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Los mugrosos años veinte

La tiranía de la higiene

En 1921, Joseph Roth publicaba en la Neue Berliner Zeitung una crónica sobre los baños turcos del Admiralpalast, luego de su reapertura tras la Gran Guerra. Por la misma época, pero en estas latitudes, Luis Tejada hacía una diatriba contra el horripilante hábito de bañarse, enemigo natural del habitante del altiplano, elogiando en cambio la entrañable capa de mugre que protegía al bogotano promedio de las inclemencias climáticas. En sus artículos, tanto Roth como Tejada alabaron las “aguas puras”, pero mientras el primero se refería a las piscinas del Admiralpalast, el otro aludía a las aguas sin cloro que corrían por los páramos de Cundinamarca.

©Daniela Hoyos

Yo afirmo que la higiene se está convirtiendo en una tiranía horripilante y absoluta, contra la cual va a ser necesario rebelarse en masa. Ya el pueblo, con su instinto inefable, desconfía de ella y la odia como a un insoportable soberano, como a un verdadero aniquilador de libertades y de tradiciones, que está haciendo del mundo, antes libre, bello y pintoresco, una aburridora máquina de matar microbios

Afortunadamente, Bogotá, ciudad conservadora y romántica por excelencia, es inaccesible a las problemáticas innovaciones de la ciencia moderna. La prueba es que las tentativas que se venían haciendo para clorificar el agua van a fracasar por completo, y el pueblo no carece de razón al hostilizar con un murmullo confuso y sostenido esa labor química que quizá logrará disminuir en cierta proporción los casos de tifoidea, pero que hará de aquel licor divino, fresco y tónico jugo de la tierra, un líquido pastoso y abominable, inexpresivo al paladar. Desde hace años se ha notado que el agua esterilizada no conserva el mismo sabor dulce y grato de las aguas naturales; luego, lo que le da su buen sabor a las aguas naturales son los microbios. Además, el agua del acueducto, hay que reconocerlo, precisamente por la respetable cantidad de bacterias que lleva en cada gota, se ha convertido en una especie de vacuna, que preserva de todas las enfermedades infecciosas a los que desde pequeños están acostumbrados a ingerirla; aquí no sufren de esas enfermedades sino los forasteros, los que toman el agua en cantidades no dosificadas progresivamente; una vacuna demasiado abundante puede también matar al vacunado. Se conocen casos de personas acostumbradas al agua esterilizada de Bogotá que al ir a Girardot y tomar agua natural se sienten atacadas por súbitas dolencias internas. Y es que un estómago sin muchos microbios de todas calidades y tamaños está en muy malas condiciones para vivir y para viajar; la mejor manera de eliminar a los microbios es tragárselos sistemáticamente.

Aquí no necesitamos para nada de las combinaciones diabólicas de la higiene. El agua de acueducto por dentro, y la mugre por fuera, nos guardan, gracias a Dios, contra todos los enemigos del cuerpo. Yo quisiera hacer un elogio sincero y apasionado de la mugre en Bogotá, de la buena mugre, tibia, densa y protectora que, acumulándose sobre los poros y endureciendo la piel, da al hombre de estas heladas cumbres un atributo necesario que la naturaleza olvidadiza no le dio: la caparazón defensiva y formidable que preserve contra los fríos del invierno y contra las rachas veraniegas de Monserrate, mortales como espadas. Nadie sabría explicarse cómo las gentes limpias, felizmente muy escasas, pueden vivir en este páramo, cruzado de pulmonías por todas partes; cómo no mueren instantáneamente al salir del teatro, o al descubrirse un poco la bufanda para tomar el aperitivo. Porque las neumonías prefieren los cuellos blancos y tersos de las mujeres que se han bañado, y se dirigen como balas a las camisas perfumadas de los caballeros ricos, y sienten una delectación espantosa por la piel olorosa a jabón fino de los niños aristocráticos. En realidad en estos climas la muerte es la compañera inseparable del estropajo: bañarse y refregarse con esponjas no es solo alborotar los microbios para que tengan oportunidad de penetrar por las narices y por los ojos, sino también abrir en cada poro un camino libre para que los enemigos dispersos en el agua y en el aire nos invadan. Además, el baño a esta altura es un doloroso placer, algo perverso y delicioso al mismo tiempo, que asume la categoría de paraíso artificial, que puede convertirse en vicio refinado y peligroso, en pasión enfermiza, degeneradora de la voluntad; yo creo que hasta pecado será.

Que no nos quiten nuestra mugre, lo único que da color, sabor y espíritu a la ciudad, ni nos conviertan el agua dulce y bondadosa en medicina insoportable, con olor a cosas enfrascadas de botica. Porque detrás de esas innovaciones vendrán otras y otras, hasta que se implante entre nosotros la tiranía de la higiene con los caracteres odiosos y opresores que tiene en los Estados Unidos, por ejemplo. Empezarán a disminuir progresivamente las libertades individuales más amables y justas, como la de fumar, la de escupir, la de besar a nuestra mujer sin enjuagarnos antes la boca con dioxogen.

La higiene, aun cuando no fuera oprobiosa, sería siempre inútil. En los Estados Unidos, el país higiénico y limpio, cuando los sabios han logrado extirpar del mundo una enfermedad vieja, la fiebre amarilla, digamos, los dioses para vengarse les envían una enfermedad nueva como la parálisis infantil, o les matan con la gripa dos o tres millones de pulcros ciudadanos... Pero la higiene no solo es inútil, sino oprobiosa, irresistible, alarmante. La próxima revolución mundial va a ser contra la higiene. Y esa será una de las pocas revoluciones razonables.

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Luis Tejada

Periodista, autor de crónicas breves y mordaces, y militante del ala más de izquierda del partido liberal. Solo publicó en vida el Libro de crónicas.

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