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Ficción

Una gata de perro

Un cuento

Ilustración de Gerald Espinoza

 

Creo que ahora tendré que pedir permiso para morir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias.

Se levantó de la silla como un resorte y apenas nos dio tiempo de despedirla.

Bajo el sol picante de las tres de la tarde de un limpio día de verano, cruzó la calle de dos zancadas y de dos zancadas la vimos llegar a la puerta de su casa.

La abrió con un suave empujón y volvió a ajustarla y fue directo a su alcoba, y luego se acostó en su cama sin quitarse la ropa y puso de costado la cabeza en la almohada y cerró los ojos.

 

A poco, se vio a sí misma caminando hacia el centro, rumbo a la sede del diario El Tiempo en la avenida Jiménez con carrera séptima, y justo en la entrada del edificio, y antes de apoyar sus codos sobre la ventanilla de Clasificados, cerró el paraguas y con dos golpecitos contra el piso escurrió el agua de sus zapatos.

El empleado puso en ella sus ojos de vaca y le dijo:

–Para servirle.

–Quiero un aviso de tres por cuatro en la página tercera.

–Cuesta doscientos mil.

–De acuerdo.

–Páseme el texto.

Ella abrió su bolso y del fondo sacó un pedazo de papel.

Enseguida, se lo extendió al dependiente y, para ahorrar tiempo, le puso de una vez los billetes en la boca de la ventanilla.

El aviso decía:

 

compro

gata de perro

pago lo justo

llamar al

310 884 8850

 

El efecto del anuncio fue inmediato.

En las primeras horas, recibió llamadas de un desengrasador de cazuelas de La Tebaida, un calafateador de navíos de agua dulce de Micoahumado y un tamborilero del Alto Baudó.

Cada uno decía ser poseedor de la gata de perro jamás vista y los tres se mostraban dispuestos a venderle la suya a un precio razonable.

La inconcebible disparidad de las cifras, y el tono de la voz de los oferentes, la hicieron desconfiar de la seriedad de sus propuestas.

Prefirió atender el llamado de Eneas Torcuato, arponero de alta mar, quien desde el barrio Manga de Cartagena la había invitado a pasar su mano por el electrizado lomo de felpa color menta de su incomparable ejemplar.

Pero cuando llegó y vio el ejemplar y lo tocó y descubrió en sus ojos bizcornetos la mirada de un ser acosado por el hambre, de una vez desistió de sellar cualquier negocio y lo hizo porque con solo rodar su mirada supo que lo que Torcuato quería venderle como gata de perro no era más que un apestado tinúnculo de los que desde siempre han ofrecido a precio de huevo en el mercado de Bazurto.

Algo parecido le ocurrió en Medellín.

Había viajado allí para atender la oferta de Wilson Barbadindio, antes cazador de ratas en Venecia y ahora desgranador de fríjoles en el barrio Belén, quien le había jurado tener en su poder y en el mayor de los secretos la gata de perro hurtada en los años sesenta al papa Heliodoro ii, durante el viaje que hizo a Medellín con el fin de bautizar las doscientas mulas que Andrés Nanclares tenía pastando sin la bendición del Altísimo en los predios donde después fue levantada la Universidad de Antioquia.

Cuando se bajó del avión y llegó y la vio y la tocó, confinada en un cuarto atestado de bultos de fríjol, cuyas paredes estaban llenas de fotografías de ratas y ratones, se dio cuenta de que lo que Barbadindio quería venderle como gata de perro era algo parecido a un oscuro musimón de ojos de fuego y hocico cornudo.

Cuando se disponía a tomar un vuelo rumbo a Cali tras el ofrecimiento de uno de los domesticadores de ergátiles que abundan en la Plaza de los Calatravos, quien la llamó de urgencia para que conociera la más hermosa entre las más hermosas gatas de perro, abrió los ojos y vio en su reloj de cucú que había anochecido y que faltaban diez minutos para las siete.

Poco después, la vimos abrir y cerrar la puerta de su casa y cruzar de dos zancadas la calle y sentarse de nuevo alrededor de la mesa del café Dos Mundos, donde nos hallábamos.

Estábamos a punto de dar cuenta de la segunda botella de escocés y lo que teníamos ante nuestros ojos nos parecía mentira.

Vestía de saco y corbata y se había puesto patillas largas y grises y bigote espeso y de alambre del que acostumbran los mexicanos.

Le preguntamos por la razón de ser de su disfraz y, en lugar de respondernos, sonrió y nos invitó a chocar los vasos y a echarnos al pecho un trago y el otro y el otro.

Y así, en silencio y sonriendo y mirándonos los unos a los otros, de trago en trago se hizo profunda la noche y en medio de la noche profunda nos dijo:

–Creo que ahora tendré que pedir permiso para vivir un poco. Con permiso, ¿eh? No tardo. Gracias.

Volvió a levantarse de la silla y otra vez pudimos apenas despedirla con una leve elevación de las cejas.

Pero ahora no la vimos cruzar la calle a zancadas y entrar de afán a su casa.

Volteó a la derecha y caminó a paso largo hacia el norte de la ciudad.

Tambaleantes, salimos del café y la vimos alejarse segura y altiva por la carrera quinta.

Desde entonces, sus conocidos no cesan de preguntarnos por ella e invariablemente les damos la misma respuesta.

Y es apenas explicable.

Nuestros ojos nublados por el whisky no pueden dar fe, todavía hoy, de si en esa ocasión pasó de largo a través del viento ahumado de la noche para ir a morir un poco entre las nubes multicolores del sueño, o si entró apurada al Bar-Bajacob, el primer chismódromo de Bogotá, decidida a vivir unos buenos momentos entre los algodones ardientes del corazón de alguien de sus afectos.

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Andrés Nanclares Arango

(Frontino, Colombia, 1954). Ha publicado "Los jueces del mal" (ensayos) y "La vida del austriano Sergio Pera del Olmo" (novela corta)

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