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Iceberg

Grafiti doméstico

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Rayar paredes siempre ha sido una forma de manifestar el descontento, justificado o no. En monumentos milenarios se ven las tallas soeces de quienes los visitaron. Los muros del templo de la isla de Philae alojan imprecaciones en árabe y griego antiguo, declaraciones del paso de batallones durante la Primera Guerra Mundial, y un gran surtido de penes erectos perforados en la piedra por soldados de esos mismos batallones como declarando su frustración e impotencia.

Quizá es por esa naturaleza inconforme que hay algo rancio y sin sentido en alojar un grafiti dentro de una galería. Es como ver a alguien dando puños al aire. Unos meses atrás, un tipo con buenas intenciones organizó un evento llamado “La vamo’a tumbá”, y dispuso que la casa que su familia acababa de venderle a una constructora sirviera para intervenciones, pinturas y grafitis antes de ser demolida. La cosa llamó la atención, y pronto muchos artistas reconocidos y desconocidos hacían fila para tener un pedacito de pared o de cielorraso. Tal respuesta hizo que los organizadores se pusieran selectivos con las propuestas. En medio de la noche de apertura, un joven grafitero de la calle hizo, en una especie de performance involuntario, una declaración de principios. Fuera por carencia de credenciales, talento, contactos, o porque entregó tarde el formulario para hacer parte de la contracultura, al tipo no le dieron espacio para poner sus tags. ¿Y qué hizo? Rayar sobre el trabajo ajeno. Los organizadores rápidamente lo reprendieron por no  respetar este espacio para la libre expresión.

La máxima domesticación del grafiti es el muralismo de salita de estar. Hace algún tiempo visité un apartamento donde una “artista urbana” había vandalizado las paredes con pintura en aerosol, por un módico precio. Era como mirar a una palenquera disfrazada de palenquera posando para la foto de un turista.

El grafiti, por antonomasia, no es comercializable y al ser institucionalizado se convierte en pura forma sin fondo. Se trata de un mecanismo de expresión obstinado que, pese a los incentivos de unos y al anhelo de otros, conserva su fuerza y autenticidad en las calles, sin certificados, lejos de la sala de alguna pareja sofisticada, sensible y progresista.

Ese esfuerzo por trasladar la expresión a un terreno cosmético también ha ocurrido en las calles, donde el salto de la clandestinidad a la exhibición tiene sus beneficiarios. El auge del grafiti en Bogotá ha sido acompañado por improvisados marchantes criollos y ext...

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Karim Ganem Maloof

Abogado y literato, becario de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es el editor de la revista El Malpensante.

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