Google+ El Malpensante

Artículo

El lado negro de la agricultura

Una entrevista con Isabelle Saporta

La producción industrial de alimentos impone prácticas que acaban afectando al sector agrícola y resultan nocivas para el consumidor final. La autora de un polémico libro sobre el tema responde acerca del caso europeo y sus perversas implicaciones para la salud, la economía y el medio ambiente.

© Fotografía de Patrice Normand

 

He aquí un libro para leer en ayunas. Se trata de Le livre noir de l’agriculture, de la periodista francesa Isabelle Saporta, en el que denuncia cómo el afán de lucro infecta los océanos, contamina el aire y solo valora las cosechas cuando su fruto es el dinero. Su investigación es convincente: cerdos con aspecto de fisicoculturistas bajo una profusión de antibióticos y hormonas; utilización de fertilizantes para forzar el rendimiento de las tierras; papas saturadas de clorprofam, un antigerminante –presumiblemente cancerígeno– que permite “a la vieja patata engalanarse con todos los atributos de una papa joven y bella”. En suma, una práctica basada en la producción de comida a gran escala que no solo resulta peligrosa para nuestra salud sino también para el medio ambiente.

Además, como en Francia es imposible concebir la alimentación separada del vino, Isabelle Saporta publicó un segundo libro, Vino Business, en el que describe un mundo al estilo Dallas, con amenazas, trucos sucios, conflictos de interés. Un universo donde el glamour, la connivencia, la avaricia, la riqueza y la especulación vician y corrompen ese espacio en el que una botella de burdeos se vende a un precio demencial. En definitiva, dos investigaciones en las que se busca poner de manifiesto lo absurdo de una agricultura que beneficia a unos pocos y perjudica a todos los demás.

“Llegué al sector de la agricultura por casualidad. Siempre quise ser periodista y luego de mi doctorado en ciencias políticas comencé a trabajar en la revista Marianne. Y como las noticias sobre el consumo y la agricultura no le interesaban a nadie, me daban esos temas a mí. Pronto me di cuenta de que eran cuestiones interesantísimas, eminentemente políticas, y que había mucho por hacer. La agricultura es constitutiva de nuestra vida cotidiana, de nuestra identidad. En este campo se ven claramente los efectos de la globalización y cómo la política agrícola de la comunidad europea no tiene sentido. Mi investigación muestra un modelo que arruina a los campesinos, perjudica al medio ambiente y daña nuestra salud”, dice entre la gravedad y la sonrisa esta joven periodista, desde el primer piso del café parisino Les Éditeurs.

Isabelle Saporta habla con entusiasmo y decisión. Entre sus palabras se filtran algunas expresiones soeces que son solo un gesto de espanto ante el veneno que supuestamente nos estaríamos llevando a la boca. “Cuando comencé a trabajar sobre los productos fitosanitarios, a informarme acerca de las semillas que son privatizadas por los grandes grupos, al ver esta carrera delirante que lleva a intentar producir lo máximo al menor costo, me pareció necesario darlo a conocer en un lenguaje accesible. Mi objetivo es llegar a la opinión pública para lograr que los políticos reaccionen y esto cambie. He recibido críticas de algunos científicos, pero la realidad es que muchos no hacen más que hablar entre ellos. Creo que hay mucho esnobismo. Es necesaria una verdadera acción política. No puede ser que todo recaiga sobre el consumidor”.

 

De las 250 páginas de su investigación, usted le dedica casi cien a la crianza de los cerdos. ¿Por qué?

Por dos razones: porque es la carne que los franceses más comen (35 kilos anuales por pareja) y porque los cerdos consumen la mitad de los antibióticos veterinarios del país. El tema es muy ilustrativo del daño que provoca la agricultura industrial.

Francia invirtió muchísimo dinero para industrializar la cría de animales y el balance final no es muy feliz: se ha dividido por 50 el número de explotaciones dedicadas a la ganadería, pasando de 795.000 en 1968 a las 15.000 de la actualidad. Paralelamente, el tamaño de esas pocas explotaciones se multiplicó por 70 en los últimos cuarenta años, y se duplicó la cantidad de ganado. Ejemplo: 3.000 explotaciones concentran más de la mitad del ganado porcino de Francia. O sea, cada vez más cerdos en espacios cada vez más pequeños. Y así sucede con casi toda la agricultura industrial.

 

Además de esta distribución inequitativa y este hacinamiento del ganado, la alimentación que reciben los animales es otro tema con serias implicaciones para el consumidor y el medio ambiente. ¿Qué ha revelado su investigación al respecto?

Mientras sigamos alimentando a nuestros animales con los residuos de las industrias globalizadas existirán escándalos sanitarios. Tuvimos el de la dioxina en Alemania, el del cadmio en China... y aún no acaba.

Hemos ingresado en una suerte de espiral en la que los animales ya no están al aire libre, en el campo, sino en establos donde no ven la luz. Esto genera la obligación de alimentarlos con soya y maíz. Si cambiáramos este tipo de crianza se consumiría mucha menos agua, mucha menos energía. Actualmente hay agricultores que trabajan para alimentar a los animales en detrimento de su propia alimentación.

 

Sorprende descubrir que el almacenamiento de los cereales en silos es lo que provoca la contaminación por fungicidas y otras sustancias peligrosas. ¿Qué se podría hacer al respecto?

Bastaría con aceptar pagar 15 euros más por tonelada de trigo para que no haya más pesticidas en el almacenamiento. Es lo que cuestan los silos refrigerados que permiten que los cereales no sean tratados. ¿Por qué no se hace así?

 

En vista de la utilización masiva para forraje y otros usos industriales de estos dos cereales en particular, ¿cree que es posible una agricultura en la que se utilice menos soya y maíz?

Creo que nos hemos embarcado en un círculo vicioso y perverso. El maíz es la planta más cultivada del planeta: cubre 140 millones de hectáreas en el mundo y es un negocio en sí mismo. Es también el principal forraje que utilizan los criadores de bovinos: el 84% del forraje consumido por el ganado es maíz. No hay lugar para el nabo, el sorgo u otras hortalizas. Además, una hectárea de maíz consume dos millones de litros de agua por año, el equivalente de lo que consumen 40 franceses ¿Y qué hace la comunidad europea? Premia al que más irriga: 340 euros por hectárea no irrigada y 530 euros si la irriga. ¡La prima para el menos ecológico! Esto conlleva escasez de agua, y luego el gobierno termina ayudando a los agricultores durante las sequías.

La monocultura de la soya crea pauperización y éxodo de las poblaciones rurales que son expulsadas de sus tierras por los grandes propietarios. De acuerdo con la WWF (la ONG Fondo Mundial para la Naturaleza-Francia), desde hace diez años Francia importa un promedio de 4,7 millones de toneladas de soya brasileña y argentina, el 90% de la cual está destinada al forraje. Nuestro consumo de carne exige una superficie de soya de 385 metros cuadrados por habitante. Para esto fue necesario recurrir a la deforestación de un millón de hectáreas de bosques amazónicos. Esa región ya perdió casi la quinta parte de su superficie y el proceso continúa a un ritmo de 3,7 millones de hectáreas por año en Brasil, Argentina, Bolivia y Paraguay. O sea, estos países queman sus bosques para responder a las necesidades de los industrializados.

Económicamente, creo que hay un lugar para la reubicación, y pienso que es lo que debería hacerse en los próximos años. Solo que no es la dirección que se ha tomado, sino el camino de “cada vez más barato”. De esa manera vamos a entrar a una agricultura cada vez más especializada: algunos países se dedicarán a la soya, otros al algodón. En el sentido ambiental, las emisiones de dióxido de carbono son delirantes, y en el sentido humano y económico los agricultores están perdiendo. Sin embargo, es esta la agricultura que subvencionan hoy en día.

 

¿Entonces la solución sería una agricultura ecológica o hacerse vegetariano?

Yo no soy vegetariana, pero creo que deberíamos aprender a comer carne de otra manera, con menos frecuencia y de mejor calidad. Por ejemplo, mire el escándalo provocado con las lasañas durante el invierno de 2013: un fabricante sueco de productos envasados produjo y distribuyó, sobre todo en Inglaterra, una cantidad no determinada de lasañas precocidas con carne equina proveniente de Rumania. Lo que me parece disparatado no es que se haya encontrado carne de caballo en las lasañas, sino que haya sido gracias a este hecho que nos dimos cuenta de que hay cinco intermediarios entre la carne y el consumidor. Y todo eso financiado con dinero público.

 

Se dice que los productos de la agricultura industrial son más baratos que los de la agricultura sostenible. Usted afirma que no es así y que el consumidor termina pagando, de un modo indirecto, una factura asombrosa. ¿Por qué?

El argumento principal de los defensores de esta agricultura es que hay que cultivar de ese modo porque en 2050 seremos X cantidad de personas sobre el planeta y de otro modo no se les podrá alimentar. Tonterías. Hoy en día la sobreproducción solo sirve para botar. Las cifras son escalofriantes: según la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), el 50% de los alimentos que se producen terminan en la basura. Una familia promedio de cuatro personas en Estados Unidos bota ¡51 kilos de comida por mes! ¿Por qué hoy se tiran las papas? Porque se decidió que el consumidor ya no podía lavarlas.

Es la política de lo peor. El consumidor paga cuatro veces por esta comida basura: primero cuando la compra, otra vez con la política de subvenciones de la agricultura europea, una tercera vez con las políticas de saneamiento de los daños producidos por la contaminación y una cuarta vez con el dinero público que se invierte en la economía de la salud.

Dicen que es culpa del consumidor. Yo digo que es culpa de los poderes públicos. Porque si hoy en día esta comida chatarra industrial es tan barata es porque está excesivamente subvencionada por la Política Agrícola Común. El problema es que en el sistema de agricultura industrial no pagamos los alimentos al precio que realmente valen, pero sí lo hacemos con la agricultura sustentable.

Hay una fractura alimentaria colosal, una comida a dos velocidades. Hoy en día la obesidad es un problema sobre todo para las poblaciones más pobres. La realidad es que les importa poco ofrecer comida de baja calidad, muy calórica, azucarada y repleta de pesticidas a una población precaria.

 

© Fotografía de Patrice Normand

¿Se puede reducir la huella en la ecología y a la vez mejorar las condiciones materiales de los países pobres? ¿Y por qué, a pesar de su descripción sombría de la agricultura, hoy la esperanza de vida es mayor que décadas atrás?

Por supuesto que se puede prestar atención al impacto ambiental y mejorar la calidad de vida de los más pobres. El problema es que estamos exportando este lamentable modelo a todos los continentes. Y justamente los países pobres son las primeras víctimas porque producen menos caro que nosotros. Hoy en día, por ejemplo, Ucrania se dedica a la cría de los cerdos a bajo costo.

Es cierto que en los países ricos las personas comen todos los días, pero hay que tener en cuenta qué tipo de alimentos están consumiendo debido a esta forma de producción. El Inserm (Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica) afirma que los productos fitosanitarios tienen un impacto en el desarrollo de linfomas, enfermedad de Parkinson, etc. En los últimos cincuenta años, la cantidad de casos de cáncer se ha disparado: según investigadores del Chem Trust, en Inglaterra los casos de cáncer de testículo se duplicaron, los de próstata se triplicaron, y el cáncer de seno aumentó dos terceras partes. Solo en 2009 hubo un aumento del 16,8% de casos de cáncer en Francia. El costo humano de esta enfermedad es terrible. Pero su costo para la sociedad también lo es: unos 900.000 dólares son destinados a su cura y tratamientos. O sea, el 1,5% del PIB mundial.

Las implicaciones económicas también son directas para los agricultores, expuestos a las fluctuaciones del mercado globalizado. Este sistema nos cuesta 57.000 millones de euros de subvención solo en Europa, a lo que hay que agregar los costos de la polución y de la salud pública.

Por si fuera poco, no es cierto que este sistema sea útil para suplir las necesidades globales de consumo. Según la FAO, a pesar de que se prevé un aumento de la producción agrícola de un 56%, en 2050 aún 300 millones de personas padecerán hambre en el mundo.

 

Usted da una cifra alarmante: 400 suicidios anuales de agricultores y campesinos en Francia.

Sí, es una cifra oficial. No es la única ocupación en la que hay más de un suicidio por día. Yo pasé dos años viendo cómo es la crianza industrial de los cerdos y, honestamente, en esas condiciones no aguantaría ni tres semanas: siempre es de noche, viven con el neón encendido permanentemente.

Las personas que encontré felices con su trabajo eran aquellas que se dedicaban a la agricultura y cría sostenibles. Tenían una vida interesante, mantenían una visión estratégica de su oficio, en contacto con las viñas o con sus animales a campo abierto. Se trata de un oficio apasionante, que la agricultura industrial ha vuelto insoportable y peligroso.

Además, los pequeños agricultores no se benefician económicamente de este proceso: se necesitan once meses para criar un cerdo, la cooperativa lo tiene durante cuatro días, la gran distribuidora lo vende en veinticuatro horas y, sin embargo, son estas dos últimas instancias las que captan mayor ganancia. Por todas estas razones, la renovación de las generaciones de agricultores se convierte en otro gran problema: nadie tiene ganas de llevar esa vida.

 

¿Cree que el sistema agrícola actual mantiene este inmovilismo debido a la presión de sindicatos y a los lobbies fito-químico-farmacéuticos?

Por supuesto que sí. Sería necesaria una profunda reforma del paisaje sindicalista actual. La FNSEA (Federación Nacional de Sindicatos de Agricultores) empuja a los agricultores a adoptar un sistema productivista. Se trata de un sistema que les hace perder dinero, salud, y que arruina nuestro medio ambiente. En Francia, el sistema agrícola es el responsable del 60% al 80% de la contaminación, y solo paga el 1% de la factura de descontaminación.

 

¿Por qué hay tanta resistencia de parte de los agricultores para convertirse a la agricultura sostenible? Usted señala también la responsabilidad de los grandes distribuidores en el precio de los productos.

Creo que los agricultores son los chivos expiatorios de un sistema que ellos padecen de manera involuntaria. Nosotros tenemos una responsabilidad colectiva en lo que concierne a nuestra situación actual, y es colectivamente como saldremos adelante. Los agricultores se plegaron a las exigencias que les impusieron los poderes públicos, las empresas de la gran distribución. Por otra parte, los consumidores se han habituado a los productos de apariencia perfecta, retirando de la vista las frutas y verduras de aspecto “feo”. Es por eso también que sin una educación de los consumidores, y sin una voluntad política fuerte, no saldremos adelante. Es muy fácil acusar a los agricultores y dejarlos solos. Hay que reequilibrar las ayudas económicas y dar más subvenciones a quienes son respetuosos de una agricultura virtuosa y genuina.

 

Respecto al cultivo de la papa, usted hace una descripción casi apocalíptica de la relación entre los agricultores y los industriales, en la que estos últimos “imponen” a los primeros el cultivo de la variedad de papa que a ellos les conviene. ¿Acaso la libertad y la voluntad del productor y del consumidor no existen?

Por supuesto que sí, pero el margen de ese libre arbitrio es cada vez más estrecho. Cada francés consume 30 kilos de papas por año. Francia es el tercer productor europeo de patatas con 4,5 millones de toneladas anuales, producidas en 130.000 hectáreas, o sea un 30% menos que hace diez años. Pero gracias a los “magníficos” productos fitosanitarios su rendimiento aumentó: 65 toneladas por hectárea en cultivo industrial y 25-35 toneladas por hectárea en agricultura ecológica. El agricultor no es más que un técnico, muy endeudado, a sueldo de las grandes industrias que se comprometen a comprarle cada año una parte importante de su cosecha. Estos gigantes, como McCain –comercializadora mundial de papas congeladas–, imponen exigencias draconianas a los agricultores. Por ejemplo: la flor de la planta de papa debe ser rociada con herbicida para endurecer la piel, con la finalidad de poder lavarla... Aunque a la postre se conservan peor que una papa cubierta de tierra, los grandes distribuidores exigen que sea así para que no se manchen las alfombras de sus instalaciones.

 

¿Cree que un mundo sin pesticidas es posible? ¿Las grandes culturas agrícolas podrían sobrevivir?

Por supuesto que sí, y no soy yo la que lo dice sino el INRA (Instituto Nacional para la Investigación Agronómica). Según los investigadores, 2.300 millones de euros son invertidos cada año en productos fitosanitarios, o sea unos 6.700 euros por explotación agrícola en Francia, y 90 euros por hectárea. Ahora, son los grandes cultivos los que concentran el 70% de los gastos de pesticidas cuando representan solo la mitad de la superficie agrícola útil.

Pero las cosas podrían cambiar. Los científicos del INRA han probado que al financiar con 200 euros cada hectárea de los cultivos ecológicos, y al gravar en un 40% los productos fitosanitarios, se reduciría la utilización de estos productos en un 40%. Pero para lograrlo habría que decidirse a invertir en la investigación agronómica más que en la investigación para crear nuevos pesticidas, y sobre todo, habría que reaprender los antiguos gestos de la agronomía: la diversificación de los cultivos de rotación y la importancia de plantar proteaginosas que absorban el nitrógeno de la atmósfera y lo traspasen al suelo, entre otras cosas.

 

El de los pesticidas es uno de los problemas agrícolas que tienen especial incidencia en el mundo del vino. En su último libro, Vino Business, se abordan este y otros temas polémicos sobre este medio. Investigación que le ha valido buenas ventas (alrededor de 40.000 ejemplares), críticas virulentas y dos juicios. ¿Valió la pena?

Sin duda la respuesta es sí. Hoy en día, que a uno lo lleven juicio es casi una garantía de calidad. Si no, es como si no hubieras inquietado a nadie. He recibido críticas durísimas, personales. Hay que saber que me introduje en la élite de la élite del vino, un universo de grandes fortunas que maneja a la prensa (no a todos, por suerte), además de ser un mundo casi exclusivamente masculino y terriblemente misógino. Quienes me han atacado –uno de los dos juicios lo gané– no han puesto en duda los datos y las cifras que doy. El juicio más pesado que enfrento es contra Hubert de Boüard, propietario del prestigioso Château Angélus, que me ataca por difamación. Contrató incluso los servicios de la agencia de comunicación que se ocupó del caso de Dominique Strauss-Kahn, y ellos se encargan de decir que soy una mujer detestable. Felizmente, la prensa en general no le ha dado eco a esos ataques.

 

¿Por qué dedicarle un libro al mundo del vino, especialmente a los viñedos de Saint-Émilion?

Porque mientras escribía el libro sobre agricultura entendí que el vino merecía más que un capítulo. Esta investigación fue el descubrimiento de un mundo increíble. Ese universo es Dallas, un mundo de telenovelas donde todos los golpes están permitidos, un mundo de millonarios y megalómanos capaces de todas las estrategias para que los pequeños viticultores vendan sus viñedos por nada. Es Dallas no solo en el sentido de las lentejuelas sino también por los golpes bajos, con esos grandes propietarios de castillos que se comportan de un modo paternalista.

Si esta versión no ha sido ampliamente contada es porque los medios dedicados al vino están, en su mayoría, subyugados por llevar esa vida de multimillonarios. Es que, ¿quién, además de la prensa del vino, se puede permitir beber una botella de Cheval Blanc o una de Petrus? ¿Quién puede ser recibido en esos grandes castillos durante un fin de semana pago en Mónaco? Lo que yo les reprocho a estos periodistas es que su trabajo no es hacer la comunicación de estos grandes Châteaux bordeleses.

En Borgoña, al menos, han mantenido ese lado campesino, mientras que en Burdeos se vive una lamentable deriva hacia el marketing. Vinos a 500 o a 900 euros, ¿qué significa eso? Por otra parte está el caso de la Romanée-Conti, en Borgoña. Pero hay una historia, un terruño, es un vino que hace soñar y se pagan sumas increíbles por una de sus botellas, pero es una excepción.

 

El libro está dedicado sobre todo a Saint-Émilion, la región vinícola de Burdeos, de la que usted hace una descripción muy crítica. Parecería que la clasificación de los Saint-Émilion (que se realiza cada diez años) es llevada a cabo por una especie de mafia.

Es un medio muy violento. Y la realidad es que la Inao (Instituto Nacional de Origen y Calidad), que debería vigilar la transparencia de este proceso, valida una clasificación que funciona solo porque hay muchísimo dinero en juego. Este organismo del servicio público fue acaparado por la profesión vitícola a la que debería vigilar. Son finalmente los profesionales del vino quienes terminan instaurando las reglas, el control y las sanciones a los que ellos mismos deben someterse. Por otra parte, en esta clasificación decisiva para la supervivencia de los vinos, la nota atribuida al gusto vale solo un 30% del total. El resto se reparte entre cuestiones secundarias, como la arquitectura del lugar, o si hay o no un parqueadero en el dominio.

 

¿Cree que es en la región de Burdeos donde los viñedos están especialmente sometidos a esta dinámica? ¿Cómo fue usted recibida en la región?

Elegí esta área porque es la región vitícola, junto con Champaña-Ardenas, que genera la mayor cantidad de dinero y tiene una muy importante reputación internacional. Burdeos es un ambiente muy cerrado y conservador. Quienes aceptaron recibirme –como el consultor Stéphane Derenoncourt–, a pesar de su reconocimiento actual, son outsiders. Están los otros, como Hubert de Boüard, quien se disgustó con lo que escribí y me entabló un juicio penal por difamación.

 

En este libro, como en el anterior, usted le dedica muchas páginas al abuso de pesticidas. ¿Pero las cosas no están cambiando con la producción de los vinos ecológicos?

El vino es el único producto agrícola que goza de una increíble impunidad en cuanto a la utilización de pesticidas. No tiene la obligación de adaptarse a un límite máximo de residuos químicos, como se les exige a las frutas, verduras, panes o harinas. No entiendo por qué no hay un índice máximo de residuos de plaguicidas en nuestros vinos. ¿Por qué se utiliza el 20% de los productos fitosanitarios para tratar las viñas, que no representan más del 3% de las tierras agrícolas de Francia? Los agricultores deberían reclamar una legislación más estricta respecto a la utilización de pesticidas. El consumidor tiene derecho a saber qué es lo que bebe.

Por otra parte, las verdaderas víctimas son los trabajadores de las viñas, una suerte de “lumpemproletariado” que sufre enfermedades ocasionadas por la utilización de estos productos.

 

Al leer sus libros y escucharla defender una agricultura ecológica, campesina, “con los valores de antes”, me pregunto si usted no tiene una mirada conservadora.

Si se quiere, diría que tengo una mirada conservadora cuando se trata de preservar un terruño, una cultura, un savoir-faire que, si seguimos así, puede desaparecer. Hoy en día, las élites de este país tienen una actitud de autismo hacia los ciudadanos, lo que las lleva a cometer excesos.

Creo que la gente quiere una agricultura que tenga sentido, quiere vivir en un entorno que la haga sentirse bien y desea ser escuchada por los poderes públicos. Y esto de imponer desde arriba algunas decisiones, solo para darle gusto a una especie de élite agrícola productivista, ya no es posible.

Página 1 de 2

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Renée Kantor

Radicada en Francia, trabaja como periodista independiente. Ha escrito para las revistas Etiqueta Negra y Página 1/2

Junio de 2015
Edición No.164

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Científicos burócratas


Por David Graeber


Publicado en la edición

No. 151



Los centros de investigación en ciencia y tecnología han copiado en mala medida los vicios del mundo corporativo. El resultado es que el quehacer de la actividad científica transc [...]

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Elogio del menosprecio


Por Christy Wampole


Publicado en la edición

No. 153



Comentarios exaltados, tuits furiosos, alaridos digitales. Vivimos en tiempos de indignación masiva. Sin embargo, aparte de amargarnos la vida, generalmente no cambiamos nada. ¿Existe al [...]

Vampiros en Cartagena


Por Luis Ospina


Publicado en la edición

No. 101



¿Qué puede salir del encuentro entre tres cinéfilos reunidos para hablar de lo que más les gusta? Esta desempolvada entrevista puede ofrecer una respuesta. [...]

Columnas

La comba del palo

El control del comercio sexual

En uso de razón

¿Qué hay de nuevo en WikiLeaks?

Paseos citadinos

Paseo cartagenero por una Manga sin mangos

El arte del trapecio

Razones y tradiciones

No lo veo claro

Mary Roach y sus cadáveres fascinantes