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Un manifiesto ecomodernista

Traducción de Andrés Hoyos

La idea de que el cuidado del medio ambiente supone un retorno a estilos de vida primitivos y en contacto permanente con la naturaleza puede estar lejos de la realidad. ¿Es posible conciliar el progreso económico y tecnológico con la preservación del planeta? Un grupo de científicos plantea alternativas.

Ilustración de Samuel Castaño

Desde cuando el ambientalismo emergió a comienzos de los sesenta como una preocupación civil, la gente ha tendido a oscilar entre dos extremos. De un lado están quienes advierten, con ardor religioso y en contravía de la ideología del progreso, que el mundo corre grave peligro y que la autodestrucción del planeta está en curso. Según ellos, no solo fuimos expulsados del paraíso, sino que la acción humana podría destruir lo poco que queda de él. Del lado opuesto están los negacionistas, para quienes el ambientalismo no es más que el ruido que hace una izquierda irredenta que, tras ser incapaz de destruir el capitalismo por medio de una revolución política, ahora quiere impedir su funcionamiento erigiendo toda suerte de obstáculos al desarrollo.

El planeta es demasiado complejo como para definir su destino mediante fórmulas simples e infalibles. Hay, sin embargo, un creciente consenso entre el también creciente número de científicos que dedican su vida al estudio del medio ambiente, según el cual la huella del ser humano sobre la naturaleza podría tener efectos catastróficos en las próximas décadas, si seguimos como vamos.

Descartado el negacionismo por indolente e irresponsable, los partidarios de la acción todavía no se ponen de acuerdo sobre qué hacer. Hay álgidos debates cuyas conclusiones, siempre provisionales, cambian con impresionante velocidad. Hasta hace poco la idea más escuchada era que había que detener el desarrollo y regresar a la naturaleza. Su primera formulación clara está en el libro Los límites del crecimiento, encargado en 1972 por el Club de Roma. El principal problema con este enfoque, aunque no el único, es que no se ha encontrado una manera para que los países pobres salgan de la pobreza sin crecer económicamente. Por lo demás, las predicciones catastrofistas que este campo ha venido haciendo a lo largo de los años no se han cumplido, lo que suele llevar a sus partidarios, no a cambiar de predicciones, sino a aplazarlas. Dados estos inconvenientes, la popularidad de la visión utópica hoy en el mundo es limitada. Su influencia se confina a grupos poco numerosos, que si acaso tienen cierto poder político en algunos países de Europa occidental.

En tiempos más recientes ha surgido lo que se conoce como el ecomodernismo o el ecopragmatismo, cuya formulación más clara está en el manifiesto que ahora traducimos. No vamos a sintetizar aquí lo que se dice más abajo con elocuencia. Baste con sugerir que el ecopragmatismo permite una lectura del futuro de la Tierra alejada de cualquier fanatismo. Además, al promover la participación de la economía de mercado en la solución, esta visión podría llegar a tener millones de partidarios. Es preciso insistir en que este campo no niega el daño que causa el impacto humano sobre la naturaleza ni tampoco sugiere que haya que cruzarse de brazos. Al contrario, el ecopragmatismo pide rectificar el rumbo mediante una intervención decidida de los Estados para acelerar las correcciones que, estén en embrión o en pleno desarrollo, de desarrollarse por sí solas lo harían con excesiva lentitud. Sobra decir que para tratar una enfermedad se debe partir del diagnóstico adecuado. La base del mismo podría estar en el manifiesto que sigue.

—Andrés Hoyos

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Ilustración de Samuel Castaño


Decir que la Tierra es un planeta humano resulta más cierto todos los días. Los humanos fueron hechos por la Tierra y la Tierra es reformada por los humanos. Muchos científicos expresan esto diciendo que la Tierra ha entrado en una nueva era geológica: el antropoceno, la edad de los humanos.

Como estudiosos, científicos, defensores del planeta y ciudadanos, escribimos con la convicción de que el conocimiento y la tecnología, aplicados con sabiduría, podrían conducir a un buen –incluso a un gran– Antropoceno. Un buen Antropoceno exige que los humanos empleen sus crecientes poderes sociales, económicos y tecnológicos para mejorar la vida de la gente, estabilizar el clima y proteger la naturaleza.

Al respecto, reafirmamos un viejo ideal ambientalista que dice que la humanidad debe reducir su impacto sobre el medio ambiente para dejar espacio a la naturaleza, al tiempo que rechazamos otro: que las sociedades deben vivir en armonía con  naturaleza para evitar el colapso ecológico y económico.

Estos dos ideales ya no son reconciliables. Los sistemas naturales, como regla general, no podrán ser protegidos ni impulsados si ha de expandirse en ellos la dependencia humana en procura de sustento y bienestar.

Intensificar muchas actividades –en particular la agricultura, la extracción energética, la silvicultura y el asentamiento humano– para que usen menos tierra e interfieran menos con la naturaleza es la clave a la hora de desacoplar el desarrollo y el impacto ambiental. Se trata de procesos socioeconómicos y tecnológicos fundamentales para la modernización económica y la protección del ambiente. Juntos, permiten moderar el cambio climático, aliviar a la naturaleza y mitigar la pobreza global.

Aunque hasta ahora hemos escrito por separado, nuestros puntos de vista se discuten crecientemente como un todo. Hemos adoptado los nombres de ecopragmatistas y ecomodernistas. El presente texto nos sirve para afirmar y clarificar nuestras opiniones y para describir una visión de cómo usar los extraordinarios poderes de la humanidad para crear un buen Antropoceno.

1.

La humanidad ha florecido en los últimos dos siglos. La expectativa de vida promedio pasó de 30 a 70 años, lo que condujo a una población grande, que sigue aumentando, capaz de vivir en multitud de ambientes. El progreso ha sido enorme: se han reducido la incidencia y el impacto de las enfermedades infecciosas y ha aumentando la resistencia a los cambios extremos en el clima y a los desastres naturales.

La violencia en todas sus formas ha disminuido de modo considerable y está en el nivel per cápita más bajo jamás experimentado por la especie humana, sin perjuicio de los horrores del siglo XX y del terrorismo del presente. Globalmente, los humanos han tendido a pasar de gobiernos autocráticos a democracias liberales, caracterizadas por el imperio de la ley y por una mayor libertad.

Las libertades políticas, económicas y personales se han expandido en el mundo y hoy son ampliamente aceptadas como valores universales. La modernización libera a las mujeres del papel tradicional del género y les permite un creciente control de su fertilidad. Históricamente, un gran grupo de humanos –tanto en porcentaje como en términos absolutos– se ve hoy libre de inseguridad, penuria y servidumbre.

Al mismo tiempo, el florecimiento de la especie ha causado serios estragos en el ambiente y en la vida silvestre. Los humanos usan aproximadamente la mitad del terreno no cubierto de hielo del planeta, sobre todo para pastoreo, cultivos y silvicultura. Del territorio que alguna vez albergó bosques primarios, un 20% ha sido adaptado para uso humano. Las poblaciones de mamíferos, anfibios y aves se han reducido en más de un 50% solo en los últimos 40 años. Más de 100 especies de esos grupos se extinguieron en el siglo xx, y cerca de 785 desde 1500. A la hora de escribir esto, se confirma la existencia de apenas cuatro rinocerontes blancos del norte.

Dado que los humanos dependen por completo de la biosfera, ¿cómo es posible que hayan infligido tanto daño a los sistemas naturales sin hacerse más daño a sí mismos?

El papel de la tecnología a la hora de reducir la dependencia de la humanidad con respecto a la naturaleza explica esta paradoja. Las tecnologías, desde la remota que permitió reemplazar la caza-recolección por la agricultura hasta las que hoy impulsan la economía global, han vuelto a los humanos menos dependientes de muchos de los ecosistemas que alguna vez les ofrecían su único sustento, pese a que con frecuencia esos mismos ecosistemas sufrieron un gran daño.

A partir de los años setenta, fue común afirmar que existe un límite fundamental al crecimiento, sobrepasado el cual la humanidad sería incapaz de cultivar comida o de procurarse algunos recursos materiales críticos. Pues bien, la evidencia de que ese límite se alcanzaría en un futuro previsible es muy endeble.

Aunque existen fronteras físicas a la expansión del consumo, son tan teóricas que resultan funcionalmente irrelevantes. La cantidad de radiación solar que recae sobre la Tierra, por ejemplo, es en últimas finita, pero de ello no se deriva un impedimento significativo para las actividades humanas. La civilización puede florecer durante siglos y milenios con la energía obtenida a partir de un ciclo cerrado de uranio o de torio o de la fusión de hidrógeno y deuterio. Con la administración adecuada, no se corre el riesgo de que falte tierra para cultivar alimentos. Contando con tierra abundante y energía ilimitada, sería fácil encontrar sustitutos de los demás insumos necesarios para el bienestar humano, si se tornan escasos o se vuelven costosos.

Subsisten, sin embargo, serias amenazas ambientales a largo plazo para el bienestar humano, como el cambio climático antropogénico, la reducción de la capa de ozono o la acidificación de los océanos. Aunque estos riesgos son difíciles de cuantificar, hoy la evidencia es clara en que pueden causar un impacto catastrófico en sociedades y ecosistemas. Incluso los desarrollos graduales, no catastróficos, asociados con estas amenazas podrían desembocar en costos humanos y económicos significativos, así como en crecientes pérdidas ecológicas.

Gran parte de la humanidad todavía está expuesta a riesgos ambientales más inmediatos. La polución del aire casero o externo sigue causando enfermedades y muertes prematuras a millones de personas todos los años. La contaminación del agua y las enfermedades desencadenadas por la degradación de las aguas servidas implican un sufrimiento semejante.

2.

Pese a que los impactos ambientales generados por los humanos siguen creciendo en conjunto, una serie de tendencias a largo plazo impulsan un significativo desacoplamiento del bienestar humano y el impacto ambiental.

El desacoplamiento ocurre en términos relativos y absolutos. Desacoplamiento relativo significa que los impactos ambientales de origen humano aumentan en una tasa inferior a la del crecimiento económico general. Así, por cada nueva unidad de producción económica, habrá un impacto ambiental menor (i. e. deforestación, defaunación, contaminación). El impacto total todavía puede crecer, solo que en una tasa menor a la anticipada. El desacoplamiento absoluto ocurre cuando la totalidad de los impactos ambientales –su agregado– llega a un tope y empieza a disminuir, aunque la economía siga creciendo.

El desacoplamiento puede ser impulsado por tendencias tecnológicas y demográficas y por lo general resulta de una combinación de ambas.

La tasa de crecimiento de la población ya alcanzó su límite. Hoy es del 1% anual, mientras que en los años setenta llegó a un máximo del 2,1%. La tasa de natalidad en aquellos países que hoy albergan más de la mitad de la población del planeta está por debajo de la fecundidad de reemplazo. El crecimiento actual de la población es impulsado por una mayor expectativa de vida y por una menor mortalidad infantil, no por tasas de fertilidad más altas. Dada la tendencia actual, es muy posible que la población del planeta llegue a un tope en este siglo y después empiece a decrecer.

Las tendencias poblacionales están ligadas inextricablemente a otras dinámicas económicas y demográficas. Por primera vez en la historia, más de la mitad de la población global vive en ciudades. Para 2050, se espera que este número llegue al 70% y para fines de siglo que suba al 80% o más. Las ciudades se caracterizan por tener poblaciones densas y de baja fertilidad.

Las ciudades ocupan entre el 1% y el 3% de la superficie de la Tierra y, sin embargo, albergan a casi 4.000 millones de personas. Como tales, impulsan y simbolizan el desacoplamiento entre la humanidad y la naturaleza, pues se desempeñan mucho mejor que las economías rurales en la satisfacción eficiente de las necesidades materiales, al tiempo que tienen un impacto ambiental menor.

El crecimiento de las ciudades, junto con los beneficios económicos y ecológicos que implica, es inseparable del aumento en la productividad agrícola. A medida que la agricultura mejoraba su eficiencia en el uso de la tierra y de la mano de obra, los pobladores rurales emigraron a las ciudades. Más o menos la mitad de la población de Estados Unidos trabajaba la tierra en 1880. Hoy lo hace menos del 2%.

Al tiempo que la gente se libraba de las arduas labores del campo, inmensos grupos estuvieron disponibles para otros quehaceres. Las ciudades, tal como las conocemos hoy, serían inviables sin unos cambios radicales en la agricultura. En contraste, la modernización es imposible en una economía agraria de subsistencia.

Estos avances se han traducido no solo en menores requerimientos de mano de obra por unidad de producción agrícola, sino de tierra. No es esta una tendencia nueva: las cosechas de rendimiento creciente vienen reduciendo la cantidad de tierra necesaria para alimentar a una persona promedio desde hace milenios. El promedio per cápita en el uso de tierra es hoy vastamente inferior al de hace 5.000 años, a pesar de que la gente goza de una dieta mucho más rica. Gracias a los avances tecnológicos en agricultura, desde mediados de los años sesenta la cantidad de tierra requerida para producir los alimentos humanos y la comida para animales que permiten alimentar a la persona promedio se ha reducido a la mitad.

La intensificación agrícola, sumada al menor uso de leña como combustible, ha permitido una reforestación neta en muchas partes del mundo. Cerca del 80% de Nueva Inglaterra está hoy cubierta de bosques, en comparación con cerca del 50% a finales del siglo xix. En los últimos veinte años, la tierra dedicada a la producción de madera a escala mundial se ha reducido en 50 millones de hectáreas, un área del tamaño de Francia. La “transición forestal”, es decir, el paso de deforestación neta a reforestación, parece ser una característica permanente del desarrollo, al igual que la transición demográfica que reduce las tasas de fertilidad a medida que baja la pobreza.

El uso humano de muchos otros recursos también está llegando a su tope. La cantidad de agua necesaria para producir una dieta promedio se ha reducido en un 25% en el último medio siglo. La contaminación con nitrógeno sigue generando eutrofización y grandes áreas muertas en lugares como el Golfo de México. Pero mientras la contaminación total con nitrógeno aún sube, la cantidad usada por unidad de producción ha disminuido en forma significativa en los países desarrollados.

De hecho, y en contradicción con el frecuente temor según el cual el crecimiento infinito se estrellaría contra un planeta finito, la demanda de muchos bienes materiales podría estarse saturando a medida que las sociedades se enriquecen. El consumo de carne, por ejemplo, ha llegado a un límite en muchos países desarrollados, viéndose sustituido por fuentes de proteínas menos intensivas en el uso de la tierra.

A medida que la demanda de bienes materiales es satisfecha, las economías desarrolladas gastan más en sectores menos intensivos en materias primas, dígase el sector de servicios o la economía del conocimiento, cuya participación crece en el total de la actividad económica. Esta dinámica podrá acelerarse en las economías en desarrollo que, por haber empezado después, están en capacidad de beneficiarse de tecnologías eficientes.

La suma de estas tendencias significa que la totalidad del impacto de la humanidad sobre el medio ambiente, incluyendo el cambio en el uso de la tierra, la sobreexplotación y la contaminación, puede llegar a un tope en este siglo y luego empezar a descender. Entender y promover estos procesos emergentes brinda a los humanos la oportunidad de reverdecer el planeta y de repoblarlo de vida silvestre, sin que por ello los países en desarrollo dejen de mejorar su estándar de vida o se evite la erradicación de la pobreza.

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Ilustración de Samuel Castaño

 

3.

Los procesos de desacoplamiento descritos arriba riñen con la idea de que las sociedades primitivas tenían sobre la tierra un efecto menor que las modernas. El impacto medioambiental solo era menor en la medida en que estaban conformadas por poblaciones muchísimo menos numerosas.

De hecho, las poblaciones primitivas dejaban sobre la tierra una huella per cápita muy superior a las actuales. Considérese que una sociedad cazadora de no más de dos millones de personas casi lleva a la extinción de los grandes mamíferos de Norteamérica en el Pleistoceno tardío, al tiempo que estos pobladores quemaban y tumbaban bosques a lo largo y ancho del continente. Amplias transformaciones humanas del ambiente siguieron ocurriendo a lo largo del Holoceno: hasta tres cuartas partes de toda la deforestación global tuvieron lugar antes de la revolución industrial.

Las tecnologías empleadas por los ancestros de la humanidad para satisfacer sus necesidades lograban para ellos un nivel de vida muy inferior con un impacto per cápita muy superior sobre el ambiente. Salvo que haya una mortandad masiva, cualquier intento de reacoplar a la humanidad con la naturaleza recurriendo a tecnologías parecidas a las primitivas terminaría en un desastre ecológico y humano inapelables.

Los ecosistemas del mundo están amenazados porque la gente depende de ellos en exceso: quienes usan leña o carbón de palo como combustibles talan y degradan los bosques; quienes cazan para comer diezman las especies locales de mamíferos. Sea una tribu indígena o una multinacional la que se beneficie, la continua dependencia humana de los ambientes naturales es la causante de problemas para la conservación de la naturaleza.

Contrario sensu, las tecnologías modernas que aprovechan más eficientemente el flujo de los ecosistemas y los servicios derivados de ellos ofrecen una verdadera oportunidad para reducir la totalidad del impacto humano sobre la biosfera. Acoger estas tecnologías equivale a encontrar el camino hacia un buen Antropoceno.

Los procesos de modernización que paulatinamente han liberado a la humanidad de la naturaleza tienen, por supuesto, un doble filo, pues también han contribuido a degradar el medio ambiente. Los combustibles fósiles, la mecanización y la manufactura, los fertilizantes sintéticos y los pesticidas, la electrificación, el transporte moderno y las tecnologías de la comunicación posibilitaron el crecimiento de la población y el mayor consumo para comenzar. Si las tecnologías no hubieran mejorado desde la Alta Edad Media, la población tal vez hubiera aumentado poco.

Es así mismo cierto que una población urbana cada vez más grande y más rica ha dejado su huella en ecosistemas distantes, a medida que la extracción de recursos naturales se ha globalizado. Pero esas mismas tecnologías han permitido que la gente se alimente, se vista, se albergue y climatice e ilumine sus ambientes por medios que son vastamente más eficientes en el uso de recursos y de tierra que nunca antes en la historia.

Lograr que el bienestar no esté atado a la destrucción de la naturaleza requiere de una aceleración consciente del desacoplamiento emergente. En algunos casos, el objetivo es desarrollar tecnologías alternativas. Para reducir la deforestación y la contaminación del aire casero se necesita que la leña y el carbón de palo sean sustituidos por formas modernas de energía. En otros casos, el objetivo debería ser usar los recursos más productivamente. Por ejemplo, aumentando el rendimiento agrícola es posible lograr que menos bosques se conviertan en potreros o cultivos. El propósito debe ser liberar al medio ambiente de la economía.

La urbanización, la intensificación agrícola, la energía nuclear, la acuicultura y la desalinización son todos procesos con un potencial probado para reducir la explotación de la naturaleza, dando así espacio a otras especies. En contraste, la suburbanización, la agricultura de bajo rendimiento y muchas formas de generación de energía renovable suelen requerir más tierra y más recursos y dejar menos espacio a la naturaleza.

Estos patrones sugieren que es probable que los humanos dejen tranquila a la naturaleza tanto por no necesitarla como por motivos espirituales o estéticos explícitos. Aquellas partes del planeta que aún no han transformado a fondo –montañas, desiertos, bosques boreales y otras tierras “marginales”– se libraron ante todo por no haberse hallado una racionalidad económica para afectarlas.

Con el desacoplamiento surge la posibilidad de que las sociedades lleguen al límite del impacto humano sin tener mayor efecto adicional sobre áreas relativamente intactas. Una naturaleza no usada es una naturaleza salvada.

4.

El acceso abundante a energía moderna es un prerrequisito esencial para el desarrollo y para su desacoplamiento de la naturaleza. La disponibilidad de energía barata permite que los pobres del mundo dejen de recurrir a los bosques como combustible y se cultive más comida en menos tierra, usando instrumentos intensivos en energía, como fertilizantes y tractores. La energía permite reciclar las aguas servidas y desalinizar el agua de mar para así dejar de explotar los ríos o los acuíferos, y permite también reciclar a bajo costo metales y plásticos, en vez de extraerlos de la naturaleza y refinarlos. Mirando hacia adelante, la energía moderna podría conducir a la obtención de carbón de la atmósfera para reducir su acumulación, que es la principal causa del calentamiento global.

Durante por lo menos los últimos tres siglos, la producción creciente y global de energía ha corrido a la par con una mayor concentración de CO2 en la atmósfera. No obstante, las naciones también se han ido descarbonizando lentamente –esto es, han reducido la intensidad carbónica de sus economías– a lo largo del mismo período. Pero ha sido imposible hacerlo en una tasa que permita mantener las emisiones acumulativas de carbón lo suficientemente bajas como para tener la seguridad de que el calentamiento global no exceda los 2°C. Así, si se quiere mitigar el daño climático, hay que acelerar los procesos existentes de descarbonización.

No deja de haber mucha confusión, sin embargo, sobre cómo lograrlo. En los países en desarrollo, el aumento en el consumo de energía está claramente correlacionado con mayores ingresos y con un mejor nivel de vida. Aunque el uso de muchos otros recursos como el nitrógeno, la madera y la tierra está llegando a su tope o acercándose a él, el carácter central de la energía en el desarrollo y sus múltiples usos como sustituto de recursos materiales y humanos distintos sugieren que su consumo seguirá creciendo durante la mayor parte del siglo XXI, si no la totalidad.

Por eso, cualquier conflicto entre la mitigación del cambio climático y la continuidad del desarrollo, que permite que miles de millones de personas en el mundo accedan a niveles de vida modernos, seguirá resolviéndose a favor de lo segundo.

El cambio climático y demás retos ambientales no son la principal ni la más inmediata preocupación para la mayoría de la población del mundo. Y no tienen por qué serlo. La instalación de una nueva central termoeléctrica a base de carbón en Bangladesh generará polución y aumentará las emisiones de CO2, pero también salvará vidas. Para los millones de personas que viven sin luz o se ven obligadas a quemar estiércol para cocinar, la electricidad y los combustibles modernos, de cualquier origen, son el camino a una vida mejor, así tengan costos ambientales.

Mitigar el cambio climático de forma significativa entraña fundamentalmente un reto tecnológico. Con esto queremos decir que incluso una dramática limitación del consumo global per cápita sería insuficiente para lograr el efecto. Sin profundos cambios tecnológicos no existe un camino significativo para salvar al medio ambiente. Pese a que hay diferencias sobre la mezcla ideal de tecnologías, no tenemos noticia de ningún escenario bien cuantificado en el que el cambio tecnológico no sea responsable de la vasta mayoría de las reducciones en la emisión de gases de efecto invernadero.

Los caminos disponibles para mitigar el cambio climático siguen siendo objeto de álgido debate. Cada escenario teórico correspondiente refleja claramente preferencias tecnológicas e hipótesis analíticas, sin que con mucha frecuencia se tomen en cuenta el costo, la velocidad y la escala en los que estas soluciones bajas en carbono pueden implementarse.

Sin embargo, la historia de las transiciones energéticas sugiere que ha habido patrones consistentes asociados a las formas de emigrar hacia fuentes de energía más limpias. Emplear combustibles menos intensivos en carbón y de mayor densidad (mejores) en vez de combustibles más intensivos en carbón y de menor densidad (peores) es la manera en que prácticamente todas las sociedades se han descarbonizado, y constituye el camino para la acelerada descarbonización del futuro. Hacer la transición a un mundo movido por fuentes sin huella de carbono requerirá tecnologías energéticas densas, susceptibles de ser escaladas a decenas de teravatios para potenciar una economía creciente.

La mayoría de las formas de energía renovable son, infortunadamente, incapaces de alcanzar esta meta. La escala en el uso de tierra y demás impactos medioambientales necesarios para que los biocombustibles u otras fuentes renovables muevan al mundo son tales que dudamos de que sean el camino para un futuro amable, con cero huella de carbono.

Las celdas fotoeléctricas de alta eficiencia producidas a partir de materiales abundantes son la excepción y tienen el potencial de proveer muchas decenas de teravatios a partir de un pequeño porcentaje de la superficie del planeta. Las tecnologías actuales de energía solar requerirán innovaciones sustanciales para llegar a dicho estándar, así como habrá que desarrollar formas de acumulación baratas, capaces de manejar a gran escala una generación energética muy variable.

La fisión nuclear representa la única tecnología de cero carbono del presente con la capacidad demostrada de proveer la mayoría, si no la totalidad, de la energía que demanda una economía moderna. No obstante, una variedad de retos sociales, económicos e institucionales hace improbable que se instalen reactores nucleares a la escala que sería necesaria para mitigar el cambio climático. Una nueva generación de tecnologías más seguras y más baratas será sin duda necesaria para que la energía nuclear despliegue a plenitud su potencial como medio apto para lograrlo.

En el largo plazo, la próxima generación de paneles solares y de reactores de fisión y de fusión representa caminos plausibles hacia los propósitos conjuntos de estabilizar el clima y lograr un desacoplamiento radical entre los humanos y la naturaleza. Sin embargo, si la historia de las transiciones energéticas es una guía, esa transición tomará tiempo. Mientras tanto, otras tecnologías energéticas podrán proveer importantes beneficios sociales y ambientales. Las represas hidroeléctricas, por ejemplo, son una fuente barata de energía con baja huella de carbono para las naciones pobres, así las afectaciones en tierra y agua sean considerables. Los combustibles fósiles con captación y almacenamiento de carbono igualmente pueden aportar beneficios ambientales sustanciales en comparación con su uso actual y con los de la biomasa.

El camino ético y pragmático hacia un modelo sustentable de la energía global requiere que se haga la transición más rápida posible hacia fuentes baratas, limpias, densas y abundantes. Semejante camino requerirá de un apoyo público sostenido para el desarrollo, y de la implementación de tecnologías limpias, tanto entre naciones como dentro de ellas, de una fuerte colaboración internacional, así como de competencia, todo inscrito en un marco amplio para la modernización y el desarrollo.

5.

Este documento está inspirado en un profundo amor por el mundo natural y en una conexión emocional con él. Al apreciar, explorar, querer entender y cultivar la naturaleza, muchos salen de sí mismos y se conectan con su historia evolutiva. Así la gente nunca experimente la vida en medio de la naturaleza virgen, sabe que su mera existencia contribuye al bienestar psicológico y espiritual de todos.

Los humanos siempre dependerán de la naturaleza en alguna medida. Incluso si un mundo del todo sintético fuera posible, muchos escogeríamos vivir más a tono con la naturaleza de lo que nos lo exigen nuestro sustento y la tecnología. El desacoplamiento permite que la dependencia humana de la naturaleza sea menos destructiva.

El caso a favor de un desacoplamiento activo, consciente y acelerado para librar a la naturaleza del daño humano depende más de argumentos espirituales y estéticos que utilitarios. Las generaciones actuales y futuras podrían sobrevivir y prosperar materialmente en un planeta con mucha menor biodiversidad y con poca naturaleza virgen. Pero esto no es lo que queremos ni lo que, al promover el desacoplamiento, tenemos que aceptar.

Aquí llamamos naturaleza, e incluso naturaleza virgen, a aquello que comprende paisajes terrestres y marinos, biomas y ecosistemas que han sido con frecuencia alterados por la influencia humana a lo largo de siglos y milenios. La ciencia de la conservación y los conceptos de biodiversidad, complejidad e indigeneidad son útiles, pero por sí mismos no indican cuáles paisajes se deben preservar ni cómo hacerlo.

En la mayoría de los casos, no existe una línea de base previa a la modificación humana a donde la naturaleza pueda retornar. Por ejemplo, los esfuerzos para restaurar paisajes a sus estados anteriores (“indigeneidad”) pueden involucrar la erradicación de especies de llegada reciente (“invasivas”) y, por lo mismo, conducir a una reducción neta de la biodiversidad de un lugar. En ciertas circunstancias, una comunidad puede sacrificar la indigeneidad a favor de la novedad y la biodiversidad.

Cualquier esfuerzo explícito por preservar un paisaje debido a su valor no utilitario es inevitablemente antropogénico. De hecho, todos los esfuerzos de conservación lo son. Preservar una zona virgen, en virtud de unas preferencias humanas, es una decisión tan humana como arrasarla con un buldócer. Los humanos preservarán parajes y paisajes vírgenes tras convencer a sus conciudadanos de que vale la pena no afectar estos lugares y las criaturas que los habitan. La gente puede optar por obtener algunos servicios –como la purificación del agua o la prevención de las inundaciones– a través de medios naturales, díganse cuencas arborizadas, barreras coralinas, pantanos y marismas, incluso si estos sistemas naturales son más costosos que simplemente construir plantas de tratamiento, diques o malecones. No habrá una única solución para todo.

Los ecosistemas serán moldeados por preferencias locales, históricas y culturales. Mientras nosotros creemos que la intensificación de la agricultura para afectar menos tierra es clave en el empeño de proteger la naturaleza, reconocemos que muchas comunidades seguirán optando por compartir territorios agrícolas con la vida silvestre, por ejemplo, en vez de permitir que reviertan a la naturaleza en forma de praderas, matorrales y bosques. Allí donde el desacoplamiento reduzca la presión sobre los paisajes y los ecosistemas, los propietarios, las comunidades y los gobiernos todavía deberán decidir a qué propósitos estéticos o económicos quieren dedicar las tierras liberadas.

Un desacoplamiento acelerado por sí solo no bastará para asegurar más naturaleza virgen. Tiene que haber aún otras políticas de conservación y movimientos naturalistas que demanden mayor territorio virgen por razones estéticas o espirituales. En paralelo con el desacoplamiento de las necesidades materiales de la humanidad, establecer un compromiso duradero para preservar los bosques nativos, la biodiversidad y un mosaico de bellos paisajes exigirá una conexión emocional profunda con ellos.

 

6.

Nosotros afirmamos que un desacoplamiento acelerado, activo y consciente es necesario y posible. Pero el progreso tecnológico no es inevitable. Desacoplar los impactos ambientales de la producción económica no es simplemente función de la innovación impulsada por el mercado ni una respuesta eficiente a la escasez. El extenso arco de transformaciones del medio ambiente a través de las tecnologías comenzó mucho antes de que existiera nada parecido a una innovación impulsada por el mercado o un precio de referencia. Gracias a la demanda creciente, la escasez, la inspiración y los hallazgos afortunados, los humanos han reformado el mundo a lo largo de milenios.

Las soluciones tecnológicas a los problemas ambientales deben inscribirse en un contexto socioeconómico y político amplio. Nosotros creemos que es contraproducente que naciones como Alemania y Japón, y estados como California, cierren sus plantas nucleares, recarbonicen sus sectores energéticos y reacoplen sus economías a los combustibles fósiles y a la biomasa. Sin embargo, tales ejemplos enfatizan que las opciones tecnológicas no van a ser impuestas por remotos organismos internacionales, sino por instituciones y culturas nacionales y locales.

Con demasiada frecuencia, la modernización es confundida, tanto por sus defensores como por sus críticos, con el capitalismo, el poder corporativo y el neoliberalismo. Nosotros rechazamos esa reducción. Cuando hablamos de modernización nos referimos a la evolución social, económica, política y tecnológica de las sociedades a largo plazo, camino a un bienestar muy superior en materia de salud pública, integración económica, infraestructura compartida y libertad personal.

La modernización ha sacado a cada vez más gente de la pobreza y del duro trabajo agrícola; ha liberado a las mujeres de la servidumbre, a los niños y a las minorías étnicas de la opresión y a las sociedades de gobiernos caprichosos y arbitrarios. La alta productividad asociada con los modernos sistemas sociotecnológicos ha permitido que las necesidades se satisfagan con menos recursos y con menor impacto sobre el ambiente. Una economía más productiva es más rica y puede satisfacer sus necesidades al tiempo que dedica una parte creciente de su excedente a menesteres extraeconómicos, incluyendo mejor salud, mayor libertad, más oportunidades, así como a las artes, a la cultura y a la conservación de la naturaleza.

Los procesos de modernización están lejos de haber terminado, incluso en las economías avanzadas. El consumo material apenas está llegando a su límite en estas sociedades. Desacoplar el logro del bienestar y los impactos ambientales implicará un compromiso sostenido con el progreso tecnológico y, en paralelo, la continuidad de la evolución social, económica y política de las instituciones.

El progreso tecnológico acelerado exigirá la participación activa, afirmativa y agresiva de los empresarios, de los mercados, de la sociedad civil y del Estado. Aunque rechazamos la falacia de la planeación centralizada, seguimos siendo partidarios de una fuerte incidencia del sector público a la hora de atacar los problemas ambientales y de fomentar la innovación, mediante subsidios y otras medidas que ayuden a lanzar al mercado nuevas y mejores tecnologías, así como mediante la implantación de regulaciones que mitiguen los riesgos ambientales. Por lo demás, la cooperación internacional en materia de transferencia tecnológica es esencial para la agricultura y la energía.

 

7.

Ofrecemos este manifiesto en la creencia de que la prosperidad y un planeta ecológicamente vibrante no solo son posibles, sino inseparables. Creemos que este futuro está al alcance de la mano en la medida en que nos comprometamos con los procesos reales, ya en curso, que han empezado a desacoplar el bienestar humano y la destrucción ecológica. Por lo mismo, hacemos nuestra una visión optimista de las capacidades humanas.

Esperamos que este documento contribuya a mejorar la calidad y el tenor del diálogo sobre cómo proteger el medio ambiente en el siglo XXI. Con demasiada frecuencia las discusiones sobre el tema han sido dominadas por los extremistas y se han visto plagadas de dogmatismos, que a su vez alimentan la intolerancia. Valoramos los principios de la democracia liberal, de la tolerancia y del pluralismo como tales, al tiempo que afirmamos que son esenciales para lograr un gran Antropoceno. Esperamos que este manifiesto contribuya al avance del diálogo sobre la mejor manera de alcanzar la dignidad humana universal en un planeta biodiverso y pujante.


 

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