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Artículo

Un reportero de guerra con corbatín

Despachos de Manuel Chaves Nogales

Selección y presentación de Camilo Sánchez.

 

Mientras el ejército norteamericano se encontraba en Irlanda del Norte preparándose para entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial, un periodista español se sumergió entre las tropas para enviar sus informes especiales al diario colombiano: cuatro raros ejemplos de una cobertura bélica, reflexivos, literarios y, sobre todo, plagados de un urgido optimismo.

 

© Cortesía de Pilar Cháves Jones

 

Manuel Cháves Nogales le gustaba usar corbatín y no corbata larga como era la moda. A veces se reunía con amigos en su casa de Madrid para jugar cartas y fumar cigarrillos Lucky sin filtro. El resto de su vida lo repartió, de forma desigual, entre el oficio de reportero y su familia. Poco le interesaban el fútbol o la tauromaquia; y aun así, Pilar, su hija mayor, recuerda la época previa al inicio de la Guerra Civil Española, cuando su papá se encerraba en el estudio para hablar largas horas con un torero apellidado Belmonte. De esas reuniones salió, paradójicamente, una de las mejores biografías noveladas que se hayan escrito en español: Juan Belmonte, matador de toros. Fue además el único de sus libros que soportó con suerte la censura franquista del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. El régimen se encargó de relegar a la nada el trabajo de un periodista incómodo para los fanatismos, que apeló al sentido común, el de la etiquetada Tercera España, ajena a los totalitarismos y adepta a los valores democráticos de la República.

Chaves Nogales disfrutó de los primeros viajes en avión cuando los aeródromos tenían aún pistas de hierba. Llegó hasta Moscú e informó sobre los desmanes de la dictadura. Contó en El maestro Juan Martínez que estaba allí, un libro que a veces se confunde con una novela y otras con un reportaje, la violencia ciega de la Revolución de Octubre. Lo hizo a través de la voz de un bailaor flamenco de Burgos atrapado en Kiev. Desde la Alemania nazi firmó dos reportajes. En una entrevista describe al ministro de Gobierno y encargado de la propaganda del partido, Joseph Goebbels, como un tipo ridículo y grotesco, que pertenece a esa “estirpe dura de los sectarios”. En la Italia fascista consignó, así mismo, las precarias condiciones de los trabajadores que la dictadura de Mussolini no había logrado mejorar un ápice.

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, un texto seminal para comprender la guerra de España, se editó en Chile en 1937. Lo importante de ese trabajo no radica en los once relatos, sino en el prólogo. Se trata de un breve ensayo en primera persona donde Chaves Nogales, con reposo y distancia, señas inusuales para un periodista o un intelectual de su tiempo, da cuenta de una contienda en la que ya no se lucha por la libertad.

En una labor de arqueología periodística, la obra del reportero sevillano fue desenterrada del olvido y reunida a principios de los años noventa del siglo pasado, un par de décadas después de la llegada de la democracia a España. Parte importante de su trabajo estaba desperdigado en hemerotecas de diarios y revistas de América Latina. En la revista Bohemia de Cuba, en La Nación de Buenos Aires, o en Excelsior de México.

También en El Tiempo de Bogotá, adonde Chaves despachó una serie de crónicas desde Irlanda, incrustado con su máquina Underwood entre las filas del ejército estadounidense, que se entrenaba para la batalla. Son notas de un optimismo diáfano en las que el reportero contrasta la herrumbrosa maquinaria de guerra europea con la eficiencia de los destacamentos norteamericanos, tan bien dispuestos como el diagrama defensivo de una escuadra de fútbol americano.

Aquellos fueron tiempos de apogeo para los periódicos y los reportajes de guerra, que los voceadores anunciaban en las grandes vías arterias de Norteamérica y Europa. Era el auge de la figura del cronista recorriendo y contando lo que veía sobre el terreno. Chaves encarnó en el caso español un ejemplo claro del tránsito del periodismo de partido, o periodismo de tribuna, al periodismo de información, removiendo en la misma marmita diferentes recursos narrativos. Fue una generación que dejó sentados los pilares del mejor reporterismo narrativo a través de nombres como Albert Londres y Albert Camus en Francia, Curzio Malaparte en Italia, y George Orwell en Inglaterra.

 

La misma realidad que se esforzó en retratar fue la que arrinconó al periodista sevillano. Lo arrojó a una travesía que concluiría en Londres. Primero debió abandonar Madrid con la sombra del franquismo planeando sobre la península en 1936. Respecto a su partida de Madrid escribió: “Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar. En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid, como la que hacían verter los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos”. El siguiente destino fue París, hasta que la relativa calma se vio truncada cuatro años más tarde, una mañana de junio de 1940, cuando vio por última vez a su familia.

Esta vez tuvo que partir solo, huir de las tropas alemanas que marchaban hacia la capital por la carretera de Orléans. La misma vía que pasaba por Montrouge, al sur de París, donde vivía con su esposa y sus tres hijos en un improvisado atelier de artista. Pilar Chaves recuerda con claridad, a sus 95 años, la imagen de su papá saliendo con una pequeña maleta y una gabardina desmayada sobre el antebrazo. De los hechos de esos días surgiría un libro donde el periodista descarga toda la desilusión ante el arrodillamiento de un país que simbolizaba para él la quintaesencia de la libertad y la ilustración. Era un hombre casi derrotado. Constató incrédulo que ni siquiera las comisiones obreras del Partido Comunista Francés lucharon contra el invasor, aludiendo al respeto por el pacto de no agresión entre la Unión Soviética y Alemania. Las defensas morales y civiles del país de la igualdad y la fraternidad habían caído. Lo narra en La agonía de Francia, publicado en Montevideo en 1941.

Antes de huir dejó a su familia instrucciones claras: debían quemar todos los papeles y documentos, esperar la entrada de los nazis en París, y luego permanecer durante dos meses en la capital ya ocupada, hasta que las cosas se calmaran un poco. Finalmente, debían pedir la repatriación a España, bajo pretexto de que el amenazado padre había desaparecido. Las autoridades españolas, como era de esperar, poco colaboraron. Aun así la familia logró cruzar la frontera dando trompicones. Durante la travesía nació Juncal, su cuarta hija y a quien nunca llegó a conocer. Una vez en España se instalaron en un pueblo ignoto, a pocos kilómetros de Sevilla, llamado El Ronquillo. Chaves, por su parte, llegó a Londres vía Burdeos. Desde allí enviaba cartas y dinero a través de un intermediario en Madrid. Ana, su esposa, Pilar, Josefina, Pablo y Juncal permanecieron en Andalucía durante toda la Segunda Guerra Mundial, con la esperanza de reencontrarse con el padre, que en alguna de las misivas, asfixiado por la soledad y el hastío de la guerra, insinuó la posibilidad de reunir la familia de nuevo en Suramérica. Quizás en Buenos Aires. O en Bogotá, decía.

Manuel Chaves Nogales dedicó sus últimos años a una agencia de noticias que fundó en el epicentro de la vida periodística londinense: Fleet Street. La Atlantic Pacific funcionaba como emisaria del mundo libre en el mismo inmueble de la Reuters. Allí reunió a escritores, intelectuales y refugiados de media Europa. Por sus instalaciones pasaron el poeta Luis Cernuda, amigo personal, y el escritor francés Romain Rolland. Fueron los últimos años del conflicto, cuando Chaves describió esas “oscuras y rezumantes” calles de Londres, donde una “niebla sorda” se extendía permanentemente sobre el Támesis. En mayo de 1944, a los 47 años, sufrió una peritonitis que acabó con su vida, a escasos días del desembarco en Normandía. Su tumba está ubicada en el cementerio londinense de Fulham, en un trozo de terreno marcado nada más que con dos números y una letra: cr19.

 

La serie que Chaves Nogales envió en exclusiva para El Tiempo de Bogotá se halla entre sus últimos trabajos. Desde el frente de guerra en Irlanda, empotrado en las filas del ejército estadounidense, dejó traslucir una fe nítida en la victoria. Viajó con los soldados, los entrevistó, tomó nota de sus maniobras y lo contó de una forma que reúne por igual una gran calidad literaria y una afilada capacidad analítica. Para más de un especialista en su obra, se trata del primer reportero español moderno. Sus notas para el diario bogotano no son propaganda militar. Hay, más bien, un interés genuino por esa milicia que con generosidad notable se había sumado a la lucha por la democracia en Europa. Maravillado con la maquinaria de guerra yanqui, que contrastaba con la vieja escuela castrense europea, expresó su convencimiento de que aquellos soldados que parecían cowboys serían los únicos capaces de frenar la aplanadora nazi. Así que estos textos no se deberían leer bajo el foco de la geopolítica actual, en que las decisiones de Estados Unidos han dejado atrocidades con resultados tan opacos, que van desde los días de Vietnam hasta el polvorín aún vigente en Irak. La presencia norteamericana representaba en los estertores de la Segunda Guerra Mundial una verdadera inyección de esperanza. Por eso la voz de quien narra es la de un hombre que en cada artículo intentó dejar la marca de una convicción infranqueable en los valores de la libertad, como si de la información que elaboraba dependiera no solo su supervivencia, sino la de toda una sociedad.

Belfast

Martes 11 de agosto de 1942

Los norteamericanos han plantado sus tiendas de campaña y han alzado sus barracones en este viejo país como si fuesen unas tropas de colonos intrépidos que se asientan en una tierra virgen. Pero Irlanda del Norte no es una tierra virgen, sino un país de vieja civilización, que al lado de sus vestigios históricos muestra orgulloso las febriles aglomeraciones de sus modernos núcleos industriales. Rozándose con las viejas rezadoras que pasan arrebujadas en sus mantones de lana y junto a las alquerías de paredes enjalbegadas de cal, y el tizón de las chimeneas de Belfast que se levanta, empenachando la maraña herrumbrosa y sucia de las fundiciones y los astilleros.

Pero a pesar de todo esto, que rezuma tradición y madurez, los americanos han sentado sus reales en el país como si hubiesen llegado a unas tierras nuevas del Far West. Lo traen todo consigo. Sus carros, sus barracones, sus pertrechos y herramientas, sus vituallas... Fuman sus cigarrillos Lucky Strike, mascan sus “chewing-gum”, comen “strawberry-short-cake”, beben sus “manhattans”, tocan sus músicas de “jazz-band” y juegan su “base-ball” como si no hubiera en el mundo más civilización que la suya ni más modo de vivir que el suyo. Lo demás no les interesa. Se bastan a sí mismos. Han campado en estos cultivados valles irlandeses como si en ellos hubiese nada, como si fueran sus primeros pobladores.

Hay algo, sin embargo, que les impresiona y desconcierta un poco a pesar del aplomo y la suficiencia juvenil de que alardean. La vejez, la antigüedad, el espíritu de continuidad, el sentido imperecedero de todas las cosas que aquí los rodean.

Despreciando la inconfortable suntuosidad de estos caserones fríos, con ventanas estrechas y desvencijadas, con paredes húmedas y techos descascarillados, se han puesto a vivir en sus confortables barracones de hojalata, calientes y cómodos, con sus camas de campaña sucintas e higiénicas, sus gramófonos y sus radios y una foto de una girl sugestiva y ligerita de ropa, una Betty Boop cualquiera clavada con cuatro tachuelas a la cabecera de sus camastros de soldados.

Les gusta, sin embargo, sentirse aquí, en el ámbito resonante de ecos antiguos que tienen estos caserones señoriales donde todo, absolutamente todo, es más viejo que los Estados Unidos.

Todo es anterior a ellos, a su fuerza, a su poderío, a la existencia de esa potencia material de la que se sienten orgullosos. Cuando todavía no había Estados Unidos, ya ardía el fuego de leña de esta chimenea de piedra primorosamente labrada, cuyos morrillos han sido lamidos por una llama de siglos. El raso deslucido y hecho jirones de este canapé ha durado ya más de lo que han durado hasta ahora todas las cosas americanas. El joven oficial que va acompañándonos me dice con respetuosa emoción:

–Esta finca en la que se aloja nuestra plana mayor está desde hace cinco siglos, tal y como usted ve...

•  Chaves Nogales con linotipistas de los talleres del Heraldo de Madrid, circa 1925


Es una bella propiedad particular, que todavía conserva un cierto encantamiento feudal que los norteamericanos han venido a romper con el estrépito de sus automóviles blindados y sus silbatos estridentes, con su camaradería alegre, sus cocinas de campaña, sus cartapacios de mapas y sus complicados juguetes eléctricos y radiofónicos.

Un ejército de Ulises o de Robinsones

He visto el hormiguero febril de las unidades norteamericanas acampadas en torno a los viejos castillos irlandeses. Contemplándolos en su tráfago, viéndolos talar árboles con recios golpes de hacha, levantar barracones, trazar caminos y construir pistas de cemento a las que invariablemente bautizan de “Fifth Avenue”, con sus cuchillos de monte al canto, sus cazadoras de cuero, sus gorros arbitrarios, sus vestimentas dispares en las que no es posible descubrir ninguna uniformidad, sus trajes de faena como si fueran simples colonos, se olvida fácilmente que son un ejército.

En Europa, los ejércitos tienen todavía el ritmo solemne, el aire grave y la morosa dignidad castrense de las legiones romanas. Nuestros campamentos militares son aún como debieron de ser los castros romanos. En cambio, el ejército norteamericano tiene el aire y el ritmo del rancho, el espíritu de los colonizadores, la moral de las cuadrillas de exploradores, el penacho romántico de los aventureros. Evocan ante todo la lucha del hombre libre que se junta con otros hombres para dominar un medio hostil a fuerza de tenacidad y heroísmo. Es curioso que el ejército más mecanizado del mundo sea el ejército en que el hombre sigue pareciéndose más al héroe a la manera clásica. Es un ejército de Ulises o de Robinsones.

Juventud americana

Lo más impresionante es la juventud de este ejército. El símbolo de los ejércitos europeos es el viejo soldado, el veterano, aquellos soldados romanos encanecidos en las batallas, aquellos viejos centuriones, los veteranos capitanes de los tercios de Flandes, curtidos en el oficio y llenos de cicatrices.

Todavía hoy, en la misma Alemania que presume de juvenil, es la veteranía lo que predomina. El ejército alemán actual, contra lo que generalmente se cree, es un ejército de viejos, de veteranos de la otra guerra que son los que con su rencor de vencidos han provocado esta.

Los ejércitos europeos están hechos con viejos sargentos, viejos capitanes y viejísimos generales, gotosos, apergaminados, estantiguas con caras arrugadas de vieja, como aquellos mariscales de Francia que pintaba Meissonier. Estos generales americanos, que tienen aires de muchachos, son impresionantes. Estamos ahora en el comedor de la plana mayor de una unidad. No hay ni una sola cabeza cana. Vamos al barracón donde tienen su refectorio los sargentos. Ninguno tiene treinta años. No hay ninguno que se parezca al clásico sargento inglés de pecho abombado, voz de trueno y bigotes enhiestos. El sargento americano es un muchacho ágil, despierto, más hábil y diestro que los demás, más vivo, más rápido de comprensión. Son como obreritos aventajados que ascienden rápidamente en el taller, porque son listos y bravos y aprenden pronto (la disciplina del trabajo).

La primera impresión que dan es la de que no son militares. Yo he visto en Alemania los campos de trabajadores voluntarios que son como cuarteles. Entre los norteamericanos, en cambio, los cuarteles son como campos de trabajo. Un campesino alemán sabe cuadrarse y saludar dando talonazos mucho mejor que cualquier general americano. Indudablemente los americanos tienen una disciplina militar; pero es la misma disciplina forjada en el taller, en la fábrica o en la cuadrilla de colonizadores. Esta cadena puede ser tan dura como la otra y seguramente es más eficaz, pero es sustancialmente distinta.

 

No tiene ningún ritual, ninguna liturgia. Hay en Europa una tradición militar que viene desde Esparta a Roma, que va desde la Guardia Amarilla de Felipe ii a los granaderos de Federico el Grande, desde Napoleón hasta el káiser. Después de la mayor revolución de la historia, los bolcheviques han hecho un ejército que es exactamente como los ejércitos de Pedro el Grande y Souvoroff. Esta liturgia tradicional del ejército se quiebra totalmente en el Nuevo Mundo. Los norteamericanos no saben nada de esto, ni aciertan a representarlo, ni les interesa. El centinela que está de guardia a la entrada de este campamento con un formidable fusil ametrallador al hombro, que bastaría para convertir a un alemán en un Júpiter Tonante, no tiene ninguna marcialidad. Fuma su cigarrillo con un aire natural de cazador puesto al acecho, pero nunca con el aire característico del soldado de parada. Es más: cuando los norteamericanos se ponen a hacer espectaculares paradas militares para demostrar la irreprochable instrucción de sus soldados, se tiene la impresión de estar presenciando las evoluciones armoniosas de una masa de gimnastas civiles. He visto evoluciones de compañías de infantería tan matemáticas como puedan hacerlas las unidades más selectas de Hitler pero, a pesar de toda su precisión y exactitud, hay siempre en ellas algo que no es la rigidez y el automatismo prusiano, sino hombres libres que se han puesto libremente de acuerdo para moverse a compás.

La fuerza constructiva y la potencia destructora

Mandar un regimiento americano debe ser como dirigir una fábrica. El coronel es una especie de gerente, sus comandantes son sus ingenieros, los oficiales sus técnicos, los sargentos y los contramaestres sus capataces, los soldados sus obreros. ¿Es que puede hacerse la guerra como se hace una industria? ¿Se puede montar una batalla como se monta una explotación industrial?

Después de haber visto al ejército americano hay que creer que sí. He presenciado unas maniobras de artillería pesada y tanques. En la guerra moderna, asaltar o destruir un poblado es algo tan complejo y difícil como construirlo. Hacen falta los mismos planos, la misma acción metódica, la misma sistematización, la misma concentración de máquinas y materiales. La potencia tiene que ser la misma, con exponente positivo o negativo; es igual. Los mejores constructores serán también los mejores destructores. Por eso, Hitler, que no era capaz de construir un nuevo mundo, no ha podido, ni podrá nunca, destruir el mundo existente como ambiciosamente soñaba. Y sencillamente por eso, porque los norteamericanos son los mejores constructores del mundo, se puede tener fe ciega en la eficacia destructora de este ejército suyo, el menos terrorífico e impresionante del mundo.

 

Belfast

Miércoles 12 de agosto de 1942

Si, prescindiendo de toda la consideración accidental sobre los armamentos y la instrucción de los ejércitos, me preguntasen por qué creo firmemente que el ejército americano puede luchar con ventaja contra el alemán, contestaría sin vacilar: “porque son mejores chauffeurs, porque manejan los automóviles mucho mejor que los alemanes...”. No soy yo, es precisamente un alemán, un gran alemán, el conde Keyserling, quien ha llamado a nuestra civilización “la era del chauffeur”. El destino de nuestro tiempo, según Keyserling, está en manos de este tipo humano moderno, el hombre intrépido que conduce intrépidamente una máquina cuyo funcionamiento no conoce ni domina. Toda la fuerza alemana se halla concentrada en este símbolo. Su triunfo es el triunfo de las divisiones motorizadas y los aviones de combate, maniobrados por unos hombres que lo ignoran todo, unos adolescentes que no saben navegación, ni mecánica, ni cartografía, ni meteorología; especies de robots humanos con reflejos rápidos y decisivos, es decir, los perfectos choferes. Pues bien: eso lo tienen los norteamericanos más y mejor que los alemanes. Si el elemento esencial de la actual batalla del mundo es ese, si es ese el peón que gana, la guerra la ganarán los norteamericanos, mil veces antes que los alemanes.

Hace años, recorriendo las carreteras del Sarre, tuve un presentimiento de la derrota de Francia, al considerar tristemente la superioridad indiscutible de los choferes alemanes sobre los franceses, que en aquella zona neutralizada podían verse frecuentemente en competencia. El conductor alemán era más intrépido, más audaz. Cuando llegase la hora en que algo tuviera que ganarse o perderse conduciendo vehículos de motor, los franceses estaban condenados a perder. La sensación auténtica de potencia que me han dado los rusos, en cuyo régimen político personalmente no creo, se las debo a los pilotos de aviación comercial y a los choferes bolcheviques que, cuando todavía no tenían buenos motores, con unas viejas y lamentables máquinas, se tiraban intrépidamente por las pendientes del camino militar del Cáucaso o volaban rasando el mar y la tierra con un aplomo y una serenidad que a los propios alemanes les espantaban.

 

El dinamismo yanqui en la batalla

El ejército expedicionario norteamericano es un ejército totalmente motorizado. Es un eufemismo hablar de infantería en un ejército donde ni un solo soldado camina por su pie.

Los modelos de estos vehículos de campaña son variadísimos. Los norteamericanos han dado a cada uno un mote pintoresco, generalmente sacado de los personajes de los dibujos animados del cine. Hay los Gybs y los Peeps y no sé cuántos más. Los Peeps, que son los más populares, se tiran en barrena o reptan por las colinas más abruptas a velocidades increíbles. Para ellos no hay necesidad de caminos, ni buenos ni malos. Jadeando incansables campo a través, son como corceles ideales que en cualquier momento y en cualquier terreno pueden reproducir, modernizadas, las famosas cargas al galope de la caballería clásica. Montado en sus Peeps y con su fusil ametrallador en el arzón, el moderno jinete americano, el cowboy de nuestro tiempo, puede dar a la batalla un dinamismo que tal vez los mismos alemanes no conciben todavía.

Tales masas de motorización exigen naturalmente el acompañamiento de talleres mecánicos blindados, verdaderas fábricas de campaña capaces, en medio de la batalla y bajo el fuego enemigo, de reparar toda necesidad mecánica imaginable. En esto, los norteamericanos superan cuanto podía esperarse de ellos. He visto los equipos mecánicos al trabajo en pleno desarrollo de una maniobra táctica. El mecánico que en medio de la supuesta batalla saltaba del taller blindado, esgrimiendo la lanza de fuego de su soplete y cubierto el rostro con una espantable máscara de hierro, para efectuar, sobre la marcha, una soldadura autógena, era la encarnación del genio que puede ganar esta guerra de material, esta guerra mecánica en la que a pesar de todo es el hombre, este diablo forjador, este Vulcano yanqui, el elemento esencial.

El ejército más entrañablemente antinazi

Otra característica que quiero destacar del ejército norteamericano, antes de entrar a considerar sus particularidades estrictamente militares, es su fuerte significación antirracista, que le hace ser el adversario natural del germanismo. Este ejército norteamericano es el ejército más entrañablemente opuesto al hitleriano, es el ejército antirracista por excelencia. De ese gran crisol de razas que son los Estados Unidos ha salido este ejército que tiene, a pesar del denominador común del norteamericanismo, el orgullo de la asombrosa variedad de sus tipos humanos.

Para visitar las unidades norteamericanas hemos venido unos cuantos periodistas, de todos los países neutrales de Europa y América. Una de las cosas que más nos han sorprendido es que en cada unidad los jefes tenían la vanidad de presentarnos como compatriotas nuestros a los ciudadanos norteamericanos oriundos de nuestros países. En cada regimiento los periodistas suecos encontraban docenas de hombres oriundos de Suecia, que se ponían a hablar con ellos en su lengua. Igual que los suizos, igual que los españoles y los suramericanos. El imperialismo yanqui hace su orgullo y su fuerza precisamente de lo que el imperialismo germánico fabrica su odio. Los jefes militares norteamericanos nos han presentado con satisfacción no solo a aquellos de sus soldados que proceden de los países neutrales, sino también de los países adversarios. Nueva York está tan orgulloso de su millón de ciudadanos oriundos de Italia, como de sus miles de germanos, sus cientos de miles de nórdicos y sus millones de semitas. Todos son ciudadanos libres, de usa.

Yo he hablado con oficiales y soldados procedentes de todos los pueblos de Suramérica, he visto puertorriqueños, cubanos, panameños, mexicanos, brasileños, chilenos... Encaramado en una torrecilla de un tanque, he encontrado a un hombre de piel morena, blancos dientes y pelambrera hirsuta, que tenía en sus ojos negros toda la fiereza, todo el dinamismo explosivo de un guerrillero de Pancho Villa. “¿Cómo te llamas?”, le he preguntado. “Enrique Gutiérrez”, me ha contestado con altanería.

Esta síntesis de América y del mundo, que es el ejército de los Estados Unidos, es la máxima garantía de la victoria en esta lucha contra un pueblo que por creerse el pueblo elegido, por creer en la superioridad indiscutible de su raza, tiene la ambición de sojuzgar al mundo entero como ha sojuzgado a los confiados pueblos de Europa.


Belfast

Miércoles 5 de agosto de 1942 (publicado el 13)

Cuando el comandante general de las fuerzas norteamericanas en Irlanda, general Russell Hartle, nos ha sentado en su mesa y nos ha rodeado de sus ayudantes, nos ha expuesto en sencillas y claras palabras su confianza en sus tropas y su fe en la victoria, hemos aprovechado su amable explicación para exponer nuestras opiniones personales y, al decirnos la frase sacramental “Any questions?”, uno de nosotros ha dicho:

–General, vuestro ejército es insuperable. Después de verlo en acción la única duda que puede caber en nuestro espíritu es la de si esa perfección teórica correspondería, llegado el momento, a la eficacia práctica para vencer. ¿No teme usted que en esta experiencia personal, que no puede haber sido adquirida en las academias, los ejércitos alemanes que vienen haciendo la guerra moderna por su propia iniciativa, es decir, creando la táctica, tengan una superioridad táctica sobre un ejército como el suyo que, aunque irreprochable, no ha sido sometido todavía a la prueba definitiva de la batalla?

El general Hartle, después de meditar un momento, nos ha replicado:

–No tengo ninguna aprensión por el hecho de que las unidades enemigas hayan adquirido en sus campañas recientes una experiencia que el ejército norteamericano no ha podido adquirir todavía. La naturaleza del combate moderno no deja margen suficiente para una diferencia sustancial entre la maniobra y la batalla real. La máquina de guerra actual, una vez puesta en movimiento, no debe encontrar en la acción o en la resistencia enemiga ningún obstáculo que no haya sido previsto y vencido de antemano.

Los “imponderables” existen para el hombre pero no para la máquina. Por eso en esta guerra no hemos visto todavía verdaderas batallas al modo clásico, encuentros reñidos con alternativas inesperadas y desenlaces imprevistos. Cuando se tiene la fuerza que decide, se arrolla, se aplasta, se vence. Cuando no se tiene esa fuerza ni siquiera puede iniciarse el gesto defensivo. Los americanos la tienen.

Belfast

Domingo 16 de agosto de 1942

De todas las máquinas norteamericanas, la mejor es la máquina humana. Este soldado yanqui, bien alimentado, bien vestido, fuerte, optimista, seguro de sí mismo y de su destino, es una herramienta de guerra insuperable. Lo que más me ha impresionado de los soldados americanos es el tono desenvuelto con que hablan de la guerra. Para ellos la guerra es como un trabajo arduo, una faena dura, un negocio difícil, que hay que rematar pronto y bien para pasar a otra cosa más interesante. Ese fatalismo y esa desgana que pesan inexorablemente sobre los soldados de los viejos ejércitos son un fardo que los yanquis no conocen ni quieren llevar sobre los hombros.

Es un soldado caro. Hitler reprochaba a los Aliados el hacer una guerra de señores. Los americanos le irritarán más aún que los ingleses. Este lujo que el nazismo no concibe es pura y simplemente la conservación de la dignidad humana en el ejército, cosa que para los nazis es un lujo intolerable. Frente a la “guerra de señores” de las democracias, Hitler hace una “guerra de esclavos”: una guerra que se sostiene únicamente gracias a los sufrimientos de una enorme masa de humanidad a la que se envía a morir fiando en su desprecio por la vida, desprecio que tiene precisamente su origen en la miseria, la ruindad y la tristeza de esa vida que no vale la pena de ser vivida puesto que ha sido despojada de todo cuanto pudiera hacerla amable, dejándole lo estrictamente indispensable para que la fiera humana hostigada se lance a morir matando. Esta es la moral del soldado nazi provocada artificialmente por la doctrina nazista. Lo que los doctrinarios nazis no concebirán nunca es cómo pueden ir al combate estos hombres que disfrutan de una vida amable y confortable, que siguen siendo hombres y no esclavos.

Pero es que en esta guerra se hallan en oposición, no dos doctrinas políticas, sino dos concepciones del mundo que son completamente antagónicas.

¿Quiénes se batirán mejor y sabrán morir más gallardamente, los esclavos hitleristas o los libres ciudadanos de las democracias? ¿Qué es más eficaz, la desesperación o el entusiasmo? ¿Qué da más fuerza al hombre, la plenitud o la miseria, la conciencia del valor que tiene la vida o la triste convicción de que no vale la pena conservarla?

Es evidente que para cometer un suicidio la disposición espiritual a la que el nazismo lleva a sus masas es inmejorable. Pero la guerra no es un suicidio, al menos, para quienes aspiran a ganarla. Y mucho menos que ninguna otra guerra, esta de ahora en la que se exige al combatiente un esfuerzo más continuado que nunca, un heroísmo más persistente, más cotidiano. El hombre capaz de desarrollar el esfuerzo heroico que esta guerra exige tiene que estar sostenido por una moral más fuerte, más sólida que la desesperación. No se trata, como puede creer el anacrónico samurái, de hacerse el harakiri cuando llega la hora, sino de estar en la trinchera días y días, meses y meses. No basta con el heroísmo de una hora; hace falta el heroísmo de todas las horas y de todos los días. Y este solo se consigue dando al ser humano la plena satisfacción de todas sus necesidades materiales y espirituales, desarrollando la conciencia del propio valor, estimulando el gusto por la vida y pagando el sacrificio en su justo precio.

La población civil londinense aguantó medio año de bombardeos aéreos sencillamente porque Londres era la ciudad de Europa mejor dotada para atender a las necesidades de su población, y en esta confianza las mecanógrafas de la ciudad sabían que permaneciendo en sus puestos, mientras caían las bombas, ganaban el derecho a irse a bailar a los restaurantes elegantes cuando terminaban su trabajo. Veremos, cuando llegue la hora, si las poblaciones alemanas, esquilmadas y aterrorizadas, habiendo perdido el gusto por la vida, son capaces del mismo heroísmo y la misma resistencia.

Puede afirmarse que el tipo de vida de este soldado yanqui no ha sido nunca superado en ningún ejército. Con sus tres uniformes, sus seis pares de calzado, su alimentación rica, y sus diversiones, su alta paga y sus confortables alojamientos, el soldado norteamericano tiene la íntima convicción de estar defendiendo algo que vale la pena de ser defendido: su propio bienestar y el de su pueblo, la dignidad y el orgullo de ser todo un hombre. Esta “guerra de señores” será más larga, más costosa que la “guerra de esclavos” que hace Hitler dejando morir millones de hombres faltos de abrigo en las estepas heladas de Rusia; pero no sería ganarla sino perderla el convertir en esclavos miserables a quienes tienen que hacerla como héroes.

Se ha dicho que el genio es el resultado de una larga paciencia. Igualmente el heroísmo es el resultado de una larga preparación espiritual para cuando llega el momento culminante de la existencia en que hay que jugarse el todo por el todo. Esta predisposición natural la tiene el norteamericano como no la tendrá nunca la grey germánica aterrorizada y envilecida que marcha a la muerte con los ojos cerrados.

Fío más en un ejército de jugadores de rugby que en un ejército de galeotes. Con sus chaquetillas de cuero, guanteletes, sus cascos y su aire arisco y duro, los norteamericanos dan la impresión de un ejército de jugadores de rugby capaces de la lucha más feroz y enconada, capaces de llegar a la máxima brutalidad y al máximo ensañamiento, si fuese preciso, a pesar de que su punto de partida sea este sentido deportivo de la existencia que es la gran razón de la fuerza norteamericana.

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Camilo Sánchez

(Bogotá, 1982). Politólogo y periodista. Colaborador habitual de El País de España.

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