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Coda

Serial Killer

Las series televisivas son un fenómeno de alcance global. Una neófita de la televisión revela los placeres ocultos, tan diferentes de los de la literatura, que depara el que hoy en día es, por excelencia, el género de narración por entregas.

 

© Istock • freeimages.com


Me pasa algo extraño con las series de televisión últimamente: me interesan, francamente me interesan. Me pasa algo un poco patético también, o tierno, según el amor que me tengan: soy como los viejitos felices descubriendo internet. Novata en el formato, me asombro con cosas que todo el mundo sabe hace mucho; pero yo no, porque en mi familia no se veía tele y no tengo la costumbre no más.

No veíamos Sábados Gigantes, ese programa-ómnibus interminable y omnipresente por décadas en Chile que después le infligimos a toda América vía Miami (lo escuchaba, sí: por la ventana); no veíamos Dinastía, no veíamos telenovelas venezolanas, no veíamos la gala de Miss Universo y no veíamos el Festival de Viña. Había algo misterioso de lo que todo el mundo hablaba en el colegio, un poco a escondidas creo recordar, llamado La caldera del diablo (la traducción sudamericana y tremendista para Peyton Place), y yo me hacía la que sabía pero no tenía la más mínima idea de qué clase de olla podía ser tan importante: no recuerdo haber visto ningún capítulo de esa serie más vieja que el hilo negro, una de las primeras en mantenerse en pantalla durante años.

 

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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