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Portafolio gráfico

Cocaína hoja de ruta

En un frenético recorrido geográfico que imita tanto la producción como el efecto de la droga, un experimentado reportero gráfico enfoca su mirada en las personas que cultivan, vigilan, distribuyen y soportan un negocio desigual en el que Colombia ostenta un amargo primer puesto.  


 

Existe una forma de ver el narcotráfico como una gran fuente de riqueza, ilícita, pero también fácil y rápida. Tal idea no es igual de cierta para todos los eslabones de la cadena de producción. Sin duda, hay mucho dinero involucrado y hay quienes ganan millones de dólares con el negocio, pero muchos otros se vuelven simples peones de la coca; personas que trabajan con las manos o con el estómago, incluso exponen su libertad y su vida a cambio de unos pocos pesos. Esta serie de fotos se enfoca en esas etapas del proceso y en los personajes que las protagonizan.

Además de mirar hacia el lado pobre de la producción de cocaína, me interesa que este detrás de cámaras del producto –no solo como una descripción del proceso o de su receta química, sino como un acercamiento a su lado humano– recuerde a los consumidores que, para que el polvo llegue a su nariz, debe recorrer un camino largo en el que participan campesinos arrinconados, niños de nueve años, soldados que arriesgan el pellejo en la penumbra y mulas que tragan, expulsan y vuelven a tragar cápsulas de droga a lo largo de su recorrido por varios países. 

El asunto de la ilegalidad y la llamada “guerra contra las drogas” es un juego económico y político. En el campo, para los raspachines y quienes trabajan en laboratorios, el trabajo no guarda relación con eso; se trata de una actividad agrícola normal, como sembrar maíz o yuca. Varios de los que aparecen retratados en estas fotos conocen de cerca la pasta de coca pero no tienen una relación directa con la magnitud del negocio de la cocaína. Entre la hoja y la sustancia final hay, para ellos, una distancia tan grande como la que existe entre el sembrador de cacao en el norte de Antioquia y una fina barra de chocolate suizo.

El recorrido fue maratónico. Tracé un recorrido que comprendía cuatro departamentos en doce días. Decidí hacerlo de este modo para seguir el ritmo intenso de una producción incesante. En esta ocasión, no estaba enfocado en investigar, pues durante proyectos anteriores había conocido muy de cerca la forma en que viven y trabajan los raspachines en el Putumayo, la dinámica de la Armada en el Pacífico y algunos aspectos del microtráfico en las comunas de Medellín. Ya había abonado la confianza y el acceso. Ahora necesitaba contar la historia. Lo que sí resultó nuevo para mí fue poder ver desde otra perspectiva aquello que tienen en común los soldados y los raspachines: ambos obligados a seguir órdenes sin hacer preguntas, ambos con pocas opciones distintas a defender con su trabajo intereses ajenos. Unos con uniforme y otros sin él, pero al fin y al cabo dándose bala.

Esta hoja de ruta traza las líneas de una Colombia con la que muchos solo tienen contacto a través de noticias incompletas, juicios morales o la nariz.

 

 

 



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Federico Rios

Reportero gráfico. Su trabajo ha sido publicado en The New York Times, El País de España, El Universal de México, Folha de São Paulo de Brasil, y Tages-Anzeiger de Suiza. Es clase XXVII Eddie Adams en reportería gráfica.

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