atrincherados, ¿de qué nos estamos aislando? ¿A qué le tememos tanto? ¿Por qué?

 

____________

© New York Magazine, 2014

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