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Música

B.B. King: agua y fuego

Qué historias hay detrás del vínculo que une a un músico con su instrumento? Tras la muerte del rey del blues, el pasado 14 de mayo, el autor rastrea las anécdotas que volvieron inseparables a Riley King y su guitarra Lucille.

Ilustración de Silvia Prietov

 

La primera de dos anécdotas que existen sobre la guitarra de B. B. King se remonta a 1948, para más señas, un día en que no paró de llover. Está narrada en el libro Wheelin’ on Beale, de Louis Cantor (una entrañable memoria de la primera radio hecha por y para los negros en Estados Unidos), y nos regala la imagen de un joven estrepitoso y flaco, ataviado con una chaqueta verde militar y “empapado hasta los huesos por haber caminado desde la estación de buses Greyhound, en el centro de Memphis, hasta los estudios de la emisora WDIA sobre Union Avenue, una distancia de varias millas”.

Riley King, que era su nombre previo a la fama, tocó a las puertas de la radio porque quería que le permitieran “grabar una canción y salir al aire”. La ingenuidad de aquella petición contrasta con la estrategia de músico avezado que completa la escena: había envuelto su guitarra en hojas de periódico, y en eso había sido tan profesional que el instrumento llegó perfectamente seco.

La segunda anécdota que involucra la guitarra de B. B. King es, en muchos modos, similar, pero no la vamos a contar todavía. Quedémonos un poco más en la radio.

El discjockey Nat Williams escuchó cantar al joven y le pareció tan sincero que hizo llamar al director de la emisora. El ejecutivo lo condujo hasta un segundo estudio, más grande, y le pidió que tocara algunas canciones. Luego le preguntó si era capaz de componer un jingle publicitario, y el joven King estaba tan inspirado que lo hizo de inmediato. Esa misma tarde, Riley King salió al aire cantando sobre las bondades del Peptikon, una especie de tónico curatodo con alto contenido de alcohol que, años después, cuando las regulaciones para la industria farmacéutica se hicieron más estrictas, desapareció del mercado.

Al llegar 1950 la estación WDIA no solo era la más escuchada en Memphis, sino que había rediseñado su programación para apuntar a las audiencias negras. Desde la mañana hasta la noche se oían programas con nombres como La juerga bronceada y El club del ritmo sepia, en tanto que, según el libro de Cantor, “los empleados blancos eran simplemente operadores de audio que de vez en cuando leían noticias al aire”. La llegada de nuevos anunciantes le permitió a la wdia aumentar su potencia de transmisión a 50.000 vatios para llegarle a un millón y medio de oyentes, es decir, el 10% de la población negra estadounidense de aquel tiempo.

En ese oasis sonoro, Riley King presentaba un programa diario y se había convertido en “Blues Boy” King: de allí las iniciales B. B. con las que ya firmaba su primer disco exitoso, 3 O’clock Blues. No es difícil imaginar que la expansión de las ondas llevó a que “el chico del blues” fuera invitado a tocar en conciertos más allá de las fronteras de Memphis, Tennessee.

Y aquí es donde aparece la segunda anécdota sobre la guitarra de B. B. King, mucho más conocida que la primera. Está fechada a comienzos de la década de los cincuenta, para más señas, una noche caliente. King ofrecía un concierto en un bar de Twist, Arkansas, cuando dos tipos empezaron a pelearse, tiraron por el suelo una lámpara de querosén y el local se incendió. “Todos salieron huyendo del fuego”, narra una placa que hoy existe en el lugar de los hechos, “pero King se devolvió para sacar su guitarra, escapando por muy poco de las llamas”.

Tiempo después, King averiguó que el motivo de la pelea había sido una mujer llamada Lucille. Desde entonces decidió llamar así a sus guitarras eléctricas, todas de la marca Gibson, e incluso a un álbum suyo de 1968 que se abre con un monólogo en el que idealiza sus recuerdos de aquella noche.

¿Qué tienen en común las dos historias? En una, B.B. King protege su instrumento del agua; en otra, lo salva del fuego. Si la leyenda hubiera que inventársela, nada podría ser mejor que esa confrontación épica y esa lucha contra los dos elementos. En el Antiguo Testamento el profeta Moisés se abre camino entre las aguas y en el Ramayana la princesa Sita sale ilesa del fuego sacrificial. En la gran mitología del blues (donde hay encrucijadas y cancerberos y pactos con el diablo y trenes que se llevan para siempre a las personas), la figura de B. B. King abraza por igual estas escenas de religiones contrapuestas.

Todo lo que parece irreconciliable se va convirtiendo, a lo largo de la carrera de B.B. King, en una unidad. El histórico concierto del teatro Regal, en Chicago, el 21 de noviembre de 1964, generó uno de los discos más importantes del blues (hace poco Eric Clapton dijo que “fue donde todo empezó para mí”). B.B. King no solo va cantando las canciones una tras otra, sino que las va ligando con un relato imaginativo, sazonado con chistes y alusiones directas a su público. En “How Blue Can you Get”, por ejemplo, va subiendo el tono hasta llegar al grito en una graciosa retahíla de quejas sobre su mujer:

 

Te compré un Ford cero kilómetros
y tú querías un Cadillac…
Te invité a una cena de diez dólares
y dijiste: “Gracias por el bocado”…
Te di siete hijos
y ahora me los quieres devolver.

¿Y el público? Como escribe Rick Ward en la contratapa original, “quizá no haya una grabación que contenga mayores dosis espontáneas de entusiasmo por parte de los oyentes”. El público ríe, celebra, asiente, grita, en una comunión que, según cuenta B. B. King en su autobiografía, no fue exclusiva de esa fecha sino que se repetía en todos los conciertos de aquella época.

Pero en Live at the Regal no se oyen sino aplausos y gritos de una audiencia negra. Es, como se dijo muchas veces de la WDIA, la voz de la comunidad. La verdadera apertura de la música de King hacia un público interracial, y de paso internacional, tiene una fecha posterior. El 26 de febrero de 1968 el guitarrista estaba anunciado en un concierto en el Fillmore West, el palacio de la música rock de San Francisco, compartiendo escenario con Moby Grape y The Steve Miller Band. El empresario Bill Graham era famoso por armar esas combinaciones extravagantes, casi siempre anunciadas con carteles psicodélicos.

El propio B. B. King ofrece su recuerdo en el documental The Road to Memphis de Richard Pearce. El bus que transportaba a la banda estacionó en la parte trasera del Fillmore. El guitarrista se asomó por la ventanilla y, al no ver más que “adolescentes blancos de pelo largo”, pensó que su conductor se había equivocado. Le pidió que rectificara la dirección, el bus le dio una vuelta al barrio y volvió exactamente al mismo sitio.

“Entonces apareció Bill Graham, se subió al bus y me dijo: ‘Este es el lugar, bienvenidos’. Me hablaba como si me conociera de toda la vida. Y luego sobre el escenario hizo la mejor presentación que me han hecho en toda la vida. Dijo: ‘Señoras y señores, les presento al Presidente de la Junta, B. B. King’. Todo el mundo se incorporó. Y luego, durante los 45 minutos de mi interpretación, recibí tres o cuatro ovaciones de pie. Ojalá supiera cómo describir esa sensación, pero no puedo”.

Es difícil saber si el siguiente paso fue ideado por B. B. King o por sus productores, pero fue una de las decisiones musicales más acertadas: grabar “The Thrill is Gone” como ninguna otra pieza de blues había sonado, con acompañamiento de violines. La canción terminó siendo el éxito entre sus éxitos, una profunda queja de cinco minutos que la revista RollingStone definió como “aventurada”. Y en verdad había osadía: el orgullo centenario de la música blanca, la orquesta de cuerdas, quedaba de repente al servicio del blues. Y el blues, a su vez, se convertía en algo más sofisticado, más cosmopolita.

Agua y fuego. Negro y blanco. Blues y música comercial. Acaso el gran legado de B.B. King consistió en esa omnipresencia.

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Juan Carlos Garay

Autor de la novela 'La nostálgia del melómano'. Es actualmente el realizador del programa radial 'La Onda Sonora'.

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