Google+ El Malpensante

Ficción

Cisnes salvajes

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© Ilustración Santiago Guevara

El ferry se llamaba Marstal, o quizá Mariscal. Era, en cualquier caso, una mole blanca de cinco pisos y hasta donde pude ver lo tripulaba una mujer de pelo platinado y expresión apática, más bien indolente, una especie de adorno rústico entre las partículas de polvo que centelleaban en el aire de la cabina.

Después de pasear por el interior, Carol y yo habíamos subido a la cubierta. Contemplábamos en la distancia los generadores eólicos dispersos por el mar. Las gigantescas aspas giraban con lentitud, pese a que el viento helado soplaba con tanta fuerza que era difícil escuchar otra cosa. Detrás de nosotros, sentados sobre una mesa de acero galvanizado, dos hombres negros con chaquetas despedazadas fumaban tabaco bajo el sol. Sabía que eran kenianos porque pude ver sus pasaportes minutos antes, en la fila para entrar al barco. Carol, por su parte, apenas me había dirigido la palabra ese día. Algo la inquietaba, pero no quería admitirlo. A mitad de camino el viento recrudeció y optamos por bajar al comedor. Encontramos espacio frente a los integrantes de una orquesta sinfónica. Entre ellos y nosotros había toda clase de instrumentos de viento tirados en el suelo y una pila de volantes con los que se promocionaba un festival de música.

Esa mañana, antes de partir, habíamos hablado por teléfono con un tal Jennik Henningsen, el asesor de la agencia matrimonial de Ærø, y nos indicó qué sitios podíamos alquilar para pasar la noche y de qué manera llegar al Ayuntamiento. “¿Cómo se sienten?”, había dicho, “les va a encantar el pueblo, hay muchas cosas que hacer”. Después nos despedimos y tomamos un tren hacia Svendborg y a continuación el ferry que nos conduciría a la isla. Como ya le habíamos enviado por correo todos nuestros documentos al agente, la ceremonia se acordó para esa misma tarde.

Yo sabía que Carol nunca les había contado a sus padres que iba a casarse conmigo y asumí que era eso lo que la inquietaba. Aquella certeza me hacía sentir poco más que un oportunista, y contaba con el hecho de que, tarde o temprano, su familia tendría noticias y comenzaría a formularse las preguntas convenientes: ¿por qué eligió contraer matrimonio a escondidas, en una isla de Dinamarca y con un colombiano? A mí mismo me desconcertaba el interrogante. Naturalmente, la sola posibilidad de hacerle un reclamo me parecía ridícula, y ponía de relieve que el matrimonio se reducía a sus fines prácticos. De cualquier forma, yo no le había pedido nada. No de esa forma, al menos. Evitaba pensar demasiado en esas cosas, pero en el fondo me hería la facilidad con que mi origen, en general, suponía una predisposición a la hostilidad y la desconfianza.

El sitio que nos había recomendado el agente Jennik Henningsen era una colección de pequeños bungalós junto a un colegio de piedra y un local donde vendían smørrebrød, un plato danés tradicional, y salmón ahumado con papas al vapor. En el camino me había detenido en un supermercado rural para comprar una botella de ginebra y una caja con seis latas de tónica. Cuando llegamos al bungaló (después de pagar por una noche de hospedaje y preguntar a qué hora debíamos irnos), dejamos las maletas en el suelo y tratamos de relajarnos. En la sala, Carol sirvió ginebra en dos vasos. Me pasó uno y encendió un cigarrillo. No permaneció quieta demasiado tiempo. Se cruzó de piernas en el suelo, dejó a un lado su vaso y abrió su maleta. Empezó a revolver la ropa.

–¿Qué te vas a poner? –dijo.

–Creo que voy a quedarme con lo que llevo puesto.

Se recogió el pelo y me miró con la boca entornada.

–Vas a casarte conmigo –repuso–. Llevas esa maldita camiseta puesta hace tres días y ya te huelen las axilas.

–¿Y qué te gustaría que me pusiera?

–Algo decente.

–No tengo ropa decente para este clima –dije–. ¿Se podría saber qué vas a usar tú?

–No sé... –dijo contrariada mientras se incorporaba–. Pero eso no es lo importante. Lo sabes perfectamente.

El tono con que me reclamaba empezó a irritarme.

–Qué importa que ropa vaya a usar –dije, y bebí–. Es un matrimonio exprés. ¿O no?

A continuación, Carol cerró con violencia su maleta de cuero, pero el acto no emitió ningún sonido que pudiera haberle generado satisfacción.

–¿Qué te parece si mejor no nos casamos? –dijo con la voz partida–. Eres muy ingenioso cuando se trata de sabotearte a ti mismo.

 

Me serví tres dedos de ginebra y los bebí de golpe. Todo había sido un error,

pensé. ¿Qué hacía yo en esa isla y a merced de esa mujer? ¿Y quién era realmente? Me levanté de la silla con cierta sensación de invulnerabilidad. Le dije que iba a dar un paseo. Sabía que si me quedaba las cosas podían salirse de control. Al cerrar la puerta, Carol gritó algunas cosas con la intención de lastimarme, pero pronto dejé de oírla.

Recorrí los alrededores del pueblo doblando al azar en las esquinas. Un astillero abandonado. La estación de correo postal. Una tienda de souvenires y todas esas casas rústicas de arquitectura escandinava. La isla tenía el aspecto de una hermosa postal, irreal, ajena al mundo que conocía. Cuando me sonaron las tripas, desanduve el camino hasta el local que quedaba al lado de nuestro bungaló. Desde la noche anterior no había comido mayor cosa. Pedí una cerveza. También uno de esos smørrebrød que a juzgar por las fotos parecían sabrosos, y pagué con las coronas danesas, de cuyo valor no tenía la menor noción. Tampoco sabía cuánta plata me quedaba, ni qué iba a hacer si las cosas con Carol empeoraban. Me quedé sentado en una mesa junto a la vitrina, con la cerveza, analizando mi situación. Pensé: lo que alguna vez sostuvo la idea de nuestro matrimonio parecía ahora sumamente frágil. Y después: regresar a Cartagena era a todas luces una locura. Pero ya era demasiado tarde para esa clase de consideraciones.

A veces veía por la ventana a las niñas del colegio intercambiando cartas en un juego incomprensible. El dependiente, quizá estimulado por la soledad del local, aprovechó para preguntarme en inglés si estaba visitando el pueblo por el festival de música. Le dije que sí, evitando de esa manera cualquier obligación de explicarle otras cosas. De inmediato volví la vista a la ventana y fue entonces cuando noté que, más allá de la escuela y un lago del que despuntaban juncos cimbreantes, había un establo con caballos enanos y dos hombres que los observaban con interés. Uno de ellos meaba en un poste de madera mientras el otro, distraído, arrancaba la hierba con una mano y luego la soltaba en el aire. Al cabo de unos segundos logré identificarlos. Eran los dos kenianos del ferry. ¿Qué hacían ahí? Bebí el resto de la cerveza sin perderlos de vista. En la actitud de los hombres se adivinaba cierta ingenuidad circunstancial, como si no tuvieran prisa ni propósito y sin embargo aguardaran un acontecimiento determinado.


Una hora después decidí volver al bungaló. Encontré a Carol dormida en la cama, con la toalla puesta y el pelo todavía húmedo. Se había bebido mitad de la botella de ginebra y en su computadora portátil, encendida en la sala, sonaba una de sus canciones favoritas, “Save a Prayer” de Duran Duran. Le gustaba bañarse escuchando temas de los ochenta. Yo mismo había adoptado el hábito. Bajé el volumen y me desvestí en el baño. No quería complicar las cosas gratuitamente. ¿Qué sentido tenía discutir por lo que iba a vestir? Podía proveerle esa clase de victorias sencillas. Después de ducharme elegí la ropa menos arrugada que hallé en la maleta. Fui a la habitación y traté de despertarla.

–Se supone que tenemos que estar en el Ayuntamiento en veinte minutos –dije sin ninguna convicción.

Apenas reaccionó se incorporó desorientada. Faltó poco para que se golpeara la cabeza contra la arista de la puertaventana. La ayudé a caminar hacia la sala, nos sentamos y, sin una razón aparente, empezó a reírse. Estaba completamente borracha, entre el sueño y la vigilia.

–¿Puedes creer que vamos a casarnos? –dijo. Sus ojos estaban inyectados de sangre.

–Si es que llegamos a tiempo.

–Lamento todo lo que dije –repuso–. A veces no entiendo qué me pasa, pero no es tu culpa. ¿Está bien?

Sin esperar respuesta se levantó de la silla y fue hasta su maleta. En esta ocasión eligió una camisa hawaiana que había comprado en un San Andresito de Cartagena.

–¿Qué te parece? –dijo desfilando con los puños en sus caderas.

–Yo habría elegido exactamente lo mismo.

Volvió a reírse y, antes de que saliéramos, se bebió otro trago de ginebra. Yo hice lo mismo y guardé la botella en una mochila con nuestros pasaportes y un libro de gramática inglesa de ella, que no había cabido en su equipaje.

 

Jennik Henningsen era un hombre de aproximadamente cincuenta años y nos condujo hacia su escritorio a través de un corredor abarrotado de noviazgos interraciales. Indios, negros, asiáticos. Junto a él había otros agentes que atendían a sus respectivas parejas con diligencia de oficinista. Saltaba a la vista que toda esa gente no estaba allí por accidente, sino porque era el único rincón de Europa en donde podían casarse para obtener sus residencias. ¿Cuántos de esos matrimonios eran, en efecto, arreglados? El agente Henningsen actuaba, no obstante, como si nunca se le hubiera cruzado semejante idea por la cabeza. Se ufanaba, por ejemplo, de la cantidad de personas que elegían Ærø para contraer matrimonio debido a sus precios accesibles y la belleza del paisaje. Había muchos lugares para tomar fotografías y pasar una luna de miel estupenda. Carol, que todavía estaba borracha, celebraba todo lo que decía y se admiraba de la concurrencia. En determinado momento Henningsen nos preguntó dónde estaban nuestros testigos.

–¿Qué testigos? –dije.

–Para que el matrimonio tenga validez deben tener por lo menos dos testigos –me informó jugando con un lapicero bic entre los dedos.

–¿Tú sabías algo de eso? –le pregunté a Carol.

–No tenía idea –dijo ella con los ojos rojos y chispeantes. Cualquier persona medianamente suspicaz habría sospechado que estaba drogada–, pero seguro le podemos pedir el favor a algunas de estas personas.

–De eso nada –dijo cortante el agente Henningsen, y dirigiéndose a alguien más por encima de mi cabeza, agregó: –Nosotros podemos proveerles los testigos. Por eso no hay que preocuparse, ¿verdad Gunna?

Me di vuelta para ver quién era esa tal Gunna. La mujer estaba justo detrás del espaldar de mi asiento. Debía medir poco más de metro cincuenta. Tenía la nariz porcina y los ojos separados y estrábicos como los de una rana.

–Gunna Schmeicheld va a ser la persona a cargo de la ceremonia –agregó Henningsen.

–Pero yo pensé que usted iba a casarnos –protestó Carol–. Ya le había tomado confianza.

–¡Ya quisiera yo ese honor! –dijo Henningsen al tiempo que sonreía con deferencia–. De cualquier forma están en buenas manos con Gunna.

–Los testigos son muy económicos –intervino la mujer con cara de rana. Respiraba como si le costara trabajo llevar aire a los pulmones–. Cada uno les costará no más veinte coronas.

–Pues sí –dijo Carol y me miró–. Podemos pagarlo. No estamos arruinados todavía, ¿verdad?

De inmediato me apresuré a buscar en los bolsillos de mi pantalón y saqué un amasijo de billetes arrugados. Los alisé, conté aparatosamente sobre el escritorio y luego le pagué a Henningsen.

–¿Están preparados? –dijo Gunna y dio un enérgico aplauso–. ¡No hay vuelta atrás!, ¿eh?

Todos se echaron a reír. Antes de seguirla al salón de ceremonias, Henningsen elogió la camisa hawaiana de Carol y nos entregó una factura para certificar el pago de las cuarenta coronas.

–De pie, por favor –ordenó Gunna Schmeicheld con una circular entre las manos.

De repente toda su simpatía había dado paso a un semblante severo y solemne. Comenzó a leer en inglés un discurso sobre las virtudes y deberes del matrimonio. Los testigos, que por cierto ya estaban en el salón de la ceremonia antes de que llegáramos, eran una pareja de ancianos locales. Aguardaban junto a una mesa en la que había dos copas de plástico y una botella de champaña abierta, que con toda seguridad refrescaría las ásperas gargantas de otros inmigrantes y sus cómplices. Carol me daba codazos en las costillas y apuntaba hacia ellos con el mentón para que les prestara atención. La vieja se rascaba la cabeza con la uña del dedo meñique y luego retiraba el grumo de caspa frotándola contra los faldones de su vestido. El viejo llevaba unos pantalones cuyas perneras eran demasiado cortas y ponían al descubierto unas medias amarillentas que dejaban translucir la piel manchada de sus pantorrillas. ¿De qué geriátrico los habían sacado y en qué pensaban gastar sus cuarenta coronas? En dos o tres ocasiones, Gunna Schmeicheld se interrumpió para reprender a Carol con la mirada. Pero Carol estaba demasiado borracha como para contener sus espasmos y a veces se mordía los labios con la intención de reprimir una risa desbocada e idiota. De nada servía que le apretara la muñeca con toda mi fuerza y le gruñera al oído que lo iba a echar a perder

Cuando la ceremonia terminó, firmamos los documentos y los dos viejos estrecharon nuestras manos. Bebimos un trago de esa champaña barata mientras Gunna nos entregaba la copia del certificado en danés, con todos aquellos sellos y rúbricas incomprensibles y la respectiva traducción al inglés. No había necesidad de apostillar nada, dijo en algún momento, estábamos oficialmente casados. Antes de abandonar el Ayuntamiento nos despedimos del agente Henningsen con la certeza de que nunca más volveríamos a verlo y dimos un paseo por las plantaciones de trigo y girasoles, que se extendían hasta lejanas colinas que desembocaban en acantilados cubiertos de musgo. Estaba anocheciendo y un denso banco de niebla se cernía sobre la isla.

–¿Te sientes diferente? –preguntó Carol.

Caminábamos en dirección a la playa. En la arena había docenas de minúsculas casas coloridas cuyo propósito no comprendía.

–Me siento atrapado y sin salida –dije–, ¿y tú?

Se situó detrás de mí, abrió la mochila que llevaba en la espalda y sacó la botella de ginebra.

–Estúpido.

–¿Para qué crees que sirven esas casas? –dije.

–Son albergues de verano –respondió–. La gente deja ahí sus cosas mientras se baña, pero supongo que en esta estación nadie las usa.

 

Avanzamos por un sendero bordeado de hierba alta y a veces nos deteníamos para ver lo que había en el interior de aquellas casas miniaturas. Una persona podría vivir ahí, aunque también corría el riesgo de volverse loca. Parecían juguetes de madera, perfectamente equipadas. Adentro tenían hornillas y armarios y percheros para las toallas o los albornoces. Lejos de allí, llegaba entrecortada la música de la orquesta. En alguna parte de la isla había comenzado el festival de música. Carol, que iba de un lado a otro saltando entre la vegetación espesa y el camino, se detuvo en una pequeña casa amarilla. Algo en el interior captó su atención. Cuando llegué a su lado vi que en el suelo estaban los dos kenianos espatarrados y andrajosos. Uno de ellos dormía y el otro, que se había despertado ante nuestra presencia, nos observaba con un gesto de desconcierto y los brazos apoyados en el suelo. En el rellano de la casa había un candado en perfecto estado, todavía sujeto a un pestillo retorcido. Evidentemente lo habían arrancado a fuerza bruta. Se me ocurrió, para hacer el momento menos incómodo, ofrecerle un poco de la ginebra que teníamos. El negro se puso de pie, se sacudió los pantalones arenosos y recibió la botella. Bajo el marco de la puerta, el hombre adquiría las dimensiones de un gigante. Nos agradeció por la bebida, en inglés y con voz ronca, al tiempo que le daba una patada al otro para que se despertara. Su amigo debió de salir de un mal sueño, porque al vernos recogió las piernas instintivamente.

–Tienen ginebra, señor Okumbi –dijo el que ya estaba parado. Le pasó la botella al otro, que bebió de ella con un gesto de asco.

–¿Qué hacen aquí? –dijo Carol.

–Vamos a casarnos –dijo el que se llamaba Okumbi–. Estamos esperando a nuestras primas. Ya tienen la nacionalidad.

Ni Carol ni yo hicimos más preguntas al respecto. Probablemente iban a casarse con el mismo propósito que yo. No necesitaba más de lo que ya ofrecía la intuición. El primero de los kenianos se incorporó y fue al interior de la casa. Volvió con algo envuelto en una toalla pequeña y mugrienta. La desplegó con delicadeza sobre los escalones y pudimos ver entonces aquellas pequeñas criaturas purpúreas e inmóviles entre fragmentos de cáscaras de huevo.

–Los hervimos hace poco –dijo el hombre, que los miraba más con curiosidad que con pena–. No sabíamos que ya estaban por nacer.

–¿Qué clase de pájaros son? –preguntó Carol.

El que se llamaba Okumbi bebió más ginebra y me devolvió la botella. La fuerza del trago le había quitado el aliento. Respondió señalando con el dedo hacia el mar. No era fácil distinguirlos entre la bruma sabulosa y las balizas parpadeantes. Pudieron ser gansos o cisnes salvajes.

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Orlando Echeverri Benedetti

Autor de Sin freno por la senda equivocada, ganadora del Premio Nacional de Novela otorgado por Idartes en 2014

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