Google+ El Malpensante

Artículo

Niños en el frente de la guerra

Una entrevista con Marcel Mettelsiefen

Durante una proyección en la gira de documentales Ambulante, el director de Children on the Frontline se detuvo en su experiencia como corresponsal de guerra –amalgama entre arrebato, astucia y tragedia–. Habló sobre las peligrosas fronteras de una Siria desgarrada, y reflexionó sobre cómo transitar la distancia, también minada, entre la vida de los otros y la propia.

 

© Fotografías cortesía de Channel 4

En los últimos veinte años no ha habido una zona más peligrosa para el periodismo que Oriente Medio. Primero fue Irak, que entre 2003 y 2010 dejó más de 230 muertos entre periodistas, camarógrafos y colaboradores de medios. Luego Siria, que desde 2011 hasta 2015 sumó más de 130 asesinados entre periodistas profesionales, camarógrafos, colaboradores y blogueros, a los que se añaden más de 60 entre secuestrados, desaparecidos y detenidos.

Desde la decapitación del reportero James Foley, en agosto de 2014, los enviados especiales y freelancers extranjeros comenzaron a abandonar Siria a tal punto que desde mediados de 2015 prácticamente los únicos que siguen produciendo fotografías, videos y artículos son los más jóvenes entre los jóvenes periodistas árabes y algunos pocos activistas con cámara. No es exagerado afirmar que la guerra de Siria sigue sucediendo hoy en la casi plena oscuridad: sin periodistas avezados e imparciales, la información que el mundo recibe proviene de agentes de propaganda del régimen de Bashar al-Assad, de opositores militantes o de grupos yihadistas.

Uno de los reporteros que desde 2011 empezó a entrar a Siria pero que, luego del asesinato de Foley optó por no regresar, es Marcel Mettelsiefen.

–Es muy peligroso –me dijo–. Están los bombardeos y los combates, pero sobre todo están los secuestros por parte del Estado Islámico.

Con el recrudecimiento de la guerra tras la expansión de los grupos yihadistas y las intervenciones bélicas de otros países, las dos fuerzas enfrentadas agudizaron su recelo contra los extranjeros sin importar a qué se dedican: los del régimen empezaron a detener y encarcelar a todo aquel que no demuestre lealtad al dictador; y los propósitos de los rebeldes se envilecieron y sus miembros comenzaron a ver a un posible enemigo en cualquier persona.

–Para mí era claro que si la persona que me acompañaba como guía y traductor no se sentía segura, yo tampoco lo estaba.

De ascendencia alemana y ecuatoriana, Mettelsiefen es un fotoperiodista y documentalista nacido en 1978 que arrancó en este oficio como camarógrafo en Palestina, durante la Segunda Intifada. De ahí fue enviado a Afganistán para cubrir la invasión estadounidense y luego a Irak, en 2003, donde atestiguó la caída de Bagdad. Saltó a Haití para cubrir el derrocamiento de Jean-Bertrand Aristide. A su regreso a Alemania tuvo un arrebato –¿de lucidez?– y retomó los estudios de medicina que había abandonado años atrás. Vino la comparación entre oficios y comprendió que ni se había cansado del periodismo ni lo había espantado la guerra, que su retiro era momentáneo y se debía al agotamiento que le producía la reportería del día a día para noticieros de televisión. Luego intentó con el fotoperiodismo y publicó en revistas como National Geographic, Der Spiegel y Stern. En ese trabajo duró año y medio, lapso durante el cual descartó definitivamente la medicina.

–El periodismo tiene muchísimos formatos –me dijo–. Nunca me sentí cómodo cubriendo breaking news en un noticiero porque todo era muy rápido. Era cuestión de encontrar el formato en el que me sintiera a gusto.

Tras el inicio de la Primavera Árabe en diciembre de 2010, las revistas alemanas enviaron a Mettelsiefen a Túnez, Egipto y Libia. Fue en el país de Gadafi donde se dio cuenta de que el movimiento revolucionario que recorría exitoso el norte de África encontraría unas circunstancias distintas en Siria. Los analistas observaban que Bashar al-Assad se amarraría a la Presidencia, sin importar qué tan sólido y numeroso fuera el movimiento social. El dictador “incendiaría el país” en su afán por evitar que lo destronaran a la fuerza.

Ya en Alemania, Mettelsiefen planeó la mejor manera de entrar en Siria. Las autoridades habían extremado el control en las fronteras y fueron reduciendo el número de visitantes permitidos. Los pocos que lograban entrar eran vigilados por alguna de las 17 agencias de inteligencia al servicio del régimen. Entre los profesionales vetados estaban los periodistas internacionales, los defensores de derechos humanos pertenecientes a organizaciones de corte occidental y los activistas que venían alentando la Primavera Árabe en toda la región.

Semanas antes de que estallara la guerra, Mettelsiefen se presentó en la Embajada siria en Alemania. Tenía claro que si solicitaba una visa de reportero se la negarían de inmediato, así que llenó el formulario para visa de estudiante de árabe. No era una excusa desmesurada; los habitantes de Damasco, capital de Siria, gozan la fama de hablar un árabe muy fino, y durante los últimos treinta años del siglo XX se abrieron muchas escuelas para estudiantes extranjeros. Como su firma ya era pública, Mettelsiefen optó por usar su primer nombre.

–Me presenté como Jorge Mettelsiefen, estudiante de medicina que quería aprender árabe. “Pero tengo miedo porque estoy viendo muchas noticias de guerra en Oriente Medio”, les dije en la Embajada. “Y quiero saber si todavía puedo ir a Damasco a estudiar o es muy peligroso”. “No creas esas tonterías de la televisión”, me dijeron.

Mettelsiefen arribó al aeropuerto de Damasco con una visa por un año, sin equipos profesionales de filmación ni de fotografía. Traía su iPhone y una cámara de turista. Con ayuda de activistas que conoció en el norte de África, se había puesto en contacto con el movimiento clandestino que preparaba la revolución. El plan era que una vez cruzara la salida del aeropuerto lo guiarían por medio de mensajes enviados por WhatsApp y Facebook.

–Entrar en ese mundo clandestino era lo más peligroso. Y muchos de los momentos que viví para llegar ahí parecían de una película.

“En Damasco cómprate un pasaje de autobús hasta Alepo”, decía el primer mensaje. “Ese bus pasa por Homs, ahí se detiene para poner gasolina y la gente se baja para ir al baño o comer algo. Tú bájate y sal de la estación. Afuera ten cuidado porque hay muchísimos agentes del servicio secreto”.

–Lo increíble es que los agentes del servicio secreto eran perfectamente reconocibles, se vestían elegante y usaban gafas de sol, se dejaban ver muy chulos y muy prepotentes.

“Ten cuidado con esos idiotas, trata de ser invisible”, decía el siguiente mensaje. “Vas a ver una línea de taxis. Uno se te va a acercar y te va a preguntar si quieres ir al Hotel Faris”. En Homs estaba concentrada casi la totalidad de los revolucionarios. El Ejército había militarizado las calles y un hombre con la fisonomía de Mettelsiefen –1,90, piel blanca, pelo castaño claro, facciones europeas– era del todo sospechoso, más aún porque ya no había turistas. “Si te interceptan, debes decir que eres un peregrino cristiano”.

Mettelsiefen abordó el taxi y al cabo de unos minutos se dio cuenta de que estaban dando vueltas sin rumbo. Luego comprendió que era una estrategia para saber si algún carro los seguía. Al bajarse del taxi, lo hicieron entrar a una casa e internarse en un sótano conectado con los de las casas vecinas. Caminaron varios minutos por esa red subterránea hasta que salieron al aire libre por otra puerta en una cuadra lejana. Allí lo subieron a un carro en el que lo estaba esperando la persona que le venía enviando los mensajes. Había llegado al movimiento clandestino.

–En mis primeros viajes a Siria siempre me tocó hacer ese cambio de mundos, pero era algo imposible de filmar. De haberlo hecho, después hubieran podido reconocer a algunas personas. Intenté con cámara oculta pero fue muy difícil.

En aquel primer viaje, Mettelsiefen salió de Siria como había llegado: en avión, por el aeropuerto de Damasco. Pero una vez desatada la guerra, el 11 de marzo de 2011, el régimen cerró aeropuertos y fronteras terrestres y se dio cuenta de que Mettelsiefen no era un estudiante de árabe. Para poder volver y continuar con su trabajo, debió entrar al país como lo venía haciendo la mayoría de reporteros internacionales: por tierra a través de la frontera con Turquía, en un paso controlado por los rebeldes.

–Una vez rebasada la frontera –me contó–, no toda la ruta estaba despejada. Había partes muy difíciles de pasar, así que los miembros del movimiento revolucionario tenían casas, lugares de espera en donde resguardaban a los viajeros. Allí había que esperar mientras aparecía un rebelde que tuviera control sobre los siguientes, digamos, veinte kilómetros de la ruta y que supiera cuáles eran los puntos peligrosos, dónde estaban los espías y el ejército, y te llevaba en carro o en moto hasta la próxima casa desde donde tenías que pasar de nuevo por el mismo proceso. Así tardé diez días recorriendo una ruta de 300 kilómetros. A ese camino se le conocía como “la ruta de la revolución”.

En total, Mettelsiefen estuvo 22 veces en Siria. Y además de fotografías e informes para la televisión alemana, realizó dos documentales. El primero, Agony in Aleppo, fue finalista en los Rory Peck Awards de 2013, que distinguen el trabajo de freelancers en zonas de guerra. El segundo, Children on the Frontline, mereció igual reconocimiento un año después.

Esta guerra también le dejó una esposa. Se trata de Mayte Carrasco, una española reconocida como una de las más hábiles reporteras de guerra en Oriente Medio y habitual fuente de consulta por parte de la prensa y de organizaciones internacionales sobre lo acontecido en Siria. Desde hace poco viven juntos, han residido entre España y Alemania, y hace menos de un año son padres de una niña.

Mettelsiefen fue invitado a Colombia a finales de 2015, durante los días que tuvo lugar Ambulante, el festival itinerante de cine documental creado por los actores mexicanos Gael García Bernal y Diego Luna. Tras la presentación de Children on the Frontline en un auditorio de la Universidad de los Andes, en Bogotá, el Centro de Memoria Histórica me invitó a que le hiciera una entrevista para la concurrencia sobre el trabajo del periodismo de guerra en un lugar como Siria.

 Children on the Frontline es un película que narra dos historias en paralelo ocurridas en Alepo: la de unos niños menores de diez años, hijos de un combatiente rebelde llamado Abu Alí, y la de un niño activista, Aboude, encargado de alentar la revolución con su canto. Está centrada en los efectos de la guerra en estos niños, la vertiginosa pérdida de la infancia y la familiaridad con los eventos más atroces de la guerra. ¿Cómo llegaste a descubrir que este era el enfoque de la película?

Mi primera película, Agony in Aleppo, es la historia de un niño que trabajaba en un hospital. Desde esos días noté que en ese contexto muchos niños adquieren rápidamente un papel político, dejan de ser niños y la gente los empieza a respetar como activistas. Pensé que era muy interesante hacer una película que mostrara ese cambio. Con ese propósito volví a Siria. Debía encontrar un niño con una historia muy fuerte. Primero conocí a Aboude; me pareció fascinante ese chico. Se encontraba en una zona donde había un mercado y siempre había muchísima gente alrededor. En cambio, para la segunda historia yo quería un lugar cercano al frente de guerra en el que no hubiera mucha gente y se notara la ciudad derruida, pero no sabía si encontraría niños en una zona así porque normalmente es un lugar de combates y no hay civiles. Para ese momento yo ya había elaborado una numerosa red de contactos. Abu Alí era uno de ellos y yo sabía que vivía en un lugar así. Lo busqué para preguntarle si sabía de niños viviendo en esa zona. Me dijo: “Los únicos niños que viven aquí son mis hijos”. Y entonces me los presentó.

 ¿Cuánto tiempo estuviste filmando con la familia de Abu Alí?

Tres días. El cuarto día secuestraron a varios periodistas españoles y franceses y me empezaron a llegar muchos emails diciendo que teníamos que irnos. Mi traductor, quien además me ayudaba a moverme por la ciudad, me dijo: “Tenemos que salir ya”. Es decir, solo pasé tres días con esos niños. Y es una cosa muy bonita y difícil de nuestro trabajo: para hacer un documental tienes que abrir puertas, generar confianza, ganarte el acceso. Y esto muchas veces se logra trabajando durante semanas y meses, pero en otros casos funciona al minuto. En este caso fue inmediato.

 ¿Tuviste dudas de mostrar a estos niños en esos episodios en que enfrentaban cierta vulnerabilidad moral? Como cuando entran a una casa abandonada y una de las niñas encuentra un muñeco de peluche, pero su hermana mayor le dice que no, que no es de ella, que no se lo puede robar…

Esa escena ocurrió a las tres horas de haberlos conocido. Manejé la situación con el máximo respeto que correspondía. Como tú lo describes, es una situación compleja de tratar, pero también es natural en un país en guerra. Además, la confianza que me dieron los padres me permitió trabajar tranquilo. Los niños tenían un mundo tan complejo que pude verlos actuando de una forma muy madura, lo que me dio a entender que no estaba traspasando una línea ética que no debiera traspasar. Mira, esa escena me pareció increíblemente tierna. No era premeditada. Y en ese detalle noté en estos niños una cosa que ya había percibido en todos mis viajes a Siria: el movimiento que empezó la revolución en 2011 era un movimiento político, que tenía una ideología, una ética y una moral muy altas, a pesar de que luego tomaron las armas. Y yo lo pude constatar en ese momento: la niña mayor evita que la menor se quede con un peluche que no es de ella. Fue increíble, un momento muy tierno y al mismo tiempo muy profundo.

 Durante toda la película se escuchan estallidos de bombas y tiroteos muy cerca de donde estabas filmando. ¿Tuviste algún tipo de preparación? ¿La experiencia como reportero en otros conflictos te ha ayudado a controlar el miedo o a no sentirlo?

Yo tengo miedo. El miedo me protege. Y mientras más experiencia adquiero en zonas de guerra, no es que tenga menos miedo. Al contrario: siento más miedo porque conozco el peligro.

En Siria no habría podido trabajar si no hubiese sabido reconocer en qué lugar debía filmar y dónde estaban ocurriendo las acciones de guerra. Esa es la única manera de trabajar y olvidarse del peligro: saber dónde estamos y que no somos kamikazes. También soy consciente de que muchos compañeros están en el frente viendo morir a las personas. Yo no. Yo no soy un reportero que filma cómo la gente se está matando. Tampoco voy pegado a un combatiente y exponiéndome a un francotirador las veinticuatro horas. Cada uno escoge una zona de la guerra según sus propios objetivos y yo tengo mis límites.

 Se sabe que no pocos periodistas de guerra son personas solitarias que llegan a volverse adictas a la adrenalina de la violencia y les cuesta mucho trabajar en temas y lugares más tranquilos. ¿Cómo funciona en tu caso? ¿Te podrías acostumbrar a la vida de ciudadano de cafés y restaurantes, lejos de la guerra?

Totalmente. Lejos de la guerra vivo feliz la vida de un ciudadano. Cuando empiece a notar que no puedo hacer el clic entre un mundo y el otro será el momento para quedarme en casa. Hay que tener claro que mi vida real es en España, con mi pareja, con mi hija y mis amigos. El resto es trabajo. Cuando eso se voltea te estás volviendo adicto a la guerra y es un momento peligroso. Siempre he querido controlar la dinámica de vivir entre esas dos realidades. Obviamente, la situación de una zona de guerra es muchísimo más intensa, pero no es tu realidad. Si pierdes esa claridad empiezan los problemas. Conozco muchos colegas que se sobrepasaron y llegaron a convertirse en adictos a la guerra o la violencia; echaron a perder sus vidas, pero no ahí en la guerra sino al regresar a sus casas. Por eso se necesita tener gente cercana, familia, personas a las que uno ame.

 ¿Al volver a tu casa te asaltan los recuerdos de la guerra como secuelas de los episodios más atroces?

Sí. Revivo algunos recuerdos y, gracias a Dios, pasan. Pero un médico que trabaja en salas de emergencias también ve cosas terribles, dramas extremos; ustedes viven en un país donde la violencia es algo muy cotidiano, seguramente alguno tiene un familiar involucrado o víctima del conflicto armado, y ustedes lo pueden manejar. Si escuchan un tiro no es que no puedan seguir viviendo. Si quedan secuelas hay que tratarlas y hay que procurar seguir viviendo una vida sana y buena.

 Una de las consecuencias habituales de este tipo de trabajo es que el reportero o el documentalista desarrolla una relación con sus personajes. ¿Cómo ha sido en el caso de los niños de este documental?

Cuando uno es periodista o documentalista escucha la advertencia de que solo debe mantener con su personaje la relación de quien cuenta una historia con la persona que quiere que la cuenten. Yo lo veo distinto. Obviamente desarrollé una relación con las personas de la película, porque conviví un tiempo muy intenso con ellos, ¡¿cómo no voy a sentir cariño por esas niñas?! Hay gente que puede ver en ese afecto algo poco profesional, pero a mí me parece lo más humano. Lo más lógico es que me preocupe por sus vidas luego de que terminamos de filmar.

 Si no volviste a Siria, ¿cómo mantuviste el contacto con ellos?

Una de las cosas más interesantes del movimiento revolucionario en Siria es que pueden estar muriéndose de hambre o estar sitiados, pero jamás les ha faltado internet. Entre los activistas es la necesidad número uno para poder comunicarse y organizarse, y han recibido mucha ayuda desde el exterior en la consecución de aparatos que se conectan a satélites. Luego el movimiento se organizó para que cada familia tuviera conexión. Así que siempre tuve la posibilidad de estar en contacto con ellos.

Meses después de haber terminado esta película regresé a verlos. Terminé la producción en septiembre de 2013 y volví en agosto de 2014. Volví cuando me contaron que el papá había sido secuestrado por ser el líder de un grupo de rebeldes que tenían una visión muy liberal, moderna, no estrictamente islamista; en la película ves cuando él dice estar muy preocupado por la llegada del yihadismo. Y esa preocupación después se transformó en una ayuda activa en las acciones contra el Estado Islámico. En noviembre de 2013 lo sacaron de su casa, delante de la familia. Hoy no se sabe nada y dicen que está muerto, o que sigue prisionero, que como era un rebelde muy experimentado lo están forzando a combatir con ellos; pero realmente no se sabe qué pasó con él. El caso es que volví porque Children on the Frontline trata del amor de un padre por sus hijos. Abu Alí sostenía que estaba sacrificando la niñez de sus hijos por el futuro de su país, pero luego de su desaparición todos esos ideales se fueron al carajo. Abu Alí no quiso huir, perdió todo y finalmente la familia lo perdió a él.

Casi habías escapado de Siria apenas al cuarto día de haber empezado a filmar la historia de esta familia y me dices que regresaste en agosto de 2014, días antes de que decapitaran a James Foley. Alepo era una ciudad menos peligrosa en esos días o el riesgo era igual, pero te empecinaste en volver.

En el Ramadán de 2014, Alepo ya no estaba dominada por el Estado Islámico. Los rebeldes habían ganado el control de la ciudad. Por eso me atreví a entrar de nuevo. Pero el peligro se mantenía: el Ejército de Bashar al-Assad estaba bombardeando la ciudad, morían casi 200 personas por semana.

Me quedé diez días y vi una ciudad que había cambiado por completo: las bombas de barril habían destruido muchísimas casas y la ciudad estaba casi desierta, no había gente. Además, desde el secuestro de Abu Alí la familia había dejado esa zona cercana al frente y se había mudado a un sector habitado por civiles. Esta familia debió cambiar de casa tres veces porque las bombas demolían las edificaciones vecinas y volvían el entorno muy inseguro. Y el último día de mi estadía, como a las siete u ocho de la noche, estábamos sentados a la mesa a punto de cenar y me paré un momento, salí y fui al carro por una batería para la cámara (me escoltó un rebelde, siempre estaban prevenidos ante un secuestro); luego escuchamos un ruido, como de algo que habían lanzado, y yo le dije al rebelde que mejor entráramos. En eso explotó una bomba muy cerca. La onda me lanzó contra la pared. Al subir vi que la mamá estaba completamente histérica, creía que yo había muerto. Lo tengo todo filmado. Y en ese momento la madre y los niños empezaron a llorar desesperadamente y me dijeron que tenían que irse de Siria, que ya no aguantaban más. Les prometí que haría todo lo posible por ayudarles a salir.

A su regreso a Alemania, Mettelsiefen se informó sobre el proceso para que el gobierno recibiera a la familia de Abu Alí como refugiados. Todo debía empezar con una cita en la Embajada de Alemania en Turquía para que ellos expusieran su caso, llenaran los papeles y solicitaran la visa. En ese momento no había iniciado el desplazamiento masivo hacia Europa, y Alemania hablaba de acoger al menos 30.000 refugiados sirios, cristianos sobre todo. Children on the Frontline se estaba estrenando en la televisión y recibía elogios de la crítica. Finalmente, Mettelsiefen consiguió que esta familia fuera tenida en cuenta dentro de esa cuota de refugiados.

 ¿De qué manera les ayudó a ellos el hecho de que tú fueras ciudadano alemán y documentalista para que les dieran el visado? ¿O fue el documental lo que terminó ayudando?

Eso me asombró mucho: el día de la cita, a mí no me dejaron pasar, entraron ellos solos. Alemania tiene una burocracia muy estricta. Allá, el “enchufe” no sirve de nada. Lo que yo hice fue mostrarle a la familia que tenían la posibilidad de pedir un visado como refugiados, que no tenían que arriesgar su vida yéndose en botes por el mar. En lo demás yo no tuve ninguna influencia, no podía incidir de manera directa en la decisión del visado. Ahora, como ellos pusieron el link de mi película en los papeles de la solicitud, los funcionarios del gobierno pudieron ver quiénes eran realmente los miembros de esta familia. La película fue una referencia para que Alemania estuviera segura de que esa mamá y esos niños no eran yihadistas y les dieran la visa. Ese es el miedo de los países europeos: que entre las personas que llegan como desplazados pidiendo asilo se escondan yihadistas.

Tras huir de Alepo, la familia se ubicó temporalmente en una ciudad turca en la frontera. Desde allí, Mettelsiefen los acompañó hasta Estambul, 1.700 kilómetros de carretera. Y voló con ellos hasta Alemania. Para filmar este viaje contó con el apoyo de un camarógrafo y un sonidista. Más tarde, el gobierno situó a la familia en una pequeña ciudad a 300 kilómetros de Berlín.

 ¿Ya en Alemania estos niños recuperaron la niñez que habían perdido?

Igual son niños. Es increíble la capacidad que tienen de adaptarse. Si pudieron asumir con naturalidad la realidad tan absurda de la guerra, adaptarse a la vida normal en Alemania resulta muchísimo más fácil. Como siempre habían permanecido encerrados por los bombardeos, una vez llegaron a Turquía lo primero que hicieron fue correr, jugar al aire libre, divertirse en los parques, en los juegos, columpiarse. Tengo una escena en la que pasa un helicóptero y la niña pequeña se hace en los pantalones. Y sale corriendo, gritando, porque todavía tiene ese miedo que conecta el ruido de un avión o de un helicóptero con la caída de una bomba. Y ese miedo ha tardado en sanar. Hace poco pasó un avión, por su casa en Alemania, y vi que se puso alerta. Eso poco a poco irá sanando. Claro que tienen un choque postraumático muy fuerte y están en terapias. El niño es hiperactivo, no es agresivo, pero tiene una actitud de rechazo hacia todo; si se le habla de otros niños que están muriendo en Siria dice: “Qué importa, así es la vida, nosotros tuvimos suerte y ellos no, se van a morir”. Le traté de hablar de esas otras vidas y se ha hecho muy duro, indolente. Cada uno de estos niños tiene su propia sensibilidad marcada por los traumas que padecieron. Pero yo creo que las niñas pequeñas se han adaptado muy bien. La madre, en cambio, tiene una depresión fuertísima; ella dice que si al menos supiera que Abu Alí está muerto podría cerrar ese capítulo de su vida y estar menos intranquila, sin incertidumbre. Para ella también ha sido difícil aprender el idioma. Los niños ya lo hablan.

 ¿Con todo este nuevo material estás realizando una nueva película a manera de secuela de Children on the Frontline?

Sí. Un feature doc. La fortaleza de esta película es que voy a poder mostrar de dónde viene esa gente, cuál es el origen de su desplazamiento. Voy a poder mostrar la vida de unos refugiados más allá de que sean solo unos nombres entre los 800.000 llegados a Alemania. Y voy a poder darle identidad y voz a una cifra, para entender por qué esa gente tuvo que huir de su país. Pero más que las dificultades o el proceso del viaje, lo que quiero mostrar en esta película es el impacto emocional en estas personas.

 ¿Has sostenido alguna conversación posterior con Aboude, el otro niño que protagoniza la película?

Él también llegó a Alemania entre los desplazados. Fueron 800.000 personas que se lanzaron al mar para luego caminar hacia Alemania a través de Serbia, Macedonia y Hungría. Cuando Aboude llegó, un amigo pidió por Facebook una casa para refugiarlo a él y a su familia. Siete personas en total. Yo venía en camino para Colombia cuando supe que él había llegado y no pude ayudar. Pero varios de mis amigos se ofrecieron: “Yo tengo casa, yo tengo casa”.

 Por su perfil político, Aboude debe estar en una situación mucho más contradictoria.

Hay que entender que a sus doce años tenía una posición muy importante: era un líder y un motivador. A tal extremo que podía ser considerado el Justin Bieber de la revolución. La gente le adoraba. Recuerdo que como siempre era él quien cantaba en las manifestaciones, un día que no pudo salir porque tenía dolor de cabeza cancelaron la manifestación. Como representante de su barrio le invitaban a charlas con otros líderes. Y ahora, al llegar a Alemania, es un niño sirio de trece años al que nadie le va a parar bolas. Es verdad: él ya no es un niño, es un líder activista. Y muy determinado: siempre decía que los que se iban del país eran unos cobardes.

 Esperarías que Children on the Frontline y la siguiente película puedan ayudar a comprender mejor la situación de los desplazados y aviven la solidaridad de todos los sectores de la ciudadanía europea.

Mira: toda esta situación comprueba que los refugiados llegaron a Alemania no porque no tengan nada más qué hacer o porque les dio la gana de abusar de Alemania y de Europa. Llegaron a Europa porque en su país no pueden vivir más, porque en cualquier momento los van a matar, o el gobierno o el Estado Islámico. Son víctimas de una catástrofe, de una guerra que en gran parte es nuestra culpa, culpa de la comunidad internacional que se negó a intervenir, que no quiso hacer nada en un momento en que todavía se podía hacer algo.

Al otro día del encuentro en la Universidad de los Andes, me encontré con Mettelsiefen para almorzar. Íbamos a terminar la charla espontánea que habíamos empezado antes del conversatorio. Él se dejaba ver muy interesado por la violencia social latinoamericana y, luego de haberse enterado de que mi libro Balas por encargo trata sobre la vida del sicario colombiano, me llenó de preguntas: “¿Y se puede entrar? ¿Qué tan difícil es ganarse la confianza de los sicarios para filmarlos? ¿Y también hay sicarios en Medellín y aquí en Bogotá? ¿Y todos son menores de edad?”.  Luego de escuchar mis explicaciones, Mettelsiefen me preguntó si alguien había filmado alguna vez la intimidad de un sicario a la hora de ir a matar a su víctima.

–¿Como si una cámara siguiera al sicario antes del asesinato, durante y en la huida tras el asesinato? –dije para aterrizar su pregunta.

–Exacto.

Me dejó atónito. Nunca me había planteado una cuestión así. Y en ese segundo comprendí por qué no: si un reportero intentaba aquello quedaba claramente comprometido como cómplice del crimen. No era ni siquiera una duda ética ni de técnica periodística. Hacerlo era participar en una premeditación criminal.

–No creo. No lo he visto, pero no creo –dije y le expliqué por qué no. Mettelsiefen zanjó su inquietud con un: “Claro, entiendo”.

Su curiosidad por estos temas, me confesó después, había nacido luego de algunos viajes a lugares en los que no había una guerra frontal entre dos bandos, pero sí padecían cuotas extremas de violencia. En Venezuela, me dijo, había sobrevivido a una situación casi letal: en plena reportería, un hombre le había apuntado a la cabeza con una pistola. Todo este relato lo expresó con un honesto interés; como si una vez extinguida la opción de trabajar en Siria, o en algún otro lugar de Oriente Medio, entreviera que este lado del mundo podía ser un destino para un reportero de guerra.

Tras el almuerzo y de camino al hotel, Mettelsiefen me preguntó por un lugar en el que pudiera comprar artesanías para llevarle souvenirs a su esposa y a su hija recién nacida. Me dijo, un poco apesadumbrado, que en las últimas semanas había viajado mucho y apenas había tenido tiempo de estar con ellas. Sacó su iPhone y me mostró un corto video de la bebé sonriendo.

–¿Te has planteado la idea de que puede ser irresponsable seguir como reportero de guerra, siendo papá? –le pregunté. Mettelsiefen no respondió de inmediato–. Quizá sea prematuro preguntártelo, solo llevas cinco semanas como papá.

–La vida cambia –dijo, finalmente–, pero igual no cambia tanto. Mira que ahora estoy aquí en Colombia.

–Algunos amigos míos que ya son papás me han explicado que luego del nacimiento de sus hijos se les exacerbó el sentido de conservación. Sienten que deben cuidarse más para poder estar siempre ahí para sus hijos.

Mettelsiefen volvió a dudar. Y luego de unos segundos terminó admitiendo que dentro de él ya ocurría algo distinto.

–Anoche tuve una pesadilla –dijo–. Es una pesadilla recurrente. Se me repite cada tanto. Estoy en algún sitio y me doy cuenta de que alguien me empieza a perseguir y yo empiezo a huir. Pero anoche hubo un cambio: cuando empecé a huir iba manejando un carro y miré hacia atrás y ahí estaba mi hija –hizo una pausa, como si estuviera reflexionando sobre la relación que él veía entre su pesadilla y mi pregunta–. Ya he empezado a cuidarme –dijo–. He estado buscando historias positivas en zonas de conflicto. En Bagdad hice una historia de un ballet. También he comprendido que la vida humana es un guion lleno de tragedias y que no necesito ir a una zona de guerra para encontrarlas. 

 

 

 

Página 1 de 5

Comentarios a esta entrada

Su comentario

Juan Miguel Álvarez

Periodista independiente. En 2013, publicó Balas por encargo, una investigación sobre el sicariato en Colombia. En 2015 hizo parte de la antología Los malos, catorce perfiles de latinoamericanos siniestros. En 2015, hizo parte de la selección oficial del Premio de Periodismo Gabriel García Márquez. Lo encuentran como @cronista77

Mayo 2016
Edición No.174

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

3

La escritura como seducción

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

1

Nuestro Archivo

1 de 4

Cómo escribir y cómo no escribir poesía


Por Wislawa Szymborska


Publicado en la edición

No. 120



Durante tres décadas, Wislawa Szymborska escribió una columna en el periodico polaco Vida Literaria. En ella respondía las preguntas de personas interesadas en escr [...]

Los hombres me explican cosas


Por Rebecca Solnit


Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

Fentanyl


Por Samuel Andrés Arias


Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

En defensa de la novela, una vez más


Por Salman Rushdie


Publicado en la edición

No. 158



La crisis de la novela ha sido anunciada con visos apocalípticos en distintos momentos de la historia de la literatura. A mediados de los noventa, uno de sus más destacados representante [...]

Columnas

La comba del palo

Las Marías y sus seguidores

En uso de razón

Del terrorismo al conflicto interno

No lo veo claro

Hocus pocus

Paseos citadinos

Paseo cartagenero por una Manga sin mangos

El arte del trapecio

Razones y tradiciones