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Los mugrosos años veinte

El albergue de los limpios

Juan de Sola Llovet

En 1921, Joseph Roth publicaba en la Neue Berliner Zeitung una crónica sobre los baños turcos del Admiralpalast, luego de su reapertura tras la Gran Guerra. Por la misma época, pero en estas latitudes, Luis Tejada hacía una diatriba contra el horripilante hábito de bañarse, enemigo natural del habitante del altiplano, elogiando en cambio la entrañable capa de mugre que protegía al bogotano promedio de las inclemencias climáticas. En sus artículos, tanto Roth como Tejada alabaron las “aguas puras”, pero mientras el primero se refería a las piscinas del Admiralpalast, el otro aludía a las aguas sin cloro que corrían por los páramos de Cundinamarca.

© Daniela Hoyos

Los baños turcos del Admiralspalast vuelven a abrir toda la noche, después de que durante la guerra se restringiera primero su funcionamiento por la noche y luego se suspendiera por completo. En la actualidad, puede uno ir a tomar un baño turco por la noche.

Antes de la guerra era el indispensable término de las noches disipadas, el lugar donde el ave nocturna volvía a recuperar la vitalidad y la humanidad. Lavaba el ayer en las piscinas y surgía de las aguas del Admiralspalast, consagradas al hoy, acabado de afeitar, en dirección a nuevas haza­ñas, al aire matutino de la Friedrichstrasse. Los baños turcos eran la cesura entre la bacanal nocturna y la actividad profesional de todos los días. Estaban a caballo entre la barra del bar y la mesa del despacho. De otra manera no hubiera sido posible –recuérdenlo– aguantar permanentemente aquellas sesiones de placer y desenfreno.

Hoy, cuando el negocio del placer lo encuentras en los bares y las nuevas generaciones ya no necesitan bañarse en aguas puras, los baños turcos se han convertido en un refugio en el que se puede pasar la noche. Quien no encuentra una habitación de hotel se va a los baños turcos. Una noche cuesta veinte marcos. Por este precio uno puede sudar de lo lindo o dormir toda la noche. Deberían de tener un lema. Algo así como: Per sudorem ad solem.

De la cercana estación de Friedrichstrasse llegan sobre media noche viajeros con maletas. Vencidos tras una infructuosa peregrinación por los hoteles de la ciudad, los hombres respiran con alivio en la entrada de los baños. Con el tiempo se han convertido en una institución imprescindible de esta gran ciudad. Fomentan y depuran el turismo.

La visión grotesca de unos baños turcos por la noche, en la que dieciséis indigentes en cueros se afanan por sudar el hollín acumulado durante un viaje en tren, evoca imágenes del averno. Es como una serie de ilustraciones del viaje de Dante al infierno. El único ser al que se le permite ir vestido aguarda de pie, plenamente consciente de su deber, con el cepillo en una mano, amenazando con su guante de tortura. Bien podría ser un ministro del infierno si...

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Novelista y periodista de orígen judío. Autor de La marcha Radetzky y La leyenda del Santo Bebedor, entre otros libros.

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