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Iceberg

Fe de erratas

Ideas, apuntes, críticas, tendencias, habladurías

En esta revista, con frecuencia destinamos este espacio para aludir a algún acierto o error ajeno. Esa tarea la emprendemos sin contemplaciones y tratando de lograr una crítica fructífera. Por eso, ahora que nosotros mismos la hemos embarrado, nos parece justo ser los primeros en admitir el error y juzgarnos con la misma disciplina con que escrutamos a los demás. Dicho corto y conciso, en la segunda entrega de los Cuadernos Literarios de Idartes, incluida en nuestra edición 164, de junio de 2015, metimos las patas de manera considerable.

Esta segunda entrega, publicada como un inserto de la revista, contiene tres textos acompañados por las reseñas biográficas de sus autores. La de Carlos Castillo Quintero, autor del cuento “Cuatro acordes para Roque Dalton”, le atribuye una vida que no es la suya, pues la biografía bajo su nombre le corresponde en realidad al señor Óscar Godoy Barbosa. A ambos escritores, por lo que nos concierne, no los une sino el hecho de ser autores de sendos relatos muy amenos que reposan en nuestra base de datos. (El del señor Godoy lo publicamos en la primera entrega de los Cuadernos Literarios de Idartes.)

La segunda equivocación es quizás más grave porque a un error en la biografía se le añade una falla en los créditos. El cuento “Cómo desenmascarar al conejo” fue erróneamente atribuido a Miguel Ortiz, cuando su autor es en realidad Luis Carlos Clavijo Vélez.

Estas cosas nos preocupan no solo por lo obvio, sino porque los antecedentes históricos al respecto no son alentadores. En 1906, el columnista George Cubs publicó una columna en el Boston Globe en la que se burlaba del mal partido que había tenido un jugador de polo en una exhibición pública aquel fin de semana. Al día siguiente, el jugador se presentó en la redacción del vespertino y disparó contra Cubs, que murió en el acto. El homicida, conmocionado, se defendió días después ante un jurado alegando problemas conyugales, lo que le significó cierta indulgencia y la atenuación de su pena. En ese mismo juicio se comprobó que Cubs no había sido el autor de la invectiva, sino otro de los miembros del periódico, en cuya redacción se acostumbraba firmar con el nombre de cualquiera las notas deportivas.

Esperamos no haber provocado una confusión de identidades de tal magnitud.

Hoy sabemos, fruto de una pesquisa minuciosa, que por ambas equivocaciones no podemos responsabilizar a nadie más que a nosotros mismos...

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