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Artículo

Lavanda

Traducción de Santiago Villalba

La personalidad humana es tan volátil como un perfume: una fragancia puede contener la esencia de cada persona que fuimos. Sin embargo, el autor reconoce en un mismo aroma a su padre, su vida, soledad y familia. Este ejercicio confirma que solemos perseguir con mayor insistencia lo que mejor conocemos.

 

©Getty Images

 

La vida empieza en algún lugar con olor a lavanda. De pie ante el espejo, recién salido de la ducha, mi padre se afeita. Ahora está listo para ponerse el traje. Lo veo ajustarse el nudo de la corbata, doblar hacia abajo el cuello de la camisa y abotonarlo. De repente, ahí está, como siempre: lavanda.

Sé bien de dónde viene. Un frasquito de elaborada confección descansa sobre el tocador. Un día, cuando una migraña horrible me tumba en el sofá de la sala, mi madre, desesperada por encontrar algo que me distraiga del dolor, toma el frasco, lo destapa, deja caer algunas gotas sobre un pañuelo y me lo acerca a la nariz. De inmediato me siento mejor. Ella deja que me quede con el pañuelo. Me gusta apretarlo en mi puño, con la cabeza levemente inclinada hacia atrás, como si me hubieran golpeado en una pelea y todavía estuviera sangrando. O como he visto a los otros cuando se sienten mareados y caminan por la casa aspirando de vez en cuando un pañuelo arrugado, como un último recurso para evitar el desmayo. Me encantaba el pañuelo, la fragancia secreta que emanaba de sus pliegues. Amaba llevarlo al colegio a escondidas para darle un par de inhaladas furtivas en clase. La fragancia me llevaba de vuelta a mis padres, a la sala de estar, a un mundo sereno cuya esencia lanzaba sobre mí una nube protectora. Olía lavanda y me sentía feliz, acogido, amado. Olía lavanda y me invadían los buenos pensamientos sobre la vida, sobre los que amo, sobre mí. Olía lavanda y sin importar qué tan lejos nos encontráramos, nos reuníamos en una habitación cálida, repleta de almohadones junto al fuego crepitante. Afuera, el murmullo de la lluvia nos recordaba la seguridad de nuestras vidas. Olía lavanda y no hallaba forma de separarnos.

La colonia de mi padre se puede encontrar en cualquier parte. Después de medio siglo continúa luciendo exactamente igual. Si fuera vidente y tuviera la certeza de que se encuentra en esta o aquella tienda, iría ya mismo a comprar un pequeño frasco. La atesoraría como un recuerdo de mi padre, como una prueba de amor a la lavanda o como un vínculo con esa tarde de otoño de mi adolescencia, cuando fui con mi madre a comprar mi primera loción de afeitar: al final no logré decidirme entre todas las opciones, pero regresé solo la tarde siguiente después de clases y descubrí con emoción que un hombre puede usar la loción de afeitar como excusa para perfumarse.

 Quedé asombrado al hallar tantos aromas, y más aún cuando encontré el de mi padre entre ellos. Le pedí al vendedor que me diera una muestra de aquella marca; pronuncié mal el nombre a propósito, como fingiendo el torpe saludo que se le da a un desconocido, y exageré mi sorpresa mientras examinaba su forma. Trataba de disimular en la tienda la intimidad con que esa fragancia y yo nos tratábamos en casa: ella descifraba cada giro de mis peores migrañas, al igual que yo conocía de memoria cada curva de su envase; ella, regada sobre el pañuelo de mi madre, era la causa de mis vuelos imaginarios en el colegio, y estaba al tanto de todas mis fantasías mejor de lo que yo me atrevía a reconocer. El almacén estaba a punto de cerrar y el dueño se impacientaba cada vez más con mi indecisión. Entonces me sentía fascinado por un descubrimiento peligroso y tentador al mismo tiempo: la sospecha de que los incontables frascos organizados cuidadosamente sobre los estantes dispuestos en torno al almacén guardaban la promesa de noches en vela en una gran ciudad donde edificios, luces, rostros, lugares y puentes que habría de cruzar harían del mundo un lugar más seductor. Acaso yo también, en virtud de esta o aquella fragancia, me haría más atractivo. Para los otros, para mí mismo.

Tardé una hora probando todos los frascos. Y al final compré una colonia de lavanda, aunque no la de mi padre. Después de pagar y recibir mi perfume envuelto en papel de regalo, sentí como si me hubieran otorgado un nuevo pasaporte, un certificado de nacimiento. Este sería yo, por lo menos mientras el frasco durara. Después tendría que encargarme del asunto nuevamente.

 

 

***

 

Con el tiempo, descubrí todo tipo de lavandas. Unas muy ligeras, casi etéreas; otras suaves y tímidas, o exuberantes y llamativas; algunas amargas como si hubieran sido recogidas de los campos y puestas en conserva en grandes tinas de vinagre, otras insoportablemente dulces. Muchas terminaban oliendo como un jardín de hierbas, otras tenían acentos de tantas especias que se mezclaban hasta hacerse imperceptibles.

Compré innumerables fragancias y experimenté con ellas, no porque quisiera coleccionarlas o estuviera buscando la lavanda ideal –oculta, esencial, la que eclipsa a todas las demás–, sino porque estaba ansioso por confirmar o descartar algo que venía sospechando: que buscaba solo aquella con la que había crecido y a la que irremediablemente habría de regresar; básica, ordinaria, la lavanda de papá. Las costumbres con las que más a gusto nos sentimos son aquellas que solo entendemos como hábitos propios cuando notamos que otros hacen cosas totalmente distintas en las mismas circunstancias y que, al fin y al cabo, nuestras prácticas no nos molestan en lo absoluto, aunque quizá por haberlas dejado atrás ya no sabemos cómo retomarlas. Yo recogí todos los aromas del mundo. Pero, ¿cuál era mi fragancia?, ¿había tenido una alguna vez?, ¿habría de ser una sola, o querría tenerlas todas?

Después de comprar varias lociones de afeitar, descubrí que muy pronto perdían su esplendor, igual que los elementos actínidos devienen en plomo tras una corta vida. Algunas olían demasiado fuerte y otras eran muy simples, o tenían mucho de esto y no lo suficiente de aquello. O no lograban evocar mi esencia o sugerían aspectos que yo no disfrutaba en absoluto. Es posible que buscar fallas a cada fragancia fuera la manera de encontrar defectos en mí mismo, mientras depositaba en ellas la esperanza de que trajeran consigo la nueva vida que tanto anhelaba.

A menudo es en el ritual escéptico y no en el acto de fe donde encontramos lo sagrado, así como es el hábito lo que nos define y no el carácter, y con frecuencia las prendas y los aromas que usamos contienen más de nuestra esencia que nosotros mismos. Mi búsqueda de la lavanda ideal se convirtió en el trayecto recorrido por un hombre que reclamaba una fragancia propia para emerger de un sueño profundo. Era una decisión de la misma naturaleza que definir un color personal, una marca favorita de cigarrillos o un músico preferido. Solo si encontraba la lavanda perfecta podría decir: “Este soy yo, el yo anhelado. ¿Dónde había estado todo este tiempo?”. Era el mismo yo que había tratado de ahuyentar, de ocultar tras una máscara. ¿Qué estaba esperando? Esencia distinta, la misma persona. 

 

***

 

Durante los últimos 35 años he probado casi todas las colonias y lociones para después de afeitar que los fabricantes de perfumes han elaborado. No solo lavanda; también pino, manzanilla, té, cítricos, madreselva, helecho, romero y una variedad de los más enrarecidos cueros ahumados y especias. Nada me gustaba más que rebosar el gabinete de las medicinas y los bordes de la tina con pequeños frascos. Cada uno contenía una esencia de lo que yo solía ser, o de lo que anhelaba ser, y que, por un momento, creí haber alcanzado.

Fragancia A: adquirida en tal y tal año, esperanza de encontrar felicidad. Fragancia B: adquirida cuando la fragancia A estaba a punto de acabarse, me ayudó a abandonar A. En C se revela cierto desinterés por B. El frasco de D fue un regalo. Nunca me agradó, la usé para hacer feliz a quien me la obsequió y suspendí su uso en cuanto ella se marchó. Vino E, que amé de tal manera que terminé comprando F, junto con sus nueve fragancias hermanas fabricadas por la misma firma. Pero F hizo que me aburriera de E y sus isótopos. Encontré G. La desprecié tan pronto supe que alguien a quien odio la amaba. Después H. ¡Cómo amaba H! Me quedé con H varios años. Ya no la producen más, debí abastecerme. Pero por más amor que le tuviera, dejé de usarla antes de que la descontinuaran. De vuelta a E. Sí, definitivamente E. Hasta que descubrí algo extraño, fuera de lugar, algo que le faltaba a E: de la mujer que pasó por mi vida como una ráfaga y me cambió para siempre en los diez días que compartimos, solo me quedó como consuelo la fragancia que me regaló. Pensé que volvería pronto. Ahora, veinte años después, ese frasco me trae a la memoria no tanto su recuerdo como el del amante ferviente que fui.

En mi vida he tirado muchas cosas a la basura, pero frascos de loción, nunca. Los llevo conmigo a donde vaya, como los antiguos llevaban sus máscaras durante las peregrinaciones. Cada botellita contiene una parte de mí, un genio de mí mismo, mi imagen sumergida en formaldehído. Se podría, como en un relato árabe, acariciar los frascos e invocarme en una versión más vieja. A pesar de los años, algunos viven todavía, aunque cualquier cosa que vistan o posean ha dejado de pertenecerme. Otros envejecieron en el aburrimiento y no quiero saber más de ellos, olvidé sus números telefónicos, su canción preferida, sus deseos ocultos. Tomo el frasco de una vieja fragancia y recuerdo, de repente, por qué este aroma me trae a la memoria los días más ardientes de mi vida –no porque fueran necesariamente felices, sino porque soporté durante mucho tiempo aquella sed de felicidad–. Mientras sostengo este frasco, más precioso que tantos otros lujos, pienso que acaso un día alguien a quien amo caminará ante el envase, lo abrirá y querrá saber lo que esta fragancia significó para mí. ¿Qué era lo que deseaba mantener con vida después de tantos años? Este es el aroma de la primavera, cuando llamaron a decirme que todo iba como esperaba. Este, el de una tarde con mi madre, cuando vino a visitarme a la ciudad y vi cuánto había envejecido –ahora caigo en cuenta de que era diez años más joven que yo el día de hoy–. “¿Y esta?”, se preguntarán, “¿qué hay con esta?”.

Las fragancias permanecen por décadas en la memoria, solo así nuestros seres queridos pueden recordarnos. Pero la historia contenida en los frascos desaparece en el momento en que perecemos. Nuestro genio ya no tiene a quien hablarle. Observa cómo aquellos a quienes hemos amado indagan en los aromas, y se muere de ganas por decirles: “Esa es del día en que descubrí el placer. Y esa de la noche en que nos conocimos, frente a Carnegie Hall, después de un concierto. Una cosa llevó a la otra: llovió, buscamos refugio bajo techo y encontramos en la lluvia la excusa perfecta para no separarnos. Éramos dos extraños que empezaban a hablar. Saltamos por las calles, caímos en un café, hablamos del Cuarteto para piano de Mahler y, quién iba a saberlo, terminaríamos viviendo juntos en un estudio en el Upper West Side”. Pero ya no hay quien escuche esa voz. Morir es olvidar que vivimos, que amamos o sufrimos, que ganamos y perdimos lo que alguna vez quisimos. Mañana no recordaré nada, ni mi cara, ni mis rodillas, ni esta vieja cicatriz, ni la mano con que he escrito todo esto.

Los frascos son el legado de mi vida. Los conservo como los antiguos egipcios conservaban sus pertenencias para darles uso en el más allá. Separarme de ellos sería morir antes de tiempo. A veces creo que debería tener más frascos, no porque me hagan falta los que perdí y olvidé, sino por los que nunca llegué a tener; frascos que ni siquiera sé si existen, pero que, por un giro del azar, le habrían dado otro aroma a mi vida. Hay una calle por la que camino a diario, sin sospecha de que en los años venideros me llevará a un apartamento que aún no conozco y en el que viviré.

Sin embargo, hay lugares de los que me despido demasiado pronto. Personas y espacios cuyas desapariciones anticipo, bien porque pretendo aprender a vivir sin ellas o acaso porque intento postergar su pérdida al preverla. Me obligo a habitar la tiniebla para no verme enceguecido el día en que la oscuridad caiga sobre mí. Y practico lo mismo con la vida, haciéndola más ocasional y provisoria de lo que ya es, para olvidar que un día... un día llegará la fecha de mi cumpleaños y yo no estaré ahí para celebrarla.

Es difícil pensar que aquellos que nos causaron un gran dolor hayan sido en el pasado totales desconocidos, ausencias. Pudimos haberlos visto un montón de veces, abierto una puerta para ellos o cedido el asiento en un concierto, y nunca reconocimos a la persona que iba a arruinar nuestra vida. Estoy dispuesto a recortarle años a mi vejez para regresar a la tarde en que nos pusimos el abrigo sobre la cabeza y corrimos bajo la lluvia al amparo del café; para atrapar el momento en que dije, sin pensar, que todavía no quería despedirme, aunque ya el alba se asomaba. Daría mi vida, no para reescribir o borrar estos acontecimientos, sino para congelarlos en un paréntesis atemporal, y poder preguntarme en quién me habría convertido de haber tomado otro rumbo. El tiempo, como siempre, está conjugado de forma incorrecta.

 

***

 

Las paredes de la Farmacéutica di Santa Maria Novella, en Florencia, están cubiertas con filas de pequeños cajones que contienen un perfume distinto cada uno. En este lugar puedo crear mi propio museo de fragancias, mi laboratorio, mi ciudad de Grasse imaginaria –la capital francesa del perfume, que inunda sus callejones con magníficos ateliers unidos todos por un pasadizo sinuoso–. En el museo ostentaría mi propia tabla periódica con la enumeración de todas las fragancias de mi vida. Desde luego empezaría con la primera, la más sencilla, la más ligera: lavanda, el hidrógeno de las fragancias. Luego, la segunda, la tercera, la cuarta, y una detrás de otra conformarían los peldaños de mi vida, como si existiera una fórmula que resumiera el paso del tiempo. En vez de helio (He, número atómico 2), tendría Hermès; en vez de litio (Li, 3), Libertad; Bernini reemplazaría al berilio (Be, 4); Borsari, al boro (B, 5); Carven, al carbono (C, 6); Night, al nitrógeno (N, 7); Onyx, al oxígeno (O, 8), y Floris, al fluor (F, 9). Sin darme cuenta, conformo mi vida entera en estos únicos elementos. Arden en lugar de argón (Ar, 18), Knize en vez de potasio (K, 19), Canoe por calcio (Ca, 20), Guerlain por germanio (Ge, 32), Yves Saint Laurent por itrio (Y, 39), Patou por platino (Pt, 78) y, por supuesto, Old Spice por osmio (Os, 76).

Igual que en la tabla periódica de Mendeleiev, los aromas se pueden organizar en filas y por categorías: hierbas, flores, frutas, especias, maderas. Por lugares, por personas, por amores, por cuartos de hotel donde el jabón consiguió arrojar su aroma inolvidable sobre una gran ciudad. Por cenas o ropa, conciertos o películas que amamos. Por fragancias de una mujer. Incluso por año –entonces, podría marcar los envases como mi abuela lo hacía al etiquetar cada frasco de mermelada con su octogenaria letra cursiva, anotando la fruta y el año de elaboración–, y cada fragancia tendría su número de opus. Acqua di Parma (1970), Aqva Amara (1975), Ponte Vecchio (1980).

Las lociones que usé a los 18 y a los 24 años tienen aromas diferentes, pero se organizan en la misma columna: ambas comparten un viaje a Italia. A los 16 y a los 32, aunque con el doble de edad, todavía me ponía nervioso al llamar a una mujer por teléfono por primera vez. A los 40 seguía sin poder resolver los problemas de cálculo que a los 20 no lograba entender. Después de leer y enseñar Cumbres Borrascosas durante tantos años, las escenas que a los 48 recordaba mejor eran las mismas que se habían grabado en mi memoria cuando la leí por primera vez a los 12. Recuento mi vida en unidades de cuatro: 14, 18, 22, 26. En unidades de cinco: 21, 26, 31, 36. Utilizando el método de folio, de quarto, de octavo. Si organizo mi vida según la secuencia de Fibonacci: 8, 13, 21, 34, 55, 89. O la de Pascal: 4, 10, 20, 35, 56. O según los números primos: 7, 11, 13, 17, 19, 23, 29, 31. ¿Y si combino las tres secuencias? A los 21 era guapo, ¿por qué creía lo contrario? Había logrado tanto a los 34, ¿entonces por qué deseaba ser quien había sido a los 17? A los 17 no podía esperar para cumplir 23. A los 23 me moría por conocer a las chicas que conocía a los 17. A los 51 lo habría dado todo por tener 35, y a los 41 estaba listo para enfrentar todo lo que a los 23 era muy grande para mí. A los 20, la edad ideal eran los 30. Y a los 80, ¿lograré convencerme de que tengo la mitad de mi edad? ¿Habrá nieve durante el verano?

Los pactos del tiempo son siempre retorcidos. Vivimos la vida según Fibonacci: damos tres pasos adelante y retrocedemos dos, o completamente al revés: damos tres pasos adelante y cinco hacia atrás. Es posible que andemos ambos caminos al tiempo. Como las arañas, o como el “Canon cangrejo” de Bach, combinaciones cíclicas de ésteres y fragancias que empiezan con la más sencilla y terminan en la más compleja. Uno, dos y tres carbonos, seis, ocho y diez hidrógenos... C3H6O2, formiato de etilo; C5H10O2, acetato de etilo; C5H10O2, propanoato de etilo; C5H10O2, butanoato de metilo (que tiene aroma de manzana); C5H10O2, etanoato de propil (aroma de pera); C6H12O2, butirato de etilo; C7H14O2, valerato de etilo (banano); C8H10nO2, antranilato de metilo (uva); , benzoil etanoato (durazno); C10H12O2, etil fenil etanoato, (miel); C10H20O2, octano etanoato (naranja- durazno); C11H22O2, decanoato de etilo (coñac); C9H6O2, cumarina. Nombra la lavanda y habrá fragancia, una cadena, la vida entera.

En esto consiste el genio de Mendeleiev. Entendió que, aunque pudiera organizar todos los elementos químicos, muchos de estos no habían sido descubiertos aún. Entonces dejó espacios vacíos en la tabla para los elementos que venían. Como si los eventos de la vida sucedieran de manera tan organizada y numérica que, incluso ignorando cuándo habrán de ocurrir o qué efecto tendrán sobre nosotros, pudiéramos preverlos, esperarlos, abrir un espacio en nuestra vida antes de que ocurran. Por lo tanto, yo también observo los puntos ciegos de mi vida: las fragancias que nunca descubrí, los envases con que no he tropezado y de los cuales ignoro su existencia, versiones mías que no he personificado y que no puedo extrañar. Instancias del tiempo que debí haber vivido, pero nunca encontré. Personas que pude conocer, pero nunca tuve la ocasión. Lugares que podría haber visitado, que pude haber amado y elegido como hogar, pero a los que nunca viajé. Estos son los ladrillos ausentes, los momentos de la tierra otra, los caminos nunca recorridos. 

 

Parte II

 

Existe otra fragancia, de mujer, que a nadie más en el mundo he visto usar.

La descubrí una tarde de otoño regresando a casa después de un seminario. En Brattle Street, Cambridge, hay una farmacia de alta cuna. En ocasiones, para perder un poco el tiempo y no regresar a casa tan pronto, tomaba el camino largo y me detenía allí un rato. Recorría Brattle Street, alrededor de Harvard Square; caía la tarde, las tiendas resplandecían y todos regresaban de sus trabajos o hacían diligencias de último minuto con sus niños al hombro. Transitaban rebosando las aceras hasta la calle y dejando una sensación embriagadora que, con el tiempo, aprendí a apreciar, acaso porque llenaba la noche de posibilidades que yo sabía que nunca iban a concretarse. Esta calle era el único lugar que me hacía sentir como en casa, en medio de una ciudad helada, anónima, en la que desperdicié tantos años de mi vida en soledad, y donde la gente que conocía estaba siempre ocupada con un montón de nimiedades. Extrañaba mi hogar, mi gente, odiaba la soledad y echaba de menos tomar el té. Me acostumbré a tomarlo yo solo, para evocar la visita de un amigo.

Todas las noches, el Café Algiers se atiborraba de gente. Se sentía bien tomar té con extraños, incluso si no hablaba con nadie. Un zigurat hecho de cajas de Twinings se alzaba sobre un mostrador detrás de la caja registradora. Con el tiempo llegué a probarlos todos: desde Darjeeling y Formosa Oolong, hasta Lapsang Souchong y Matcha, verde pólvora. Me gustaba más la idea del té que los sabores que tenía, de la misma manera en que me gustaba la idea del tabaco más que fumar; la gente más que la amistad y el hogar más que mi apartamento en Craigie Street.

Al final de una hilera de tiendas estaba la farmacia. Era mi última parada antes de encaminarme a casa. Una noche, al ingresar, descubrí un mundo que jamás había imaginado. El almacén estaba lleno de lujosos productos de belleza, finos perfumes, champús de todo el mundo, jabones centenarios, bálsamos, lociones y cremas para afeitar del siglo antepasado. El lugar me cautivó con sus antiguos gabinetes, bodegas viejas, rasuradoras pasadas de moda y su completa obsolescencia. Los propietarios, de Europa central, eran muy hospitalarios y atentos. Entonces pregunté –porque no podía merodear por la tienda sin comprar nada– por una loción que estaba seguro que no tendrían. Para mi sorpresa, no solo la tenían; también vendían los productos que la acompañaban. Me encontré obligado, entonces, a comprar una loción que había dejado de usar hacía más de una década.

Regresé un par de días más tarde, no porque la farmacia fuera la distracción de un camino inevitable a casa, o porque quisiera cruzar de nuevo el umbral que iluminaba aquel universo de elementos caducos, sino porque ese espacio era la última estación imaginaria de un mundo envejecido del que podía disfrutar antes de que acabara de transformarse en lo que realmente era: Cambridge.

Regresé una tarde después de ver una película francesa. Afuera había nevado durante la función. Un halo luminoso se suspendió sobre Brattle Street al salir del cine, como había sucedido en el pueblito de Clermont-Ferrand en una escena de la película. Los niños del barrio aprovecharon la ausencia del tráfico para reunirse llevando sus trineos, estaban a punto de deslizarse hacia el río Charles. Cómo los envidié.

No quería volver a casa, así que decidí pasear por la farmacia. Empujé la puerta mientras me sacudía los zapatos. Vi a una joven rubia sosteniendo un pañuelo en la nariz de su hijo, un niño de unos cuatros años. El pequeño se esforzaba por sonarse, pero no lo conseguía. La madre le sonrió al niño, a la cajera y a mí, como disculpándose, luego dobló el pañuelo y se lo puso otra vez en la nariz. “Noch einmal”, dijo, “una vez más”. El niño trató de sonarse de nuevo, sacando la carita de su capucha roja. “Noch einmal”, repitió con una súplica gentil –que me recordó a mi madre cuando me imploraba que hiciera todo lo que ella sabía que era bueno para mí–. Su voz se colmó de paciencia y me hizo pensar en cuán alejado estaba ahora del amor de los otros. De repente una ráfaga de viento helado recorrió la tienda. La madre abrió la puerta y, con el niño entre los brazos, caminó hacia la nieve.

Quedamos solos la cajera y yo. Y tal vez porque no estaba de humor para negocios aquella tarde encantadora, o tal vez porque se acercaba la hora de cerrar, me dijo, pues ya para entonces me conocía, que iba a mostrarme algo muy especial, y nombró un perfume. Se dispuso a abrir una botellita. Humedeció la tapa con perfume, se salpicó unas gotas sobre la piel y, con un gesto que me hizo creer que estaba a punto de acariciarme las mejillas, suavemente acercó su muñeca desnuda a mis labios. La habría besado en un impulso de emoción si no hubiera visto el gesto antes en otras perfumerías.

No había fragancia que se pareciera ni remotamente a esta. Viajé a Tailandia y a Francia al mismo tiempo. Navegué a través del Bósforo en un barco lleno de mujeres que vestían abrigos de piel en el verano y hablaban sobre el cuarteto de cuerdas Langsamer Satz de Anton Webern, mientras susurraban: “Noch einmal”. Superaba a todas las fragancias. Tenía lavanda, pero era lavanda de entelequia, brillante, secreta. Le pedí que me dejara oler de nuevo su muñeca, pero se negó al no poder descifrar si era solo por el perfume. Sacó un papel de un cajón y dejó caer un par de gotas. Lo agitó en el aire con delicadeza para secarlo y me lo entregó, ofreciéndome una mirada de complicidad. Esa mirada me halagó infinitamente.

Volví dos noches después, ya no por la tienda, ni por la nieve, ni por el brillo que emanaba de Brattle Street en la noche, sino por la revelación que contenía aquel perfume. Volví por las mujeres en abrigo de piel que fumaban cigarrillos Balkan sobre un yate mientras observaban el Helesponto a lo lejos. Quizá el perfume era una excusa, una máscara tras otra máscara, quizá era a la cajera a quien estaba buscando, o a las mujeres que se conjuraban en el destello de sus ojos; como mi madre, en otra perfumería. También vislumbré tras esa máscara la imagen de mi padre, muchos años atrás ante el espejo, satisfecho de ser él al momento de humedecer sus mejillas con lavanda después de afeitarse. Él también fue reducido a una máscara raída por el amor y la felicidad que quería volver a encontrar y que me angustiaba haber conocido antes. El aroma creó un espejismo sagrado del otro lado de un abismo difícil de atravesar. Nunca creí que el vacío fuera el amor, porque el amor no es la fuente de tantas dificultades. Y si no era amor lo que buscaba, entonces el centro del vórtice que me rodeaba tenía que ver conmigo, solo conmigo, un yo que se dispersaba sobre tantos espacios y en tantas capas que escapaba como el mercurio al tacto, o se ocultaba como los lantánidos, o se incendiaba para convertirse al instante en la sustancia más opaca. 

El perfume era tan costoso que todo lo que pude llevar fue un par de gotas rociadas en un papel de muestra. Guardé la prueba como si perteneciera a alguien que se había marchado y jamás me hubiera perdonado si no inhalaba a diario su perfume.

Una semana más tarde, después de ver la misma película, salí apresurado del cine y me dirigí a la farmacia. Habían cerrado. Me quedé alrededor unos minutos, recordando la tarde en que vi a la madre y a su hijo, su pelo rubio recogido en el gorro. Sus ojos recorrían la tienda y cayeron sobre los míos. ¿Habría exagerado su mirada maternal para evadir cualquier conversación?, ¿se dio cuenta la cajera de nuestra mirada furtiva?

Ahora me imaginaba a madre e hijo saliendo de la tienda, dando pasos forzosos sobre el espacio vacío y hundiendo sus botas azules en la nieve, con la espalda vuelta para siempre hacia mí. Desaparecieron a prisa con el viento golpeando sus espaldas, fue tan real que sentí el impulso de una lágrima brotando junto a las únicas palabras que conocía. “Señora Noch Einmal… Señora Noch Einmal...”.

En el momento creí que eran la esposa y el hijo imaginarios que con tanta impaciencia deseaba tener algún día. Me imaginaba caminando por Harvard Square después del trabajo y a ella comprando un juguete en la farmacia unos minutos antes de la cena, porque se lo había prometido al niño en la mañana –“¡qué importa si lo malcriamos un poco! Solo imagina que nos encontramos en la nieve, este día entre tantos otros”–. Pero ahora, desde la distancia, creo más bien que podría ser mi madre, y yo el niño. Puede que todo sea una máscara. Yo, al mismo tiempo la imagen de mi padre y la mía, un estudiante que fue al cine en vez de ir la biblioteca; un mejor padre para el niño, que seguramente lo habría dejado disfrutar más de su infancia; era un futuro yo ofreciéndome consejos a mí mismo de niño sobre la vida que venía, y todo ello me aseguraba que las letras que sobreviven al tiempo están escritas con tinta invisible. Luego me embriagó una sensación maravillosa que me recordó a Pascal en la noche del “Memorial”, el 23 de noviembre de 1654, cuando el universo se reconcilió con él y le obligo a escribir “alegría” tres veces sobre un papel.

El niño de la farmacia ahora tiene 30 años, cinco más de los que tenía yo el día que me sentí lo suficientemente grande para ser su padre. Pero si hoy me considero más joven de lo que es él a sus 30 significa que aquel día en la nieve yo era mucho más viejo de lo que cualquiera de los dos es hoy.

De vez en cuando regreso a ese perfume, sobre todo cuando paso por la sección de cosméticos de los grandes almacenes. Siempre trato de parecer distraído. “¿Qué es esto?”, pregunto, haciendo el papel del esposo desdichado que busca un regalo de último minuto. Me ofrecen una prueba, a veces sobre sus muñecas, y me dan un papelito de muestra que me guardo en el bolsillo del abrigo. Lo saco, lo guardo de nuevo y sueño con esos días en que anhelaba una vida que no estoy seguro de haber vivido.

Es posible que la fragancia sea la máscara definitiva, la que está entre el mundo y yo, entre yo y el otro yo, de quien persigo la sombra, de la que solo veo indicios, y que no logro conocer. Durante todo el tiempo sentí que la palabra del otro era la máscara más engañosa. La fragancia se convirtió en la metáfora del “no” que pronuncié cuando con facilidad pude haber dicho “sí” –a mi padre, a mi vida, a mí mismo–. Acaso porque nunca amé con suficiente intensidad y, en cambio, procuré ocultarlo de mí mismo, pensando que podía amar mejor si dirigía la mirada hacia algo más. O porque lo amaba y lo deseaba todo, y nunca pude elegir lo que en verdad quería; así terminé guardando siempre lo mejor en espera de que una segunda vida se cruzara en mi camino. Así lo quiso la ironía, el perfume que nunca compré fue el que siempre quise y el que toda mujer que conocí se negó a usar. No tengo a nadie por quien recordarlo. Ese perfume es el conjuro de una vida ilusoria, el conjuro de la nada.

 

 

***

 

El invierno pasado regresé a la farmacia con mi hijo de nueve años. Hicimos el recorrido, como lo hago ahora cada vez que regreso a lugares que he frecuentado lo suficiente para que no me importe si los amo o no. Como siempre, aparento estar buscando algo para mi esposa. “¿Crees que a mamá le guste este?”, le pregunto. Espero que lo niegue, y lo hace. Me disculpo, miramos cepillos de dientes, jabones, dentífricos antiguos, hasta la loción de mi padre se alza ante mí y me observa con reproche. Dejo que la pruebe y le gusta. Le pregunto si la reconoce. Lo hace. Probamos otra y también le gusta. Pienso con esperanza que está creando sus propios recuerdos.

Como no encontramos nada que comprar abrimos la puerta de vidrio y salimos. Caminamos en dirección al Common mientras intento contarle que una vez tuve una visión de él allí mismo, hace tres décadas. Me mira como si estuviera loco. “¿No fue a mí mismo a quien vi hace tres décadas?”, pregunto. “Eso también es una locura”, dice. Me dan ganas de contarle sobre Frau Noch Einmal, pero no encuentro las palabras. Le digo, en cambio, que me alegra estar ahí con él. Me lanza una broma y yo otra.

Sin embargo, me detengo un momento en ese mismo lugar y recuerdo la noche en que estuve a punto de gritar “noch einmal” sobre las calles nevadas de Cambridge, pensando en la alemana y en su afortunado esposo regresando cada día a casa después del trabajo. Aquí mismo, a los 25, evocaba la vida que algún día quería tener. Ahora, a los 50, visitaba el sueño de esa vida.

¿La viví?, ¿viví mi vida? ¿Y cuál fue mejor, cuál recuerdo con más cariño, la que soñé o la que viví? Acaso la olvidé antes de tiempo, y ahora la vida me reclama todo lo que tengo, todo lo que creía que podría guardar para siempre, para poner las cartas boca abajo, una por una, y ofrecer a otro una mano nueva.

 

***

 

La casa en la que nos estamos quedando cerca de Aix-en-Provence está rodeada por campos de lavanda que se hinchan y ondean cuando el viento los agita. Mañana es nuestro último día en Provenza y ya lavamos la ropa para que se seque al sol. Yo sé que la próxima vez que me ponga esta camisa será en Manhattan. Y sé también que el sol y la lavanda atrapados en sus pliegues me traerán de vuelta a este día rutilante en Provenza.

Son las diez de la mañana y estoy parado ante el jardín junto a una canasta de mimbre llena de prendas. Mi esposa no lo sabe todavía, pero he decidido colgar la ropa. Es una sorpresa. Ya hice café.

Aquí estoy, colgando una toalla tras otra, la ropa interior de los niños, sus camisetas, sus medias manchadas de arcilla roja de Roussillon, que espero que nunca caiga. Me gusta el aroma de la ropa, me gusta separar las camisetas sobre la cuerda dejando un poco más de dos centímetros entre ellas. Debo administrar bien los ganchos, usarlos con moderación; debo asegurarme de tener suficientes para todas las prendas. Yo sé que mi esposa encontrará una crítica a mi método. Eso me divierte. Me agrada este trabajo, la paciencia aligera la mente y hace ver todo tan sencillo, tan placentero. No quiero que acabe nunca. Ya veo por qué la gente se toma una eternidad para colgar la ropa. Me gusta el olor a madera seca de los ganchos, amontonados en un jarrón de arcilla. Me gusta también el olor de la arcilla y el sonido de las gotas que caen sobre las piedritas junto a mis pies. Me encanta estar descalzo, colgar las sábanas uniformemente, con tres ganchos, uno en cada extremo y otro puesto a la perfección en el medio. Me volteo y antes de tomar otra camiseta paso los dedos por un manojo de lavanda. Qué suave es la lavanda. Y pensar que durante tanto tiempo hice un alboroto al respecto y sin embargo aquí está, como una ofrenda, de la misma manera en que los incas ofrecían su oro a un extraño, sin la menor duda de entregarlo. Ya no hay nada que yo quiera. Quod cupio mecum est. Lo que quiero ya lo tengo.

Ayer fuimos a conocer la Abadía de Sénanque. Tomé fotos de mis hijos frente a un campo de lavanda. En la distancia, la lavanda se ve oscura como un moretón sobre un océano verde. De cerca, cada planta rebosa como un arbusto desarrollado en exceso. Les enseñé cómo frotar sus manos en las flores de lavanda sin molestar a las abejas. Hablamos sobre los monjes cistercienses y de la producción de tinturas, de esencias, bálsamos y extractos; hablamos sobre san Bernard de Clairvaux, las rutas del comercio medieval y el despliegue desde estas pequeñas abadías al resto del mundo. Por lo que sé, mi amor por la lavanda empezó aquí, en la esencia recogida entre los arbustos de estos mismos campos. Todo termina también aquí, en el inicio. Y bien podría empezar todo de nuevo –mi padre, mi madre, Frau Noch Einmal, el pequeño, mi pequeño, yo siendo un niño, el camino en la noche nevada, el genio del frasco, la manifestación original de la que nada ni nadie, ni el amor ni la amistad, consigue liberarse–. La vida que imaginamos a diario, la vida no vivida, y la vivida a medias; la vida que deseamos aprender a vivir mientras nos queda tiempo, la vida que quisiéramos reescribir si pudiéramos, la vida que permanecerá sin escribir y que jamás habrá de ser escrita, la vida que esperamos que otros vivan mejor de lo que hemos vivido nosotros. Por lo que sé, todo podría empezar de nuevo, y tejerse con el hilo del deseo de ser uno con el mundo, de encontrar algo en vez de nada, de haberlo hallado, de nunca dejarlo ir, aunque sea un manojo de lavanda. 

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André Aciman

Profesor de literatura comparada en The City University of New York. Autor de ensayos, memorias y relatos, su libro más reciente es la novela Enigma Variations, publicada por Farrar, Straus and Giroux en 2017.

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