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Entrevistas

Las vidas de Rafael Baena

Por: Óscar Daniel Campo y Leornardo Gil Gómez

El pasado 14 de diciembre Rafael Baena falleció en Bogotá tras una dura enfermedad. Tenía 59 años y se encontraba en un momento prolífico de una carrera literaria que apenas comenzaba. ¿Qué caminos recorrió antes de llegar a la literatura?, ¿qué elementos componían su particular mirada de la historia de Colombia? Este texto nos acerca a las múltiples facetas del autor sincelejano a través de su propia voz.

 

 

 

© Ilustración de Juan Pablo Gaviria

Con 51 años, en 2007, Rafael Baena publicó Tanta sangre vista, su primera novela. A ese libro le siguieron ¡Vuelvan caras, carajo! (2009), Samaria Films xxx (2010) y La bala vendida (2011). Para el momento de esta entrevista, estaba a punto de publicarse Siempre fue ahora o nunca (2014), y ya estaban en el tintero Ciertas personas de cuatro patas (2014) y la que sería su última novela, La guerra perdida del indio Lorenzo (2015).

Era febrero de 2014. Baena había sido invitado a la Universidad Nacional para dar una conferencia inaugural en un curso sobre literatura colombiana contemporánea. Acordamos reunirnos para discutir los detalles del evento. Nos recibió en la sala de su casa, en Chapinero. Se sentó en una poltrona, rodeado de discos de los Rolling Stones y fotografías, entre las cuales destacaba una de sus antepasados durante la Guerra de los Mil Días. Este texto resume esas dos largas sesiones de conversación en las que su narración fluida y descomplicada, con un dejo de acento costeño, era interrumpida ocasionalmente por una respiración agitada.

Hasta su desaparición el 14 de diciembre de 2015, Rafael Baena vivió varias vidas: la de periodista de guerra, la de redactor, la de editor deportivo, la de fotógrafo. La última fue la de escritor. En cierta medida sus novelas fueron una búsqueda intensa de explicaciones sobre el mundo y la violencia, escritas en una carrera contra el tiempo. El origen de la guerra en Colombia era una de sus obsesiones.

Varias veces insistió en que como escritor de literatura era un buen periodista. Quizá a ello se debe que los narradores de sus libros investigan, hacen reportería y desmienten constantemente que estén interesados en la ficción literaria. No tomarse en serio era una manera de poner distancia. Esa misma sencillez, gracias a la cual el autor cede el protagonismo a los hechos, puede sentirse en la voz del escritor colombiano a lo largo de esta conversación que atraviesa su versátil trayectoria.

De niño iba y venía todo el tiempo entre Barranquilla y Bogotá porque mi familia es mitad costeña y mitad cachaca. Llegué a la capital con un año de edad y estudié aqu&iac...

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