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Inglés absoluto

Traducción de Karim Ganem Maloof

Actualmente, cerca del 99% de las publicaciones en ciencias naturales son en inglés. ¿Qué ha llevado a este estado monolingüístico de la ciencia? ¿Cómo ha evolucionado ese panorama en los últimos siglos? ¿A qué obedecen estos cambios?

Ilustración de Marcos Guardiola

 

Si puedes leer esta oración, puedes hablar con un científico. Bueno, tal vez no de los detalles de su investigación, pero al menos tendrían una lengua en común. Hoy en día, la mayor parte de la comunicación en las ciencias naturales, física, química, biología, geología, se lleva a cabo en inglés: publicaciones y conferencias, emails y colaboraciones vía Skype, lo cual se podría confirmar recorriendo los pasillos de un centro de investigación cualquiera en Kuala Lumpur, Montevideo o Haifa. La ciencia contemporánea es anglófona.

Algo más significativo aún: la ciencia contemporánea es monolingüe. El inglés se usa al punto de casi excluir cualquier otro idioma. Hace cien años, la mayoría de investigadores de la ciencia en Occidente sabían por lo menos un poco de inglés. Pero también eran capaces de leer, escribir y hablar en francés, alemán y, en algunos casos, otras lenguas “menores”, tal como el entonces incipiente ruso o el italiano, que languidecía con rapidez.

El pasado políglota de la ciencia moderna puede parecer sorpresivo. De seguro es más eficiente tener un solo idioma. ¡Cuánto tiempo se perdería aprendiendo a leer y escribir en otras tres lenguas para sintetizar derivados del benceno! Si todos usamos el mismo idioma hay menos fricción resultante de la traducción –como disputas sobre quién descubrió qué primero cuando las publicaciones aparecen en lenguas diferentes– y un menor desperdicio en pedagogía. En esta perspectiva, la ciencia contemporánea avanza a un ritmo tan impactante precisamente porque nos hemos enfocado en “la ciencia”, y no en algo superficial como el idioma.

Este punto es más fácil de argumentar si lo dice alguien que ha crecido hablando inglés, pero la mayoría de científicos activos hoy día no son angloparlantes nativos. Cuando se considera el tiempo que estos invierten en aprender el idioma, el triunfo del inglés no implica más eficiencia que una ciencia políglota; solo es ineficiente de una manera diferente. Todavía hay bastante traducción y enseñanza del idioma, pero estas no ocurren en el Reino Unido, Australia o Estados Unidos. No nos deshicimos del polvo bajo la alfombra, tan solo lo cambiamos de lugar.

En todo caso, hoy en día los científicos están completamente rodeados por la anglofonía, y el veloz batir y fermentar de la investigación científica encoge las memorias de la disciplina. ¿Acaso no fue siempre así la ciencia? No, no lo fue, pero únicamente los científicos con más edad pueden recordar cómo solía ser. Con frecuencia, los científicos y humanistas asumen que la ciencia en inglés reemplazó al monolingüismo alemán, precedido por uno francés y uno en latín, en un camino que los retrotrae hasta los albores de la ciencia occidental, que entienden dirigidos por un monolingüismo griego. Comprender la historia de la ciencia como una cadena de transferencias monolingües tiene cierto atractivo superficial, pero no es cierto. Nunca lo fue.

A grandes rasgos, se pueden apreciar dos regímenes lingüísticos en la ciencia occidental: el políglota y el monolingüe. El último es bastante nuevo, y apareció durante la década de 1920 para lograr derrotar al antiquísimo régimen políglota apenas en los años setenta. La ciencia habla en inglés, pero la primera generación que creció bajo ese sistema monolingüe aún está viva. Para entender cómo ocurrió este importante cambio tenemos que remontarnos bastante atrás.

En la Europa occidental del siglo XV, la filosofía y la historia naturales, los dos campos del conocimiento que llegarían a ser denominados hacia el siglo XVIII como “ciencia”, eran iniciativas políglotas. Es así pese al hecho de que la lengua usada para la enseñanza durante la Alta Edad Media y el Renacimiento era el latín.

Aquel estatus especial del latín no es contradictorio con el sistema políglota; por el contrario, lo confirma. Como cualquier humanista del Renacimiento o cualquier académico de la Edad Media tardía sabían, la filosofía natural en latín disfrutaba de una historia que se remontaba a los días de gloria de Roma. (Cicerón y Séneca escribieron significativos trabajos en este campo.) Pero de igual forma, esos mismos humanistas y académicos sabían que el lenguaje dominante en el aprendizaje durante la Antigüedad, hasta el saqueo de Roma, no fue el latín sino el griego helenístico. Sabían, además, que en los siglos anteriores se había hecho más filosofía natural en árabe que en cualquiera de aquellos dos idiomas clásicos. La traducción de trabajos canónicos en filosofía natural del árabe al latín contribuyó al resurgimiento del aprendizaje en Occidente. Aprender, sabían los eruditos, era una empresa multilingüe.

También lo era la vida. Aparte de algún bicho raro con padres demasiado entusiastas (Montaigne manifestaba ser uno de aquellos), nadie aprendía latín como primera lengua y pocos recurrían a ella para hablar. El latín se usaba para la producción escrita de conocimiento, pero quienes lo empleaban –como Erasmo de Rotterdam– lo desplegaban al lado de otras lenguas para comunicarse con sirvientes, familiares y mecenas. El latín era una lengua-vehículo usada para vincular comunidades lingüísticas, y era considerado más o menos neutral. Claro está, producía una exclusión en términos de clase ya que requería una mayor educación, pero fácilmente traspasaba divisiones confesionales y políticas: los protestantes lo usaban con frecuencia (a menudo con mayor elegancia que los católicos), e incluso en la Rusia ortodoxa fue importado tardíamente, en el siglo XVIII, como lengua para la enseñanza en la recién creada Academia de Ciencias de San Petersburgo.

Tal vez lo más importante es que, ya que el latín no era la lengua nativa de ninguna nación en particular, y los académicos a largo y ancho de las sociedades europeas y árabes podían usarlo por igual, no le “pertenecía” a nadie. Por estas razones, el latín se convirtió en un vehículo ideal para las afirmaciones sobre la naturaleza universal. Pero en esta conversación todos eran políglotas, y escogían la lengua que se adecuara a su audiencia. Al escribir para un químico internacional, los suecos usaban el latín; al conversar con un ingeniero de minas optaban por el sueco.

Este sistema comenzó a desmoronarse en el siglo xvii en medio, y como parte esencial, de lo que en un momento fue denominado como “la revolución científica”. En 1610, Galileo Galilei publicó en latín su descubrimiento de las lunas de Júpiter, Sidereus Nuncius, pero sus más significativos trabajos posteriores fueron publicados en italiano. Cambió de lengua cuando le apuntó a una audiencia más local en busca de apoyo y patrocinio. Los Principia (1678) de Newton aparecieron en latín, pero su Opticks (1704) lo hizo en inglés (la traducción latina data de 1706).

A lo largo de Europa, los académicos comenzaron a usar una mezcolanza de lenguas, y las traducciones al latín y al francés florecieron para posibilitar la comunicación. A finales del siglo XVIII, hubo un incremento en los trabajos de química, física, fisiología y botánica que aparecían escritos en inglés, francés y alemán, pero también en italiano, holandés, sueco, danés y otras lenguas. Hasta el primer tercio del siglo XIX, muchos eruditos optaban aún por el latín. (El matemático alemán Carl Friedrich Gauss utilizaba en sus cuadernos, al menos durante la década de 1890, la misma lengua que Julio César usaba para los suyos.) La ciencia moderna emergió, de forma orgánica, del caldo políglota del Renacimiento.

La estimación de la eficiencia como un bien incuestionable, consecuencia de la industrialización europea del siglo xix, impulsó un cambio en el antiguo sistema políglota. La pluralidad de idiomas parecía un derroche; emplea todo tu tiempo en poder leer lo último en filosofía natural y nunca podrás hacer investigación alguna. Alrededor de 1850, las lenguas de la ciencia comenzaron a reducirse a inglés, francés y alemán, y cada una acaparaba más o menos una porción igual de la producción (pese a que cada rama variaba en su distribución: hacia finales de siglo, el alemán era el favorito para la química).

El nacionalismo moderno barrió con Europa junto al florecimiento de la industrialización. A lo largo del continente, los poetas e intelectuales cultivaron, y en ocasiones modificaron significativamente, las lenguas vernáculas para que fueran portadoras de la modernidad del siglo XIX. Estos guardianes del idioma enfrentaron considerables desafíos al adaptar la lengua hablada de los campesinos a los elevados requerimientos de la literatura y las ciencias naturales. En cuanto al arte, la historia es bien conocida: la literatura húngara moderna, la checa, la italiana, la hebrea y la polaca, entre otras, florecieron durante la segunda mitad de ese siglo. Sin embargo, el alto valor concedido a la eficacia en la ciencia de alguna manera reprimió esta incipiente Babel, y solo el ruso pudo abrirse paso y convertirse en un idioma relevante (si bien mucho menor) para la publicación científica. Los partidarios de estos “idiomas menores” constantemente se quejaron de ser excluidos, mientras los hablantes de los tres grandes refunfuñaban por tener que aprender los otros dos.

Tres idiomas representaban una carga, sin duda. Existían defensores del uso de una sola lengua para el aprendizaje científico, aludiendo precisamente a la universalidad y aparente neutralidad con las que el latín había contado en siglos anteriores. Abogaron por el esperanto con argumentos convincentes, los mismos que se escuchan hoy en día a favor del inglés. El esperanto tuvo incluso algunos conversos de alto perfil, como Wilhelm Ostwald, ganador del Premio Nobel de Química en 1909, y Otto Jespersen, lingüista danés. Pero estos pronto fueron dejados de lado como simples utopistas, al tiempo que su entusiasmo se desplazaba hacia proyectos más extremos en materia de idiomas artificiales. Era obvio para todos que la ciencia no podía existir sino como un esfuerzo políglota.

Algo cambió, evidentemente. Ahora vivimos en el mundo de ensueño de los defensores del esperanto, pero el idioma universal de las ciencias es el inglés, lengua nativa de algunos Estados-naciones muy poderosos y, como consecuencia de ello, carente por completo de neutralidad. ¿Qué pasó con el sistema políglota de la ciencia? Se derrumbó. O más precisamente, lo derrumbaron. Cuando en 1914 estalló la Gran Guerra entre las Potencias Centrales (Alemania y el Imperio austrohúngaro, principalmente) y la Triple Entente (Gran Bretaña, Rusia y Francia), entre las primeras bajas estuvieron los ideales de un internacionalismo desinteresado. Científicos alemanes se unieron a otros intelectuales para alabar los propósitos de guerra de Alemania. Los científicos franceses y británicos tomaron nota.

Finalizada la guerra, el Consejo Internacional de Investigaciones, formado bajo la égida de la victoriosa Entente que ahora incluía a los Estados Unidos, y excluía a una Rusia que descendía en el torbellino de la revolución bolchevique, inició un boicot contra los científicos oriundos de las Potencias Centrales. Las nuevas instituciones científicas de carácter internacional, erigidas durante los primeros años de la década de 1920, dejaban por fuera a los derrotados científicos germanoparlantes. Esta exclusión encendió la lenta mecha que, en las próximas décadas, contribuiría a la extinción del alemán como uno de los principales idiomas de la ciencia. Los alemanes reaccionaron ante tal aprieto reforzando el compromiso con su lengua nativa. El sistema multilingüe empezaba a resquebrajarse, pero serían los estadounidenses quienes lo hicieran añicos.

Durante el furor germanófobo que siguió a la entrada de Estados Unidos en la guerra, en abril de 1917, se penalizó el idioma alemán. Los estados de Iowa, Ohio y Nebraska, entre otros, restringieron la que por mucho era la lengua hablada más común en Estados Unidos, después del inglés (producto de la inmigración masiva desde Europa central). Luego del Día del Armisticio, la proscripción del idioma alemán solo aumentó. Para 1923, más de la mitad de los estados de la Unión habían restringido el uso del alemán en espacios públicos, líneas telefónicas, telégrafos, y en la educación de los niños.

El mismo año, la Corte Suprema anuló esas leyes en el emblemático caso Meyer contra Nebraska, pero el daño ya estaba hecho. La enseñanza de lenguas extranjeras había sido devastada, incluso la del francés y el español, y una generación entera de estadounidenses, incluyendo a futuros científicos, creció sin mucha exposición a idioma extranjero alguno. A mediados de 1920, cuando físicos alemanes y austríacos publicaban sobre la nueva mecánica cuántica, los científicos estadounidenses eran capaces de leer los trabajos en alemán tan solo porque los yanquis todavía cruzaban el Atlántico para realizar estudios de posgrado en la Alemania de Weimar, e inevitablemente aprendían el idioma.

Pronto, la balanza de viajes se inclinó hacia el otro lado. En 1933, Adolf Hitler despidió sin reparos a profesores “no arios” y simpatizantes de la izquierda, arrasando la ciencia alemana. Los científicos judíos suficientemente afortunados para lograr emigrar durante la década de 1930 enfrentaron varios retos. Cornelius Lanczos, un antiguo asistente de Albert Einstein, tuvo dificultades para publicar en inglés, en parte por la naturaleza de su tema, y en parte por la bien conocida excusa de manejar mal el idioma, aun cuando había “sometido el texto a la cuidadosa revisión de buenos amigos”. Incluso Einstein dependía de traductores y colaboradores.

Entretanto, el físico alemán James Franck se mudaba a Chicago y con el tiempo se adaptaba al inglés, mientras que Max Born se establecía en Edimburgo y hacía gala de la lengua que felizmente había aprendido en sus días de juventud. Muchos de estos personajes manifestaron su lucha con el nuevo idioma, tal como hoy día hacen en sus autobiografías ciertos japoneses ganadores del Premio Nobel, quienes destacan la importancia de sus primeras publicaciones en inglés para establecer sus hallazgos y su reputación más allá del archipiélago. Pero nos estamos adelantando. Volviendo a la década de 1930, Hitler también acabó con la mayoría de las visas estudiantiles. Restringir el acceso a las universidades alemanas significó continuar con la amputación del idioma alemán, para completar eficazmente el proceso iniciado durante la Gran Guerra.

Luego de la Segunda Guerra Mundial, el relato se convierte cada vez más en uno sobre demografía y geopolítica. En contraste con la aproximación comparativamente plurilingüe que tuvo el disperso Imperio británico del siglo XIX, no se esperaba que los científicos del ascendente imperio estadounidense del siglo XX adquirieran competencias en idiomas extranjeros. Sin embargo, el masivo volumen de científicos e ingenieros soviéticos que emergió tras la guerra enfrentó a Estados Unidos con un nuevo competidor científico. En las décadas de 1950 y 1960, contando con alrededor del 25% de las publicaciones mundiales, el ruso se convirtió en el segundo idioma con mayor dominio sobre la ciencia, a la zaga del inglés con un 60%. Pero en la década de 1970 el porcentaje de publicaciones en ruso comenzó a decaer, mientras científicos de todo el mundo marcaban el rumbo hacia la anglofonía.

La inhabilidad de los estadounidenses o su negativa para aprender ruso, por no hablar de otros idiomas, sumada a la exportación de un sistema científico norteamericanizado a través del Atlántico a países angloparlantes y no angloparlantes por igual, impulsó aún más la anglicanización de la ciencia. La disposición por parte de europeos y latinoamericanos a aceptar el nuevo régimen también cumplió un papel. Dado que querían ser citados por los líderes del campo científico, holandeses, escandinavos e ibéricos dejaron de publicar en francés o alemán y se cambiaron al inglés. Paradójicamente, publicar en cualquier otro idioma que no fuera inglés pasó a ser visto como manifestación de una inclinación nacionalista: nadie que no fuera un francófono nativo publicaba en francés; mutatis mutandis, lo mismo para el alemán.

Con el desarrollo de la guerra fría, publicar en ruso era interpretado como una clara declaración política. Mientras tanto, generaciones de científicos alrededor del mundo continuaban aprendiendo inglés, pero las más de las veces la profundidad política de este peculiar desarrollo en la historia de la ciencia pasaba desapercibida. Para finales de la década de 1980, el inglés se adueñaba de un 80% de las publicaciones en ciencias naturales a nivel mundial. Ahora merodea el 99%.

¿Y qué? Tal vez los apóstoles de la eficiencia tengan razón, y la ciencia esté mejor ahora que solo se comunica en un idioma; los evidentes logros de la ciencia actual pueden ser interpretados bajo esa luz. Aun así, también debemos valorar el costo de ello. En 1869, Dimitri Mendeléiev casi pierde el crédito por sus desarrollos de la tabla periódica por haber publicado en ruso en lugar de usar el alemán, y hoy en día, en un campo tan vertiginoso, publicar en cualquier otro idioma que no sea inglés conduce a que tu trabajo sea ignorado.

Frecuentemente y con orgullo, los matemáticos franceses publican sus trabajos en francés. En este caso el formalismo ayuda a los angloparlantes en el seguimiento de las demostraciones, pero en las ciencias altamente experimentales, que contienen menos ecuaciones, tal lujo es impensable. ¿A cuántos estudiantes prometedores se les excluye de una carrera en las ciencias porque tienen dificultades con el inglés, y no con el cálculo multivariable? El problema empeora ya que la producción de libros de texto a nivel global se desplaza hacia la anglofonía: los criterios de mercado sencillamente no brindan apoyo a libros de microbiología en checo o suajili. La ciencia monolingüe tiene su precio.

No obstante, una vez establecida parece bastante estable. Especular sobre el futuro de los idiomas usados en la ciencia es arriesgado ya que la situación actual no tiene precedentes, literalmente. Nunca antes había existido tal sistema monolingüe de comunicación científica, sin mencionar uno que llegase a cada rincón del globo sobre la base de ser la lengua nativa de una superpotencia militar y económica.

Sin embargo, confiadamente se pueden decir dos cosas. Primero, mantener un sistema monolingüe a tal escala exige mucha energía, con ingentes recursos que se destinan al aprendizaje del idioma y a hacer traducciones en los países no angloparlantes. Y en segundo lugar, si las naciones anglófonas desaparecieran mañana, el inglés seguiría siendo un importante idioma para la ciencia por simple inercia. El efecto de anclaje, gracias al cual los científicos construyen a partir del conocimiento preexistente, sostiene a ambos regímenes, el políglota de ayer y el monolingüe de hoy. 

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Michael D. Gordin

Es profesor de historia contemporánea de la Universidad de Princeton. Este texto hace parte de su investigación para el libro de "Scientific Babel: Then Language of Science from the Fall of Latin to the Rise of English.

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