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Perfil

La rebeldía del ermitaño

Retrato de Manolo Vellojín

Su obra fue catalogada por algunos críticos como abstracta, otros la consideraban geométrica, y para él era un poco de las dos cosas y ninguna. Era esquivo a las entrevistas, fiel a los rituales, celoso con sus piezas, al igual que con los detalles y el orden. La vida y la obra de Manolo Vellojín tientan fácilmente a poner rótulos, pero se resisten a ser encasilladas en cualquiera de ellos. Este íntimo perfil abre una ventana al paisaje interior del artista barranquillero.

Manolo Vellojín en un retrato de su amigo Óscar Monsalve, en 1987 • © Óscar Monsalve

 

Días antes de morir, el pintor Manolo Vellojín escribió en una servilleta la última confesión sobre su obra: “Nunca he pintado una mentira”. El 30 de mayo de 2013,
el artista le ordenó a su asistente, Óscar Sánchez, que lo dejara solo en su apartamento del barrio La Macarena. Quería enfrentar la muerte con dignidad y sin compañía. Murió en la madrugada del 1° de junio, a los 70 años.

Entre sus pertenencias, Vellojín dejó 240 obras propias –collages, dibujos y pinturas–, que hoy hacen parte de la historia de la abstracción geométrica en Colombia, y un pequeño testamento en el que indicaba qué hacer con su apartamento y su estudio, ambos en el mismo edificio. Sobre la obra y los cientos de objetos que poseía, entre los que había jarrones de Murano, máscaras antiguas, una casulla de 1800 bordada con oro, piezas precolombinas y coloniales, una ambiciosa colección de discos de tango y música clásica, y algunos cuadros de amigos artistas, no dejó instrucciones.

En una mesa de su estudio estaba su último trabajo: un collage con papeles de flores y franjas negras que no alcanzó a ensamblar. A un lado había dos brochas impecables, una lupa, una lámpara, unas tijeras, cinco reglas de diferentes tamaños, cuatro barras de pegastic y un tarro pequeño de colbón. La pieza, una imagen colorida y alegre, la completó el galerista Alonso Garcés con la ayuda de Óscar Sánchez y se expuso por primera vez en el Museo de Arte Moderno de Barranquilla en 2014.

Pero Manolo había dejado algo más: una caja de cartón forrada con papel de seda. Adentro se encontraban doce obras hechas con papeles, cintas y madera. Durante cinco meses las hizo en silencio, en soledad, sin que sus amigos lo supieran. En una carta dirigida a Margarita Hasbun, una de sus amigas más cercanas, reveló que se llamaban Ascensiones y que eran un homenaje póstumo a su sobrino Mario Quintero, quien ...

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María Alexandra Cabrera

Estudió periodismo en la Universidad Javeriana. Fue jefe de redacción de la revista Bacánika, y ha colaborado con Bocas, Habitar y El Malpensante.

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